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Cantos en medio de pólvora

Pecados en el Penthouse

El sol de la tarde caía sobre Zootopia como una manta de oro líquido, pero en el piso más alto de la Torre Wilde, el ambiente era fresco y controlado. Nick se encontraba de pie frente al inmenso ventanal de cristal que ofrecía una vista panorámica de la ciudad. Sus ojos verdes seguían el rastro de los trenes que entraban y salían de la Estación Central, pero su mente estaba a kilómetros de allí, en un pequeño camerino de un bar que ahora estaba precintado por la policía.

Habían pasado dos días desde el altercado con los lobos del norte. Dos días en los que Nick no había podido cerrar los ojos sin escuchar la voz de Judy Hopps o sentir el roce de su pañuelo sobre su piel. Era una debilidad, y en su posición, la debilidad se pagaba con la vida.

—Señor Wilde —la voz de Wolford rompió su trance al entrar en la oficina—. La señorita Hopps está aquí.

Nick no se movió de inmediato. Ajustó los puños de su camisa blanca, dejando que el reloj de platino brillara bajo la luz artificial.

—Hazla pasar, Wolford. Y asegúrate de que nadie nos interrumpa. Ni siquiera si el alcalde decide prenderse fuego en la recepción.

—Entendido, señor.

La puerta se abrió y Judy entró con pasos vacilantes. No llevaba el vestido de satén azul ni el blanco de la otra noche; vestía unos pantalones de tela sencillos y una blusa color crema que la hacía parecer aún más joven e inocente en aquel entorno de mármol y acero. Sus orejas estaban bajas, una señal clara de su nerviosismo, pero sus ojos amatista mantenían esa chispa de determinación que Nick tanto admiraba.

—Es un lugar muy grande para una sola persona —dijo Judy, rompiendo el silencio mientras sus ojos recorrían las estanterías llenas de libros antiguos y las obras de arte abstracto.

Nick se giró lentamente, con una media sonrisa grabada en el rostro.

—El espacio es el único lujo que el dinero no puede comprar realmente, zanahorias. Solo se puede alquilar por un tiempo —caminó hacia ella, deteniéndose a una distancia que consideró respetuosa, aunque el aire entre ellos comenzó a vibrar de inmediato—. Me alegra que hayas aceptado mi invitación. Temía que el pequeño... incidente del bar te hubiera espantado.

Judy soltó un suspiro y entrelazó sus manos frente a ella.

—El "incidente" destruyó mi lugar de trabajo, señor Wilde. Stan dice que el bar estará cerrado por semanas para las reparaciones. No tengo dónde cantar.

—Lo sé —Nick se dirigió a un mueble bar de caoba y sirvió un vaso de agua con gas y una rodaja de limón, ofreciéndoselo—. Por eso estás aquí. No me gusta que el talento se desperdicie por culpa de unos matones sin modales. He hecho algunas llamadas.

Judy tomó el vaso, sus dedos rozaron los de él y ambos fingieron no notar la descarga eléctrica que los sacudió.

—¿Llamadas? —preguntó ella, arqueando una ceja—. No quiero caridad, si es lo que está sugiriendo. Mis padres me enseñaron que nada es gratis en la gran ciudad, especialmente cuando viene de alguien como usted.

Nick soltó una carcajada suave, un sonido que Judy encontraba peligrosamente atractivo.

—Caridad es una palabra que no existe en mi vocabulario, Judy. Yo lo llamo inversión. Hay un club en Savanna Central, "El Oasis de Marfil". Es el lugar más exclusivo de la ciudad. El dueño me debe un par de favores considerables. Quieren una nueva voz para las noches de los fines de semana. Pagan el triple de lo que Stan te daba, y el público no lleva escopetas en las chaquetas.

Judy se quedó sin habla por un momento. "El Oasis de Marfil" era el sueño de cualquier artista en Zootopia. Era el lugar donde las carreras se lanzaban al estrellato.

—¿Por qué? —preguntó ella finalmente, dejando el vaso sobre una mesa lateral—. ¿Por qué molestarse tanto por una coneja que apenas conoce?

Nick se acercó un paso más. La diferencia de altura era notable, obligando a Judy a inclinar la cabeza hacia atrás para sostenerle la mirada. El zorro desprendía una fragancia embriagadora, una mezcla de éxito y peligro.

—Porque eres la primera cosa real que he visto en mucho tiempo —dijo Nick, y su voz bajó a un tono tan profundo que Judy sintió que sus piernas volvían a temblar—. En este mundo de mentiras, traiciones y fachadas, tu voz es... honesta. Y me gusta rodearme de cosas honestas cuando puedo permitírmelo.

—Sigue siendo un trato con el diablo —murmuró Judy, aunque no retrocedió—. Si acepto ese trabajo, estaré en deuda con Nick Wilde. Y todo el mundo sabe que sus deudas se pagan con intereses.

Nick extendió una mano y, con una audacia que le sorprendió a él mismo, acarició suavemente una de las orejas de la coneja. El pelaje era tan suave como la seda. Judy soltó un pequeño jadeo, pero no se apartó.

—Mis intereses son sencillos, zanahorias. Solo quiero que sigas cantando. Y quiero que, de vez en cuando, me permitas ser el único que te escuche.

—Eso suena a que quiere comprarme —replicó ella, recuperando su fuego interno—. Y yo no estoy a la venta.

—Nadie puede comprarte, Judy Hopps. Eres demasiado valiosa para tener un precio —Nick retiró la mano, sintiendo el vacío del contacto—. Solo te ofrezco una plataforma adecuada para tu voz. Lo que hagas con ella después, depende de ti.

Judy guardó silencio, procesando la oferta. Sabía que aceptar significaba ligar su nombre al del criminal más poderoso de la ciudad. Sabía que sus padres en Bunnyburrow se horrorizarían si supieran quién era su nuevo "patrocinador". Pero también sabía que cuando Nick Wilde la miraba, no veía a una simple coneja de granja; veía a una igual, a alguien con la fuerza suficiente para sobrevivir a su lado.

—Aceptaré —dijo ella con firmeza—. Pero con una condición.

Nick arqueó ambas cejas, divertido.

—¿Condiciones? Me encantan. Adelante.

—Usted no interferirá en mi repertorio. Y si alguna vez sus... negocios... ponen en peligro a alguien más en ese club, me iré. Sin explicaciones.

—Trato hecho —Nick extendió su mano—. ¿Sellamos el acuerdo con una cena? Mi chef personal ha preparado algo que, según él, es digno de la realeza.

—¿Cena? —Judy miró su ropa sencilla—. No estoy vestida para una cena de gala en un ático de lujo, Nick.

Él se encogió de hombros con elegancia.

—A mí me parece que estás perfecta. Además —añadió con una chispa de picardía en los ojos—, soy el dueño del edificio. Si alguien se queja del código de vestimenta, puedo hacer que lo lancen por la ventana.

Judy no pudo evitar reír. Era una risa clara, como el sonido de campanas de cristal, que iluminó la oficina de Nick de una manera que ninguna lámpara de diseño podría lograr.

Cenaron en una mesa pequeña en la terraza privada, rodeados por el murmullo lejano de la ciudad y el viento fresco del atardecer. La comida era exquisita, pero ninguno de los dos prestó mucha atención a los platos. La conversación fluyó con una facilidad asombrosa. Nick le contó historias de su infancia en las calles, omitiendo las partes más sangrientas pero dejando entrever las cicatrices que lo habían convertido en el hombre que era. Judy, por su parte, le habló de sus doscientos setenta y cinco hermanos y de su sueño de cambiar el mundo a través de la música.

—Eres una idealista —dijo Nick, observándola por encima de su copa de vino tinto—. Crees que una canción puede suavizar los bordes de una ciudad tan afilada como esta.

—Y usted es un cínico que cree que el poder es la única moneda que vale —respondió Judy con una sonrisa desafiante—. Pero aquí está, cenando con una cantante idealista en lugar de estar planeando su próximo golpe. Eso dice mucho, ¿no cree?

Nick se quedó callado por un momento, atrapado en la intensidad de aquellos ojos amatista.

—Dice que soy un tonto por dejar que una coneja de medio metro me ponga en jaque —admitió él en un susurro.

El ambiente cambió. La ligereza de la charla se transformó en una tensión cargada de deseo y algo más profundo que ninguno de los dos se atrevía a nombrar. Nick se levantó y rodeó la mesa, ofreciéndole la mano a Judy.

—Baila conmigo —pidió él.

—No hay música, Nick.

—La hay —él señaló hacia su pecho—. Yo todavía puedo oír tu canción de la otra noche.

Judy aceptó su mano y se puso en pie. Nick la atrajo hacia sí, colocando una mano en su cintura pequeña mientras ella apoyaba las suyas en su pecho firme. Se movieron lentamente bajo las estrellas, en un baile sin ritmo definido, simplemente disfrutando de la cercanía del otro.

Nick apoyó su barbilla sobre la cabeza de Judy, cerrando los ojos. Por un momento, el jefe de la mafia, el hombre que controlaba los bajos fondos de Zootopia, se sintió en paz. No había amenazas, no había policías, no había traiciones. Solo estaba el aroma a lavanda de Judy y el latido constante de su corazón contra su palma.

Sin embargo, la paz en el mundo de Nick Wilde siempre era efímera.

El sonido estridente de un teléfono rompió el momento. Nick se tensó de inmediato, reconociendo el tono de su línea privada. Se apartó de Judy con un gesto de disculpa y sacó el dispositivo de su bolsillo.

—Habla Wilde —dijo, y su voz recuperó instantáneamente la frialdad metálica que aterrorizaba a sus enemigos.

Judy observó cómo el rostro de Nick se transformaba. La calidez que había visto minutos antes desapareció, reemplazada por una máscara de piedra. Sus ojos verdes se entrecerraron y una vena comenzó a latir en su sien.

—¿Cuándo? —preguntó Nick—. Entiendo. No hagas nada hasta que yo llegue. Asegura el perímetro y que nadie hable con la prensa. Si una sola palabra de esto sale a la luz, rodarán cabezas.

Colgó el teléfono y guardó silencio durante varios segundos, mirando hacia la ciudad como si buscara un incendio en el horizonte.

—¿Pasa algo malo? —preguntó Judy, acercándose con cautela.

Nick se giró hacia ella. Su mirada era distante, como si ya estuviera a kilómetros de distancia, en medio de una guerra que ella no podía comprender.

—Negocios, Judy. Siempre son los negocios —dijo él, y aunque intentó suavizar el tono, la dureza seguía allí—. Wolford te llevará a casa ahora mismo.

—Nick, dime qué sucede. ¿Tiene que ver con lo del bar?

—Tiene que ver con mi mundo, un mundo en el que tú no deberías estar —Nick se acercó y le tomó el rostro entre las manos, una caricia breve y casi desesperada—. Escúchame bien. Mañana ve al club. El gerente te estará esperando. No menciones mi nombre, no hables con nadie sobre esta cena. Mantente en la luz, Judy.

—No puedes simplemente echarme así después de... —Judy se interrumpió, sintiendo una mezcla de frustración y miedo por él.

—Puedo y debo —la interrumpió Nick—. Porque si te quedas cerca de mí mientras esto estalla, te arrastraré conmigo al fondo del abismo. Y ya te lo dije: eres demasiado valiosa para eso.

Nick le dio un beso fugaz en la frente, un contacto que quemó a ambos, y luego se alejó hacia su escritorio, donde ya estaba sacando una pistola de un cajón oculto.

—¡Wolford! —gritó—. ¡Saca a la señorita Hopps de aquí y luego trae el coche rápido! ¡Nos vamos al distrito forestal!

Judy fue guiada hacia el ascensor por el enorme lobo, que mantenía una expresión sombría. Antes de que las puertas se cerraran, echó una última mirada hacia atrás. Vio a Nick Wilde de pie en el centro de su lujosa oficina, cargando un arma, rodeado de sombras que parecían querer devorarlo. El zorro elegante y melancólico de la cena había desaparecido; en su lugar estaba el depredador, el jefe de la mafia, el hombre que no tenía corazón.

Pero Judy sabía que eso era mentira. Había sentido su corazón latir.

Durante el trayecto de regreso a su apartamento, Judy no dijo una palabra. Miraba por la ventana del coche blindado, viendo cómo las luces de la ciudad se difuminaban por las lágrimas que comenzaban a asomar en sus ojos. Se dio cuenta de que Nick no intentaba alejarla por desprecio, sino por una forma retorcida de amor. Él quería proteger su pureza de la suciedad de su propia vida.

Al llegar a su edificio, Wolford la acompañó hasta la puerta.

—Señorita Hopps —dijo el lobo antes de irse—. El jefe... él nunca ha invitado a nadie a ese ático. Ni siquiera a sus socios más cercanos. Tenga cuidado. En Zootopia, lo que Nick Wilde ama se convierte automáticamente en el objetivo de todos sus enemigos.

Judy entró en su pequeño apartamento y se dejó caer contra la puerta. El silencio era ensordecedor. Se tocó la frente, donde todavía sentía el calor de los labios de Nick.

Miró hacia la ventana. A lo lejos, las sirenas de la policía comenzaron a aullar, dirigiéndose hacia el Distrito Forestal. Una columna de humo negro empezaba a elevarse entre los árboles artificiales de la zona.

—No voy a quedarme en la luz, Nick —susurró Judy para sí misma, con una determinación renovada—. Si vas a caer al abismo, al menos alguien tendrá que cantar para que no te olvides del camino de regreso.

Esa noche, Judy Hopps no ensayó ninguna canción. Se sentó al piano y comenzó a componer una melodía nueva. Una melodía que hablaba de zorros solitarios y conejas valientes, de pactos con el diablo y de un amor que era, en sí mismo, el pecado más grande de toda Zootopia.

Mientras tanto, en la oscuridad del Distrito Forestal, Nick Wilde bajaba de su coche, rodeado de sus hombres. Frente a él, uno de sus almacenes principales estaba envuelto en llamas, y en la pared de enfrente, alguien había pintado una advertencia con sangre.

El juego se había vuelto mortal. Pero Nick, mientras sentía el peso del pañuelo de Judy en su bolsillo, supo que ahora tenía una razón para ganar que iba mucho más allá del poder o el dinero. Tenía una melodía que proteger. Y el infierno mismo tendría que apartarse de su camino si quería silenciarla.