Carita de ángel
⭐ Luna Luna siempre fue más de casa. Creció moviéndose de barrio en barrio, como si su vida estuviera hecha de capítulos cortos: Almagro, un tiempo en Santa Fe, después Colegiales, Villa Urquiza… hasta terminar en Olivos, donde finalmente todo se sintió un poco más estable. Vivía con su mamá, Margarita —una mujer fuerte, presente, que siempre hacía lo posible para que a sus hijas no les faltara nada— y con su hermana menor, con quien se llevaba apenas un año y nueve meses. Eran opuestas en casi todo, pero igual estaban pegadas: peleas típicas, sí, pero también esa complicidad silenciosa que sólo tienen las hermanas que crecieron juntas en medio de tantos cambios. Con su papá la historia era distinta. De chica lo quiso mucho; era su figura, el que la llevaba de la mano. Pero cuando ella y su hermana crecieron y él ya no pudo manejarlas como antes, la relación se fue rompiendo. Él era controlador, impulsivo, a veces violento de maneras que no siempre se notaban de afuera, pero que se sentían puertas adentro. Y aun así, por más cosas que pasaron, ellas no podían dejar de quererlo. Era complicado, como casi todo en las familias. Luna iba a un colegio privado de solo mujeres en La Lucila. El tipo de colegio en el que todo parece perfecto pero en realidad cada una lleva su propio lío interno. Ahí tenía a Dione, su amiga del alma, la que le seguía el ritmo, la que la entendía sin necesidad de explicar tanto. Con ella podía hablar de todo: música, sueños, el futuro, problemas de casa, chicos, dramas. Dione estaba en todas. Luna era tranquila, curiosa, sensible. Tenía esa mezcla de inocencia y madurez que viene de haber vivido mucho para su edad. Y aunque no lo dijera en voz alta, quería algo más grande para su vida. ⭐ Carlos Carlos venía de un mundo diferente. Su familia era acomodada, de esas que no tienen lujos absurdos pero sí viven bien. La casa en Olivos, el auto siempre limpio, las visitas ordenadas. El padre casi no estaba; trabajaba tanto que parecía más un fantasma que un integrante de la familia. La madre era alemana, criada en tiempos duros, y eso se le notaba: disciplina, estructura, silencio. Le había enseñado de todo a su hijo —alemán, inglés, piano, modales, horarios— como si quisiera que él creciera recto, ordenado, impecable. Y por un tiempo, Carlitos fue así. El nene perfecto, educado, talentoso. Hasta que entró en la adolescencia y algo cambió. Empezó a escaparse del molde. A buscar lo que él quería. Una especie de rebeldía silenciosa, sin gritos pero con decisiones fuertes. Era un alma libre que simplemente no encajaba en la idea que tenían de él. Tenía novia, Mónica, una chica buena, tranquila. Se querían. O se querían hasta donde dos adolescentes pueden quererse cuando todavía no conocen lo que es un amor que realmente los sacude. Lo que Carlos no esperaba era que la vida lo cruzara con Luna. Que algo en ella —su calma, su luz, su historia— lo desarmara por dentro. Y lo que Luna tampoco esperaba era que ese chico con rulos, ojos claros y una oscuridad escondida se volviera tan importante, tan rápido Y ahí empieza todo.