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Carita de ángel

El primer encuentro

El sol de la mañana se filtraba por las persianas de la cocina de Luna, pintando rayas doradas sobre la mesa donde su madre, Margarita, revolvía el café con una cuchara. La casa aún olía a tostadas y a la leve ansiedad que se había instalado desde la noticia del Enamour. Luna, con su cuaderno de bocetos abierto, intentaba abstraerse del murmullo de la radio, que seguía repitiendo la misma historia una y otra vez.

– Dicen que la policía no tiene ni una pista –comentó Margarita, más para sí misma que para Luna. – Qué horror.

Luna no respondió. Su mente estaba en un diseño de un vestido de lino, con volantes y bordados que recordaban a la campiña italiana. Quería que fuera ligero, que se moviera con el viento, casi como una segunda piel. Era su forma de escapar, de construir un mundo propio donde la violencia no existía.

En el colegio, el aire estaba cargado de chismes y miedo. Las chicas se agrupaban en los pasillos, susurrando y especulando sobre los asesinatos. Dione, que había llegado con los ojos un poco hinchados, se abrazó a Luna.

– No pude dormir bien anoche –confesó Dione. – Mi papá puso más alarmas en la casa. Dice que esto es el colmo.

– Es terrible –asintió Luna, sintiendo un nudo en el estómago. – Pero tenemos que seguir con nuestra vida. No podemos dejar que el miedo nos paralice.

Dione la miró con admiración. Luna siempre tenía esa capacidad de ver más allá, de buscar la luz incluso en la oscuridad.

Ese día, la clase de historia se sintió más larga de lo habitual. Luna dibujaba en los márgenes de su cuaderno, imaginando patrones y texturas. Al salir, el sol ya estaba alto y la calle, a pesar de los recientes acontecimientos, empezaba a llenarse de la vida cotidiana de Olivos.

Mientras caminaban hacia la parada del colectivo, Dione no paraba de hablar sobre un chico nuevo que había llegado al colegio de varones de la esquina.

– Dicen que es divino, Luna. Rubiecito, con rulos… pero re misterioso. Nadie sabe mucho de él.

Luna sonrió, divertida por el entusiasmo de su amiga.

– ¿Y qué tiene de misterioso? ¿No habla?

– No, o sea, sí habla, pero es como que no se mezcla. Siempre está solo. Y tiene unos ojos claros que te traspasan.

Justo en ese momento, un colectivo se detuvo frente a ellas y Dione, con un último comentario sobre el chico misterioso, se despidió. Luna se quedó sola en la parada, sumida en sus pensamientos, cuando un auto pasó lentamente a su lado. Era un Ford Falcon, de un color azul oscuro, impecable. Al volante, un chico rubio con rulos la miró por el espejo retrovisor. Sus ojos eran de un azul pálido, casi helados, pero había algo en la forma en que la miró que a Luna le resultó inquietante y, a la vez, extrañamente familiar.

El auto siguió su camino, y Luna se quedó con la imagen grabada en la mente. ¿Sería ese el chico del que hablaba Dione? Tenía esa aura de misterio que su amiga describía. Se encogió de hombros, desestimando el encuentro como una simple coincidencia.

Lo que Luna no sabía era que Carlos, al verla, había sentido algo que no podía nombrar. Una punzada de curiosidad, una chispa de algo que no encajaba con la frialdad que lo envolvía. Mónica, su novia, era un puerto seguro, un amor tranquilo. Pero Luna… Luna era un interrogante.

***

Carlos y Jorge se habían reunido en el mismo café de siempre, el periódico sobre la mesa, un café con leche para Carlos y una gaseosa para Jorge. Los titulares seguían hablando del doble crimen del Enamour, y Jorge disfrutaba de la impunidad con una sonrisa en los labios.

– Te digo, Carlos, esto fue un golpe maestro –dijo Jorge, dando un trago a su gaseosa. – Nadie va a saber que fuimos nosotros.

Carlos, con su rostro impasible, asintió levemente. Sus ojos, sin embargo, estaban fijos en la calle, observando la gente que pasaba. En el fondo, una parte de él se preguntaba si Luna pasaría de nuevo por allí.

– ¿Y qué vas a hacer con tu parte? –preguntó Jorge, sacándolo de sus pensamientos.

– No sé –respondió Carlos, con la voz plana. – Quizás compre algo.

– ¿Algo? ¡Carlos, tenemos una fortuna! Podemos irnos de este agujero, vivir como reyes.

Carlos lo miró, y por un instante, un brillo de algo más que indiferencia cruzó sus ojos.

– Quizás.

La conversación siguió, pero Carlos ya no estaba realmente allí. Su mente divagaba, volviendo una y otra vez a la imagen de Luna riendo con su amiga, a la forma en que el sol teñía su cabello. Era una distracción, una disonancia en la sinfonía de oscuridad que había construido a su alrededor.

Esa noche, Carlos fue a buscar a Mónica a su casa. Ella lo recibió con un abrazo apretado, sus ojos preocupados.

– Carlitos, ¿estás bien? –preguntó, acariciándole el cabello. – Estuve pensando en lo del Enamour. Es horrible.

Carlos asintió, su expresión inmutable.

– Sí, es horrible.

– Me da miedo, Carlitos. Me da miedo que te pase algo, que andes por ahí…

– Estoy bien, Mónica –la interrumpió Carlos, su voz suave pero firme. – No te preocupes.

Mónica lo miró, intentando descifrar lo que pasaba por su mente, pero Carlos era un libro cerrado. Sus ojos claros no revelaban nada. Salieron a dar una vuelta en el Ford Falcon, la música de la radio llenando el silencio entre ellos. Mónica hablaba de sus clases, de sus planes para el fin de semana, pero Carlos solo asentía de vez en cuando, su mirada perdida en las luces de la calle.

***

Los días pasaron, y la vida en Olivos volvió a su ritmo habitual, aunque con una sombra de inquietud. Luna seguía con sus clases en el colegio, sus tardes de dibujo y sus paseos con Dione. La imagen del chico del Ford Falcon se había diluido en su memoria, un recuerdo fugaz.

Hasta que un día, mientras salía de la biblioteca con un libro de poesía italiana, lo vio de nuevo. Estaba sentado en un banco de la plaza, a unos metros de la biblioteca, leyendo un libro con una portada que no alcanzó a distinguir. Sus rulos rubios brillaban bajo el sol, y sus ojos claros estaban fijos en las páginas. Era él, el mismo chico del Ford Falcon, el que Dione había descrito.

Luna sintió una punzada de curiosidad. Se sentó en un banco cercano, fingiendo leer su libro, pero en realidad, lo observaba de reojo. Había algo en él que la atraía, una especie de magnetismo silencioso. No era como los otros chicos, ruidosos y presumidos. Él tenía una calma, una introspección que le recordaba a sus propios momentos de soledad creativa.

Carlos, por su parte, había notado su presencia. No era tonto. Había sentido su mirada, aunque disimulada. Levantó la vista de su libro, sus ojos encontrándose con los de Luna por un instante. No hubo sonrisa, no hubo gesto, solo una mirada intensa que a Luna le aceleró el pulso.

Ella desvió la vista rápidamente, sintiendo un leve sonrojo en sus mejillas. ¿Por qué la afectaba tanto esa mirada?

Unos minutos después, Carlos se levantó del banco, cerró su libro y se dirigió hacia la salida de la plaza. Al pasar junto a Luna, sus ojos volvieron a encontrarse.

– Hola –dijo Carlos, su voz era sorprendentemente suave, casi un susurro.

Luna se sorprendió, no esperaba que le hablara.

– Hola –respondió, sintiendo que la voz le temblaba un poco.

– ¿Cómo te llamas? –preguntó Carlos, deteniéndose a su lado.

– Luna –dijo ella, con una sonrisa tímida. – ¿Y tú?

– Carlos.

Hubo un silencio, no incómodo, sino lleno de una tensión extraña. Luna notó la suavidad de sus rasgos, la palidez de su piel, y esos ojos, tan claros que parecían de cristal.

– ¿Qué lees? –preguntó Luna, señalando el libro que él sostenía.

Carlos miró el libro, una edición de "Así habló Zaratustra" de Nietzsche.

– Un poco de filosofía.

Luna asintió, impresionada. No muchos chicos de su edad leían a Nietzsche.

– Yo estoy leyendo poesía italiana –dijo, mostrándole su libro. – Me encanta la forma en que describen los sentimientos.

Carlos miró la portada, sus labios se curvaron en una sonrisa apenas perceptible.

– La poesía tiene su encanto.

– Sí, es como pintar con palabras –Luna se sintió más cómoda, la conversación fluyendo con naturalidad. – Me gusta mucho dibujar y pintar, y la poesía me inspira.

– ¿Dibujas? –preguntó Carlos, su interés genuino.

– Sí, diseño ropa. Sueño con ir a Italia, estudiar moda…

Sus ojos se iluminaron mientras hablaba de sus sueños, y Carlos la escuchaba con una atención que Luna no esperaba. Había algo en su mirada que la hacía sentir comprendida, a pesar de que apenas se conocían.

– Suena interesante –dijo Carlos. – La moda es un arte.

– Sí, lo es –Luna sonrió. – ¿Y tú? ¿Qué te gusta hacer?

Carlos dudó un momento. ¿Qué le gustaba hacer? La respuesta fácil era "nada", o "leer", pero sabía que había algo más, algo oscuro que no podía compartir con ella.

– Me gusta… observar –dijo finalmente. – Ver cómo funciona el mundo, la gente.

Luna lo miró, sus ojos curiosos.

– Eso es interesante. Supongo que todos observamos, pero algunos lo hacen más profundamente.

– Quizás –Carlos asintió.

En ese momento, el timbre de la biblioteca sonó, indicando la hora de cierre. Luna se levantó, sintiendo una punzada de decepción. La conversación había sido breve, pero había algo en ella que la dejaba con ganas de más.

– Bueno, me tengo que ir –dijo Luna. – Fue un gusto conocerte, Carlos.

– Igualmente, Luna –respondió Carlos, sus ojos fijos en ella.

Ella se despidió con un movimiento de cabeza y se alejó, sintiendo su mirada en la espalda. Al girar en la esquina, miró hacia atrás. Carlos seguía allí, observándola.

Cuando Luna llegó a su casa, el recuerdo de Carlos seguía fresco en su mente. Había algo en él, una mezcla de misterio y dulzura, que la intrigaba. Era un contraste tan fuerte con la imagen de los asesinos del Enamour, con la violencia que había sacudido el barrio.

Esa noche, mientras dibujaba en su cuaderno, Luna no pudo evitar pensar en Carlos. En sus ojos claros, en su voz suave, en su forma de escuchar. Había una oscuridad en él, sí, pero también una profundidad que la atraía.

Mientras tanto, Carlos regresó a su Ford Falcon, el libro de Nietzsche en el asiento del acompañante. La imagen de Luna, con su cabello castaño claro y sus ojos miel, se había grabado en su mente. Era una luz, un contraste con la oscuridad que lo había consumido en el Enamour.

Jorge lo llamó esa noche, su voz excitada.

– ¿Qué onda, Carlos? ¿Todo tranquilo? ¿Pensaste en lo que te dije de la plata?

– Sí, todo tranquilo –respondió Carlos, su voz monótona. – Estoy pensando.

– Bueno, no te duermas. Tenemos que planear algo grande.

Carlos asintió, aunque Jorge no podía verlo. Una parte de él, la parte que había disfrutado el poder y la impunidad en el Enamour, seguía allí, latente. Pero otra parte, una parte nueva, una parte que Luna había despertado, empezaba a cuestionar el camino que había elegido.

El mundo de Luna, lleno de sueños, arte y sensibilidad, se había cruzado con el de Carlos, marcado por la violencia, la frialdad y una búsqueda insaciable de límites. El primer encuentro había sido un chispazo, una conexión inesperada que ninguno de los dos había buscado.

En la quietud de la noche, mientras Luna soñaba con vestidos y campos de lavanda, Carlos miraba el techo de su habitación, la imagen de sus ojos miel flotando en la oscuridad. El eco de los disparos del Enamour aún resonaba en su memoria, pero ahora, un nuevo sonido, suave y melódico, empezaba a colarse en su mente: la voz de Luna, hablando de poesía y sueños. El destino, caprichoso y cruel, había tejido sus hilos, y la colisión de sus mundos, tan opuestos y tan entrelazados, apenas había comenzado.