Carta del Novio
El Espectáculo del Hechicero Domado
El bar de estilo tradicional en Shinjuku estaba sumido en una luz tenue y el suave aroma a sake de primera calidad. Era uno de esos pocos lugares donde los hechiceros de alto rango podían relajarse sin el temor a ser interrumpidos por una maldición de grado especial o, peor aún, por un asistente pidiendo informes de presupuesto. Shoko Ieiri dejó escapar un suspiro de satisfacción mientras observaba el líquido transparente en su pequeña copa de cerámica.
A su lado, Utahime Iori parecía estar a punto de sufrir un colapso nervioso, mientras que Mei Mei, sentada frente a ellas, contaba con elegancia un fajo de billetes que acababa de recibir por alguna apuesta turbia.
— Sigo sin entender cómo permites que esto pase, Shoko —murmuró Utahime, señalando con un gesto indignado hacia la esquina de la mesa.
Allí, el hombre más fuerte del mundo, el poseedor de los Seis Ojos y el líder de facto del mundo de la hechicería, estaba ocupado pelando una montaña de edamames con una concentración que rivalizaría con su batalla contra Toji Fushiguro. Satoru Gojo no usaba su técnica de Infinito; lo hacía a mano, colocando cada grano perfectamente alineado en el plato de Shoko.
— Satoru, te has saltado un grano en la vaina anterior —dijo Shoko sin siquiera mirarlo, dando un sorbo a su sake.
Gojo se detuvo, revisó la cáscara descartada con una intensidad cómica y exclamó:
— ¡Tienes razón, Shoko-chan! Qué descuido de mi parte. ¡Lo arreglaré de inmediato!
Utahime se cubrió la cara con las manos.
— Es patético. Es simplemente patético. Gojo, tienes la dignidad de un Golden Retriever.
— ¡Oh, vamos, Utahime! No envidies mi dedicación —respondió Satoru con una sonrisa radiante, ajustándose las gafas oscuras que llevaba en lugar de su venda habitual—. Shoko ha tenido una semana muy dura en la morgue. Lo mínimo que puedo hacer es facilitarle la ingesta de fibra.
Mei Mei soltó una risita melodiosa, guardando su dinero en el bolso de diseñador.
— No es dignidad lo que le falta, Utahime. Es simplemente que Shoko ha encontrado un mercado de valores muy lucrativo y Satoru es el único inversor. Dime, Shoko, ¿cómo logras que el hombre que ignora las órdenes de los Ancianos se convierta en tu camarero personal?
Shoko dejó la copa sobre la mesa y lanzó una mirada de soslayo a Satoru. Él la miraba con esa expectativa brillante, esperando su aprobación.
— Es muy simple, Mei Mei. Satoru es muy consciente de su posición.
Gojo asintió vigorosamente.
— ¡Exacto! Soy el más fuerte.
— No me refiero a eso —lo interrumpió Shoko con una voz monótona—. Satoru, se me ha acabado el sake. Y este lugar no tiene la marca que me gusta. Ve a buscar una botella de esa reserva especial que guardas en tu oficina.
Gojo parpadeó, ladeando la cabeza.
— Pero Shoko, eso está en la otra punta de la ciudad. Y estamos en medio de una conversación sobre lo increíble que soy. Además, ¡estoy pelando tus edamames!
Shoko se giró hacia él, bajando ligeramente sus párpados cansados, creando esa atmósfera de autoridad silenciosa que solo ella poseía.
— Satoru, tengo sed. Y quiero ese sake específicamente.
— Pero... —intentó protestar él.
— Hazlo —sentenció ella con una calma gélida—. Porque eres mi novio.
El silencio que siguió fue casi tangible. Utahime se atragantó con su bebida y Mei Mei arqueó una ceja, visiblemente impresionada. Gojo, por su parte, pareció recibir una descarga eléctrica de alto voltaje. Sus mejillas se tiñeron de un rosa suave y su postura se enderezó de inmediato.
— Tienes toda la razón —dijo él, su voz subiendo una octava por la emoción—. ¡Un novio excelente no permite que su novia pase sed! ¡Vuelvo en tres segundos!
Hubo un pequeño estallido de aire, una distorsión en el espacio, y Gojo Satoru desapareció del bar, dejando tras de sí solo el plato de edamames perfectamente pelados.
Utahime golpeó la mesa con el puño, entre la risa y la indignación.
— ¡Es increíble! ¡Es un truco mental! ¡Shoko, le has hecho un lavado de cerebro!
— No es un lavado de cerebro —respondió Shoko, tomando uno de los granos de edamame y llevándoselo a la boca—. Es gestión de recursos. Satoru tiene un exceso de energía y una falta crítica de límites. Yo solo le proporciono una estructura.
— Una estructura que incluye ser tu asistente personal frente a tus amigas —comentó Mei Mei con una sonrisa astuta—. Debo decir que me das envidia. Si pudiera controlar a Gojo de esa manera, las comisiones que podría generar serían astronómicas. ¿Has pensado en alquilar sus servicios?
— No es un objeto, Mei —dijo Shoko, aunque su tono no era de reprimenda—. Pero sí, es fascinante ver cómo esa frase anula cualquier rastro de su arrogancia habitual. Es como si ser "el novio" fuera un título de grado especial superior al de hechicero.
— Es porque es un idiota —sentenció Utahime, sirviéndose más sake—. Un idiota enamorado. Es la peor combinación posible para alguien con tanto poder.
En ese momento, el aire volvió a vibrar y Gojo reapareció, sosteniendo una botella de cerámica oscura con sellos de papel que indicaban una antigüedad considerable. Estaba ligeramente despeinado, como si hubiera corrido a través de una tormenta, aunque todos sabían que simplemente se había teletransportado.
— ¡Aquí está! —anunció con orgullo, rompiendo el sello y sirviendo el licor en la copa de Shoko con una delicadeza extrema—. Cosecha privada. Solo se producen diez botellas al año.
— Gracias, Satoru —dijo Shoko.
Él se quedó de pie, esperando algo más.
— ¿Y bien? —preguntó Gojo—. ¿No hay un "gracias, eres el mejor novio del mundo"?
Shoko lo miró fijamente durante unos segundos, disfrutando del momento en que el hombre más poderoso de la era moderna se ponía visiblemente nervioso bajo su escrutinio.
— Estás bloqueando la luz de la lámpara, Satoru. Siéntate y sigue con los edamames.
Gojo soltó un suspiro dramático, pero obedeció al instante, sentándose de nuevo y retomando su tarea manual.
— Eres una mujer difícil, Shoko-chan. Pero supongo que ese es el precio de salir con una leyenda como yo.
— Shoko —susurró Utahime, inclinándose hacia ella—, ¿puedes hacer que deje de hablar de sí mismo? Me está dando dolor de cabeza.
Shoko esbozó una sonrisa casi imperceptible. Miró a Satoru, que ahora intentaba hacer malabares con tres vainas de soja usando solo un dedo.
— Satoru.
— ¿Sí, mi amor? —respondió él con excesivo entusiasmo.
— Utahime dice que hablas demasiado. Yo creo que deberías ser un novio considerado y mantener un silencio respetuoso durante los próximos quince minutos para que podamos hablar de cosas de mujeres sin tus interrupciones.
Gojo abrió la boca para replicar, probablemente para decir que sus comentarios eran el alma de cualquier reunión, pero Shoko simplemente levantó una ceja.
— Porque eres mi novio —repitió ella con suavidad.
Satoru cerró la boca de golpe. Hizo un gesto de cerrarse la cremallera en los labios y se cruzó de brazos, asintiendo solemnemente. Se quedó allí, sentado como una estatua de mármol, mirando al techo con una expresión de absoluta obediencia.
Mei Mei estalló en una carcajada genuina.
— Esto es mejor que cualquier espectáculo de variedades en la televisión. Shoko, realmente eres la única persona que puede manejar el Infinito.
— No manejo el Infinito —corrigió Shoko, encendiendo un cigarrillo a pesar de que el bar era técnicamente de no fumadores (nadie se atrevería a decirle nada a la acompañante de Gojo)—. Solo manejo al hombre. Es mucho más efectivo.
La reunión continuó de una manera extrañamente pacífica. Utahime pudo quejarse de sus alumnos sin que Satoru hiciera bromas pesadas sobre su falta de autoridad. Mei Mei discutió las fluctuaciones del mercado de herramientas malditas sin que Satoru intentara demostrar que él podía romper cualquiera de esas herramientas con un estornudo.
Gojo, por su parte, se tomaba su voto de silencio con una seriedad cómica. Cuando quería expresar algo, usaba gestos exagerados o señalaba cosas en el menú, pero no emitió ni un solo sonido. Incluso cuando un camarero se acercó y casi derrama una bebida sobre él, Satoru simplemente usó el Infinito para detener las gotas en el aire y luego le dio una propina generosa con un gesto de pulgar arriba, todo en absoluto silencio.
— Se está esforzando demasiado —murmuró Utahime, mirando a Gojo con una mezcla de lástima y asombro—. Realmente le importa lo que pienses, Shoko.
Shoko observó a Satoru. Él la miró de reojo, sus ojos azules brillando con una mezcla de picardía y devoción. Sabía que él estaba disfrutando de esto a su manera. Para Satoru, ser "dominado" por Shoko no era una humillación, era un privilegio. Era la prueba de que alguien lo conocía lo suficiente como para no tenerle miedo, para tratarlo como a un ser humano normal que podía ser mandado a hacer recados.
Cuando pasaron los quince minutos exactos, Shoko le dio un golpecito en el brazo.
— Tiempo, Satoru. Puedes hablar.
— ¡POR FIN! —exclamó Gojo, haciendo que varios clientes de las mesas cercanas saltaran en sus asientos—. ¿Saben lo difícil que es para alguien con mi coeficiente intelectual y mi carisma mantenerse callado? ¡He tenido al menos siete ideas revolucionarias para mejorar la escuela y tres chistes buenísimos sobre el director Yaga!
— Guárdalos para otro momento —dijo Shoko, levantándose y poniéndose su bata de laboratorio sobre los hombros—. Ya es tarde. Tengo que volver a la escuela.
— ¡Oh, oh! ¡Yo te llevo! —Gojo se levantó de un salto, ofreciéndole el brazo con una elegancia exagerada—. El transporte Gojo Express está a su servicio, señorita Ieiri. Sin paradas, sin tráfico y con calefacción espacial incluida.
Utahime y Mei Mei se despidieron, observando cómo la pareja caminaba hacia la salida.
— ¿Crees que algún día se cansará de ese juego? —preguntó Utahime.
Mei Mei observó cómo Satoru le abría la puerta a Shoko con una reverencia, mientras ella caminaba con su habitual aire de indiferencia, aunque con una pequeña sonrisa en los labios.
— No lo creo —respondió Mei Mei—. A Satoru le encanta que le pongan una correa, siempre y cuando la mano que la sostenga sea la de Shoko. Es el negocio más estable que he visto en mi vida.
Fuera, en la fría noche de Tokio, Satoru y Shoko caminaban por las calles iluminadas por el neón antes de que él decidiera usar su técnica para acortar el camino.
— Shoko —dijo él, bajando el tono de voz a uno más íntimo—. Sabes que Utahime y Mei Mei ahora piensan que soy tu sirviente, ¿verdad?
— ¿Y te molesta? —preguntó ella, metiendo las manos en los bolsillos.
Gojo se detuvo y la atrajo hacia sí, rodeando su cintura con sus largos brazos. El Infinito estaba desactivado; podía sentir el calor de su cuerpo y el olor a tabaco y café que siempre la acompañaba.
— Me molesta que piensen que lo hago por obligación —susurró él, apoyando su frente contra la de ella—. Lo hago porque me gusta que el mundo sepa que hay una sola persona que puede decirme qué hacer. Me hace sentir... real.
Shoko lo miró a los ojos. En el fondo de ese azul infinito, vio la vulnerabilidad que él escondía de todos los demás. Extendió una mano y acarició su mejilla, sintiendo la suavidad de su piel.
— Eres un sentimental, Satoru.
— Solo contigo —respondió él con una sonrisa genuina—. Así que, ¿cuál es la siguiente misión? ¿Quieres que traiga flores de los Alpes? ¿Quieres que robe la corona de la reina de Inglaterra? Pídeme lo que quieras.
Shoko se rió entre dientes, una risa baja y ronca que a Satoru le encantaba.
— En realidad, quiero que me cargues hasta la entrada de la escuela. Mis tacones me están matando y no tengo ganas de caminar.
Gojo se iluminó como un niño en Navidad.
— ¿Y por qué debería hacer eso el gran Gojo Satoru? —preguntó con fingida arrogancia, esperando la frase mágica.
Shoko se acercó a su oído, rozando su lóbulo con los labios, y susurró con una calidez que hizo que el hechicero más fuerte del mundo se estremeciera de pies a cabeza.
— Porque eres mi novio, y porque si lo haces, tal vez te deje quedarte en mi habitación a ver esa película de terror que tanto querías ver.
Satoru no necesitó más. En un movimiento fluido, la levantó en estilo nupcial, sosteniéndola con una facilidad asombrosa.
— ¡Prepárate, Shoko-chan! ¡Llegaremos en menos de un parpadeo!
Con un destello de energía azul, los dos desaparecieron de la calle, dejando atrás solo el eco de una risa y el aroma de un cigarrillo recién apagado. El juego de la "Carta del Novio" seguía vigente, y en el complejo equilibrio del mundo de la hechicería, ese era quizás el poder más absoluto de todos. Porque al final del día, incluso el hombre que lo tenía todo necesitaba a alguien que le dijera que simplemente fuera él mismo, aunque eso significara pelar edamames o ser el transporte personal de la mujer que amaba.