Carta del Novio
El Cobro de la Deuda Infinita
El aire en el dormitorio de Shoko era pesado, cargado con el aroma familiar del sándalo y ese rastro metálico de energía maldita que Satoru siempre dejaba flotando a su paso. Ella estaba sentada en el borde de su cama, quitándose los zapatos de tacón con un suspiro de alivio. La "Carta del Novio" había sido un éxito rotundo durante semanas, pero Shoko no era tonta. Sabía que en el mundo de la hechicería, y especialmente con alguien como Satoru Gojo, todo equilibrio tiende a buscar su compensación.
Satoru estaba apoyado contra el marco de la puerta, observándola. No llevaba la venda, ni las gafas. Sus ojos azules, esos Seis Ojos que todo lo veían, estaban fijos en ella con una intensidad que no era la habitual alegría infantil. Había algo más profundo, una chispa de astucia que Shoko reconoció de inmediato.
— Has estado muy mandona últimamente, Shoko-chan —dijo él, rompiendo el silencio. Su voz era baja, vibrante, despojada de su habitual tono burlón.
— Solo he estado haciendo uso de mis prerrogativas —respondió ella, sin levantar la vista mientras masajeaba sus pies cansados—. Tú aceptaste las reglas del juego.
— Oh, acepté las reglas, claro que sí —Satoru caminó hacia ella, sus pasos silenciosos sobre el tatami—. Pero todo buen jugador sabe que, tras una racha de apuestas, llega el momento de cobrar las fichas. He sido un novio ejemplar, ¿no crees? He pelado verduras, he hecho recados ridículos, he guardado silencio cuando quería gritar... He sido, básicamente, tu juguete favorito.
Shoko finalmente levantó la vista. Satoru estaba justo frente a ella, una figura imponente que parecía absorber la luz de la habitación.
— ¿Y qué es lo que quieres, Satoru? ¿Una medalla al mérito?
Satoru se inclinó, apoyando las manos en las rodillas de Shoko, atrapándola en su espacio personal. El Infinito estaba allí, pero ella podía sentir el calor que emanaba de él.
— Quiero reciprocidad —susurró—. Mañana por la noche, no habrá misiones. No habrá informes. No habrá autopsias. Y tú vas a hacer exactamente lo que yo diga.
Shoko arqueó una ceja, manteniendo su máscara de indiferencia.
— ¿Ah, sí? ¿Y bajo qué lógica debería aceptar eso?
Satoru sonrió, y fue una sonrisa que Shoko sintió en la boca del estómago.
— Porque eres mi novia.
El contraataque fue perfecto. Shoko soltó una pequeña risa seca, reconociendo la derrota táctica. Había usado esa frase como un arma, y ahora Satoru la reclamaba para sí mismo.
— Está bien —cedió ella—. Tienes una noche. Úsala bien.
La "recompensa" de Satoru comenzó de una manera que Shoko esperaba: con una tortura gastronómica. La llevó a un restaurante temático de dulces en el corazón de Harajuku, un lugar decorado con colores pastel chillones y música pop que le taladraba los oídos. Shoko odiaba los dulces en exceso, pero allí estaba, sentada frente a un enorme parfait de fresa y crema mientras Satoru la miraba con deleite.
— Prueba esto, Shoko. Es la edición especial "Corazón Radiante" —dijo él, extendiendo una cuchara llena de algo que parecía azúcar puro.
— Satoru, sabes que prefiero algo amargo. O un cigarrillo.
— Nada de amargura hoy —replicó él, acercando la cuchara a sus labios—. Hazlo por mí. Eres mi novia, ¿recuerdas?
Shoko suspiró y aceptó la cucharada, arrugando la nariz ante el dulzor abrumador. Satoru rió, un sonido limpio y honesto que hizo que el disgusto por el postre valiera un poco la pena.
Sin embargo, el tono de la noche cambió cuando regresaron al apartamento privado de Satoru en las instalaciones de la escuela. Era un espacio mucho más amplio y lujoso que los dormitorios estándar, un refugio donde el "Hechicero más Fuerte" podía simplemente ser un hombre.
— El siguiente paso de mi lista —anunció Satoru mientras cerraba la puerta con llave— es que te relajes de verdad. Estás siempre tan tensa, Shoko. Cargando con los muertos de todos nosotros.
Caminó hacia el baño principal, donde una bañera de piedra ya estaba rebosante de agua caliente y sales minerales. El vapor llenaba la estancia, creando una atmósfera de ensueño.
— Vamos a bañarnos juntos —dijo él, comenzando a desabotonarse la chaqueta negra con movimientos lentos y deliberados.
Shoko se quedó en el umbral, observándolo. Habían compartido muchas cosas a lo largo de los años —sangre, pérdidas, cigarrillos a escondidas—, pero la intimidad doméstica todavía se sentía como un territorio nuevo y frágil.
— Satoru, esto es... —empezó ella.
— Es una orden del novio —la interrumpió él, quedándose con el torso desnudo. Su piel era pálida, marcada por la perfección de alguien que rara vez era tocado por el mundo físico gracias a su técnica, pero sus músculos estaban tensos—. Deja de pensar, Shoko. Por una noche, deja de ser la médico. Solo sé tú.
Ella asintió lentamente, dejando caer su bata de laboratorio al suelo. Entrar en el agua caliente con él fue una experiencia sensorial abrumadora. Satoru se sentó detrás de ella, permitiendo que Shoko se apoyara contra su pecho. Sus manos, grandes y callosas por el entrenamiento pero increíblemente suaves en su tacto, comenzaron a masajear sus hombros.
— Estás llena de nudos —murmuró él contra su cuello.
— Es el trabajo, Satoru. No todos podemos simplemente filtrar el estrés con el Infinito.
— Entonces déjamelo a mí —dijo él, sumergiendo sus manos en el agua para buscar las de ella—. Déjame llevar la carga por unas horas.
El baño fue largo y silencioso, una tregua necesaria en sus vidas caóticas. Pero cuando salieron y se secaron, la energía en el aire cambió de nuevo. Ya no era solo relajación; era una tensión eléctrica, un deseo que se había estado cocinando a fuego lento bajo la superficie de sus bromas y juegos de poder.
Satoru la guio hacia su habitación, una estancia amplia con una cama de sábanas oscuras. La luz de la luna se filtraba por el gran ventanal, bañando todo en un tono plateado. Él se detuvo frente a ella, tomándola de las manos. Sus ojos azules brillaban con una claridad sobrenatural.
— Shoko —dijo su nombre como si fuera un mantra—. He hecho todo lo que me has pedido. He sido el novio que querías ver. Pero ahora... ahora te pido que seas mía de la única forma que nos falta. Sin barreras. Sin juegos. Solo nosotros.
Shoko sintió que su pulso se aceleraba. Satoru Gojo solía ser una presencia abrumadora, un dios entre hombres, pero en ese momento, descalzo y con el cabello blanco cayendo desordenado sobre su frente, se veía humano. Terrenalmente hermoso y peligrosamente necesitado.
— ¿Es esta tu última carta, Satoru? —preguntó ella en un susurro.
— No es una carta, Shoko. Es la verdad. Te deseo desde que teníamos diecisiete años y el mundo todavía no se había roto. Y ahora que finalmente te tengo... no quiero medias tintas.
Él la atrajo hacia sí, y esta vez no hubo espacio para el Infinito. El contacto de sus pieles fue como un choque eléctrico. Satoru la besó con una urgencia que la dejó sin aliento, un beso que sabía a años de palabras no dichas y a la desesperación de quienes saben que el mañana nunca está garantizado en su profesión.
— Satoru... —jadeó ella cuando él bajó sus besos hacia su clavícula.
— Shoko —respondió él, su voz vibrando contra su piel—. Quédate conmigo hasta que salga el sol. Olvida la escuela, olvida a los alumnos, olvida que somos hechiceros. Solo sé mi novia.
Ella lo rodeó con sus brazos, hundiéndose en su fuerza.
— Solo porque eres mi novio —murmuró ella, pero esta vez la frase no era un comando, sino una entrega total.
Se dejaron caer sobre la cama, y el mundo exterior dejó de existir. En la penumbra de la habitación, Satoru la exploró con una devoción casi religiosa. Cada caricia era una pregunta y cada gemido de Shoko era una respuesta afirmativa. Él era fuego y ella era la calma que intentaba contenerlo, hasta que ambos se convirtieron en un solo incendio.
No hubo prisa. Satoru se aseguró de que cada centímetro de ella fuera adorado, usando sus manos y sus labios para trazar un mapa de su cuerpo que grabaría en su memoria eterna. Shoko, por su parte, descubrió que bajo la capa de omnipotencia de Satoru, había un hombre que buscaba desesperadamente conexión, alguien que necesitaba ser sentido tanto como ella necesitaba ser vista.
— Mírame, Shoko —pidió él en el clímax de su unión, sus ojos fijos en los de ella—. No cierres los ojos. Quiero que veas quién soy.
Y ella lo miró. Vio al niño que fue, al hombre que era y al peso de la soledad que solo ella podía aliviar. En ese momento de placer absoluto y deseo compartido, no había "el más fuerte". Solo había dos personas intentando amarse en un mundo que solo sabía de destrucción.
El amanecer comenzó a teñir el cielo de un gris pálido cuando finalmente se quedaron quietos, entrelazados bajo las sábanas. El silencio era cómodo, roto solo por el ritmo de sus respiraciones volviendo a la normalidad. Satoru tenía a Shoko acurrucada contra su costado, su mano acariciando perezosamente su cabello castaño.
— ¿Valió la pena el esfuerzo de ser un "novio obediente"? —preguntó ella con voz ronca, cerrando los ojos.
Satoru besó la coronilla de su cabeza, exhalando un suspiro de pura satisfacción.
— Lo haría mil veces más. Podría pasar el resto de mi vida pelando edamames si el final del día es este.
Shoko sonrió levemente. Sabía que los días siguientes volverían a estar llenos de sangre, maldiciones y la pesada responsabilidad de sus rangos. Satoru volvería a ser el arrogante profesor Gojo y ella volvería a la mesa de autopsias con un cigarrillo en la mano. Pero algo había cambiado fundamentalmente.
— El juego de la carta del novio se ha vuelto peligroso —comentó ella.
— Oh, no —dijo Satoru, apretándola un poco más contra sí—. Apenas está empezando. Porque ahora que sé que esta es la recompensa, voy a ser el novio más servicial que Japón haya visto jamás. Prepárate, Shoko-chan, porque voy a usar mi carta de novio para que nunca quieras dejarme ir.
Shoko no respondió con palabras. Simplemente se hundió más en su abrazo, permitiéndose el lujo de dormir unos minutos más. Sabía que Satoru hablaba en serio, y por primera vez en mucho tiempo, no le importaba perder el control de la situación. Después de todo, tener a Gojo Satoru de novio era un caos constante, pero era un caos que ella no cambiaría por toda la paz del mundo.
Cuando el sol finalmente iluminó la habitación, los encontró así: dos sobrevivientes descansando en el ojo del huracán, unidos por un vínculo que ninguna técnica maldita podría replicar jamás. El juego continuaría, las cartas se seguirían jugando, pero la deuda, por esa noche, había sido pagada con creces.