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Casual

Lágrimas de diseño y despedidas casuales

El dormitorio de Nobara Kugisaki solía ser un santuario de orden, moda y ambición. Ahora, era una morgue de recuerdos. El aire estaba viciado, impregnado del aroma dulce de los chocolates de alta gama que había comprado en un arrebato de ansiedad y el rastro persistente del perfume de Maki, que se negaba a abandonar las sábanas.

Nobara estaba hecha un ovillo en medio de su cama, vistiendo una sudadera tres tallas más grande que no era suya. En sus manos, el iPad brillaba con una luz blanca y cruel. Sus dedos, esos que solían martillar clavos con una precisión letal, temblaban mientras se deslizaban por la galería de fotos.

Una foto de ambas en Harajuku. Maki intentaba parecer molesta mientras Nobara la obligaba a usar unas orejas de gato. *Eliminar.*

Un video corto de Maki entrenando sin camiseta, con el sudor resaltando la musculatura de su espalda y el complejo mapa de sus cicatrices. Nobara recordaba haber besado cada una de esas marcas de quemaduras, prometiéndole que eran hermosas porque eran la prueba de que seguía viva. *Eliminar.*

— Dijiste que era casual —susurró Nobara, su voz un hilo roto—. Dijiste que no era nada serio, pero me dejaste creer que "casual" significaba que el resto del mundo no importaba mientras estuviéramos solas.

Se llevó a la boca un bombón de praliné, masticando con amargura. La letra de esa canción que no dejaba de sonar en su cabeza —algo sobre ser casual y fingir que no te importa— se sentía como una burla directa. Maki la había tratado como un secreto sucio, una parada de descanso en su camino hacia el trono de los Gojo. Nobara había aceptado las reglas del juego porque pensó que, al final, el amor pesaría más que un apellido. Qué estúpida había sido.

Mientras tanto, en los pasillos de la escuela técnica, la atmósfera era distinta. Maki Zenin caminaba con una autoridad que no poseía meses atrás. Su presencia exigía espacio. Se había graduado, sí, pero su compromiso con Yuta Okkotsu la había convertido en una figura de interés político. Había vuelto a la escuela para una reunión con los superiores sobre la reestructuración de las familias de hechiceros, pero sus ojos buscaban una mancha naranja entre los uniformes azul marino.

No la vio en el comedor. No la vio en el campo de entrenamiento.

— ¿Dónde está Kugisaki? —preguntó Maki, interceptando a Megumi Fushiguro en el pasillo.

Megumi la miró con una mezcla de cansancio y desaprobación. Él no sabía los detalles, pero no era ciego. Sabía que algo se había roto de forma irreparable entre ellas.

— No ha salido de su cuarto en dos días —respondió Megumi con frialdad—. Dice que está enferma. Pero dudo que sea algo que un médico pueda curar.

Maki apretó la mandíbula. El anillo en su dedo parecía quemar.

— Tengo que hablar con ella.

— No creo que sea una buena idea, Maki-san. Déjala en paz. Ya conseguiste lo que querías, ¿no? El nombre de los Gojo, el poder, tu libertad.

Maki no respondió. Simplemente pasó de largo, sus botas resonando con fuerza contra la madera del suelo. Subió las escaleras hacia la zona de dormitorios femeninos, ignorando la voz en su cabeza que le decía que diera media vuelta. Ella no era una cobarde. Nunca lo había sido. Pero enfrentarse a la mirada de Nobara se sentía mucho más peligroso que enfrentarse a una maldición de grado especial.

Se detuvo frente a la puerta de Nobara. No llamó. Simplemente giró el pomo y entró.

La habitación estaba a oscuras, salvo por la pantalla del iPad. El olor a chocolate y tristeza golpeó a Maki como un puñetazo. Nobara ni siquiera levantó la vista; sabía perfectamente quién era por el peso de sus pasos.

— Vete —dijo Nobara, su voz plana, despojada de su usual fuego—. No tienes permiso para estar aquí. Ya no eres estudiante y ciertamente ya no eres bienvenida en mi cama.

Maki cerró la puerta tras de sí y se quedó de pie, observando la figura encogida de la chica que amaba —aunque se negara a usar esa palabra—.

— He venido a ver cómo estabas. Megumi dijo que no habías ido a clase.

Nobara soltó una carcajada seca y se sentó, revelando sus ojos hinchados y el rostro pálido.

— ¡Oh, qué detalle! La futura gran señora del clan Gojo se preocupa por la plebeya —Nobara lanzó el iPad sobre la colcha; la pantalla mostraba una foto de ellas dos riendo en un fotomatón—. ¿Qué pasa, Maki? ¿Yuta está demasiado ocupado siendo el hechicero más fuerte como para darte la atención que necesitas? ¿O es que extrañas tener a alguien que te adore como a una diosa sin pedirte nada a cambio?

— No lo hagas más difícil de lo que es, Nobara. Sabes por qué hago esto.

— Lo sé. Lo haces por ti —Nobara se puso en pie, tambaleándose un poco, pero manteniendo la barbilla en alto—. Me usaste para no sentirte sola mientras planeabas tu boda con otro. Me dijiste que era casual para no tener que sentirte culpable cuando me dejaras tirada. "Es solo sexo", "es solo una distracción". ¡Mentira! Me mirabas como si fuera lo único que te mantenía cuerda.

Maki dio un paso adelante, intentando mantener su máscara de indiferencia, pero sus manos temblaban ligeramente.

— Fue real para mí, a mi manera. Pero el mundo real no se alimenta de sentimientos, Nobara. Necesito ese apellido para destruir a los Zenin desde adentro. Si me quedo contigo, solo seremos dos hechiceras de segunda clase huyendo para siempre. Con Yuta, soy intocable.

— ¡Buena suerte con eso, nena! —gritó Nobara, citando con sarcasmo la canción que martilleaba su mente—. Buena suerte viviendo esa vida perfecta. Espero que ese anillo te dé todo el calor que yo te daba. Espero que cuando estés en esa cama inmensa, en esa mansión fría, y él te toque, no cierres los ojos y desees que fuera mi mano la que estuviera ahí.

Maki sintió un escalofrío. Era exactamente lo que había pensado la noche anterior.

— Estás siendo cruel —dijo Maki en voz baja.

— ¿Yo soy la cruel? —Nobara se acercó, invadiendo el espacio personal de Maki. Era más baja, pero en ese momento parecía gigante—. Tú me destrozaste. Me pediste que fuera tu secreto. Me presentaste como una amiga mientras yo sabía exactamente a qué sabía tu piel. Me hiciste creer que si esperaba lo suficiente, si era lo suficientemente buena, me elegirías. Pero nunca tuviste la intención de hacerlo. Solo querías ver hasta dónde podías estirar el hilo antes de que se rompiera.

Maki extendió una mano, queriendo tocar la mejilla de Nobara, pero la pelirroja la apartó de un golpe.

— No me toques. No vuelvas a tocarme con la mano que lleva ese anillo. Me das asco, Maki. No porque te cases por poder, sino porque eres tan cobarde que no puedes admitir que me amas y que estás renunciando a la única cosa real que has tenido por un puñado de orgullo y odio.

— ¡No es orgullo! —estalló Maki, perdiendo finalmente la compostura—. ¡Es supervivencia! ¡Tú no sabes lo que es nacer sin nada en una casa que te quiere muerta!

— ¡Yo te di todo! —replicó Nobara con la misma intensidad—. ¡Yo era tu casa! ¡Yo era el lugar donde podías ser débil! Pero prefieres ser una reina en un cementerio que una mujer amada en un apartamento pequeño. Así que vete. Ve y ten tus hijos con sangre Gojo. Ve y cumple tu destino. Pero cuando te des cuenta de que el poder no te abraza por las noches, no te atrevas a buscarme.

Maki retrocedió, golpeando la puerta con la espalda. El silencio que siguió fue denso, cargado de todo lo que no se habían dicho en un año de susurros a medianoche. Maki miró a Nobara y, por un segundo, estuvo a punto de quitase el anillo, de lanzarlo por la ventana y quedarse allí, aceptando el caos de un futuro incierto pero compartido.

Pero el peso de las cicatrices en su cuerpo era más fuerte que el latido de su corazón. El odio hacia los Zenin era la médula de sus huesos, y no sabía quién era ella sin ese rencor.

— Lo siento —susurró Maki.

Nobara se dio la vuelta, dándole la espalda.

— No lo sientes. Solo te sientes mal porque te he dicho la verdad. Vete, Maki. Tengo muchas fotos que borrar y una vida que empezar donde tú no existes.

Maki salió de la habitación. Esta vez, no caminó con paso firme. Cada paso se sentía como si estuviera arrastrando cadenas. Al bajar las escaleras, se encontró con Yuta Okkotsu, que la esperaba cerca de la salida. Él la miró con esa amabilidad infinita y triste que lo caracterizaba.

— ¿Estás bien, Maki-san? —preguntó Yuta, notando la palidez de su prometida.

Maki miró a Yuta. Era un buen hombre. Sería un buen esposo. La respetaría, la protegería y juntos cambiarían el mundo de la hechicería. Era el trato perfecto. El final feliz que ella misma había escrito.

— Sí —mintió Maki, ajustándose las gafas—. Vámonos. Tenemos mucho que hacer.

Mientras se alejaban, Maki no pudo evitar mirar hacia arriba, hacia la ventana del dormitorio de Nobara. No había nadie asomado. Solo el reflejo del sol de la tarde sobre el cristal.

Dentro de la habitación, Nobara había vuelto a la cama. Había seleccionado la última foto. Una de la primera noche que pasaron juntas, cuando Maki se quedó dormida en su hombro y Nobara pensó que el mundo finalmente tenía sentido.

Sus dedos dudaron sobre el icono de la papelera.

— Buena suerte, nena —murmuró Nobara, las lágrimas cayendo sobre la pantalla—. Vas a necesitarla cuando te des cuenta de que el oro no quita el frío.

Presionó el botón. La pantalla quedó vacía. El hilo se cortó definitivamente, dejando a una mujer con un imperio y a otra con un corazón roto, ambas prisioneras de una libertad que se sentía exactamente igual a la soledad.