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Casual

Cenizas en el escaparate

El invierno en Tokio siempre se sentía como una aguja fría perforando la piel, pero para Nobara Kugisaki, el frío de ese año era distinto. No era el viento que bajaba de las montañas ni la humedad de la ciudad; era una especie de entumecimiento que se le había instalado en la médula ósea.

Caminaba por Ginza con las manos hundidas en los bolsillos de su abrigo de lana oscura. A su alrededor, la ciudad vibraba con el ajetreo previo a las festividades. Las parejas caminaban entrelazadas, compartiendo bufandas y promesas vaporosas que se disolvían en el aire gélido. Nobara se detuvo frente a una joyería de lujo. Tras el cristal, un conjunto de alianzas de platino descansaba sobre terciopelo negro.

Miró el brillo de los diamantes con una indiferencia que rozaba el asco. Hace un tiempo, habría pegado la nariz al vidrio, imaginando qué tipo de vestido combinaría con semejante piedra. Ahora, solo podía pensar en el peso de ese metal. En cómo una circunferencia tan pequeña podía asfixiar la voluntad de una persona.

— Podríamos haber sido nosotras —susurró para sí misma, una idea vaga y amarga que cruzó su mente como el rastro de un avión—. Pero tú preferiste el platino al fuego.

Se dio la vuelta con un movimiento brusco, ignorando el reflejo de su propia soledad en el escaparate. Tenía una misión en Roppongi y no podía permitirse el lujo de melancolías baratas.

El entrenamiento se había vuelto su único refugio. Ya no buscaba la técnica perfecta o la elegancia en el movimiento; buscaba el agotamiento absoluto. En el campo de la escuela técnica, Nobara golpeaba los muñecos de práctica con una ferocidad que hacía que incluso Panda se mantuviera a una distancia prudencial.

— ¡Kugisaki, descansa un poco! —le gritó Itadori desde la banda, sosteniendo un par de botellas de agua—. Llevas tres horas dándole a eso. Vas a romper el martillo antes que a la maldición.

Nobara no respondió. Lanzó un clavo imbuido en energía maldita que atravesó el núcleo de paja del muñeco, haciendo que este estallara en mil pedazos. Se limpió el sudor de la frente con el dorso de la mano, respirando entrecortadamente.

— Estoy bien, Yuuji —dijo finalmente, su voz áspera—. Solo necesito estar lista. No todos tenemos el lujo de nacer con un poder que nos solucione la vida.

Itadori intercambió una mirada preocupada con Fushiguro, quien leía sentado en las gradas. Ambos sabían que Nobara estaba operando con un combustible peligroso: el despecho transformado en disciplina.

Mientras Nobara se hundía en la rutina del dolor físico para acallar el emocional, en otra parte de la ciudad, Maki Zenin vivía una realidad de seda y espinas.

Maki se encontraba en un salón privado de una de las propiedades del clan Gojo. Frente a ella, una modista de renombre ajustaba los alfileres de lo que sería su vestido de ceremonia. No era un vestido blanco occidental; era un shiromuku tradicional, pesado y solemne, que parecía una armadura de tela blanca.

— ¿No cree que está un poco ajustado de los hombros, Maki-san? —preguntó la mujer con timidez, consciente de la musculatura inusual de la novia.

— Está bien —respondió Maki, mirando su reflejo sin reconocerse—. No necesito moverme mucho para decir "sí".

A un lado, sobre una mesa de caoba, descansaban carpetas llenas de planos, listas de invitados y protocolos de seguridad. La boda no era un evento social; era un despliegue de fuerza. El compromiso con Yuta Okkotsu había silenciado las voces disidentes dentro del clan Zenin más rápido de lo que cualquier amenaza física hubiera podido hacerlo. Había ganado. Tenía el tablero a su favor.

La puerta se abrió y Yuta entró, luciendo tan cansado como siempre, pero con esa sonrisa suave que intentaba aliviar la tensión del ambiente.

— Los ancianos están discutiendo sobre el orden de los brindis —dijo Yuta, dejándose caer en una silla—. Es agotador. ¿Cómo vas con la prueba?

— Me siento como un maniquí —respondió Maki, permitiendo que la modista se retirara por un momento—. ¿Has terminado con los informes de la frontera?

Yuta asintió. Su relación era así: una serie de intercambios logísticos, respeto mutuo y silencios cómodos. No había pasión, pero había una alianza inquebrantable. Yuta sabía que el corazón de Maki no le pertenecía, y Maki sabía que Yuta seguía cargando con el fantasma de un amor infantil que nunca lo abandonaría del todo. Eran dos náufragos que habían decidido construir una balsa juntos.

— Maki-san —dijo Yuta después de un rato—, ayer vi a Inumaki. Me preguntó por Nobara-kun. Dijo que no la ha visto en las reuniones informales.

El nombre golpeó a Maki en el estómago, más fuerte que cualquier golpe de entrenamiento. Mantuvo la vista fija en el espejo, observando cómo el blanco del vestido resaltaba las cicatrices que subían por su cuello, aquellas que el maquillaje no lograba ocultar del todo.

— Ella está ocupada con sus misiones —contestó Maki con frialdad—. Es su último año. Tiene que demostrar lo que vale si quiere ascender a primer grado.

— Sabes que no me refiero a eso —insistió Yuta, levantándose y acercándose a ella—. Si necesitas hablar con ella antes de que... bueno, antes de que esto sea oficial ante los registros del mundo de la hechicería...

— No hay nada de qué hablar, Yuta. Tomé una decisión. Ella tomó la suya. El mundo sigue girando.

Pero esa noche, después de que Yuta se marchara y la mansión quedara sumergida en ese silencio aristocrático que Maki tanto despreciaba, ella se quedó sola en su habitación provisional. Se quitó el anillo de compromiso y lo dejó sobre la mesita de noche. El círculo de metal dejó una marca roja en su piel.

Se acercó a la ventana y miró hacia la dirección donde se encontraba la escuela técnica. Se preguntó si Nobara estaría durmiendo, o si estaría en su balcón, mirando la misma luna, odiándola con cada fibra de su ser. Maki deseó, por un segundo egoísta, que Nobara la odiara. Porque el odio es una forma de recuerdo, y la idea de que Nobara simplemente la olvidara, que encontrara a alguien que sí la eligiera por encima de todo, era una agonía que no sabía cómo procesar.

Días después, la realidad volvió a cruzarlas de la manera más cruda: el deber.

Una filtración de energía maldita masiva en un complejo de oficinas en Shinjuku requería la presencia de varios hechiceros de alto nivel. Maki, como futura representante de los Gojo, y Nobara, como parte del equipo de respuesta rápida de la escuela, terminaron en el mismo perímetro de seguridad.

Nobara estaba revisando sus herramientas cuando la vio llegar. Maki bajó de un coche negro de alta gama, escoltada por dos asistentes del clan. Vestía un traje formal oscuro, el cabello recogido con una perfección militar y el anillo brillando bajo la luz de los focos de emergencia.

— Vaya, parece que la realeza ha llegado —comentó Nobara en voz alta, sin mirar a nadie en particular, pero asegurándose de que sus palabras llegaran a donde debían.

Maki se detuvo. Sus ojos se encontraron. Por un instante, el caos de las sirenas y los gritos de la gente siendo evacuada desapareció. Solo existían ellas dos y el abismo de lo que pudo ser.

— Kugisaki —dijo Maki, su voz manteniendo una neutralidad profesional que le costó la vida sostener.

— Zenin-san —respondió Nobara, enfatizando el apellido que Maki tanto quería cambiar, pero que ahora usaba como escudo—. O debería decir Gojo-san. He oído que las invitaciones ya salieron. Qué lástima que mi buzón esté tan vacío.

— Sabes por qué no recibiste una —dijo Maki, dando un paso hacia ella, ignorando las miradas curiosas de los auxiliares.

— Oh, lo sé. No querrías que la "amiga casual" arruinara las fotos familiares con sus escenas ridículas, ¿verdad? —Nobara sonrió, pero era una mueca llena de vidrios rotos—. No te preocupes. Estoy demasiado ocupada salvando el mundo real mientras tú juegas a las casitas en tu castillo de cristal.

— Nobara, basta. Estamos en una misión.

— Tienes razón. El deber ante todo. Es tu lema, ¿no? —Nobara se colgó el carcaj de clavos al hombro y pasó por el lado de Maki, rozando su hombro con deliberada brusquedad—. Asegúrate de no ensuciarte el anillo con sangre de maldición. Sería una pena que perdiera su valor.

Maki se quedó estática, sintiendo el calor del roce de Nobara desvanecerse en el aire frío. Quiso alcanzarla, quiso gritarle que cada noche se despertaba buscando su mano en la oscuridad de esa cama fría. Pero los asistentes la llamaban. El mundo de la política y el poder la reclamaba.

La misión fue un éxito táctico, pero un desastre emocional. Nobara luchó con una temeridad suicida, exorcizando maldiciones con una furia que asustó incluso a los de grado superior. Maki, desde su posición de mando, la observaba a través de las cámaras de seguridad del edificio, con el corazón en un puño cada vez que Nobara se arriesgaba demasiado.

Al terminar, mientras los equipos se retiraban, Nobara se sentó en la parte trasera de una ambulancia para que le vendaran un corte en el brazo. Estaba exhausta, cubierta de hollín y sangre, pero se sentía extrañamente viva. El dolor físico era honesto. No mentía, no hacía promesas que no podía cumplir.

Miró hacia el coche de Maki, que ya se alejaba escoltado por la noche de Tokio.

— Me pediste que no fuera egoísta —murmuró Nobara, viendo las luces traseras desaparecer—. Pero tú fuiste la que se llevó todo el oxígeno y me dejó aquí, intentando respirar cenizas.

En el coche, Maki apoyaba la frente contra el cristal frío de la ventanilla. Su mano derecha, la que llevaba el anillo, estaba cerrada en un puño tan fuerte que los nudillos estaban blancos.

— ¿Maki-san? —preguntó el conductor—. ¿Se encuentra bien?

— Solo sigue conduciendo —respondió ella, cerrando los ojos.

En su mente, la imagen de Nobara herida y orgullosa se superponía a la del Shiromuku blanco. Se dio cuenta de que podía ganar todas las batallas contra su clan, podía humillarlos, podía borrarlos de la historia. Pero cada vez que viera a una mujer de cabello naranja caminar por la calle, cada vez que oliera el perfume que Nobara solía usar, sabría que había perdido la única guerra que realmente importaba.

Maki Zenin se casaría en un mes. Tendría el apellido Gojo. Sería poderosa. Y pasaría el resto de sus días siendo la mujer más exitosa y miserable de todo Japón, recordando el sabor de un "casual" que fue lo más real que jamás tuvo en sus manos.

Nobara, por su parte, se bajó de la ambulancia y comenzó a caminar hacia la estación de metro. No miró atrás. Mañana se compraría un par de zapatos nuevos, se pintaría las uñas de un color estridente y seguiría adelante. Porque ella era Nobara Kugisaki, y aunque su corazón estuviera hecho pedazos, se aseguraría de que cada trozo brillara con más fuerza que cualquier diamante de compromiso.