Casual
El eco de una corona de espinas
El invierno en Tokio no tenía piedad, pero el frío que calaba los huesos de Nobara Kugisaki no provenía de la nieve que empezaba a teñir de blanco las calles de Shinjuku. Provenía del vacío. Hacía exactamente dos semanas que Maki Zenin se había convertido en Maki Gojo en una ceremonia privada que había redefinido el mapa político del mundo de la hechicería. Los periódicos del mundo oculto no hablaban de otra cosa: la unión de los dos linajes más poderosos, el fin de la era de la decadencia Zenin y el ascenso de una nueva matrona que, a pesar de no poseer energía maldita, ahora caminaba con el respaldo del hechicero más fuerte de la era moderna.
Nobara estaba sentada en un banco de madera frente a una tienda de alta costura, rodeada de bolsas de papel que contenían vestidos que no necesitaba y zapatos que le hacían daño. Se miró las uñas, pintadas de un rojo tan oscuro que parecía sangre seca.
— Qué estúpida eres, Nobara —se susurró a sí misma, sintiendo cómo el vapor de su aliento se disolvía en el aire—. Comprando cosas para llenar un agujero que tiene tu propio tamaño.
Sacó su teléfono. No había mensajes. No había llamadas perdidas. Maki había cumplido su palabra de "cortar el hilo". O quizás, simplemente, estaba demasiado ocupada siendo la señora de una mansión que Nobara nunca pisaría.
Mientras tanto, en las profundidades del distrito de los clanes, Maki se encontraba en una habitación que triplicaba el tamaño de su antiguo dormitorio en la escuela técnica. Las paredes estaban decoradas con tapices antiguos y el suelo cubierto por tatamis de la mejor calidad. Vestía un kimono de seda oscura, elegante y restrictivo, que ocultaba las cicatrices de su torso pero no la rigidez de sus hombros.
Sobre la mesa frente a ella, el anillo de platino y diamantes brillaba bajo la luz de las velas. Maki lo observaba con una mezcla de triunfo y náuseas. Había ganado. Los ancianos Zenin que antes la escupían ahora le hacían reverencias, temerosos de que una sola palabra suya al oído de Yuta Okkotsu significara su ejecución.
— ¿Maki-san? —La voz de Yuta llegó desde la puerta corredera—. Los representantes del clan Kamo han llegado. Esperan el brindis de apertura.
Maki se puso en pie, ajustándose el obi con una fuerza innecesaria.
— Ya voy, Yuta. Solo estaba... pensando.
Yuta entró en la habitación. Ya no vestía su uniforme blanco de hechicero, sino un hakama formal que lo hacía parecer mucho mayor de lo que era. Se acercó a ella y, por un breve momento, su máscara de cortesía se resquebrajó, dejando ver la misma tristeza que Maki cargaba en el pecho.
— ¿Has sabido algo de ella? —preguntó Yuta en voz baja. No necesitaba decir nombres.
Maki apretó los puños, ocultándolos en las mangas de su kimono.
— No. Y no quiero saberlo. Ella dejó claro que no quería ser parte de esta farsa.
— Toge me dijo que la vio el otro día —continuó Yuta, ignorando la frialdad de su esposa—. Dijo que parece un fantasma caminando por los centros comerciales. Que ha perdido peso.
— ¡Basta! —exclamó Maki, dándose la vuelta bruscamente—. Hicimos un trato, Yuta. Tú tienes tu paz con Inumaki en las sombras y yo tengo mi venganza. Nobara... Nobara decidió que mi libertad no valía su orgullo. No me pidas que sienta lástima por alguien que me llamó cobarde antes de darme la espalda.
Yuta la miró con una compasión que a Maki le resultaba insoportable.
— Ella no te llamó cobarde por casarte, Maki. Te llamó cobarde por no amarla lo suficiente como para renunciar a este odio.
Maki no respondió. Salió de la habitación con paso firme, sus sandalias golpeando el suelo con un ritmo militar. El banquete fue una sucesión de caras hipócritas y palabras vacías. Bebió sake hasta que su garganta ardió, sonrió cuando las cámaras lo requirieron y permitió que Yuta pusiera una mano sobre la suya para las fotos oficiales. Era la imagen de la perfección. Era la mentira más hermosa de Japón.
Horas después, cuando los invitados se marcharon y la mansión quedó sumergida en ese silencio sepulcral que solo el dinero puede comprar, Maki se retiró a sus aposentos. Yuta se había marchado a los dormitorios de la escuela técnica; esa noche, como muchas otras, dormiría en una habitación pequeña y austera junto a Toge, prefiriendo la calidez de un amor prohibido al frío de su palacio legítimo.
Maki se desvistió con movimientos lentos, dejando caer el kimono caro sobre el suelo como si fuera basura. Se quedó en ropa interior frente al espejo de cuerpo entero. Las cicatrices de las quemaduras de Jogo seguían allí, recordándole que su vida siempre había sido una guerra. Se tocó el vientre, pensando en el futuro. Los ancianos ya hablaban de herederos. De hijos que llevarían la sangre de los Gojo y la voluntad de los Zenin.
Se imaginó a un niño de ojos claros y cabello oscuro. Se imaginó cuidándolo en esa casa fría. Y de repente, la imagen de Nobara la golpeó con la fuerza de un rayo. Recordó una tarde de lluvia en el dormitorio de la escuela, cuando Nobara le había dicho, entre risas, que si alguna vez tenían hijos, ella se encargaría de que tuvieran el mejor sentido de la moda de todo Tokio.
Maki se desplomó contra la pared, deslizándose hasta el suelo. El llanto que había contenido durante semanas brotó de forma violenta, un sollozo ronco que se tragó el silencio de la habitación.
— Te elegí a ti, maldita sea —susurró Maki, abrazándose a sus propias rodillas—. Elegí este futuro para que nadie más pudiera lastimarnos. ¿Por qué no pudiste entenderlo?
Pero en el fondo, Maki sabía la respuesta. Nobara lo entendía perfectamente. Entendía que Maki había canjeado su capacidad de ser feliz por la capacidad de ser poderosa. Y Nobara, en su infinita y dolorosa honestidad, se había negado a ser el trofeo de consolación en una vida de plástico.
A varios kilómetros de allí, Nobara salía de un bar de copas en Roppongi. Estaba ligeramente ebria, lo suficiente para que las luces de neón parecieran estrellas fugaces. Se detuvo frente a una pantalla gigante que mostraba imágenes del "Boda del Siglo" que había tenido lugar días atrás. Ahí estaba Maki, hermosa y gélida, del brazo del hechicero más fuerte.
Nobara sacó un cigarrillo y lo encendió, a pesar de que odiaba el olor a tabaco en su ropa.
— Te ves bien de blanco, Zenin —dijo Nobara a la pantalla, su voz arrastrada por el alcohol—. Pero ese anillo te queda grande. Te corta la circulación del alma.
Un grupo de chicas de su edad pasó por su lado, riendo y hablando de sus planes para el fin de semana. Nobara las observó con una envidia punzante. Ellas tenían problemas normales: exámenes, dietas, chicos que no les devolvían los mensajes. Ella, en cambio, estaba enamorada de una mujer que acababa de comprarse un clan entero a cambio de su corazón.
De repente, su teléfono vibró. Nobara lo sacó con manos temblorosas, esperando ver un nombre que ya no debería estar allí. Pero era Megumi Fushiguro.
— ¿Dígame? —respondió ella, intentando sonar sobria.
— Nobara, ¿dónde estás? —La voz de Megumi sonaba tensa—. Hay una alerta de grado especial cerca de tu posición. Un remanente de energía maldita en un centro comercial abandonado. Itadori y yo estamos en camino, pero tú eres la más cercana.
Nobara enderezó la espalda, el alcohol desapareciendo de su sistema ante la descarga de adrenalina.
— Estoy a dos calles. Me encargo yo.
— No vayas sola, espera a...
Nobara colgó. Necesitaba esto. Necesitaba algo a lo que clavarle los clavos, algo a lo que gritarle toda su rabia. Corrió hacia el edificio oscuro, saltando la valla de seguridad con una agilidad que desafiaba su estado físico.
Dentro, el aire era espeso, saturado de una maldición que se alimentaba del arrepentimiento y la pérdida. Nobara sacó su martillo y sus clavos, sintiendo cómo su energía maldita chispeaba a su alrededor.
— ¡Sal de una vez, pedazo de basura! —gritó Nobara al vacío—. ¡Hoy no estoy de humor para juegos!
La maldición emergió de las sombras. Era una masa informe de rostros que lloraban, una amalgama de deseos no cumplidos. Atacó con una velocidad aterradora, pero Nobara estaba en trance. Esquivó, golpeó y clavó con una precisión que rozaba la locura. Cada golpe de martillo era un "no" de Maki. Cada clavo era una lágrima que no se había permitido derramar.
— ¡Resonancia! —chilló Nobara, clavando un clavo en el muñeco de paja que sostenía un fragmento de la maldición.
El estallido de energía azul iluminó el edificio abandonado. La maldición se retorció, gritando con mil voces humanas. Nobara se acercó a ella, con los ojos inyectados en sangre.
— ¿Tú también perdiste algo? —le preguntó Nobara a la criatura—. ¿También te prometieron el cielo y te dieron un puñado de tierra? Pues bienvenida al club.
Con un golpe final, Nobara desintegró la maldición. Se quedó de pie en medio de los escombros, respirando con dificultad, con la cara manchada de hollín y sangre. El silencio volvió a reinar, pero esta vez era un silencio de victoria amarga.
Se sentó en el suelo polvoriento, dejando caer el martillo. Sus manos temblaban. Sacó de su bolsillo una pequeña caja de terciopelo que llevaba semanas cargando. La abrió. Dentro no había un anillo de compromiso de platino, sino un pequeño broche de plata con forma de girasol que había comprado para Maki meses atrás, pensando que tal vez, solo tal vez, ese sería el regalo que la convencería de quedarse.
— Qué desperdicio de dinero —murmuró Nobara, cerrando la caja con un clic seco.
En ese mismo instante, en la mansión Gojo, Maki se despertaba de una pesadilla. Estaba empapada en sudor. Se llevó la mano al pecho, sintiendo una punzada de dolor tan real que creyó que alguien la había apuñalado. Miró el reloj: eran las tres de la mañana.
Se levantó y caminó descalza hacia el balcón. La nieve ahora caía con fuerza, cubriendo el jardín zen con un manto de olvido. Maki miró hacia el horizonte, hacia las luces distantes de la ciudad donde Nobara estaba librando sus propias batallas.
— ¿Estás viva? —susurró Maki al viento—. ¿Me odias lo suficiente como para seguir adelante?
Maki sabía que su vida a partir de ahora sería una sucesión de días grises y noches de terciopelo. Sabía que Yuta sería un buen compañero, que sus hijos serían poderosos y que los Zenin serían borrados de la historia bajo su mando. Tendría todo lo que siempre quiso.
Y sin embargo, mientras apretaba el anillo de compromiso contra su pecho, Maki Zenin comprendió la verdad más amarga de su nueva existencia: había matado a los Zenin, pero para hacerlo, había tenido que matar a la única versión de sí misma que Nobara Kugisaki habría podido amar.
Nobara, en el edificio abandonado, vio llegar las luces de los coches de Megumi e Itadori. Se puso en pie, se sacudió el polvo de la falda y se pintó los labios de nuevo frente al reflejo de un cristal roto.
— Mañana será otro día —dijo Nobara, guardando el broche de girasol en el bolsillo más profundo de su abrigo—. Y pasado mañana también. Y algún día, Maki, pasaré por delante de tu mansión y ni siquiera me acordaré de qué color eran tus ojos.
Era una mentira, y ambas lo sabían. Pero en un mundo donde el amor era casual y el poder era eterno, la mentira era la única forma que tenían de sobrevivir al peso de sus propias decisiones. Maki en su trono de cristal y Nobara en su asfalto de libertad, ambas condenadas a recordarse en cada centímetro de su piel marcada por la guerra y el deseo.