Casual
El eco de un silencio nupcial
La catedral de cristal en las afueras de Tokio, un recinto privado que el clan Gojo utilizaba para sus asuntos más mundanos y a la vez sagrados, olía a lirios blancos y a cera de vela costosa. Maki Zenin caminaba por el pasillo central, sus botas militares resonando con una ironía deliciosa contra el mármol pulido que pronto pisaría calzada con sandalias tradicionales de seda.
Faltaban apenas dos semanas. El aire estaba cargado de una expectación que a Maki le producía náuseas. Cada detalle, desde la disposición de los arreglos florales hasta el tono exacto del incienso, había sido supervisado por los consejeros de las grandes familias. Ella era la pieza central de un tablero de ajedrez, la reina que se movía para dar jaque mate a la herencia podrida de los Zenin.
Se detuvo frente al altar. Metió la mano en el bolsillo de su chaqueta y sacó una tarjeta de invitación arrugada. Era de un papel grueso, color crema, con bordes dorados y una caligrafía impecable que rezaba: *Maki Zenin & Yuta Okkotsu*.
Debajo de la pila de invitaciones que ya habían sido enviadas a los altos mandos y a los jefes de clan, Maki había escondido una. Una que no tenía destinatario escrito, pero cuyo nombre quemaba en su mente cada vez que cerraba los ojos.
*Nobara Kugisaki.*
— ¿Qué estoy haciendo? —susurró Maki, apretando el papel hasta que los bordes se clavaron en su palma—. Soy una estúpida.
Invitarla sería un acto de crueldad refinada. Sería obligarla a ver cómo el "casual" se convertía en "eterno" con otra persona. Sería pedirle que fuera testigo del momento en que Maki vendía su alma por un apellido. Y, sin embargo, una parte egoísta y oscura de su ser necesitaba que ella estuviera allí. Quería que Nobara viera que, incluso vestida de blanco y rodeada de poder, seguiría buscándola entre la multitud.
— No va a venir aunque la invites —dijo una voz suave desde las sombras del transepto.
Maki no se sobresaltó; conocía demasiado bien esa energía maldita, vasta y oceánica. Se giró para ver a Yuta Okkotsu apoyado contra una columna. Él vestía ropa informal, con las ojeras de siempre marcando su rostro joven pero cansado.
— No pensaba enviarla —mintió Maki, guardando la invitación rápidamente—. Solo estaba comprobando la calidad de la impresión.
Yuta caminó hacia ella, sus pasos casi inaudibles. Se detuvo a su lado y miró el altar con una expresión indescifrable.
— Es un lugar bonito para una mentira tan grande, ¿verdad? —comentó Yuta sin rastro de malicia.
Maki lo miró de reojo.
— Es un contrato, Yuta. Lo acordamos. Tú obtienes la estabilidad que el clan Gojo necesita tras la muerte de Satoru, y yo obtengo la cabeza de los Zenin en una bandeja de plata. Nadie habló de verdades.
— Tienes razón —asintió él—. Pero a veces me pregunto si el precio es demasiado alto. No para nosotros, que ya estamos acostumbrados a cargar con maldiciones, sino para los que dejamos atrás.
Maki apretó los dientes. No quería hablar de Nobara. No quería admitir que cada vez que veía un escaparate de ropa de marca en Shinjuku, sentía un vacío que ni todo el poder del mundo podría llenar.
— Nobara es fuerte —dijo Maki, más para convencerse a sí misma que a él—. Se graduará, se convertirá en una hechicera de primer grado y se olvidará de que alguna vez fui algo más que una compañera de clase.
Yuta soltó una risa triste, una que llamó la atención de Maki por su inusual amargura.
— El olvido es un lujo que los hechiceros no solemos tener, Maki-san.
Hubo un silencio prolongado. Maki observó cómo Yuta jugueteaba con un pequeño amuleto que llevaba colgado del cuello, oculto bajo la camisa. No era un objeto de los Gojo. Era algo sencillo, hecho a mano.
— Tú también tienes a alguien —soltó Maki, dándose cuenta de repente. No era una pregunta, era una revelación—. Por eso aceptaste esto tan fácilmente. No es solo por el deber. Es porque tú también estás protegiendo un secreto.
Yuta se tensó, pero no apartó la mirada. Sus ojos, que habían visto el fondo del abismo, se suavizaron por un instante.
— No es un secreto para quienes saben observar —respondió él en voz baja—. Pero él no tiene el apellido adecuado. Ni el estatus. Ni siquiera tiene una voz que el mundo quiera escuchar de forma directa.
Maki unió los puntos en su cabeza. Los entrenamientos extra, las misiones compartidas que Yuta siempre solicitaba, la forma en que cierto chico de cuello alto siempre parecía estar cerca cuando Okkotsu regresaba de sus viajes al extranjero.
— Inumaki —dijo Maki, asombrada—. Toge.
Yuta bajó la cabeza, una pequeña sonrisa asomando en sus labios.
— Él sabe que esto es necesario. Toge no pide nada que yo no pueda darle. No le importa el matrimonio, ni los registros, ni lo que digan los ancianos. Él dice que mientras nuestras almas se entiendan, el resto es solo ruido.
Maki sintió una punzada de envidia tan fuerte que casi le quita el aliento.
— Él acepta las migajas —dijo ella, con una dureza que intentaba ocultar su propio dolor—. Acepta ser el segundo, el que espera en las sombras mientras tú te luces conmigo en los banquetes.
— No son migajas si es todo lo que tengo para dar —replicó Yuta, volviéndose hacia ella con una intensidad nueva—. Toge me ama de una forma que no requiere contratos. Él está dispuesto a ver cómo me caso contigo porque sabe que, al final del día, mi poder protege su derecho a existir en este mundo de mierda. Él es mi paz. ¿Nobara es la tuya?
Maki sintió que la pregunta la golpeaba de frente. Visualizó a Nobara: su risa ruidosa, su obsesión por las rebajas, la forma en que le gritaba cuando Maki se ponía demasiado terca, y la suavidad inesperada de sus labios tras una batalla sangrienta. Nobara no era paz. Nobara era un incendio forestal. Era vida pura, caótica y exigente.
— Nobara nunca aceptaría ser la sombra de nadie —respondió Maki, su voz quebrándose apenas un poco—. Ella quería ser elegida. Quería que yo soltara todo esto y me fuera con ella a un lugar donde los clanes no existieran. Pero yo no puedo hacer eso, Yuta. No sé ser otra cosa que una guerrera en busca de venganza.
— Entonces no la invites —dijo Yuta con suavidad, poniendo una mano sobre el hombro de Maki—. No la obligues a ver cómo te conviertes en algo que ella no puede tocar. Deja que te odie. Es más misericordioso que pedirle que te entienda.
Maki se soltó del agarre de Yuta y caminó hacia la salida de la catedral. Necesitaba aire. Necesitaba alejarse de ese altar y de la honestidad brutal de su prometido.
Días después, Nobara Kugisaki se encontraba en el centro de Shinjuku. Había pasado la tarde en una maratón de compras frenética, gastando su paga de la última misión en un vestido de seda roja que probablemente nunca tendría ocasión de usar. Sus bolsas golpeaban sus piernas mientras caminaba, pero no sentía el peso. Estaba vacía.
Se sentó en un café con terraza, viendo pasar a la gente. Su teléfono vibró sobre la mesa. Un mensaje de un número desconocido, pero ella sabía perfectamente de quién era.
*“Estaré en el parque de los cerezos a las ocho. Solo cinco minutos.”*
Nobara quiso borrar el mensaje. Quiso tirar el teléfono a la fuente más cercana. Pero sus dedos, traidores y hambrientos de contacto, guardaron el aparato en el bolso.
A las ocho en punto, el parque estaba casi desierto debido al frío cortante. Maki estaba allí, apoyada contra un árbol seco, vistiendo un abrigo largo que ocultaba su figura. No llevaba las gafas de combate; usaba unas normales que le daban un aire de intelectualidad distante.
— Has venido —dijo Maki cuando Nobara se detuvo a tres metros de distancia.
— Solo quería ver si tenías el valor de mirarme a la cara después de todo —respondió Nobara, cruzándose de brazos—. Te ves fatal, Zenin. ¿El peso de la corona te está dando migrañas?
Maki soltó un suspiro cansado. Dio un paso adelante, pero Nobara retrocedió de inmediato.
— No te acerques. No hemos venido a eso.
— Lo sé —Maki sacó la invitación arrugada de su bolsillo y la dejó sobre un banco de madera entre ambas—. No es una petición. Es... una opción.
Nobara miró el sobre color crema con un desprecio infinito.
— ¿Una opción? ¿Para qué? ¿Para que pueda sentarme en la última fila y ver cómo le prometes fidelidad a un tipo que apenas conoces? ¿Para que pueda aplaudir cuando te cambies el apellido? Eres patética.
— Yuta tiene a alguien —soltó Maki de repente, necesitando compartir la carga—. Él tiene a Inumaki. Ellos... ellos lo han aceptado. Tienen una relación que va más allá de esto.
Nobara parpadeó, procesando la información. Una risa amarga y estridente escapó de sus labios, resonando en el parque vacío.
— ¡Ah, maravilloso! —exclamó Nobara, gesticulando con las manos—. Así que es una farsa completa. El gran heredero de los Gojo y la reina de los Zenin se casan mientras mantienen a sus amantes en la recámara. Qué sofisticado. Qué... casual.
— Podría funcionar, Nobara —dijo Maki, su voz cargada de una desesperación que nunca antes había mostrado—. Si tú aceptaras... si pudiéramos seguir como antes, bajo la protección del nombre de Yuta... nadie nos molestaría. Tendríamos recursos, seguridad, todo el tiempo del mundo.
Nobara dejó de reír. Su rostro se volvió frío, una máscara de mármol que Maki no reconoció.
— ¿Me estás pidiendo que sea como Inumaki? —preguntó Nobara en un susurro peligroso—. ¿Me estás pidiendo que me conforme con las sobras de tu tiempo? ¿Que me esconda en hoteles y apartamentos pagados por tu esposo para que tú puedas sentirte poderosa durante el día y satisfecha por la noche?
— No lo digo así...
— ¡Pero es lo que es! —gritó Nobara, dando un paso al frente esta vez, su dedo índice clavándose en el pecho de Maki—. Tú no entiendes nada. Inumaki podrá aceptar eso porque tal vez su amor es más grande que su orgullo, o tal vez porque no tiene otra opción. Pero yo... yo soy Nobara Kugisaki. Yo no soy el plato de segunda mesa de nadie. Yo no soy un secreto que se guarda en un cajón.
Maki intentó hablar, pero las palabras se le atascaron en la garganta.
— Yo te amaba, Maki —continuó Nobara, las lágrimas empezando a correr libremente por sus mejillas, aunque su voz no temblaba—. Te amaba tanto que estaba dispuesta a pelear contra todo tu clan por ti. Estaba dispuesta a ser pobre, a ser una fugitiva, a morir a tu lado con tal de que fueras mía y de nadie más. Pero tú... tú eres tan pequeña que prefieres un anillo de cristal y un título vacío a una vida real conmigo.
Nobara tomó la invitación del banco. Por un segundo, Maki pensó que se la quedaría. Pero Nobara la rompió en pedazos pequeños, dejando que los fragmentos dorados cayeran al suelo como nieve sucia.
— No voy a ir a tu boda. Y no voy a volver a acostarme contigo. Se acabó, Maki. Quédate con tu castillo. Quédate con tu estatus. Pero cuando te sientas sola —y te aseguro que te sentirás más sola que nunca—, recuerda que tuviste la oportunidad de ser libre y elegiste ser una esclava con un nombre elegante.
Nobara se dio la vuelta y comenzó a caminar. Sus pasos eran firmes, aunque su corazón estuviera sangrando con cada latido.
— ¡Nobara! —gritó Maki, su voz rompiéndose finalmente.
Nobara no se detuvo. No miró atrás. Desapareció entre las sombras del parque, dejando a Maki Zenin sola bajo los árboles desnudos, rodeada de los restos de una invitación que representaba todo lo que había ganado y todo lo que acababa de perder para siempre.
Maki se dejó caer en el banco, cubriéndose la cara con las manos. El anillo en su dedo se sentía como un grillete al rojo vivo. Pensó en Yuta y en Toge, en esa paz silenciosa y sumisa que ellos habían encontrado en medio de la tormenta. Pensó en cómo Yuta podía amar sin poseer, y cómo Toge podía poseer sin ser reconocido.
Pero ella no era Yuta. Y Nobara... Nobara nunca sería Toge.
Esa noche, Maki regresó a la mansión Gojo. Se encontró con Yuta en el pasillo; él venía de los dormitorios de segundo año, con el cabello un poco desordenado y una mirada de serenidad que a Maki le dolió ver.
— ¿La viste? —preguntó Yuta suavemente.
— Sí —respondió Maki, pasando por su lado sin detenerse—. Tenías razón. El olvido es un lujo. Y yo acabo de condenarme a la memoria eterna.
Yuta la vio alejarse, sintiendo una profunda lástima por la mujer que sería su esposa. Él tenía a Toge, un refugio de palabras no dichas y gestos compartidos en la penumbra. Pero Maki... Maki se casaría con un hombre que no la amaba, mientras la única persona que le habría dado el mundo entero caminaba por las calles de Tokio intentando arrancarse su recuerdo de la piel.
El día de la boda llegó con un sol radiante y cruel. La catedral estaba llena de gente importante, de kimonos caros y sonrisas de conveniencia. Maki estaba de pie en el altar, luciendo el Shiromuku blanco, pareciendo una diosa de la guerra vestida de nieve.
A su lado, Yuta Okkotsu vestía el hakama formal, impecable y distante. En la primera fila, Inumaki Toge observaba con los ojos brillantes, asintiendo casi imperceptiblemente cuando Yuta lo miró por un breve segundo. Era un pacto de silencio, un amor que no necesitaba el reconocimiento de los hombres para existir.
Pero Maki no miraba a Yuta. Ni a los invitados. Sus ojos estaban fijos en la puerta del fondo, esperando un milagro que sabía que no ocurriría. Esperando una mancha naranja que irrumpiera en la ceremonia y gritara que todo era una mentira.
La puerta permaneció cerrada.
— Acepto —dijo Maki cuando llegó el momento. Su voz sonó clara, firme, pero para ella misma, fue como escuchar el sonido de una tumba cerrándose.
Cuando la ceremonia terminó y ambos salieron a los jardines para las fotos oficiales, Maki sintió que el aire le faltaba. El peso del vestido, del anillo, del apellido Gojo que ahora le pertenecía legalmente... todo era demasiado.
Se alejó un momento del grupo, buscando un rincón de sombra. Se tocó el cuello, buscando el calor de una piel que ya no estaba allí. Cerró los ojos y, por un instante, pudo oler el perfume de Nobara, pudo oír su risa burlona llamándola "señora importante".
— Buena suerte, nena —susurró Maki al viento, repitiendo las palabras que sabía que Nobara le habría dicho con desprecio.
En ese momento, Maki Zenin comprendió que había hundido al clan Zenin. Había logrado lo que se propuso. Era la mujer más poderosa de su linaje. Pero mientras el sol se ponía sobre su nueva vida de privilegios, se dio cuenta de que el precio de su corona había sido el único corazón que alguna vez latió al unísono con el suyo.
Maki sonrió para las cámaras, una sonrisa perfecta y vacía, mientras por dentro, se preparaba para pasar el resto de su vida en una cama inmensa y fría, soñando con una chica de cabello naranja que fue lo suficientemente valiente como para no aceptar menos de lo que merecía. El canon se había cumplido, los clanes estaban a salvo, y en el proceso, el amor se había convertido en la única maldición que ninguno de los dos hechiceros más fuertes del mundo sabía cómo exorcizar.