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Celos

Entre el barro y la gramática

El Cuartel General de la Compañía Easy en Haguenau era un edificio de piedra gris que exhalaba una humedad capaz de pudrir los huesos. En el sótano, donde el aire era un poco más cálido gracias a una estufa de leña que tosía humo negro, David Webster intentaba concentrarse en su cuaderno. Sin embargo, la presencia del Teniente Henry Jones, sentado a menos de dos metros de él revisando mapas con una pulcritud casi ofensiva, creaba una burbuja de orden que chocaba violentamente con el caos del exterior.

—Es una posición estratégica interesante —comentó Jones sin levantar la vista. Su voz era plana, disciplinada, como si estuviera leyendo un manual de texto—. El río Moder ofrece una barrera natural, pero la visibilidad es nula debido a la niebla. Si yo fuera el enemigo, aprovecharía las patrullas nocturnas para infiltrar observadores.

Webster dejó la pluma sobre el papel amarillento y miró al joven oficial. Jones era, en muchos sentidos, un espejo de lo que David había sido antes de saltar sobre Normandía: alguien que creía que la lógica y el estudio podían domar la naturaleza salvaje de la violencia.

—El problema, Teniente —dijo Webster, reclinándose en su silla—, es que los alemanes al otro lado del río no han leído los mismos libros que usted en West Point. Ellos no buscan una posición "interesante". Solo buscan un lugar seco donde no morir congelados antes de que nuestra artillería los alcance.

Jones levantó la mirada. Sus ojos eran claros y carecían de las ojeras profundas que marcaban los rostros de hombres como Malarkey o Liebgott.

—La teoría militar es la base de la práctica, Webster. Sin ella, solo somos hombres armados corriendo por el bosque.

—A veces, eso es exactamente lo que somos —replicó David con una pizca de esa arrogancia que solía usar como armadura—. Pero tiene razón en algo: la niebla es nuestra única aliada ahora. Aunque a Liebgott no le haga ninguna gracia.

Como si el nombre hubiera invocado al diablo, la puerta del sótano se abrió con un golpe seco. Joseph Liebgott entró, trayendo consigo el olor a tabaco barato y el frío cortante de la calle. Se sacudió la nieve de los hombros y lanzó una mirada cargada de veneno hacia la mesa donde compartían espacio el intelectual y el oficial.

—Vaya, la biblioteca municipal sigue abierta —soltó Liebgott, ignorando deliberadamente el saludo reglamentario que Jones parecía esperar—. ¿Interrumpo alguna lectura de poesía o el Teniente ya ha terminado de explicarnos cómo ganar la guerra desde un sótano?

Jones se tensó, enderezando la espalda.

—Sargento, estábamos discutiendo la disposición de las patrullas para esta noche. El Capitán Winters quiere un informe sobre los movimientos en el sector este.

Liebgott se acercó a la mesa, apoyando sus manos sucias sobre los mapas limpios de Jones. El contraste era casi cómico: las uñas ennegrecidas de Joe contra el papel blanco y las manos impecables del oficial.

—Las patrullas están listas, Teniente. Pero si quiere un consejo de alguien que no ha pasado los últimos cuatro años en un aula, olvídese del sector este. Hay un nido de ametralladoras en la casa derruida cerca del puente. Si enviamos a los hombres por donde usted sugiere, volverán en bolsas de lona.

Webster observó la escena con una mezcla de fascinación y cansancio. Conocía a Joe; sabía que su agresividad era una forma de autodefensa, una manera de marcar territorio frente a los que él consideraba "turistas" de la guerra. Pero también veía cómo Jones, en su rigidez, se negaba a ceder un milímetro de su autoridad.

—Tengo en cuenta sus observaciones, Sargento —dijo Jones con una calma que a Liebgott le resultó insultante—. Pero las órdenes son explorar esa zona. Webster me acompañará.

Joe soltó una carcajada seca y carente de humor. Se giró hacia David, entrecerrando los ojos oscuros.

—¿Ah, sí? ¿El Profesor va a salir de paseo? Ten cuidado, Webster. No querrás que una bala alemana te arruine el estilo. Además, dudo que el Teniente sepa cómo limpiar tu sangre de su uniforme nuevo.

—Estaré bien, Joe —respondió Webster, manteniendo el tono pausado—. He estado en patrullas antes.

—Sí, hace siglos —escupió Liebgott—. Antes de que decidieras tomarte unas vacaciones en el hospital mientras nosotros nos convertíamos en carámbanos en Bastogne. No creas que por venir aquí con un oficial de bolsillo has recuperado tu lugar.

—Nadie está intentando recuperar nada —dijo Webster, sintiendo que la paciencia se le agotaba—. Solo cumplo con mi deber. Algo que tú deberías entender, considerando lo mucho que te gusta hablar de lealtad.

La tensión en la habitación se volvió espesa. Liebgott dio un paso hacia Webster, invadiendo su espacio personal. Era más bajo, sí, pero emanaba una energía peligrosa, como un cable de alta tensión pelado.

—No me hables de deber, universitario. Tú ves esto como un capítulo de tu próximo libro. Para nosotros, es la vida. Y para hombres como Jones, es un trámite para conseguir una medalla y volver a casa a casarse con la hija de un senador.

—Sargento, eso es suficiente —intervino Jones, aunque su voz tembló ligeramente ante la intensidad de Liebgott.

Joe no le hizo caso. Seguía mirando a Webster, buscando alguna grieta en su fachada de calma aristocrática.

—¿Sabes qué es lo que más me molesta, Webster? —susurró Liebgott—. Que te crees que eres diferente. Que crees que ese cerebro tuyo te hace mejor que el resto de los animales que estamos aquí matando alemanes. Pero cuando el 88 empieza a silbar, gritas igual que todos nosotros.

—Nunca he dicho que fuera diferente —respondió Webster en voz baja—. Solo trato de no perder lo que queda de mí en este lugar. Si eso te molesta, es tu problema, no el mío.

Liebgott retrocedió, mostrando los dientes en una mueca que pretendía ser una sonrisa.

—Claro. Sigue escribiendo, Profesor. Tal vez cuando Jones se pierda en la niebla esta noche, puedas recitarle algo para que no tenga tanto miedo.

Sin decir una palabra más, Liebgott dio media vuelta y salió del sótano, dejando tras de sí un silencio incómodo y el eco de sus botas contra la piedra.

Jones soltó un suspiro contenido y se ajustó el casco.

—Es un hombre difícil —comentó el oficial, tratando de recuperar la compostura.

—Es un hombre que ha visto demasiado —corrigió Webster, cerrando su cuaderno con un gesto definitivo—. Y tiene razón en algo, Teniente. La niebla en el Moder no perdona los errores. Prepárese. No será un paseo por Harvard Yard.

Unas horas más tarde, la oscuridad se había tragado Haguenau. La niebla, densa y blanca como una mortaja, se deslizaba sobre la superficie del río, ocultando las ruinas y convirtiendo cada sombra en una amenaza potencial.

Webster caminaba unos pasos detrás de Jones. El silencio era absoluto, roto solo por el crujido ocasional de la nieve bajo sus botas. David sentía el peso del fusil en sus manos, una sensación que le resultaba extrañamente ajena después de su estancia en el hospital. Sus sentidos estaban alerta, pero su mente, siempre activa, no podía evitar pensar en las palabras de Liebgott.

¿Realmente era un extraño para sus propios compañeros? ¿Había cavado una fosa entre él y los demás con sus libros y su distanciamiento intelectual?

De repente, Jones se detuvo en seco. Webster casi choca con él. El teniente levantó una mano, pidiendo silencio.

Al otro lado de un muro de piedra derruido, se escuchó un murmullo. Voces bajas, guturales. Alemán.

Webster sintió la descarga de adrenalina recorriéndole la columna. Jones, a pesar de su inexperiencia, reaccionó con rapidez, haciendo una señal para que se cubrieran tras unos escombros. David preparó su arma, el corazón golpeándole las costillas.

Eran tres. Una patrulla de reconocimiento enemiga que se había adentrado demasiado en las líneas de la Easy. Estaban a menos de diez metros, moviéndose con cautela entre la niebla.

Jones miró a Webster. Sus ojos, antes tan seguros tras los mapas, mostraban ahora una chispa de puro terror humano. El oficial dudó. Sus labios se movieron, pero no salió ningún sonido. La teoría de West Point se estaba desmoronando frente a la realidad de tres hombres con ametralladoras MP40 a unos pasos de distancia.

Webster, por instinto, puso una mano en el hombro de Jones. El contacto pareció anclar al oficial.

—Ahora no, Teniente —susurró Webster, tan bajo que apenas fue un aliento—. Espere a que crucen el claro.

Pero antes de que Jones pudiera responder, una figura surgió de las sombras a su izquierda. Fue un movimiento fluido, casi animal. Liebgott apareció como un espectro, con el cuchillo en una mano y una pistola Colt en la otra. No dio tiempo a que los alemanes reaccionaran.

Con una ferocidad que dejó a Webster sin aliento, Joe se lanzó sobre el primer soldado. El sonido del metal encontrando carne fue sordo y horrible. Los otros dos alemanes intentaron levantar sus armas, pero Liebgott ya estaba disparando. Dos disparos secos. Silencio.

Webster y Jones se pusieron en pie, saliendo de su escondite. Liebgott estaba de pie sobre los cuerpos, respirando con dificultad, su rostro iluminado apenas por la luz pálida de la luna que lograba atravesar la niebla. Tenía la cara salpicada de sangre y los ojos desorbitados.

—¿Qué demonios están haciendo? —rugió Liebgott en un susurro furioso—. Se quedaron ahí parados como si estuvieran esperando el autobús.

Jones estaba pálido, mirando los cadáveres a sus pies.

—Yo... yo estaba esperando el momento oportuno, Sargento —balbuceó el oficial.

Liebgott se acercó a él, ignorando por completo la jerarquía.

—El momento oportuno es cuando el enemigo está muerto, Teniente. Si no fuera por mí, Webster estaría escribiendo su propio obituario ahora mismo.

Joe giró su mirada hacia David. Había algo en su expresión que no era solo rabia; era una preocupación salvaje, distorsionada por meses de combate y pérdida.

—¿Estás bien, Profesor? —preguntó, y por un segundo, el sarcasmo desapareció de su voz.

—Sí, Joe. Gracias —respondió Webster, sintiendo que las piernas le temblaban ligeramente.

Liebgott asintió bruscamente, recuperando su máscara de hostilidad. Se guardó el cuchillo en la bota y miró a Jones con desprecio.

—Vuelva al cuartel, Teniente. Informe a Winters de que el sector este está "despejado". Yo me encargaré de que el intelectual llegue a casa sano y salvo.

Jones, humillado y todavía en estado de shock, asintió y comenzó a retirarse por donde habían venido, moviéndose con la torpeza de quien acaba de descubrir que el mundo es mucho más cruel de lo que dicen los libros.

Webster y Liebgott se quedaron solos en la orilla del Moder. El frío parecía haber aumentado.

—No tenías que hacer eso —dijo Webster después de un momento—. Jones solo necesita tiempo.

—No tenemos tiempo, David —replicó Liebgott, usando su nombre de pila por primera vez en meses—. La gente muere mientras los tipos como Jones "necesitan tiempo". Y tú... tú casi dejas que te maten por seguir sus órdenes estúpidas.

—Estaba bajo su mando, Joe. Es como funciona esto.

Liebgott dio un paso hacia él, acortando la distancia. El olor a sangre y pólvora que desprendía era embriagador y terrible al mismo tiempo.

—A la mierda el mando. En esta compañía nos cuidamos los unos a los otros. Incluso a los estirados que prefieren los libros a las personas.

Webster miró a Liebgott a los ojos. En la oscuridad, el sargento parecía más delgado, más desgastado, pero también más real que cualquier otra cosa en ese pueblo fantasma.

—¿Es eso lo que estás haciendo? ¿Cuidarme? —preguntó David con suavidad.

Liebgott apartó la mirada, encendiendo un cigarrillo con manos que todavía temblaban un poco.

—Alguien tiene que hacerlo. Si te mueres, ¿quién va a insultarme con palabras que no entiendo? Grant no tiene el vocabulario suficiente.

Webster soltó una pequeña risa, una exhalación de alivio que rompió la tensión de sus hombros.

—Me alegra saber que soy útil para algo, Joe.

—No te acostumbres —gruñó Liebgott, aunque no se alejó—. Y la próxima vez que el "Niño Maravilla" de West Point te pida que vayas a dar un paseo, dile que tienes que terminar un poema. Es más seguro.

Caminaron de regreso en silencio, pero esta vez no había la distancia de antes. Liebgott caminaba un poco por delante, abriendo camino en la niebla, y Webster lo seguía, observando la silueta de aquel hombre que odiaba tanto como respetaba.

Al llegar al cuartel, Chuck Grant los esperaba en la entrada, apoyado contra el marco de la puerta.

—Vaya, han vuelto los tres mosqueteros —dijo Grant, mirando el estado de Liebgott—. ¿El Teniente Jones ha tenido su bautismo de fuego?

—El Teniente ha descubierto que la guerra ensucia el uniforme —respondió Liebgott, pasando al lado de Grant sin detenerse—. Y el Profesor ha descubierto que no puede leer bajo la lluvia.

Grant miró a Webster, quien se detuvo un momento antes de entrar.

—¿Estás bien, David? —preguntó Grant con un tono más amable.

—Lo estoy, Chuck. Gracias.

—No le hagas mucho caso a Joe —susurró Grant con una sonrisa cómplice—. Se pasó toda la tarde afilando ese cuchillo y quejándose de que Jones te iba a meter en problemas. Estaba tan nervioso que casi le dispara a una vaca que pasó por el puesto de guardia.

Webster sonrió para sí mismo. Entró en el edificio y bajó al sótano. Jones ya no estaba allí; probablemente se encontraba en el despacho de Winters, tratando de procesar lo ocurrido.

David se sentó en su catre y abrió su cuaderno. Miró la página en blanco por un largo rato. La tinta seguía allí, lista para ser usada, pero sus dedos todavía sentían el frío del río y el calor de la mano de Liebgott cuando lo había apartado del peligro.

Escribió una sola frase: "En la niebla de Haguenau, las palabras son inútiles, pero el silencio entre amigos es la única verdad que nos queda".

Cerró el cuaderno y se acostó, escuchando el sonido de la artillería a lo lejos y los pasos pesados de Liebgott en la habitación de arriba. Por primera vez desde que había regresado del hospital, Webster sintió que, a pesar de todo, estaba en casa.