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Celos

El peso de las palabras no dichas

La mañana siguiente en Haguenau trajo consigo una luz grisácea que apenas lograba perforar la bruma sobre el río Moder. El aire estaba tan estancado que el humo de las chimeneas de las casas en ruinas parecía colgar del cielo como jirones de ropa sucia. En el interior del puesto de mando, el ambiente no era mucho mejor.

David Webster se encontraba sentado en un rincón, limpiando su fusil M1 Garand con una parsimonia que ocultaba su falta de sueño. A su lado, el Teniente Henry Jones revisaba unos informes con una rigidez que rayaba en lo patológico. El joven oficial no había dicho una palabra desde el incidente de la noche anterior. Su uniforme, aunque todavía más limpio que el de cualquier otro hombre en la Easy, presentaba ahora una mancha de barro en la rodilla, un pequeño estigma de su encuentro con la realidad del frente.

La puerta se abrió con la violencia habitual de quien no pide permiso para existir. Joseph Liebgott entró con un termo de café metálico en una mano y una expresión de pocos amigos que parecía haberse esculpido en su rostro durante la noche.

—El café sabe a gasolina y calcetines sudados —anunció Liebgott, dejando el termo sobre la mesa de mapas de Jones con un golpe seco—. Cortesía de las cocinas. Dicen que es para darnos ánimos, aunque yo creo que es un intento de los alemanes por envenenarnos desde dentro.

Jones levantó la vista, parpadeando con lentitud.

—Gracias, Sargento.

Liebgott entrecerró los ojos, observando al oficial con una mezcla de curiosidad y desdén.

—¿Cómo durmió, Teniente? ¿O estuvo toda la noche repasando el manual para ver en qué capítulo dice qué hacer cuando un judío de Chicago tiene que degollar a un tipo para que no te vuelen la cabeza?

Webster suspiró, dejando el paño de limpieza.

—Joe, déjalo en paz. Ya es bastante temprano.

—Oh, miren, el guardaespaldas intelectual ha despertado —se burló Liebgott, girándose hacia David—. ¿Qué pasa, Webster? ¿Te duele la conciencia o es solo que extrañas el aroma de la biblioteca de Harvard?

—Lo que me duele es tu voz a estas horas —respondió David, poniéndose en pie. Era una cabeza más alto que Liebgott, y en ese momento, su presencia llenaba el pequeño sótano—. El Teniente hizo lo que pudo. La niebla nos engaña a todos.

—A ti no te engañó —replicó Liebgott, dando un paso hacia él—. Tú sabías que estaban ahí. Lo vi en tus ojos. Pero te quedaste esperando a que él diera la orden. Te quedaste esperando a que la jerarquía te diera permiso para sobrevivir.

—Se llama disciplina, Liebgott —intervino Jones, con la voz temblorosa pero firme—. Algo que usted parece ignorar convenientemente.

Liebgott soltó una carcajada que no llegó a sus ojos.

—La disciplina no te mantiene las tripas dentro cuando un francotirador decide que tu casco brilla demasiado, Teniente. Lo que te mantiene vivo es el instinto. Y el Profesor aquí presente —señaló a Webster con un gesto brusco— está perdiendo el suyo por intentar ser un buen estudiante.

—No estoy perdiendo nada —dijo Webster, su voz bajando de tono, volviéndose peligrosa—. Solo trato de ser un soldado, no un carnicero.

—En este lado del río, Webster, no hay diferencia —sentenció Joe.

El silencio que siguió fue interrumpido por la entrada de Chuck Grant. El robusto soldado traía consigo una ráfaga de aire gélido y una sonrisa socarrona que contrastaba con la tensión de la habitación.

—Vaya, parece que me he perdido el desayuno filosófico —dijo Grant, acercándose al termo de café—. ¿De qué estamos hablando hoy? ¿De la ética de la guerra o de por qué Liebgott no ha recibido todavía su medalla a la mayor mala uva del regimiento?

—Estamos hablando de cómo el Profesor y el Niño Maravilla casi se convierten en estadísticas anoche —gruñó Liebgott.

Grant sirvió un poco de café en una taza de lata, haciendo una mueca al probarlo.

—Bueno, están vivos, ¿no? Eso es más de lo que pueden decir algunos en la Compañía I. Por cierto, Teniente, el Capitán Winters lo busca. Quiere discutir el relevo de los puestos de observación.

Jones asintió, recogió sus papeles con una dignidad forzada y salió de la habitación sin mirar atrás. Liebgott lo vio marcharse con un bufido de desprecio.

—Ese chico no va a durar una semana si sigue caminando como si tuviera un palo de escoba en la espalda —comentó Grant, sentándose en el borde de una mesa—. Pero tú, Joe, deberías calmarte. Estás asustando al personal.

—No me digas que me calme, Chuck —replicó Liebgott, encendiendo un cigarrillo—. Webster volvió de ese hospital pensando que esto es un club de debate. Y Jones... Jones es un peligro.

—Webster está bien —dijo Grant, mirando a David, que había vuelto a sentarse y miraba al vacío—. Solo necesita volver a acostumbrarse al olor de la muerte. No todos somos tan encantadores como tú, que pareces disfrutar del barro.

—No disfruto del barro —dijo Liebgott, y por un momento, su voz perdió la agresividad, revelando un cansancio profundo—. Odio el barro. Odio el río. Y odio que estos tipos crean que pueden salir de aquí sin mancharse las manos.

Webster levantó la mirada. Observó a Liebgott, notando por primera vez las manos del sargento. Estaban agrietadas por el frío, con restos de sangre seca bajo las uñas que el agua helada no había logrado quitar. Sintió una punzada de algo que no era lástima, sino una comprensión dolorosa.

—Joe —llamó David en voz baja.

Liebgott lo miró, el humo del cigarrillo rodeando su rostro como una máscara.

—¿Qué quieres, Webster? ¿Una cita de Emerson para alegrarme el día?

—No. Solo quería decirte que... anoche, cuando saliste de la niebla... —Webster hizo una pausa, buscando las palabras adecuadas en su vasto vocabulario, solo para darse cuenta de que ninguna servía—. Me alegra que fueras tú.

Liebgott se quedó helado. Sus ojos oscuros buscaron algún rastro de burla en el rostro de Webster, pero solo encontró una honestidad azul y directa. El sargento desvió la mirada, visiblemente incómodo.

—Claro que te alegra —masculló Joe, aunque el tono era menos mordaz—. Si hubiera sido cualquier otro, ahora estarías en un ataúd de pino camino a Boston.

—Probablemente —admitió Webster con una sonrisa triste—. Pero no es solo por eso.

Grant, que observaba la escena con una ceja levantada, decidió que era hora de intervenir antes de que el ambiente se volviera demasiado sentimental para su gusto.

—Bueno, antes de que empiecen a recitarse sonetos, tenemos trabajo. Liebgott, Winters quiere que revises el inventario de municiones. Y Webster, tú vienes conmigo. Vamos a ver si el "Profesor" todavía sabe cómo montar una ametralladora sin consultar un manual.

Liebgott aplastó la colilla del cigarrillo con la bota.

—Vayan yendo. Tengo que... tengo que limpiar este termo. Sabe a muerte.

Grant y Webster salieron al frío aire de Haguenau. Mientras caminaban por la calle principal, flanqueada por fachadas carbonizadas, Grant le dio un codazo amistoso a David.

—Sabes, Webster, para ser un tipo tan inteligente, a veces eres un poco lento.

—¿A qué te refieres, Chuck?

—A Joe. ¿No lo ves? —Grant soltó una risita—. Te ha estado vigilando como un halcón desde que pusiste un pie fuera del camión de reemplazos. Se hace el duro, insulta tu educación y se burla de tus libros, pero anoche no salió a esa patrulla porque Winters se lo ordenara. Salió porque sabía que tú estabas ahí fuera con un oficial que no sabe distinguir un arbusto de un alemán.

Webster guardó silencio, procesando las palabras de Grant. Recordó la forma en que Liebgott lo había mirado después de matar a esos tres hombres: no era la mirada de un soldado victorioso, sino la de alguien que acababa de salvar algo valioso del fuego.

—Él cree que me he vuelto blando —dijo Webster finalmente.

—Él cree que eres demasiado bueno para este lugar —corrigió Grant—. Y eso le aterra. Porque en Haguenau, ser bueno es una sentencia de muerte. Él prefiere que lo odies y que estés alerta, a que seas su amigo y termines muerto por un descuido.

—Es una forma extraña de amistad.

—Es la forma de Liebgott —concluyó Grant—. Tómalo o déjalo. Pero si yo fuera tú, guardaría ese cuaderno por un tiempo y me aseguraría de que Joe vea que todavía sabes cómo apretar el gatillo.

Pasaron el resto del día en las posiciones defensivas. Webster trabajó duro, cargando cajas de municiones y reforzando los parapetos hasta que sus manos, antes finas y cuidadas, empezaron a parecerse a las de los demás hombres de la Easy. El frío era constante, un recordatorio físico de que estaban atrapados en un interludio sangriento antes del asalto final a Alemania.

Al caer la tarde, Webster regresó al sótano. Estaba solo. Se sentó en su catre, agotado, y sacó su cuaderno de debajo de la almohada. La luz de una vela temblaba sobre la mesa. Justo cuando iba a empezar a escribir, Liebgott entró.

Esta vez no hubo portazos. Joe se movió con un silencio inusual. Se sentó en su propio catre, frente al de Webster, y comenzó a desabrocharse las botas.

—¿Sigues con eso? —preguntó Liebgott, señalando el cuaderno con la barbilla.

—Es mi forma de no volverme loco, Joe. Algunos beben, otros apuestan... yo escribo.

Liebgott se encogió de hombros, dejando caer una bota al suelo.

—¿Y qué escribes sobre nosotros? ¿Que somos unos salvajes? ¿Que el sargento Liebgott es un animal que disfruta matando?

Webster lo miró fijamente.

—Escribo que somos hombres comunes en una situación extraordinaria. Escribo que tú eres el hombre más leal que he conocido, aunque te esfuerces tanto en ocultarlo tras esos insultos.

Liebgott se tensó. Se quedó inmóvil, con la otra bota a medio quitar. El silencio en el sótano se volvió denso, cargado de una electricidad que no tenía nada que ver con la guerra exterior.

—No me conoces, Webster —dijo Joe, su voz apenas un susurro—. No sabes lo que pienso cuando cierro los ojos.

—Sé lo que haces cuando los tienes abiertos —replicó David—. Te vi anoche. No lo hiciste por la gloria, ni por la medalla, ni por el ejército. Lo hiciste por mí. Y por Jones, supongo, aunque te cueste admitirlo.

Liebgott terminó de quitarse la bota y se puso en pie. Se acercó a la mesa de Webster y, por un momento, David pensó que iba a arrebatarle el cuaderno y lanzarlo al fuego. En cambio, Joe apoyó una mano sobre la madera, muy cerca de la mano de Webster.

—Escúchame bien, Profesor —dijo Liebgott, inclinándose hacia él. Sus ojos oscuros estaban encendidos por una intensidad febril—. No quiero ser un personaje en tu libro. No quiero ser una anécdota sobre la "lealtad del soldado". Solo quiero que sigas vivo para que, cuando todo esto termine, alguien pueda contar lo que pasó aquí de una forma que no suene a propaganda barata.

Webster sintió el calor que emanaba de Liebgott, un contraste violento con el frío que se filtraba por las paredes.

—Lo haré, Joe. Te lo prometo.

Liebgott sostuvo la mirada un segundo más de lo necesario. Había algo en ese contacto visual, una comunicación que iba más allá de las palabras que David tanto amaba y que Joe tanto despreciaba. Era un reconocimiento mutuo de su humanidad compartida en medio del matadero.

—Más te vale —dijo Joe, rompiendo el momento y retrocediendo hacia su catre—. Porque si te matan, iré al infierno solo para patearte el trasero por hacerme perder el tiempo protegiéndote.

Webster sonrió, una sonrisa real que le llegó a los ojos.

—Buenas noches, Joe.

—Cierra la boca y apaga esa estúpida vela, Webster. Algunos intentamos dormir.

David apagó la vela con un soplo, pero se quedó sentado en la oscuridad durante mucho tiempo. Escuchaba la respiración rítmica de Liebgott al otro lado de la habitación. Afuera, la artillería volvió a rugir, un eco lejano que sacudió ligeramente los cimientos del edificio.

En la penumbra, Webster se dio cuenta de que Jones tenía razón en algo: la teoría era la base. Pero la teoría de la supervivencia no se encontraba en los libros de West Point, ni en los poemas de Harvard. Se encontraba en la agresividad protectora de un sargento de Chicago, en el sarcasmo de un amigo robusto y en la capacidad de encontrar un momento de conexión humana en el corazón de la oscuridad.

Se acostó, cerrando los ojos. Por primera vez en mucho tiempo, el frío de Haguenau no parecía tan insoportable. Tenía a su lado a un hombre que, aunque decía odiar sus palabras, estaba dispuesto a morir para que él pudiera seguir escribiéndolas. Y en ese mundo en ruinas, eso era lo más parecido a la esperanza que David Webster podía imaginar.