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Celos

El lenguaje del silencio

La noche en Haguenau no era un manto de paz, sino una sábana húmeda que se pegaba a los pulmones. El río Moder, a pocos metros de sus posiciones, fluía con un murmullo constante que a David Webster le recordaba al paso de las hojas de un libro gigante, uno que narraba una historia de la que todos estaban hartos.

En el sótano, la pequeña estufa de leña apenas lograba combatir la escarcha que se formaba en las esquinas. El Teniente Jones se había retirado hacía horas a su pequeño rincón, sumido en un sueño inquieto que lo hacía murmurar órdenes en latín o tácticas de West Point entre dientes. Chuck Grant estaba de guardia en el piso superior, dejando a Webster y a Liebgott solos en la penumbra del refugio improvisado.

Joe estaba sentado en el suelo, apoyado contra la pared de piedra. Tenía un trapo aceitado en una mano y su pistola Colt 1911 desarmada sobre sus muslos. Sus movimientos eran lentos, casi perezosos, pero sus ojos oscuros estaban fijos en David con una intensidad que hacía que el aire se sintiera cargado de electricidad estática.

Webster, por su parte, intentaba escribir. Su cuaderno estaba abierto sobre sus rodillas, pero la pluma apenas se movía. La luz de la única vela que les quedaba proyectaba sombras alargadas y vacilantes en las paredes, haciendo que la figura de Liebgott pareciera fundirse con la oscuridad del sótano.

—¿Vas a seguir fingiendo que esas palabras significan algo aquí, Webster? —La voz de Joe rompió el silencio, áspera y baja, como el roce de dos piedras.

David levantó la vista. Sus ojos azules, cansados y rodeados de sombras, se encontraron con los de Liebgott.

—Significan que todavía hay un mundo fuera de este agujero, Joe. Si dejo de escribir, ese mundo deja de existir para mí.

Liebgott soltó un bufido y dejó el trapo sobre el suelo. Se inclinó hacia adelante, sus manos manchadas de aceite y pólvora entrelazadas entre sus rodillas.

—El mundo fuera de aquí es un cuento de hadas. Lo único que existe es el barro, el frío y el hecho de que mañana podrías despertarte con un agujero en la cabeza. No hay gramática que arregle eso.

—Quizás no —admitió Webster, cerrando el cuaderno con un suspiro—. Pero me ayuda a recordar quién soy. No soy solo un número de serie, Joe. Ni tú tampoco.

—Yo sé perfectamente quién soy —replicó Liebgott, su voz cargada de una amargura repentina—. Soy el tipo que tiene que mantenerte vivo porque tú estás demasiado ocupado mirando las estrellas o corrigiéndole la postura al nuevo teniente.

Webster dejó el cuaderno a un lado y se deslizó por la pared hasta quedar sentado en el suelo, a la misma altura que Joe. La distancia entre ellos apenas superaba los treinta centímetros. Podía oler el tabaco, el metal y ese aroma ferroso que Liebgott siempre llevaba consigo.

—¿Por qué te importa tanto? —preguntó David en un susurro—. Te pasas el día insultándome, llamándome "Profesor", burlándote de Harvard... pero siempre estás ahí. En la patrulla, en el bosque, en el río. ¿Por qué te tomas tantas molestias por alguien que, según tú, no pertenece aquí?

Liebgott se tensó. Sus mandíbulas se apretaron y su mirada se volvió esquiva por un breve segundo antes de volver a clavarse en David con una ferocidad renovada.

—Porque eres un idiota, Webster. Un idiota arrogante y privilegiado que cree que puede atravesar el infierno sin quemarse. Y porque... —Se detuvo, su respiración volviéndose errática—. Porque si te pierdo, no habrá nadie que me mire como si yo fuera algo más que un arma cargada.

David sintió un nudo en la garganta. Se acercó un poco más, rompiendo la barrera de espacio personal que Liebgott siempre defendía con tanta saña.

—No eres un arma, Joe. Eres un hombre. El hombre más valiente que he conocido.

Liebgott soltó una risa seca, casi un sollozo ahogado.

—Valiente. No tienes ni idea de lo que dices. Tengo miedo cada maldito segundo. Miedo de que te pase algo. Miedo de que ese Jones te use de escudo humano. Miedo de que te canses de nosotros y decidas que ya has visto suficiente "material" para tu libro.

—No me voy a ir, Joe —dijo Webster con firmeza. Alargó una mano, dudando por un instante, y finalmente la posó sobre el antebrazo de Liebgott. La piel de Joe estaba ardiendo a pesar del frío del sótano—. Estoy aquí. Contigo.

El contacto pareció actuar como un detonador. Liebgott se giró bruscamente hacia él, sus rostros ahora a escasos centímetros. La luz de la vela se reflejaba en los ojos de Joe, revelando una vulnerabilidad que nunca permitía que Grant o los demás vieran. Era una mezcla de rabia, deseo y un terror puramente humano.

—Maldito seas, Webster —susurró Liebgott, su voz quebrándose—. Maldito seas tú y tus palabras bonitas.

Joe no esperó respuesta. Acortó la distancia restante con una urgencia violenta, estrellando sus labios contra los de David. No fue un beso delicado; sabía a desesperación, a sal y a la urgencia de quienes saben que cada minuto podría ser el último. Fue un choque de dientes y una lucha por el aliento, una forma de comunicación que no necesitaba diccionarios ni reglas gramaticales.

Webster respondió con la misma intensidad. Sus manos, antes dedicadas a sostener la pluma, se enredaron en la chaqueta de lana de Liebgott, atrayéndolo hacia sí con una fuerza que no sabía que poseía. El mundo exterior —la guerra, el río, el Teniente Jones durmiendo a unos metros— desapareció. Solo existía el calor de Joe, el sabor amargo de su boca y la presión de sus cuerpos contra la piedra fría.

Liebgott soltó un gemido ahogado contra sus labios, sus manos subiendo hasta el cuello de David, sujetándolo como si fuera su único anclaje en medio de una tormenta. El beso cambió, volviéndose más profundo, más lento, una exploración febril en la que el odio y el afecto se mezclaban de forma indisoluble.

Cuando finalmente se separaron, jadeando, ninguno de los dos se movió. Sus frentes permanecieron unidas, compartiendo el mismo aire en la penumbra del sótano.

—Eso... —comenzó Webster, su voz ronca y desconocida para sus propios oídos— no estaba en el manual.

Liebgott soltó una risa breve, esta vez sin rastro de amargura. Sus dedos acariciaron distraídamente la nuca de David, un gesto de una ternura que resultaba casi dolorosa dadas las circunstancias.

—A la mierda el manual, David. A la mierda West Point y a la mierda Harvard.

David se separó lo justo para mirar a Joe a los ojos. El sargento ya no parecía el hombre agresivo y mordaz que había entrado en el sótano echando pestes del café. Había una paz extraña en su rostro, una calma que solo llega después de una batalla ganada.

—¿Estás bien? —preguntó David.

Liebgott asintió lentamente, pasando el pulgar por el labio inferior de Webster, que estaba ligeramente hinchado.

—Estoy mejor que nunca en este maldito país. Pero si le dices una palabra de esto a Grant, te juro que te pego un tiro.

Webster sonrió, sintiendo un calor que no tenía nada que ver con la estufa.

—Tu secreto está a salvo conmigo, Sargento. No creo que mi vocabulario sea suficiente para describir esto, de todos modos.

Liebgott volvió a sentarse contra la pared, pero esta vez no recuperó su arma. En cambio, extendió un brazo, invitando a Webster a acercarse. David no lo dudó; se acomodó a su lado, dejando que Joe lo rodeara con sus hombros, sintiendo la solidez de su cuerpo contra el suyo.

—Escribe algo ahora, Profesor —murmuró Liebgott, cerrando los ojos—. Escribe que el sargento más duro de la Easy es un idiota que se ha enamorado de un escritor.

Webster tomó su cuaderno, pero no lo abrió. Lo dejó sobre su regazo y entrelazó sus dedos con los de Joe. Las manos de Liebgott estaban ásperas, llenas de cicatrices y marcas de la guerra, pero para David eran la cosa más hermosa que había tocado en años.

—Lo escribiré —dijo Webster en voz baja—. Pero no hoy. Hoy solo quiero recordarlo.

Se quedaron así, en silencio, mientras la vela se consumía lentamente hasta apagarse por completo. En la oscuridad total del sótano de Haguenau, rodeados por el enemigo y el frío, Joseph Liebgott y David Webster encontraron algo que la guerra no podía destruir: un lenguaje propio, hecho de sangre, barro y una verdad que no necesitaba ser escrita para ser eterna.

Arriba, el sonido de una patrulla regresando resonó en las calles desiertas. El Teniente Jones se removió en su sueño, ajeno a la revolución silenciosa que acababa de ocurrir a unos pasos de él. Abajo, en la negrura, dos hombres que nunca debieron encontrarse compartieron el calor de sus cuerpos, sabiendo que, pasara lo que pasara al amanecer, ya no estaban solos en el frente.

—Webster —susurró Joe justo antes de quedarse dormido.

—¿Sí, Joe?

—Mañana... mañana intentaremos que no nos maten. Tengo curiosidad por ver cómo termina tu libro.

David apretó la mano de Joe en la oscuridad.

—Tendrá un final feliz, Joe. Te lo prometo.

Liebgott no respondió, pero su respiración se volvió pesada y tranquila. Webster, por primera vez en meses, cerró los ojos y no vio el bosque de Bastogne ni el humo de Normandía. Solo vio la luz reflejada en los ojos oscuros de un hombre que, contra todo pronóstico, le había enseñado que incluso en el infierno, el corazón puede encontrar un refugio.