Celos Infinitos
El eco de los Seis Ojos y el peso de una corona invisible
La oficina de Kiyotaka Ijichi era, por lo general, un remanso de orden burocrático y silencio sepulcral, interrumpido únicamente por el tecleo frenético de informes que nadie más quería escribir. Sin embargo, esa tarde, el aire se sentía cargado, denso, como si la presión atmosférica hubiera decidido concentrarse exclusivamente sobre su escritorio.
Ijichi no necesitaba levantar la vista para saber quién estaba allí. La presencia de Satoru Gojo no era algo que se pudiera ignorar; era una fuerza de la naturaleza envuelta en un uniforme negro de cuello alto.
— Ijichi-kun —la voz de Satoru era melosa, cargada de una amabilidad que resultaba más aterradora que una amenaza directa—. He estado pensando.
El asistente tragó saliva, sintiendo que su corbata le apretaba un poco más de lo habitual.
— ¿En qué... en qué ha estado pensando, Gojo-san? —preguntó, tratando de que su voz no temblara demasiado mientras cerraba la pestaña de su computadora.
— En la salud de Shoko —respondió Satoru, dejándose caer en una silla que crujió bajo su peso. Cruzó sus largas piernas con una elegancia perezosa—. Sabes que ella trabaja demasiado. Cadáveres por aquí, autopsias por allá... es un ambiente muy lúgubre, ¿no crees?
— Bueno, es la doctora de la escuela, señor. Es su labor fundamental...
— ¡Exacto! —Satoru dio una palmada que hizo saltar los clips sobre el escritorio—. Es su labor. Por eso me preocupa que personas externas, con buenas intenciones pero agendas ocultas, la distraigan de sus responsabilidades. El café, por ejemplo. El café deshidrata, Ijichi. Y las risas... las risas consumen oxígeno.
Ijichi parpadeó, completamente perdido en la lógica retorcida del hombre más fuerte del mundo.
— Señor, yo solo le llevé un café porque se veía cansada. Habíamos terminado de revisar los informes de las bajas del mes pasado y...
— Los informes divertidos —lo interrumpió Gojo, bajándose un milímetro la venda para que un destello azul eléctrico se filtrara hacia el asistente—. Cuéntame más sobre esos memes de gatos, Kiyotaka. Tengo mucha curiosidad por saber qué tipo de humor hace que Shoko Ieiri se olvide de que soy la persona más fascinante de este recinto.
Ijichi sintió un sudor frío recorriéndole la nuca. No era solo una rabieta; era el despliegue de una territorialidad que rozaba lo absurdo. Satoru Gojo, el hombre que podía pulverizar montañas, estaba interrogando a un administrativo por un meme de un gato naranja atrapado en una persiana.
— Era... era solo un gato, señor. Un error de envío. El Director Yaga casi me despide, y a la doctora le pareció una anécdota graciosa. Nada más, lo juro.
Satoru se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en el escritorio. El Infinito entre él y el resto del mundo parecía vibrar con una intensidad inusual.
— Escúchame bien, mi querido y asustadizo amigo. Shoko es... especial. Ella y yo tenemos una historia que se remonta a cuando tú probablemente todavía estabas aprendiendo a no llorar en los simulacros de evacuación. Ella entiende el peso de ser nosotros. Así que, cuando la veo reír con alguien que no entiende ese peso... me pica la curiosidad. Y cuando me pica la curiosidad, tiendo a ser muy, muy molesto.
— ¡Entendido! —exclamó Ijichi, haciendo una reverencia sentada—. ¡Prometo no volver a ser gracioso en su presencia! ¡Seré el hombre más aburrido del mundo! ¡Incluso más de lo que ya soy!
Satoru sonrió, una expresión amplia y brillante que no llegaba a ocultar la chispa de posesividad en sus ojos.
— Sabía que lo entenderías. Ahora, ve por mis dulces. Quiero los mochis de edición limitada de Ginza. Y asegúrate de que el envoltorio sea bonito. Se los llevaré a Shoko para compensar el "mal rato" que pasó hablando de gatos.
***
Mientras tanto, en la morgue, el ambiente era mucho más pragmático. Shoko Ieiri observaba una placa de rayos X mientras sostenía un cigarrillo apagado entre los labios. Sabía que Satoru estaba merodeando por algún lado; podía sentir su energía maldita como un zumbido constante en la base de su cráneo. Era una presencia familiar, irritante y, a veces, extrañamente reconfortante.
La puerta se abrió con un estruendo innecesario. No era necesario mirar para saber quién era.
— ¡Shoko-chan! —canturreó Satoru, entrando con una bolsa de papel elegante—. He traído suministros vitales para la mejor médico de la era moderna.
— Si son dulces, déjalos en la mesa y vete, Satoru. Estoy ocupada —dijo ella sin apartar la vista de la placa.
— Qué fría. Y yo que pensaba que después de tu "sesión de risoterapia" con Ijichi estarías de mejor humor.
Shoko finalmente se dio la vuelta, dejando la placa sobre la mesa metálica. Se cruzó de brazos, dejando que su bata blanca se abriera un poco, revelando su cansancio habitual.
— ¿Todavía sigues con eso? Satoru, tienes veintiocho años. Compórtate como tal.
— Me comporto exactamente como mi poder me lo permite —replicó él, acercándose y dejando los dulces sobre la mesa de disección, ignorando lo inapropiado del lugar—. Además, me dijiste que me olvidaba de bajar a la tierra. Aquí estoy. En la tierra, en tu morgue, trayendo ofrendas de azúcar.
Shoko lo miró fijamente. Bajo la venda, sabía que él la estaba analizando, buscando cualquier rastro de esa risa que le había dedicado a Ijichi. Le resultaba fascinante y agotador a partes iguales cómo el hombre que sostenía el equilibrio del mundo podía desmoronarse emocionalmente por un café compartido.
— ¿Por qué te importa tanto? —preguntó ella con sinceridad, su voz ronca bajando un tono—. Has tenido a miles de personas admirándote, mujeres que darían un brazo por una cita contigo, alumnos que te idolatran. ¿Por qué te molesta que yo tenga una conversación normal con un colega?
Satoru guardó silencio por un momento. El aire juguetón se evaporó, dejando paso a una vulnerabilidad que rara vez permitía que otros vieran. Se quitó la venda con un movimiento lento, dejando que sus ojos azules, profundos y complejos como el océano, se encontraran con los de ella.
— Porque ellos ven al "Más Fuerte" —dijo finalmente, su voz despojada de toda teatralidad—. Los alumnos ven a un maestro invencible. Los altos mandos ven un arma que deben controlar. El mundo ve un icono. Pero tú... tú me viste cuando no era nada de eso. Me viste cuando Suguru se fue. Me viste cuando fallé.
Shoko sintió un nudo en la garganta al escuchar el nombre de su antiguo compañero. El fantasma de Suguru Geto siempre flotaba entre ellos, un recordatorio de lo que sucede cuando el poder y la soledad se mezclan de forma incorrecta.
— Ver que le das a otros esa... esa parte de ti que es normal, que es sencilla... me recuerda que yo no puedo ser normal —continuó Satoru, dando un paso hacia ella, rompiendo la distancia de seguridad—. Y me da miedo, Shoko. Me da miedo que un día te des cuenta de que estar con alguien normal es mucho más fácil que estar cerca de un monstruo como yo.
Shoko soltó un suspiro largo, dejando que el cigarrillo cayera sobre la mesa. Se acercó a él, y esta vez no fue para ajustarle el cuello de la camisa. Puso una mano sobre su pecho, sintiendo el latido rítmico de su corazón a través de la tela negra. El Infinito no estaba allí; él la estaba dejando entrar.
— Eres un idiota arrogante, Satoru —susurró ella—. Pero no eres un monstruo para mí. Nunca lo has sido. Ijichi es un buen hombre, y sí, es fácil hablar con él porque no tengo que preocuparme de que el mundo se acabe si tiene un mal día. Pero eso no significa que prefiera su compañía a la tuya.
Gojo bajó la mirada hacia la mano de Shoko. Sus dedos largos y pálidos, marcados por el uso constante de guantes de látex y bisturís, parecían diminutos contra su pecho.
— ¿Entonces no vas a dejar de hablarme por culpa de los memes de gatos? —preguntó él, intentando recuperar su tono bromista, aunque sus ojos seguían brillando con una intensidad cruda.
— Solo si dejas de acosar al pobre hombre. Lo tienes al borde de un colapso nervioso, y no pienso reanimarlo solo porque tú decidiste tener una crisis de identidad en su oficina.
Satoru soltó una risa suave, una que nació desde lo más profundo de su pecho. Se inclinó un poco, apoyando su frente contra la de ella. Era un contacto mínimo, pero para alguien que pasaba la mayor parte de su vida separado de la materia por una barrera invisible, era un universo entero.
— No prometo nada —murmuró él—. Soy un hombre muy posesivo con mis tesoros.
— No soy un tesoro, Satoru. Soy una médico con sueño y mucho trabajo.
— Eres Shoko. Y eso es más que suficiente para mantener al "Más Fuerte" bajo control.
Se quedaron así unos instantes, rodeados por el olor a antiséptico y el silencio de la morgue. Para el resto del mundo, Gojo Satoru era una deidad intocable, un ser que caminaba entre los hombres sin pertenecer realmente a ellos. Pero en ese rincón oscuro de la Academia, bajo la mirada cansada de Shoko Ieiri, él era simplemente Satoru. Un hombre con miedo a la soledad, con un ego frágil y un corazón que, a pesar de todo su poder, latía con la misma inseguridad que el de cualquier mortal.
— Come tus dulces, Satoru —dijo ella, rompiendo el momento pero sin apartar la mano de su pecho—. Y dame uno. El de fresa.
— ¡Sabía que caerías ante mis encantos! —exclamó él, recuperando instantáneamente su energía desbordante—. ¡Los mochis de Ginza nunca fallan!
Shoko negó con la cabeza, una pequeña sonrisa curvando sus labios. Era la misma sonrisa que le había dedicado a Ijichi, pero esta vez, Satoru no sintió ganas de lanzar un Púrpura. Sintió una calidez que ninguna técnica maldita podría replicar.
***
Horas más tarde, Satoru caminaba por los jardines de la escuela, con la venda de nuevo en su lugar y las manos en los bolsillos. Se sentía ligero, casi eufórico. La irritación de la mañana se había disuelto en el azúcar de los mochis y en la aceptación silenciosa de Shoko.
Sin embargo, al doblar una esquina, divisó a Ijichi cargando unas cajas hacia el estacionamiento. El asistente se detuvo en seco al verlo, su rostro volviéndose de un color cenicizo.
— ¡G-Gojo-san! Ya... ¡ya compré los dulces! ¡Están en su escritorio! ¡Lo juro!
Satoru se acercó a él con pasos largos. Ijichi cerró los ojos, esperando algún tipo de castigo divino o una broma pesada que lo dejaría traumatizado por el resto de la semana.
En cambio, sintió una mano pesada y amistosa palmeándole el hombro.
— Buen trabajo, Ijichi-kun —dijo Satoru con una voz inusualmente tranquila—. Por cierto, ese meme del gato... ¿podrías enviármelo? Creo que al Director Yaga le vendría bien un poco de humor en su vida.
Ijichi abrió un ojo, luego el otro, completamente desconcertado.
— ¿Eh? ¿De verdad?
— De verdad. Pero —Gojo se inclinó, su voz volviéndose un susurro conspirador—, si vuelves a hacer reír a Shoko antes que yo mañana, te haré conducir hasta Kioto... de ida y vuelta... tres veces... sin aire acondicionado.
Ijichi tragó saliva y asintió frenéticamente.
— ¡Entendido, señor! ¡Mañana seré la persona más deprimente de la prefectura de Tokio!
Satoru se alejó riendo, dejando a un confundido asistente atrás. Mientras caminaba hacia sus aposentos, miró hacia la ventana de la morgue, donde una luz tenue seguía encendida.
Ser el más fuerte era una carga, una responsabilidad y, a veces, una maldición. Pero ser el más celoso... bueno, eso era simplemente un recordatorio de que todavía estaba vivo. Y mientras Shoko estuviera allí para llamarlo idiota y aceptar sus dulces, Satoru Gojo estaba dispuesto a luchar contra maldiciones, altos mandos y, si era necesario, contra todos los memes de gatos del mundo.
Porque al final del día, el cielo azul de sus ojos solo encontraba su verdadero reflejo en la mirada cansada y honesta de la única persona que nunca le tuvo miedo a su Infinito.
— Mañana le traeré flores —se dijo a sí mismo, saltando un escalón con la agilidad de un niño—. Flores que huelan mejor que el café de Ijichi. Definitivamente.
El hombre más fuerte del mundo se perdió en la oscuridad de los pasillos, tarareando una canción, feliz en su propia e incurable ridiculez.