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Celos Infinitos

El arte de la guerra y el azúcar glass

Shoko Ieiri siempre había sido una mujer de placeres sencillos. Un cigarrillo al final de una jornada agotadora, el silencio sepulcral de la morgue cuando no había estudiantes gritando por los pasillos y, ocasionalmente, una buena taza de café que no supiera a plástico quemado. Sin embargo, recientemente había descubierto un nuevo pasatiempo que superaba a todos los anteriores en términos de valor recreativo: observar cómo el "Hechicero más Fuerte de la Era Moderna" se desmoronaba emocionalmente ante la presencia de Kiyotaka Ijichi.

Era, por decir lo menos, una obra maestra de la ironía. Satoru Gojo podía enfrentarse a maldiciones de grado especial sin despeinarse, podía distorsionar el espacio-tiempo con un chasquido de sus dedos y poseía una fortuna que podría comprar medio Tokio. Pero ahí estaba él, escondido detrás de una columna del corredor principal, con su imponente figura de 190 centímetros tratando inútilmente de pasar desapercibida mientras Shoko intercambiaba palabras con el asistente.

Shoko lo sabía. Sentía esa presión familiar en el aire, esa perturbación en el Infinito que delataba la cercanía de Satoru. Y, lejos de ahuyentarlo o ignorarlo, decidió que hoy sería un día especialmente difícil para el ego del peliblanco.

— Entonces, Ijichi-kun —dijo Shoko, elevando un poco la voz para asegurarse de que llegara a los oídos del "espía" oculto—, me estabas diciendo que encontraste esa pastelería nueva cerca de la estación, ¿verdad? La que tiene los bollos de crema que tanto me gustan.

Ijichi, que ya vivía en un estado de ansiedad perpetua, sintió que un escalofrío le recorría la columna. No sabía por qué, pero sentía que unos ojos invisibles lo estaban taladrando desde la distancia.

— S-sí, doctora Ieiri. Pasé por allí esta mañana para recoger unos documentos y recordé que usted mencionó que quería probarlos. Me tomé la libertad de... bueno, de traerle una caja. Está en mi coche.

Shoko sonrió. No fue una de sus sonrisas cansadas o cínicas. Fue una sonrisa amplia, brillante, casi de colegiala. Una actuación digna de un premio, pensó para sí misma.

— ¡Oh, Kiyotaka! Eres tan atento —exclamó ella, tocándole el antebrazo con suavidad—. Satoru siempre olvida las cosas que me gustan a menos que se las repita diez veces. Es un alivio tener a alguien tan detallista cerca.

Desde detrás de la columna, se escuchó un crujido seco. Satoru acababa de pulverizar accidentalmente un trozo de mampostería con la mano.

— ¡Shoko-chan! —La voz de Gojo tronó en el pasillo mientras aparecía de la nada, con una sonrisa que era más una mueca de depredador que un saludo amistoso—. ¡Qué coincidencia encontrarlos aquí! Ijichi, ¿no deberías estar revisando el presupuesto de reparaciones de la misión de Itadori? He oído que destruyeron un edificio entero... otra vez.

— ¡Gojo-san! —Ijichi saltó, casi perdiendo sus gafas—. Yo... yo estaba justo por ir a eso, solo le entregaba algo a la doctora...

— Ya se lo entregaste, ¿no? —Satoru se interpuso físicamente entre ambos, obligando a Ijichi a retroceder. Su altura resultaba intimidante, pero su lenguaje corporal gritaba "celos" a los cuatro vientos—. El tiempo es oro, Kiyotaka. Y el oro es lo que nos falta para pagar esos edificios. ¡Andando! ¡Vuela!

Ijichi no necesitó que se lo dijeran dos veces. Hizo una reverencia rápida y salió disparado hacia la salida, dejando tras de sí un rastro de sudor y pánico.

Shoko se cruzó de brazos, apoyando el peso de su cuerpo en una pierna mientras observaba a Satoru. Él se giró hacia ella, ajustándose la venda negra con una suficiencia fingida.

— ¿Bollos de crema, Shoko? —preguntó él, tratando de sonar casual—. Sabes que yo puedo traerte los mejores bollos de crema de todo Japón. Puedo ir a Kioto y volver antes de que el café de Ijichi se enfríe. No necesitas aceptar limosnas de los asistentes.

— No eran limosnas, Satoru —respondió ella con calma, caminando hacia la morgue—. Era un gesto amable. Algo que las personas normales hacen sin necesidad de demostrar que son "los más fuertes" cada cinco minutos.

Gojo caminó a su lado, sus pasos largos haciendo que ella tuviera que acelerar un poco el ritmo, aunque él intentaba contenerse.

— Yo soy amable —protestó él—. ¡Te traje mochis ayer! ¡De los caros!

— Me los trajiste porque te sentías culpable por haber asustado a los de primer año en el entrenamiento —le recordó ella—. Ijichi me los trajo porque simplemente se acordó de mí. Hay una diferencia.

Satoru guardó silencio por un segundo, su mandíbula tensándose. Shoko lo miró de reojo. Era adorable, en una forma retorcida y egocéntrica. Ver al hombre que podía reescribir las leyes de la física comportándose como un niño al que le han quitado su juguete favorito era la mejor medicina para el estrés de su trabajo.

— ¿Te gusta? —soltó Satoru de repente, deteniéndose frente a la puerta de la morgue.

— ¿Quién? ¿Ijichi? —Shoko soltó una risita seca—. Es un buen hombre. Es tranquilo, no grita, no rompe paredes y sabe cuándo cerrar la boca. Son cualidades que escasean en este lugar, ¿no crees?

— ¡Yo puedo ser tranquilo! —insistió Satoru, aunque su volumen de voz sugería lo contrario—. ¡Puedo ser el hombre más silencioso del mundo si me lo propongo!

— Satoru, tu sola presencia emite un zumbido de energía maldita que marea a la gente normal —dijo ella, abriendo la puerta—. Entra si vas a seguir quejándote, pero no toques nada. Tengo una autopsia pendiente.

Gojo entró en la sala blanca y fría, desentonando completamente con el ambiente fúnebre. Se sentó en un taburete alto, balanceando sus largas piernas como si estuviera en un parque de diversiones. Shoko se puso sus guantes de látex y comenzó a organizar sus instrumentos.

— No entiendo qué le ves —continuó Satoru, retomando el hilo de su frustración—. Es delgado, usa gafas aburridas y se asusta de su propia sombra. Yo, en cambio... bueno, ya sabes. Soy yo.

— Precisamente por eso es divertido, Satoru —dijo Shoko, dándole la espalda mientras preparaba una bandeja—. Contigo todo es un espectáculo. Todo es grandioso, ruidoso y agotador. A veces, una mujer solo quiere tomarse un café y hablar de bollos de crema sin que el destino de la humanidad esté en juego.

— Estás siendo cruel conmigo a propósito —murmuró él, bajando un poco la cabeza—. Lo haces para vengarte por lo de la semana pasada, ¿verdad? ¿Por lo del pastel que me comí y que era tuyo?

Shoko se detuvo. Una pequeña sonrisa maliciosa apareció en su rostro. Lo tenía exactamente donde quería.

— Tal vez. O tal vez simplemente me di cuenta de que Ijichi es mucho más maduro que tú. Él no necesita una venda en los ojos para ocultar que es un niño grande.

Satoru se quitó la venda con un movimiento brusco. Sus ojos azules brillaban con una mezcla de indignación y algo que Shoko reconoció como una vulnerabilidad genuina. Era esa mirada la que siempre la hacía ceder, pero hoy no. Hoy quería verlo sufrir un poco más. Era su pequeña venganza personal por todos los años de bromas pesadas, por los cigarrillos robados y por el caos constante que él traía a su vida.

— Retira eso —dijo él, su voz volviéndose baja y seria—. No me compares con él.

— ¿O qué? —Shoko se giró, sosteniendo un bisturí con elegancia—. ¿Vas a lanzarme un "Rojo"? ¿Vas a expandir tu dominio en mi morgue? No me asustas, Satoru. Eres el hombre más fuerte del mundo, pero conmigo eres solo un chico que no sabe cómo pedir atención sin hacer un berrinche.

El silencio que siguió fue denso. Satoru la miró fijamente, sus Seis Ojos analizando cada micro-expresión de su rostro. Podía ver que ella se estaba divirtiendo. Podía ver la chispa de malicia en sus ojos ojerosos. Y, sin embargo, no podía evitar sentirse genuinamente herido por la comparación.

— Eres mala, Shoko —dijo él finalmente, soltando un suspiro que pareció desinflar toda su arrogancia—. Realmente mala.

— Y tú eres un celoso compulsivo. Es un equilibrio perfecto —ella se acercó a él, todavía con los guantes puestos, y le dio un golpecito en la nariz con el dedo índice—. Si quieres que deje de hablar con Ijichi de pastelerías, vas a tener que esforzarte más. Y no me refiero a traer dulces caros.

— ¿Entonces qué? —preguntó él, sus ojos azul claro clavados en los de ella.

— Aprende a ser una persona, no un monumento —respondió ella con sencillez—. Deja de actuar como si fueras el centro del universo por un segundo y simplemente... está ahí. Sin trucos, sin alardes.

Satoru se quedó pensativo. La idea de "ser normal" era algo que le resultaba casi ajeno. Desde que era niño, su existencia había estado marcada por su poder. La gente no lo veía a él; veían al portador de los Seis Ojos. Shoko era una de las pocas excepciones, y la idea de perder ese estatus privilegiado frente a alguien como Ijichi lo aterraba más que cualquier maldición.

— Está bien —dijo él, poniéndose de pie—. Mañana te traeré esos bollos de crema. Pero no los compraré. Los haré yo mismo.

Shoko soltó una carcajada genuina, esta vez sin pizca de actuación.

— ¿Tú? ¿Cocinando? Satoru, vas a quemar la cocina de la escuela. Yaga te va a matar.

— ¡No subestimes al más fuerte! —exclamó él, recuperando su tono habitual mientras se ponía la venda de nuevo—. ¡Mis bollos de crema serán legendarios! ¡Harán que te olvides de que Ijichi existe!

— Lo dudo mucho —dijo ella, volviendo a su trabajo—, pero me encantará ver el desastre. Ahora vete, tengo trabajo que hacer.

Satoru se dirigió a la puerta, pero antes de salir, se detuvo y miró por encima del hombro.

— Shoko.

— ¿Qué?

— No le vuelvas a tocar el brazo a Ijichi. Me da dolor de cabeza.

— Vete de una vez, Satoru.

Cuando la puerta se cerró, Shoko finalmente dejó escapar el aire que había estado reteniendo. Se quitó los guantes y se frotó la nuca. Era agotador lidiar con él, pero no podía negar que su vida sería increíblemente aburrida sin sus ataques de celos y sus excentricidades.

— Realmente es adorable cuando se pone así —susurró para sí misma, mirando la bandeja de instrumentos—. Un idiota, pero un idiota adorable.

Mientras tanto, en el pasillo, Gojo Satoru caminaba con paso decidido. Ya no estaba pensando en misiones ni en maldiciones. Su mente estaba ocupada calculando la temperatura exacta del horno y la proporción de azúcar necesaria para crear el relleno perfecto.

— ¿Bollos de crema, eh? —murmuró, sacando su teléfono para buscar recetas—. Te voy a enseñar quién es el que mejor conoce tus gustos, Shoko-chan.

Al doblar la esquina, se encontró de nuevo con Ijichi, quien intentaba pasar desapercibido pegado a la pared.

— ¡Ijichi-kun! —gritó Satoru, haciendo que el hombre soltara los papeles que llevaba—. ¡Tengo una misión para ti!

— ¡S-sí, Gojo-san! ¡Lo que sea! —respondió el asistente, temblando.

— Necesito que me consigas el mejor delantal del mundo. Uno que diga "El Chef Más Fuerte". Y si vuelves a mencionar una pastelería frente a Shoko, te enviaré a una misión de reconocimiento en un pantano lleno de mosquitos malditos. ¿Entendido?

— ¡Entendido, señor! ¡Clarísimo, señor!

Satoru se alejó tarareando, sintiéndose mucho mejor consigo mismo. Sí, tal vez era el hombre más celoso del mundo, pero también era el que tenía los recursos para ganar cualquier competencia, incluso una que involucrara harina y huevos.

Shoko, desde su oficina, escuchó los gritos de Satoru y la respuesta aterrorizada de Ijichi. Negó con la cabeza, encendiendo finalmente el cigarrillo que tanto había deseado. La venganza era dulce, pensó, pero ver a Satoru Gojo intentando competir con la normalidad de la vida cotidiana era, sin duda, el postre más exquisito que había probado en años.

— Que Dios ayude a esa cocina —murmuró, soltando una nube de humo mientras una sonrisa de pura satisfacción se instalaba en su rostro.

El juego apenas estaba comenzando, y Shoko Ieiri estaba disfrutando cada segundo de su posición como árbitro y trofeo en la competencia más absurda de la historia de la hechicería. Porque al final del día, no importaba cuántas maldiciones exorcizara Satoru; en el pequeño mundo de Shoko, él siempre tendría que esforzarse un poco más para ser el número uno. Y eso, para ella, era la diversión absoluta.