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Celos Infinitos

El monopolio del Infinito y el último refugio del mundo

El silencio era absoluto, una anomalía casi irreal para dos personas que habían pasado gran parte de sus vidas arrastrando el peso del ruido metálico de las armas, los gritos de las maldiciones y el zumbido constante de la energía maldita. No había informes que redactar, no había cadáveres que diseccionar ni alumnos que proteger. Solo estaba el sonido rítmico de la lluvia golpeando los ventanales de cristal reforzado de una villa oculta en las montañas de Nagano, una propiedad que ni siquiera el alto mando de la hechicería sabía que existía.

En el interior de la habitación principal, la penumbra era cálida, rota apenas por la luz mortecina de unas velas que se consumían lentamente. Satoru Gojo estaba tumbado cuan largo era sobre las sábanas de seda negra, con el pecho descubierto y la respiración aún agitada. El sudor hacía que su piel brillara bajo la luz tenue, y su cabello blanco, libre de vendas y gafas, caía desordenado sobre las almohadas.

A su lado, Shoko Ieiri exhalaba una larga bocanada de humo. Estaba apoyada contra el cabecero de la cama, desnuda bajo las sábanas que apenas cubrían sus caderas. Sus ojos, siempre rodeados de esas ojeras crónicas, parecían más relajados que nunca. Observaba el techo con una calma que rozaba lo místico.

— ¿Crees que ya se habrán dado cuenta? —preguntó Shoko, su voz ronca por el esfuerzo y el tabaco.

Satoru se giró de costado, apoyando la cabeza en su mano para observarla. Sus ojos azules, esos Seis Ojos que normalmente procesaban cada átomo del universo, ahora solo tenían espacio para ella. Estiró un brazo y trazó con la punta de los dedos la línea de la mandíbula de Shoko, bajando por su cuello hasta detenerse justo encima de su corazón.

— Probablemente Yaga esté dándole puñetazos a un muñeco de trapa ahora mismo —respondió Satoru con una sonrisa perezosa—. Yuta estará entrando en pánico, intentando organizar el nuevo orden mundial, y Megumi... bueno, Megumi probablemente esté disfrutando del silencio, al menos hasta que se dé cuenta de que nadie va a pagarle la cuenta del restaurante esta semana.

Shoko soltó una risita seca, una que no contenía rastro de la amargura habitual.

— Eres un egoísta, Satoru. Dejar que el mundo crea que el "hechicero más fuerte" pereció tras la batalla contra Sukuna solo para poder esconderte en una montaña conmigo.

— No estoy escondido —corrigió él, acercándose más hasta que su pecho rozó el brazo de ella—. Estoy jubilado. El mundo ya tuvo suficiente de Gojo Satoru. Y yo ya tuve suficiente del mundo. Además, no es que te haya traído secuestrada. Viniste por tu propio pie, Shoko.

Ella giró la cabeza para mirarlo. La intensidad en la mirada de Satoru era abrumadora. Ya no estaban los muros del Infinito, no había barreras técnicas ni emocionales. Estaba el hombre, despojado de su corona de deidad, mostrando una vulnerabilidad que solo ella tenía el privilegio de presenciar.

— Alguien tenía que vigilar que no te volvieras loco en la soledad —dijo ella, apagando el cigarrillo en un cenicero de cristal sobre la mesita de noche—. Y aceptémoslo, Satoru. Sin mí, te habrías olvidado de cómo ser una persona normal en menos de tres días.

Satoru se abalanzó sobre ella con una agilidad felina, atrapándola entre sus brazos y hundiendo el rostro en el hueco de su cuello. Aspiró su aroma —una mezcla de jabón caro, tabaco y ese olor ferroso que nunca abandonaba del todo a un médico— y dejó un beso posesivo sobre su piel.

— No quiero ser una persona normal —susurró él contra su cuello—. Quiero ser tuyo. Solo tuyo. Sin misiones, sin jerarquías, sin el peso de ser el pilar de una sociedad podrida. ¿Sabes lo que se siente al no tener que filtrar el mundo cada segundo?

Shoko pasó sus dedos por el cabello blanco de él, desenredando los nudos con una ternura que rara vez mostraba.

— Lo sé. Se siente como si por fin hubieras dejado de contener la respiración.

Satoru levantó la vista. Sus ojos brillaban con una chispa de posesividad que no había disminuido ni un ápice a pesar de haber pasado horas entregados al placer. Al contrario, parecía que cada vez que la tocaba, su necesidad de marcarla como suya aumentaba.

— Ya no hay más "nosotros y los demás" —dijo Satoru, su voz volviéndose seria—. Solo somos nosotros. He sellado esta casa con una barrera que ni siquiera Sukuna en su mejor momento podría haber detectado. Para el resto de los hechiceros, Gojo Satoru y Shoko Ieiri se desvanecieron en el aire tras la caída del Rey de las Maldiciones. Somos fantasmas, Shoko.

— Fantasmas que sudan mucho y tienen mucha hambre —replicó ella, intentando mantener su tono sarcástico, aunque su corazón latía con fuerza ante la declaración de él—. ¿Cuánto tiempo crees que durará esto? Tarde o temprano, alguien cometerá un error. O nos aburriremos de vernos las caras.

Satoru soltó una carcajada vibrante que resonó en la habitación. Se inclinó y capturó sus labios en un beso profundo, uno que sabía a posesión y a una libertad ganada con sangre. Sus manos bajaron por la espalda de Shoko, apretándola contra él como si temiera que pudiera disolverse en la oscuridad de la habitación.

— No me aburriré de ti en mil años —declaró él cuando se separaron apenas unos milímetros—. Y nadie va a encontrarnos. He pasado toda mi vida siendo el centro de atención, el sol alrededor del cual orbitaba todo el mundo de la hechicería. Ahora, mi universo se ha reducido a estas cuatro paredes y a lo que tengo entre mis brazos. Es el monopolio más satisfactorio de mi vida.

Shoko lo miró, perdiéndose en el azul infinito de sus pupilas. Sabía que Satoru hablaba en serio. Él siempre había sido un hombre de extremos, y su amor —si es que esa palabra bastaba para describir la obsesión protectora que sentía por ella— no era la excepción.

— Eres un maníaco, Satoru —dijo ella, rodeándole el cuello con los brazos—. Pero supongo que yo también lo soy por seguirte el juego.

— Eres la mujer que diseccionaba maldiciones mientras yo las aplastaba —recordó él con una sonrisa ladeada—. Siempre estuvimos un poco rotos, Shoko. Por eso encajamos tan bien.

Satoru volvió a besarla, esta vez con una urgencia renovada. Sus manos comenzaron a explorar su cuerpo con una familiaridad experta, redescubriendo cada curva, cada cicatriz, cada lunar que ya había memorizado en las horas previas. Shoko respondió con la misma intensidad, dejando que su cuerpo hablara por ella.

En la Academia, Yuta Okkotsu probablemente estaría sentado en el despacho que una vez perteneció a Gojo, abrumado por la responsabilidad de reconstruir un mundo en ruinas. Maki estaría entrenando a los nuevos reclutas con una ferocidad implacable, y Panda intentaría mantener el ánimo de todos. La noticia de la "desaparición" de los dos últimos miembros de la generación dorada de hechiceros era una herida abierta en el corazón de la institución.

Pero allí, en la villa de Nagano, el tiempo se había detenido.

— Shoko —murmuró Satoru entre besos, su voz cargada de una devoción que rozaba lo religioso—. Di que no te irás. Di que este es nuestro mundo ahora.

— No tengo a dónde ir, idiota —respondió ella, arqueando la espalda bajo el tacto de él—. Además, ¿quién más va a aguantar tus berrinches de divinidad si no soy yo?

— Exacto —dijo él, sus ojos brillando con triunfo—. Nadie más. Solo yo puedo tenerte, y solo tú puedes contenerme.

La noche avanzó entre susurros y el roce de la piel contra la seda. Hicieron el amor de nuevo, no con la urgencia desesperada de la primera vez, sino con una lentitud deliberada, saboreando el hecho de que no tenían que ir a ninguna parte, de que no habría una alarma de misión rompiendo el silencio ni un asistente golpeando la puerta con informes urgentes.

Eran libres. Pero era una libertad que venía con el precio del aislamiento absoluto, un precio que ambos pagaban con gusto.

Horas más tarde, cuando la primera luz del alba empezó a filtrarse por las rendijas de las cortinas, Shoko se despertó sintiendo el peso del brazo de Satoru sobre su cintura. Él seguía dormido, con una expresión de paz que lo hacía parecer mucho más joven de lo que era. Sin la carga de los Seis Ojos activos, su rostro era simplemente el de un hombre que finalmente había encontrado descanso.

Shoko se quedó observándolo un largo rato. Sabía que allá afuera, el mundo seguía girando. Sabía que la hechicería seguiría existiendo, que nuevas maldiciones nacerían del miedo humano y que nuevos héroes se alzarían para combatirlas. Pero por primera vez en su vida, no se sentía obligada a ser parte de ello. Había pasado décadas rodeada de muerte, siendo la última línea de defensa entre la vida y el olvido para tantos hechiceros. Había visto morir a sus amigos, había visto a Satoru convertirse en un dios solitario y a Geto descender a la locura.

Ahora, el ciclo se había cerrado.

Satoru abrió un ojo, el azul claro encontrándose con el marrón cansado de Shoko. No necesitó preguntar en qué estaba pensando; la conexión entre ellos era tan profunda que las palabras a menudo sobraban.

— ¿Te arrepientes? —preguntó él, su voz ronca por el sueño.

Shoko se inclinó y le dio un beso corto en los labios.

— Solo de no haberlo hecho diez años antes —respondió ella.

Satoru sonrió y la atrajo hacia sí, envolviéndola en un abrazo que era al mismo tiempo un refugio y una cadena.

— Tenemos todo el tiempo del mundo, Shoko. Todo el tiempo que nos robaron cuando éramos adolescentes.

— Vas a ser muy molesto, ¿verdad? —suspiró ella, acomodándose contra su pecho.

— El hombre más molesto y celoso que hayas conocido —confirmó él con orgullo—. No dejaré que ni siquiera el cartero te vea si alguna vez decidimos que necesitamos correo.

— No hay cartero, Satoru. Estamos en medio de la nada.

— Perfecto. Entonces solo somos tú, yo y las ardillas. Y si una ardilla te mira demasiado, tendré que darle una lección.

Shoko se rió, cerrando los ojos. El mundo podía creer que Satoru Gojo había muerto. Podían levantarle estatuas, escribir su nombre en los libros de historia y llorar su partida. Pero la verdad era mucho más simple y, a la vez, mucho más compleja.

El hombre más fuerte del mundo no había muerto en batalla. Había ganado la batalla más difícil de todas: la lucha contra su propio destino. Y lo había hecho para poder estar allí, en una cama deshecha, empapado de sudor y rodeado de silencio, poseyendo y siendo poseído por la única persona que alguna vez lo vio como un hombre y no como un arma.

— Duérmete, Satoru —dijo Shoko, sintiendo cómo el sueño volvía a reclamarla.

— Duérmete, Shoko —respondió él, besando la coronilla de su cabeza—. No voy a irme a ninguna parte.

La villa permaneció oculta bajo la niebla de la montaña, un santuario inexpugnable donde el Infinito no era una técnica de combate, sino el espacio compartido entre dos almas que habían decidido renunciar al mundo para poder tenerse el uno al otro. Sin misiones, sin estrés, sin el peso de la corona invisible. Solo la tranquilidad de saber que, por fin, estaban exactamente donde querían estar.

Allá afuera, Yuta Okkotsu suspiraba frente a una montaña de papeles, preguntándose dónde estarían sus maestros. Aquí, Satoru Gojo sonreía en sueños, apretando a Shoko contra su cuerpo, sabiendo que había logrado el monopolio definitivo: el corazón de la mujer que lo mantenía humano. Y para él, eso era mucho más valioso que cualquier título de "el más fuerte".