Celos Infinitos
El infinito entre tus dedos y el humo de mi cigarrillo
— Satoru, si no te mueves en los próximos tres segundos, voy a practicar una incisión exploratoria en tu bazo sin anestesia —dijo Shoko, aunque su voz carecía de cualquier amenaza real.
Estaba sentada en su escritorio, intentando redactar el informe de defunción de una maldición de grado uno que había causado estragos en Shinjuku. Sin embargo, la tarea se volvía hercúlea debido a que 190 centímetros de hechicero arrogante estaban desparramados sobre ella. Gojo Satoru no solo estaba sentado en el borde de su mesa; tenía sus largas piernas enredadas con las de ella bajo el escritorio y su cabeza reposaba pesadamente sobre el hombro derecho de la doctora, impidiéndole mover el brazo con libertad.
— Solo tres minutos más, Shoko-chan —murmuró Satoru, su voz vibrando contra el cuello de ella—. Vengo de Sendai. Me tomó cuatro minutos exorcizar a esa cosa y tres minutos y medio comprar estos dulces para ti. He estado fuera casi ocho minutos. Es una eternidad.
Shoko soltó un suspiro cargado de humo, dejando que la ceniza de su cigarrillo cayera en el cenicero de cristal. No se molestó en señalar que Sendai estaba a cientos de kilómetros y que cualquier otro hechicero habría tardado días en completar la misión y el viaje. Para Satoru, el mundo se había reducido a una escala temporal donde cada segundo lejos de ella era una afrenta personal del destino.
— La gente está empezando a hacer apuestas, ¿sabes? —comentó Shoko, dejando la pluma sobre la mesa—. Utahime me preguntó ayer si te habías convertido en mi parásito oficial. Nanami dice que tu eficiencia ha subido un doscientos por ciento solo para poder volver aquí antes de que yo termine de tomarme un café.
Satoru se enderezó un poco, lo suficiente para que sus ojos azules, ocultos tras la venda, buscaran el rostro de Shoko. Una sonrisa ladeada y peligrosa curvó sus labios.
— Que apuesten lo que quieran. Nanami solo está celoso porque su concepto de "horas extra" no incluye mimos —Satoru estiró una mano y, con una familiaridad posesiva, tomó el cigarrillo de los labios de Shoko, dándole una calada antes de devolvérselo—. Además, no es mi culpa que el resto del mundo sea tan lento. Si termino rápido, tengo más tiempo para asegurarme de que nadie más te esté molestando con sus "problemas emocionales".
Shoko lo miró de reojo. La posesividad de Satoru había evolucionado de una irritación infantil a un sistema de vigilancia absoluto. Ya no era solo que interrumpiera sus charlas con Ijichi; ahora, Satoru parecía haber desarrollado un sexto sentido —además de los seis que ya tenía— para detectar cuándo alguien pasaba más de cinco minutos en la morgue.
Lo más bizarro de la situación, y lo que mantenía al personal de la Academia en un estado de confusión perpetua, era que Shoko Ieiri, la mujer más apática y reservada de la hechicería moderna, no solo lo permitía, sino que parecía alimentarse de ello.
— Hablando de molestias —dijo Shoko, girando su silla para quedar frente a él—, me enteré de que ayer "escoltaste" al nuevo asistente de enfermería hasta la salida de la escuela porque me trajo un té de hierbas. El pobre hombre ni siquiera sabía quién eras.
Satoru se encogió de hombros con una inocencia fingida que no engañaba a nadie.
— Tenía una energía sospechosa, Shoko. Muy... herbácea. No podemos ser demasiado cuidadosos. Además, si quieres té, solo tienes que pedírmelo. Puedo traerte las hojas directamente de las montañas de China en lo que tardas en parpadear. No necesitas que un civil con manos sudorosas te sirva nada.
Shoko se inclinó hacia adelante, reduciendo el espacio entre ambos. El Infinito de Satoru, como siempre que estaba con ella, era una membrana inexistente, una invitación abierta.
— Eres un animal territorial, Satoru —susurró ella, su mano subiendo para acariciar la mandíbula del hechicero—. Un animal muy ruidoso y muy blanco.
Satoru atrapó su mano, besando la palma con una devoción que rozaba lo religioso.
— Y tú eres la única que tiene la correa, Shoko. No te quejes si tiro de ella de vez en cuando.
La dinámica entre ambos se había convertido en un ecosistema cerrado. Satoru completaba misiones de Grado Especial en el tiempo que a un humano normal le tomaba hervir agua, solo para aparecer en la oficina de Shoko, cubrirla con su abrigo negro y reclamar su atención. Y Shoko, lejos de apartarlo, había empezado a desarrollar sus propios colmillos.
Sucedió dos días después, en la cafetería de la escuela. Shoko estaba sentada sola, disfrutando de un raro momento de paz, cuando Utahime Iori se acercó para saludarla. La conversación fue normal hasta que Utahime mencionó, casi de pasada, que Satoru le había enviado un mensaje gracioso sobre una misión fallida en Kioto.
La atmósfera en la mesa cambió instantáneamente. No hubo gritos, ni despliegues de energía maldita, pero los ojos de Shoko se entrecerraron de una manera que hizo que Utahime se enderezara por instinto.
— ¿Un mensaje gracioso? —preguntó Shoko, su voz suave como la seda pero con el filo de un bisturí—. No sabía que Satoru tenía tiempo para ser comediante por correspondencia mientras está en horario laboral.
— Solo fue un meme, Shoko... —balbuceó Utahime, sintiendo una presión extraña en el pecho—. Ya sabes cómo es él.
— Sí, sé exactamente cómo es él —respondió Shoko, apagando su cigarrillo con una lentitud deliberada—. Y sé que su tiempo es muy limitado. Asegúrate de no desperdiciarlo con tonterías, Utahime. No querría que Satoru se distrajera y terminara... lastimado. O algo peor.
Utahime se quedó de piedra. La mirada de Shoko no era la de una amiga preocupada; era la de un depredador marcando los límites de su reserva natural. Sin decir más, la doctora se levantó y se marchó, dejando tras de sí un rastro de humo y una Utahime profundamente perturbada.
Cuando Shoko regresó a su oficina, encontró a Satoru esperándola, sentado en su silla giratoria con los pies sobre el escritorio.
— ¡Shoko-chan! Te traje mochis de...
— Dame tu teléfono —lo interrumpió ella, cerrando la puerta con cerrojo.
Satoru parpadeó, sorprendido por el tono de autoridad absoluta.
— ¿Mi teléfono? Pero si no he hecho nada malo, lo juro. He sido un buen chico, incluso saludé a Ijichi sin amenazarlo con un Vacío Púrpura.
— El teléfono, Satoru. Ahora.
Él se lo entregó, fascinado por esta nueva faceta de su compañera. Shoko revisó el dispositivo con rapidez, borró el número de Utahime de la lista de contactos frecuentes y bloqueó tres aplicaciones de mensajería que Satoru usaba para "socializar" con otros hechiceros.
— Si tienes algo gracioso que decir, dímelo a mí —dijo ella, devolviéndole el aparato—. Si quieres atención, búscala aquí. No quiero que tu energía se disperse en personas que no saben qué hacer con ella. ¿Entendido?
Satoru se quedó en silencio un momento, procesando lo que acababa de ocurrir. Luego, una carcajada vibrante y llena de pura felicidad escapó de su garganta. Se levantó de la silla y envolvió a Shoko en un abrazo tan fuerte que casi le quita el aliento, enterrando su rostro en su cabello.
— ¡Oh, Shoko! —exclamó él, su voz cargada de un deleite casi maníaco—. Estás celosa. Estás realmente celosa. Esto es lo mejor que me ha pasado en los últimos diez años. ¡Incluso mejor que cuando aprendí la Técnica de Maldición Inversa!
— No estoy celosa, Satoru —mintió ella, aunque se dejó abrazar, hundiendo sus dedos en el cabello blanco de él—. Solo estoy optimizando tus recursos. Eres el activo más valioso de la hechicería; no puedo permitir que te desgastes en trivialidades.
— Mentirosa —susurró él, besándole la sien—. Te encanta que sea tuyo. Te encanta saber que soy el hombre más fuerte del mundo y que caigo de rodillas en cuanto entras en una habitación.
— Quizás —admitió ella, su voz volviéndose suave—. Pero no te acostumbres. Sigo teniendo ese bisturí a mano.
— Puedes diseccionarme cuando quieras, Shoko. Ya lo sabes. Mi cuerpo, mi energía... todo es para que tú lo estudies.
La relación había cruzado un punto de no retorno. Era una simbiosis de posesividad. Satoru se encargaba de que el mundo exterior no tocara a Shoko, convirtiéndose en una muralla infranqueable de poder y arrogancia. Y Shoko se encargaba de que el mundo interior de Satoru —sus miedos, su soledad, su ego desmedido— estuviera anclado exclusivamente a ella.
Era una forma de amor bizarra, nacida entre cadáveres y maldiciones, forjada en la soledad de ser los últimos de una era que ya no existía. Pero funcionaba.
Una tarde, mientras la nieve empezaba a caer sobre Tokio, Satoru regresó de una misión en Hokkaido. Había tardado exactamente quince minutos en ir, exorcizar a una entidad de grado especial que había aterrorizado a un pueblo entero, y volver. Entró en la morgue cubierto de una fina capa de escarcha, con los ojos brillando tras la venda.
Shoko estaba terminando una autopsia. Ni siquiera se sorprendió al verlo.
— Llegas tarde —dijo ella, sin levantar la vista—. El café se enfrió hace dos minutos.
— Hubo una ventisca —se justificó Satoru, caminando hacia ella y rodeándola por la cintura, ignorando que ella llevaba el delantal manchado de sangre—. Pero traje esto.
Sacó una pequeña caja de terciopelo de su bolsillo. Shoko se detuvo y lo miró.
— ¿Qué es eso, Satoru?
— Un sello —dijo él, abriendo la caja para revelar un anillo de plata con un pequeño zafiro que imitaba el color de sus ojos—. No es para una boda, Shoko. Ambos sabemos que no somos personas de ceremonias. Es una marca. Para que cuando no esté cerca, cualquiera que tenga la osadía de mirarte sepa exactamente a quién le perteneces. Y para que tú, cuando mires tu mano, recuerdes quién es el único que tiene permitido entrar en tu espacio.
Shoko tomó el anillo y lo observó bajo la luz fluorescente de la morgue. Era frío, pesado y hermoso. Se lo puso en el dedo anular de la mano derecha y luego miró a Satoru.
— Es una tontería, Satoru. Sabes que no necesito un anillo para saber que eres un idiota posesivo.
— Pero te gusta —insistió él, su rostro a centímetros del de ella.
— Me gusta —aceptó ella, rodeándole el cuello con los brazos—. Pero ahora, vas a tener que compensarme por el café frío.
Satoru la levantó y la sentó sobre la mesa metálica, apartando los instrumentos quirúrgicos con un movimiento descuidado de su mano.
— Tengo toda la noche, Shoko. No hay misiones, no hay alumnos, y he bloqueado la puerta con un "Velo" que ni siquiera Yaga podría romper. Somos solo tú, yo y este pequeño rincón del infinito.
— Perfecto —dijo Shoko, atrayéndolo hacia un beso que sabía a tabaco y a una victoria compartida—. Porque no tengo ninguna intención de dejarte salir de aquí.
Afuera, la nieve seguía cayendo, cubriendo la Academia de Hechicería en un silencio sepulcral. En los pasillos, los pocos hechiceros que quedaban evitaban pasar cerca de la morgue. Sabían que, cuando Gojo Satoru estaba allí, el aire se volvía más denso, el espacio se curvaba y la realidad misma parecía ceder ante el peso de un amor que era tanto una protección como una prisión.
Satoru Gojo era el hombre más fuerte del mundo, y Shoko Ieiri era la única mujer capaz de contener esa fuerza. Juntos, eran un sistema cerrado, una anomalía en el tejido de la sociedad de hechiceros. Eran celosos, eran posesivos y estaban profundamente rotos, pero en esa bizarra unión, habían encontrado la única paz que el mundo les permitiría tener.
— Eres mía, Shoko —susurró Satoru entre besos, su voz perdiéndose en la penumbra de la sala.
— Y tú eres mi problema, Satoru —respondió ella, cerrando los ojos y dejándose llevar por el infinito que solo él podía ofrecerle—. Mi problema personal e intransferible.
Y en ese silencio, entre el frío del acero y el calor de sus cuerpos, el hombre más celoso del mundo finalmente dejó de buscar, porque ya lo tenía todo. Y la mujer más reservada del mundo finalmente dejó de huir, porque ya había encontrado su lugar en el centro de la tormenta.