Volver al resumen

Celos y posesión

El eco de la piel

La habitación de Midoriya en los dormitorios de la UA nunca se había sentido tan pequeña. El aire estaba saturado con el aroma varonil de Kirishima, una mezcla de sudor limpio, desodorante cítrico y ese olor metálico que desprendía su piel cuando se endurecía. Izuku estaba sentado en el borde de su cama, con el corazón martilleando contra sus costillas, mientras Eijiro, arrodillado entre sus piernas, le vendaba una mano que se había raspado durante el entrenamiento.

— Tienes que ser más cuidadoso, Izuku —susurró Kirishima. Su voz, usualmente enérgica, ahora tenía un matiz aterciopelado que enviaba escalofríos por la columna del peliverde—. No soporto ver que te lastimes. Eres... eres todo para mí.

Midoriya tragó saliva, sintiendo el calor subir por su rostro. Sabía que esto era un error. Sabía que Kirishima estaba bajo un efecto químico, que su cerebro estaba disparando señales de amor y obsesión hacia la persona equivocada. Debería apartarlo. Debería correr hacia la habitación de Todoroki y suplicarle perdón. Pero cuando los dedos callosos de Kirishima rozaron su muñeca, Izuku no retrocedió.

Con Shoto, todo era etéreo, suave, casi como caminar sobre cristal fino. Sus besos eran castos, sus abrazos eran reconfortantes pero distantes, como si Todoroki temiera romperlo. Pero Kirishima... Kirishima era una fuerza de la naturaleza. Era fuego, era piedra, era una intensidad física que Izuku, en su timidez, nunca se había atrevido a pedir, pero que ahora, de manera egoísta, estaba disfrutando.

— Eijiro, yo... —empezó Midoriya, pero sus palabras se perdieron cuando el pelirrojo levantó la vista.

Los ojos de Kirishima brillaban con una devoción absoluta. Sin previo aviso, el pelirrojo se impulsó hacia arriba, atrapando los labios de Midoriya en un beso que no tenía nada de dulce. Fue un choque de dientes y lengua, una invasión de espacio que dejó a Izuku sin aliento. Kirishima no pedía permiso; él tomaba lo que creía que era suyo. Sus manos, grandes y fuertes, se deslizaron bajo la camiseta de Midoriya, apretando su cintura con una firmeza que rozaba el dolor.

— Te quiero —gruñó Kirishima contra su cuello, justo encima de la mordida que ya empezaba a ponerse morada—. Quiero que todos sepan que eres mío. Quiero... quiero hacerlo, Izuku. Quiero ser uno solo contigo. Ahora mismo.

Midoriya sintió un pánico genuino, pero también una oleada de dopamina que no era suya, sino contagiada por la proximidad del otro. El contacto físico de Kirishima era adictivo. Era como si el pelirrojo estuviera tratando de grabar su propia existencia en la piel de Izuku, tal como lo hacía con Bakugo. Pero Izuku no era Bakugo; él no sabía cómo manejar esa tormenta.

Mientras tanto, en la azotea del edificio de dormitorios, el ambiente era radicalmente distinto. El frío de la noche parecía concentrarse alrededor de Shoto Todoroki, cuyo lado derecho estaba cubierto por una fina capa de escarcha. A unos metros, Katsuki Bakugo pateaba con rabia una tubería de ventilación, soltando chispas que iluminaban la oscuridad.

— No puedo más, Mitad-Mitad —escupió Bakugo, con la voz rota por la furia y algo que se parecía peligrosamente al dolor—. He visto cómo lo mira. He visto cómo ese estúpido nerd se deja tocar. Ese no es mi Kirishima, y ese no es tu maldito Deku.

Todoroki no lo miró. Sus ojos bicolores estaban fijos en las ventanas del tercer piso, donde sabía que estaba la habitación de Midoriya.

— Midoriya es débil ante la culpa —dijo Shoto con una calma gélida—. Cree que le debe algo a Kirishima por haberlo salvado. Y Kirishima... su cerebro ha borrado meses de historia contigo para reemplazarlos con una fantasía. Aizawa dice que debemos esperar, pero cada segundo que pasa, esa "fantasía" se vuelve más real para ellos.

— ¡A la mierda Aizawa! —rugió Bakugo, girándose hacia él—. Ese idiota del pelo pincho nunca ha sido sutil. Cuando quiere algo, va a por ello con todo. Si no los separamos ahora, va a hacer algo de lo que no habrá vuelta atrás. Va a marcar a Deku de una forma que ni tú ni yo podremos ignorar.

Todoroki apretó el puño, y el hielo bajo sus pies se agrietó.

— ¿Qué sugieres, Bakugo? Sabes que si intervenimos directamente, Kirishima reaccionará con violencia. Su Don está potenciado por la adrenalina de esa obsesión.

— No me importa si tengo que volarle la cara —dijo Bakugo, acercándose a Todoroki hasta quedar a escasos centímetros—. Tenemos que romper el ciclo. El Don del villano se alimenta de la presencia del "objetivo". Si alejamos a Deku de su vista el tiempo suficiente, el químico empezará a degradarse. Pero Kirishima no lo dejará ir por las buenas.

Todoroki asintió lentamente. La idea de colaborar con Bakugo le resultaba repulsiva, pero la imagen de la mordida en el cuello de Izuku era un motor mucho más potente que su orgullo.

— Necesitamos un cebo y una distracción —propuso Todoroki—. Yo sacaré a Midoriya de allí. Soy su pareja, todavía tengo cierta influencia sobre él, aunque esté confundido. Tú tendrás que contener a Kirishima. Es el único que puede seguirle el ritmo en una pelea física.

— Lo voy a aplastar —masculló Bakugo, aunque en el fondo, la idea de pelear en serio contra el chico que amaba le revolvía el estómago—. Pero después de que lo retenga, tú te llevas al nerd lejos de la academia. Pide permiso para una "misión de entrenamiento" o lo que sea, pero sácalo de su radio de visión por cuarenta y ocho horas.

— De acuerdo —aceptó Todoroki—. Pero Bakugo... si le haces daño de verdad a Kirishima, Midoriya no te lo perdonará. Y Kirishima, cuando recupere la cordura, tampoco.

— ¡Cállate y haz tu parte! —Bakugo se dio la vuelta, ocultando la expresión de angustia que cruzaba su rostro—. Yo me encargo de mi idiota. Tú encárgate del tuyo.

De vuelta en la habitación, la situación estaba llegando a un punto crítico. Kirishima había empujado a Midoriya contra el colchón, posicionándose sobre él. Sus dientes de tiburón rozaban la oreja de Izuku, y sus manos buscaban desesperadamente el borde del pantalón del peliverde.

— Eijiro, espera... esto no está bien —jadeó Midoriya, tratando de poner sus manos sobre el pecho endurecido de Kirishima—. Tú... tú amas a Kacchan. Esto es el quirk, tienes que luchar contra él.

— No menciones a ese maníaco —gruñó Kirishima, su voz vibrando con una posesividad oscura—. Él solo te hacía daño, Izuku. Yo te haré sentir bien. Te haré sentir como si fueras el único hombre en el mundo. ¿No sientes cómo late tu corazón? Tu cuerpo no miente. Me quieres tanto como yo a ti.

Midoriya cerró los ojos, sintiéndose traidor de su propia piel. Era verdad. El contacto rudo pero devoto de Kirishima estaba despertando en él sensaciones que Todoroki nunca había explorado. Shoto era como una pintura hermosa que se mira desde lejos; Kirishima era un incendio en el que quería quemarse. Por un momento, la voluntad de Izuku flaqueó. Sus dedos se enterraron en el cabello rojo de Kirishima, tirando de él hacia abajo.

— Solo... solo un poco más —susurró Midoriya, odiándose a sí mismo.

En ese preciso instante, la puerta de la habitación estalló. No fue una explosión de Bakugo, sino una ráfaga de hielo que congeló la cerradura y la bisagra, derribando la madera con un estruendo seco.

Kirishima reaccionó al instante, endureciendo todo su cuerpo y saltando frente a Midoriya para protegerlo. Sus ojos estaban inyectados en sangre, fijos en los dos intrusos que estaban en el umbral.

— ¡Fuera de aquí! —rugió el pelirrojo, sus brazos transformándose en cuchillas de piedra—. ¡No dejaré que lo toquen!

Todoroki entró primero, con una expresión de decepción tan profunda que Midoriya sintió que se le rompía el alma. Detrás de él, Bakugo caminaba con una lentitud aterradora, sus manos soltando un humo negro y denso.

— Se acabó el juego, pelos de mierda —dijo Bakugo. Su voz no era un grito, era un susurro letal—. Suelta a Deku ahora mismo o te juro que te haré recordar quién soy a base de golpes.

— ¡Él no quiere estar contigo, Bakugo! —gritó Kirishima, lanzándose hacia adelante con un puñetazo cargado de toda su fuerza—. ¡Él me eligió a mí!

Bakugo esquivó el golpe por centímetros, usando una explosión para impulsarse detrás de Kirishima.

— ¡Él no eligió nada, maldito imbécil drogado! —Bakugo lo agarró por el cuello de la camiseta y lo lanzó contra la pared opuesta—. ¡Todoroki, llévatelo ahora!

Shoto no perdió el tiempo. Se deslizó sobre una rampa de hielo hasta la cama y tomó a Midoriya por la muñeca. El peliverde estaba en estado de shock, mirando alternativamente a su novio y al hombre que acababa de besarlo con tanta pasión.

— Izuku, ven conmigo —dijo Todoroki, su voz firme pero con un deje de súplica—. Necesitas alejarte de él. Estás confundido, y esto nos está destruyendo a todos.

— ¡No! ¡Izuku! —Kirishima intentó levantarse, pero Bakugo cayó sobre él, inmovilizándolo contra el suelo con una serie de explosiones controladas que hacían retumbar el edificio—. ¡Suéltame, Bakugo! ¡Lo vas a asustar!

— ¡Mírame a los ojos, Eijiro! —le gritó Bakugo, obligándolo a girar la cara hacia él—. ¡Mírame y dime que de verdad no me conoces! ¡Dime que todas esas noches en mi cuarto no significaron nada!

Kirishima forcejeó, su piel chocando contra las manos de Bakugo con un sonido metálico.

— ¡No sé de qué hablas! ¡Solo déjanos ser felices!

Todoroki aprovechó la distracción para sacar a un Midoriya tembloroso de la habitación. Mientras corrían por el pasillo, Izuku miró hacia atrás una última vez. Vio a Bakugo sujetando a Kirishima, vio el dolor crudo en los ojos del rubio y la furia ciega en los del pelirrojo.

— Shoto, yo... yo no quería que esto pasara —sollozó Midoriya mientras bajaban las escaleras hacia la salida trasera donde esperaba un taxi que Todoroki había pedido en secreto.

Todoroki se detuvo un momento, apretando la mano de Izuku.

— Lo sé, Izuku. Pero dejaste que te marcara. Dejaste que fuera más allá de lo que nosotros hemos ido nunca. —Shoto lo miró con una tristeza infinita—. Vamos a irnos a la casa de mi madre. Ella nos ayudará a escondernos un par de días. No puedes ver a Kirishima, y él no puede verte a ti. Es la única forma.

— ¿Y Kacchan? —preguntó Midoriya, preocupado por la violencia que se había desatado arriba.

— Bakugo sabe lo que hace. Él está dispuesto a ser el villano en la historia de Kirishima con tal de recuperarlo.

En la habitación, la pelea continuaba. Bakugo no estaba usando su máximo poder para no herir de gravedad a Kirishima, pero el pelirrojo no tenía tales reparos. Un golpe de Kirishima conectó con la mandíbula de Bakugo, lanzándolo hacia atrás y haciéndole escupir sangre.

— ¡Se ha ido! —gritó Bakugo, limpiándose la boca con el dorso de la mano—. ¡Deku se ha ido y no vas a volver a verlo hasta que esa mierda salga de tu sistema!

Kirishima se detuvo, jadeando. El vacío que sintió al no ver a Midoriya fue como un abismo abriéndose en su pecho.

— ¡Tráelo de vuelta! —exigió, sus ojos llenándose de lágrimas de frustración—. ¡Lo necesito! ¡Duele, Bakugo! ¡Me duele no tenerlo cerca!

Bakugo sintió un nudo en la garganta. Se acercó a Kirishima, ignorando el peligro, y lo rodeó con sus brazos en un abrazo desesperado. Kirishima intentó endurecerse para golpearlo, pero Bakugo lo apretó con más fuerza, hundiendo el rostro en su hombro.

— Sé que duele, idiota —susurró Bakugo, su voz quebrándose por fin—. Pero me duele más a mí verte mirar a ese nerd de la forma en que me mirabas a mí. No voy a dejar que te pierdas en esto. Aunque me odies ahora, te voy a traer de vuelta.

Kirishima se quedó rígido, sus manos temblando cerca de la espalda de Bakugo. Por un breve segundo, el olor a pólvora y sudor del rubio le resultó extrañamente familiar, una chispa de un recuerdo que no podía alcanzar. Pero entonces, la dopamina volvió a inundar su cerebro, recordándole la suavidad de Midoriya, y volvió a luchar.

— ¡Suéltame! ¡No eres nada para mí!

Bakugo cerró los ojos, aguantando los golpes y el rechazo. Sabía que las próximas cuarenta y ocho horas serían un infierno. Sabía que Todoroki estaría a solas con un Midoriya que ahora conocía un tipo de pasión que Shoto no le había dado. Sabía que todo el equilibrio de sus relaciones se había roto.

Pero mientras sujetaba a Kirishima en el suelo de aquella habitación destrozada, Bakugo juró que, si lograba salvarlo, nunca más dejaría que un silencio o una inseguridad se interpusiera entre ellos. Porque la marca en el cuello de Midoriya era temporal, pero la cicatriz que esto estaba dejando en sus corazones era algo con lo que tendrían que cargar para siempre.

Lejos de allí, en el silencio del coche, Midoriya se tocó el cuello. La marca de Kirishima todavía ardía, un recordatorio físico de un deseo que no debería existir. Miró de reojo a Todoroki, que observaba el paisaje nocturno con una expresión de piedra. El dulce romance que tenían se había evaporado, reemplazado por una tensión amarga.

La guerra por sus corazones apenas comenzaba, y ninguno de los cuatro saldría ileso de ella.