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Celos y posesión

El estigma de la piel y el veneno del deseo

El estribillo de las explosiones se había apagado, dejando tras de sí un silencio denso, cargado de humo y el olor a ozono que siempre acompañaba a Bakugo cuando perdía el control. En la habitación destrozada, Katsuki mantenía a Kirishima inmovilizado contra el suelo. Sus manos, que aún soltaban pequeñas chispas de advertencia, rodeaban las muñecas del pelirrojo, anclándolas a la alfombra.

— ¡Suéltame, Bakugo! ¡Te juro que si lo lastiman, te mataré! —rugió Kirishima, forcejeando con una fuerza bruta que obligaba a Katsuki a emplear cada gramo de su musculatura para no ser desplazado.

Bakugo lo miró desde arriba. Sus ojos carmesí estaban inyectados en sangre, no solo por el esfuerzo físico, sino por una agonía emocional que lo estaba consumiendo. Ver a Kirishima defender a Deku con esa ferocidad, escucharlo pronunciar amenazas en su nombre... era demasiado. En un impulso desesperado, una última apuesta para romper el velo químico que nublaba la mente de su pareja, Bakugo se inclinó hacia adelante.

No fue un beso suave. Fue un choque violento, un reclamo de propiedad que buscaba invadir los sentidos de Kirishima. Katsuki forzó sus labios contra los del pelirrojo, buscando ese sabor metálico y cálido que conocía de memoria. Quería que el contacto físico, la memoria de sus cuerpos entrelazados durante meses, fuera más fuerte que cualquier alteración de dopamina.

Kirishima se quedó rígido bajo él. Por un segundo, el forcejeo cesó. Sus ojos se abrieron de par en par, fijos en el rostro de Bakugo, que tenía los ojos cerrados con una fuerza dolorosa. Pero la reacción no fue la que Katsuki esperaba. Kirishima no respondió al beso con reconocimiento; lo hizo con una confusión agresiva, empujando con la cabeza para romper el contacto.

— ¡¿Qué demonios haces?! —escupió Kirishima, jadeando—. ¡Yo no te quiero! ¡Al que quiero es a Izuku!

— ¡Mientes! —gritó Bakugo, su voz rompiéndose—. ¡Me quieres a mí, maldito idiota! ¡Quieres esto!

Bakugo, cegado por la rabia y la necesidad de recuperar lo que era suyo, se deshizo de su propia chaqueta de uniforme con movimientos erráticos. Se posicionó de nuevo sobre Kirishima, pero esta vez no para pelear, sino para seducir. Se sentó sobre el regazo del pelirrojo, sintiendo la dureza de sus muslos endurecidos por el Don. Con manos temblorosas, Bakugo comenzó a desabotonar su propia camisa, exponiendo su pecho, su cuello... y las marcas que Kirishima le había dejado apenas tres días atrás.

— Mira esto, Eijiro —susurró, guiando la mano de Kirishima hacia su propio cuello, donde todavía se veía una sombra violácea—. Tú me hiciste esto. Tú me mordiste aquí mientras me jurabas que no podías vivir sin mí. No puedes haberlo olvidado todo.

Kirishima miró la marca. Sus dedos rozaron la piel de Bakugo por puro instinto, y por un instante, el brillo obsesivo de sus ojos vaciló. La textura de la piel de Katsuki, el calor que desprendía, el modo en que su cuerpo encajaba perfectamente entre sus piernas... eran piezas de un rompecabezas que su cerebro intentaba rechazar pero que sus nervios reconocían.

— Yo... yo no recuerdo... —murmuró Kirishima, su voz perdiendo parte de su agresividad.

— Recuérdalo ahora —sentenció Bakugo, bajándose los pantalones con una urgencia febril—. Hazme tuyo otra vez. Tómame como lo haces siempre. Rompe esta mierda de hechizo con tu cuerpo, no con tu cabeza.

Bakugo se inclinó, restregando su pecho contra el de Kirishima, buscando el contacto piel con piel que siempre los encendía. Sabía que se estaba humillando, que estaba suplicando por un acto que siempre había sido mutuo y sagrado, pero no le importaba. Si Kirishima lo penetraba, si lo sentía temblar bajo su peso, si escuchaba sus gemidos... tenía que despertar.

Kirishima, impulsado por una mezcla de la dopamina del Don y el deseo primario que Bakugo estaba provocando deliberadamente, dejó de luchar. Sus manos se cerraron sobre la cintura de Bakugo, apretando con una fuerza que dejó marcas instantáneas. El endurecimiento de su piel comenzó a ceder, volviéndose suave pero firme.

— Bakugo... —el nombre sonó como una pregunta, pero sus actos fueron una respuesta.

El pelirrojo lo giró con un movimiento brusco, quedando él encima. La intensidad de Kirishima, esa hombría desbordante que tanto volvía loco a Katsuki, emergió con una fuerza renovada. No era el amor dulce que sentía por Midoriya bajo el efecto del quirk; era el deseo animal que siempre había tenido por Bakugo. Sus manos desgarraron lo que quedaba de la ropa del rubio, y sus dientes se clavaron en el hombro de Katsuki, marcándolo de nuevo, reclamando el territorio que nunca debió haber abandonado.

Bakugo arqueó la espalda, soltando un grito que fue mitad dolor y mitad alivio. Sentir el peso de Kirishima sobre él, la rudeza de sus movimientos, la manera en que el pelirrojo lo tomaba sin delicadeza, era lo único que lo hacía sentirse vivo.

— Sí... así —jadeó Bakugo, sus uñas enterrándose en la espalda de Kirishima—. Haz que me duela, haz que me sientas. No te atrevas a pensar en ese nerd mientras estás dentro de mí.

Kirishima no respondió con palabras. Se hundió en Bakugo con una embestida feroz, una que hizo que el rubio viera estrellas. Era una danza de fuego y piedra. Cada movimiento de Kirishima era una declaración de poder, y Bakugo lo recibía todo, abriéndose para él, entregándole su voluntad y su cuerpo en un intento desesperado de exorcizar el fantasma de Midoriya de los pensamientos de su amante. El sonido de sus cuerpos chocando, el sudor mezclándose y los jadeos rítmicos llenaron la habitación en ruinas, creando un oasis de realidad carnal en medio del caos mental de Kirishima.

***

A varios kilómetros de distancia, en la casa de retiro de Rei Todoroki, el silencio era absoluto, pero para Izuku Midoriya, el ruido en su cabeza era ensordecedor. Estaba sentado en un futón, mirando sus manos, que aún temblaban. Shoto estaba en la habitación contigua, preparando té, dándole el espacio que supuestamente necesitaba.

Pero Midoriya no quería espacio. Lo que quería, y lo que lo aterraba admitir, era volver a sentir la presión de los brazos de Kirishima.

Se tocó el cuello, donde la mordida del pelirrojo todavía pulsaba. Cerró los ojos y, por un momento, se permitió recordar. No recordó el miedo, ni la confusión, ni la culpa. Recordó la sensación de ser deseado con una intensidad que lo hacía sentir como el centro del universo. Shoto lo amaba, de eso no había duda, pero su amor era como una brisa de invierno: refrescante, pura, pero a veces insuficiente para calentar la sangre.

Kirishima, en cambio, lo había tocado como si quisiera devorarlo. Había una masculinidad cruda en el pelirrojo, una falta de inhibiciones que Izuku, siempre tan reprimido y analítico, envidiaba y anhelaba secretamente. Cuando Kirishima lo había acorralado en la cama antes de que llegaran los demás, Izuku había sentido una chispa de calor en su vientre que nunca antes había experimentado.

— ¿En qué estás pensando, Izuku? —La voz de Todoroki lo sacó de sus pensamientos. Shoto estaba en el umbral, sosteniendo dos tazas humeantes. Su mirada era inquisitiva, llena de una preocupación silenciosa.

— En nada, Shoto. Solo... procesando todo —mintió Midoriya, bajando la vista hacia sus rodillas.

Todoroki se acercó y se sentó frente a él. Dejó las tazas a un lado y tomó las manos de Izuku entre las suyas. Estaban frías, como siempre.

— Sé que Kirishima te confundió —dijo Shoto con suavidad—. Su Don es peligroso porque no solo altera su mente, sino que manipula las emociones de los que lo rodean. Pero estamos a salvo aquí. No dejaré que vuelva a tocarte así.

Midoriya sintió una punzada de culpa tan fuerte que casi lo hizo vomitar. "No dejaré que vuelva a tocarte así". Shoto lo veía como una agresión, como algo de lo que debía ser protegido. Pero Izuku no se sentía como una víctima. Se sentía como un traidor que, por un breve instante, había deseado que Todoroki no llegara nunca. Había deseado ver hasta dónde llegaría Kirishima, quería sentir esa fuerza endurecida sobre él, quería que el pelirrojo hiciera realidad las fantasías que Izuku ni siquiera se atrevía a escribirlas en sus cuadernos.

— Shoto... —empezó Izuku, su voz apenas un susurro—. ¿Alguna vez has sentido que... que quieres algo que sabes que está mal?

Todoroki frunció el ceño ligeramente.

— Todos tenemos impulsos, Izuku. Pero nosotros somos héroes. Controlamos nuestros deseos por el bien de los demás. Lo que sentiste con Kirishima no fue real. Fue química.

— ¿Y si una parte de mí quiso que fuera real? —soltó Midoriya, levantando la vista. Sus ojos verdes estaban llenos de lágrimas—. Kirishima me miró de una forma en la que tú nunca me has mirado, Shoto. Me hizo sentir... necesario. No como un símbolo de paz, no como un compañero, sino como un hombre.

Todoroki se quedó en silencio. El frío en la habitación pareció intensificarse. Lentamente, soltó las manos de Midoriya.

— ¿Estás diciendo que prefieres su obsesión a mi amor? —preguntó Shoto, su voz volviéndose peligrosamente monótona.

— ¡No! No es eso —exclamó Midoriya, desesperado—. Es solo que... me asusta lo mucho que disfruté de su cercanía. Me asusta que, ahora que no está aquí, siento un vacío que no puedo llenar.

Midoriya se abrazó a sí mismo. La imagen de Kirishima, con sus dientes de tiburón y su sonrisa feroz, quemaba en su mente. Recordaba cómo el pelirrojo lo había llamado "varonil" incluso mientras lo dominaba, cómo sus manos habían buscado su piel con una urgencia que lo hacía sentir vivo, eléctrico. Comparado con eso, la paz que le ofrecía Shoto se sentía repentinamente como una jaula de cristal.

Estaba mal. Era el novio de Todoroki. Kirishima era el novio de Bakugo. Todo esto era producto de un villano estúpido con un don de dopamina. Pero el deseo que ardía en el pecho de Izuku se sentía más real que cualquier lógica. Por primera vez en su vida, el sucesor del One For All no quería ser el héroe que hace lo correcto. Quería ser el chico que es tomado con fuerza contra un colchón, quería sentir el dolor y el placer de una mordida que le recordara que tiene un cuerpo hecho de carne y hueso, no solo de ideales.

— Necesito dormir —dijo Midoriya, dándole la espalda a Todoroki para ocultar su rostro—. Mañana todo será diferente.

— Espero que sí —respondió Shoto, levantándose y dejando la taza de té intacta—. Porque si no puedes sacar a Kirishima de tu cabeza, Izuku, entonces ya lo hemos perdido todo.

Mientras Midoriya se acurrucaba bajo las mantas, su mente voló de regreso a la academia. Se preguntó qué estaría pasando en su habitación. ¿Estaría Bakugo gritando? ¿Estaría Kirishima llorando por él? No podía imaginar que, en ese mismo momento, Bakugo estaba usando su propio cuerpo como un ancla para traer a Kirishima de vuelta a la realidad a través del sexo más intenso y desesperado de sus vidas.

En la oscuridad, Izuku pasó los dedos por la mordida en su cuello. El dolor ya casi no estaba, pero el recuerdo de la boca de Kirishima sobre su piel lo hizo estremecerse. Deseó, con una intensidad que lo avergonzaba, que la semana no terminara nunca. Deseó que el efecto del quirk fuera permanente, para no tener que elegir entre la seguridad del hielo y el peligroso incendio del endurecimiento.

Bakugo, en los brazos de un Kirishima que empezaba a pronunciar su nombre entre gemidos de placer, y Midoriya, en la soledad de su cama deseando lo prohibido, compartían ahora algo más que una rivalidad. Compartían la marca de Eijiro Kirishima, una huella que no se borraba con palabras, sino que se grababa en el alma a través de la obsesión y el deseo más puro.

La noche continuó, larga y tortuosa, mientras las dos parejas se desmoronaban y se reconstruían en la penumbra, sin saber que, cuando el sol saliera, las cicatrices invisibles serían mucho más profundas que las que se veían a simple vista.