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Celos y posesión

El despertar de la realidad

La mañana del lunes se filtró por los pasillos de la Academia U.A. con una frialdad metálica que parecía presagiar el fin de un sueño febril. Durante el fin de semana, el ambiente en los dormitorios de la Clase 1-A había sido comparable a una zona de guerra psicológica. Izuku Midoriya se había movido por las áreas comunes con una confianza que rozaba la arrogancia, siempre con Eijiro Kirishima a su lado, como un guardián devoto cuya mirada solo tenía un objetivo: el peliverde.

Izuku lo había disfrutado. Cada vez que pasaban frente a Katsuki Bakugo, Midoriya se aseguraba de rozar la mano de Kirishima o de susurrarle algo al oído que hiciera reír al pelirrojo. Lo hacía con una precisión quirúrgica, observando por el rabillo del ojo cómo los puños de Bakugo temblaban y cómo Shoto Todoroki se hundía más en un silencio gélido y distante. Midoriya se sentía, por primera vez, el protagonista absoluto de una historia donde él dictaba las reglas.

Sin embargo, el tiempo, ese juez implacable que Aizawa había mencionado, finalmente había agotado su arena.

Al sonar la primera campana, los estudiantes comenzaron a entrar al salón de clases. Midoriya llegó un poco antes, sentándose en su lugar habitual con una sonrisa pequeña pero triunfante. Llevaba el cuello de la camisa ligeramente abierto, todavía consciente de las marcas que Kirishima le había dejado. Esperaba que Eijiro entrara, lo saludara con ese fervor obsesivo que se había vuelto su nueva normalidad y, quizás, le diera un beso rápido frente a la mirada furiosa de Kacchan.

La puerta se deslizó. Kirishima entró.

El pelirrojo se detuvo un segundo en el umbral. Su rostro no tenía esa expresión de embobamiento que había lucido los últimos días. Estaba pálido, y sus ojos rojos escaneaban el salón con una intensidad cruda, casi desesperada.

Midoriya levantó la mano, dispuesto a llamarlo.

— ¡Eijiro, aquí...!

Pero las palabras se murieron en su garganta. Kirishima ni siquiera giró la cabeza hacia él. El pelirrojo caminó con paso firme, ignorando por completo la fila donde se sentaba Izuku, y se dirigió directamente al pupitre de Katsuki Bakugo.

Bakugo estaba sentado con los pies sobre la mesa, con la mirada perdida en la ventana, luciendo como si no hubiera dormido en un siglo. Cuando sintió la presencia de alguien frente a él, gruñó sin mirar.

— Lárgate, pelo pincho. Vete con tu maldito nerd.

Kirishima no se movió. No hubo una respuesta alegre ni una defensa de Midoriya. En su lugar, el pelirrojo estiró una mano temblorosa y agarró el hombro de la chaqueta de Bakugo.

— Katsuki... —susurró Kirishima. Su voz estaba rota, cargada de un peso que no había estado allí en toda la semana.

Bakugo se tensó. El uso de su nombre de pila, el tono... Lentamente, el cenizo giró la cabeza. Sus ojos se encontraron con los de Kirishima. Ya no había rastro de la dopamina. Lo que vio fue el dolor de un hombre que acababa de despertar de una pesadilla para darse cuenta de que él mismo había sido el monstruo.

— ¿Eijiro? —preguntó Bakugo, su voz apenas un hilo de voz.

Kirishima no dijo nada más. Simplemente se inclinó y enterró el rostro en el hueco del cuello de Bakugo, abrazándolo con una fuerza que hizo que la silla del rubio chirriara contra el suelo. Era un abrazo de náufrago, de alguien que finalmente ha encontrado tierra firme tras ser arrastrado por una corriente oscura.

— Lo siento... Dios, Katsuki, lo siento tanto —sollozó Kirishima, ignorando que todo el salón se había quedado en un silencio sepulcral.

Midoriya, desde su asiento, sintió como si el suelo desapareciera bajo sus pies. El vacío que dejó la atención de Kirishima fue tan repentino y gélido que le costó respirar. Sus manos se aferraron al borde de su pupitre, los nudillos blancos.

— ¿Eijiro? —llamó Midoriya, esta vez más alto, con una nota de pánico en la voz—. ¿Qué estás haciendo? Ven aquí, tenemos que hablar de...

Kirishima se separó apenas unos centímetros de Bakugo, lo suficiente para mirar hacia atrás por encima del hombro. La mirada que le lanzó a Midoriya no fue de amor, ni de devoción, ni siquiera de odio. Fue una mirada de absoluto rechazo y náusea.

— No me toques, Midoriya —dijo Kirishima, y su voz, antes cálida, ahora sonaba como el choque de dos piedras—. No te acerques a mí.

— Pero... pero todo lo que pasó... —balbuceó Izuku, sintiendo la mirada de Todoroki clavada en su nuca como un puñal de hielo—. Tú dijiste que me querías, que yo era el único...

— ¡Estaba drogado! —rugió Kirishima, poniéndose de pie y golpeando la mesa de Bakugo con el puño—. ¡Un villano me disparó algo que me pudrió el cerebro! ¡Pero tú estabas cuerdo! ¡Tú sabías quién era yo y quién era él!

Kirishima señaló a Bakugo, que ahora miraba a Midoriya con una expresión de triunfo salvaje y letal.

— Lo recuerdo todo, Midoriya —continuó Kirishima, con lágrimas de rabia rodando por sus mejillas—. Recuerdo cómo me usaste. Recuerdo cómo me incitabas a ignorar a mi pareja. Recuerdo lo que me hacías hacer... y cómo te jactabas de ello frente a Katsuki. Me das asco.

Midoriya se encogió en su asiento. El resto de la clase comenzó a murmurar. La imagen del "héroe amable" se estaba desmoronando frente a sus ojos. Shoto Todoroki se levantó lentamente de su lugar. Su rostro estaba impasible, pero el aire a su alrededor comenzó a enfriarse drásticamente.

— Creo que es suficiente, Midoriya —dijo Todoroki. Su voz era plana, desprovista de cualquier afecto—. Kirishima tiene razón. Todos sabíamos que él no era dueño de sus actos, pero tú... tú tomaste una decisión. Y esa decisión nos ha costado todo.

— ¡Shoto, no! —Izuku intentó levantarse, pero Shoto levantó una mano, deteniéndolo—. Lo hice por él, para que no sufriera...

— No mientas más —cortó Todoroki—. Lo hiciste por ti. Lo hiciste porque querías demostrar que podías tener lo que Bakugo tenía. Querías su pasión, su intensidad... pero no te importó destruir a cuatro personas para conseguirlo. Nuestra relación se terminó en el momento en que entraste en esa habitación con él por voluntad propia.

Todoroki se dio la vuelta y salió del salón, justo cuando Aizawa entraba. El profesor observó la escena: Kirishima aferrado a un Bakugo que ahora lo abrazaba por la cintura con posesividad protectora, y a un Midoriya desmoronado en su silla, solo y expuesto.

— Tomen sus asientos —ordenó Aizawa, aunque su voz carecía de la severidad habitual. Parecía cansado—. Kirishima, Bakugo... si necesitan ir a la enfermería para hablar con Recovery Girl o con el consejero, tienen permiso.

— No —dijo Bakugo, poniéndose de pie y tirando de Kirishima hacia él—. Lo que necesita es alejarse de este maldito traidor. Nos vamos.

Bakugo ni siquiera miró a Aizawa al salir, arrastrando a Kirishima consigo. Al pasar junto a Midoriya, Bakugo se detuvo un segundo. Se inclinó hacia el oído del peliverde y susurró con un veneno que hizo que Izuku se estremeciera.

— Te dije que cuando despertara te odiaría. Disfruta de tu soledad, Deku. Te la has ganado.

La puerta se cerró tras ellos. El salón quedó en un silencio incómodo. Midoriya miró sus manos, las mismas manos que habían acariciado a Kirishima con la intención de herir a Bakugo. Ahora, no le quedaba nada. Ni el fuego de la obsesión de Kirishima, ni el hielo reconfortante de Todoroki. Solo quedaba el eco de sus propias acciones.

En el pasillo, Kirishima caminaba con la cabeza baja, sus hombros temblando. Bakugo no lo soltaba.

— Katsuki... yo... no puedo creer lo que hice —sollozó el pelirrojo cuando estuvieron lejos de oídos curiosos—. Las cosas que le dije... cómo te traté...

— Cállate, Eijiro —dijo Bakugo, deteniéndose y obligándolo a mirarlo—. Estabas bajo el efecto de un Don. No fuiste tú.

— Pero las marcas... yo le hice marcas —Kirishima se cubrió la cara con las manos, asqueado de sí mismo—. Sentía que lo amaba, Katsuki. Era tan real en mi cabeza...

Bakugo lo tomó por las muñecas y lo obligó a bajar las manos. Sus ojos rojos estaban llenos de una determinación feroz.

— Me dolió, sí. Verlo tocarte me hizo querer volar todo este maldito edificio por los aires —admitió Bakugo—. Pero sé quién eres. Sé que el verdadero Kirishima prefiere morir antes que traicionarme. Ese nerd aprovechó que tu cerebro estaba frito. Él es el culpable, no tú.

— ¿Cómo puedes perdonarme tan rápido? —preguntó Kirishima, buscando desesperadamente algo de reproche en los ojos de su novio.

— Porque te vi despertar hoy —respondió Bakugo, suavizando apenas el tono—. Vi cómo me buscaste. Vi cómo lo miraste a él con asco. Eso es lo único que me importa. Lo demás... lo demás lo vamos a borrar.

Bakugo se acercó y lo besó. Fue un beso cargado de una posesividad agresiva, pero también de una promesa de reconstrucción. Kirishima respondió con desesperación, tratando de limpiar con ese contacto el rastro de Midoriya que sentía en su piel.

— Voy a quemar cada recuerdo de esta semana, Eijiro —susurró Bakugo contra sus labios—. Y si ese nerd vuelve a intentar acercarse a ti, no me va a importar si me expulsan. Lo voy a destruir.

— No hará falta —dijo Kirishima, recuperando un poco de su firmeza—. No quiero volver a verlo en mi vida. Él no es el héroe que pensaba que era.

Mientras tanto, en el salón, la clase había comenzado, pero Midoriya no escuchaba nada. Sentía las miradas de sus compañeros sobre su espalda. Uraraka no lo miraba, Iida estaba concentrado en su cuaderno con una rigidez inusual. Se sentía como un paria.

Había querido ser el centro del mundo de alguien, y lo había logrado por un breve y egoísta momento. Pero el precio había sido su alma y el respeto de las personas que más le importaban. La dopamina se había ido, dejando tras de sí un rastro de cenizas y el amargo sabor de una traición que marcaría su nombre para siempre.

Izuku se tocó el cuello, donde la marca de la mordida de Kirishima empezaba a desvanecerse. Deseó que se fuera rápido. Deseó poder borrar los últimos días. Pero sabía que, a diferencia del Don del villano, las heridas que le había causado a Bakugo y a Todoroki no sanarían con el paso de las horas.

Él había elegido jugar con fuego, y ahora, mientras escuchaba el eco de los sollozos de Kirishima en su memoria, se dio cuenta de que era el único que se había quedado atrapado en el incendio.

— Midoriya —la voz de Aizawa lo sacó de sus pensamientos. El profesor lo miraba con una mezcla de lástima y severidad—. Después de clase, el Director Nezu quiere hablar contigo. Sobre tu conducta durante este incidente.

— Sí, sensei —respondió Izuku con voz hueca.

Miró el pupitre vacío de Todoroki y el de Kirishima. El silencio de esos asientos vacíos era el juicio más duro que podría recibir. La etapa dulce había terminado, la obsesión se había evaporado, y lo único que quedaba era la cruda y solitaria realidad de un héroe que había olvidado cómo serlo.

Bakugo y Kirishima, en algún lugar del campus, se prometían que nunca más dejarían que nada se interpusiera entre ellos. Todoroki, en la azotea, dejaba que el frío calmara su corazón herido. E Izuku Midoriya, en medio del salón que solía ser su segundo hogar, comprendió finalmente que algunas marcas, por mucho que se desee, nunca desaparecen del todo. Son cicatrices que nos recuerdan quiénes somos realmente cuando nadie nos está mirando. Y él, en la oscuridad de su ambición, se había encontrado con un extraño al que ya no podía reconocer en el espejo.