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Celos y posesión

El peso de la traición y el susurro de la dopamina

La luz de la enfermería era blanca y aséptica, un contraste hiriente con la neblina cálida y confusa que todavía reinaba en la mente de Eijiro Kirishima. Recovery Girl terminó de ajustar el vendaje en su brazo, soltando un suspiro cargado de preocupación maternal.

— Escucha bien, jovencito —dijo la anciana, guardando sus instrumentos—. El efecto del Don del villano está empezando a degradarse, pero tu cerebro todavía está inundado de dopamina artificial. Tus emociones están fuera de control y tu juicio está nublado. Necesitas descansar, hidratarte y, sobre todo, evitar situaciones de estrés emocional. En cuarenta y ocho horas, todo debería volver a la normalidad.

Kirishima asintió, aunque sus ojos buscaban instintivamente la puerta.

— Gracias, Recovery Girl. Me siento... un poco extraño, pero estoy bien. Solo quiero ir a mi habitación y dormir un poco.

— Hazlo —sentenció ella—. Y nada de entrenamientos pesados. Tu cuerpo ha pasado por mucho estrés químico.

Kirishima salió de la enfermería con paso lento. Cada vez que cerraba los ojos, la imagen de Midoriya —su sonrisa tímida, sus pecas, la suavidad de su voz— lo golpeaba como una ola de calor. El nombre de Bakugo resonaba en algún rincón oscuro de su memoria, asociado a gritos y explosiones, pero se sentía como un recuerdo de una vida ajena, una película que había visto hace años y de la que apenas recordaba el argumento. Para su cerebro actual, Izuku era el sol, el centro de gravedad, el único puerto seguro.

Lo que Kirishima no sabía era que, mientras él caminaba por los pasillos, Izuku Midoriya ya estaba dentro de su habitación.

El peliverde se había deslizado en el cuarto del pelirrojo con una agilidad silenciosa. Se sentó en la cama, observando los pósters de Crimson Riot y las pesas esparcidas por el suelo. El aroma de Kirishima estaba por todas partes, y eso hacía que el pulso de Izuku se acelerara de una forma que nunca había experimentado con Todoroki.

Midoriya sabía que lo que estaba haciendo era atroz. Sabía que estaba cruzando líneas morales que antes consideraba sagradas. Pero había algo embriagador en la caída. Ver la cara de Bakugo desmoronarse por la rabia y los celos le proporcionaba un placer oscuro y retorcido que lo hacía sentir poderoso. Amaba a Todoroki, de eso no había duda, pero Shoto era como un altar: algo que se venera con respeto y distancia. Kirishima, bajo el efecto del Don, era como un incendio forestal. Y Midoriya quería quemarse.

Cuando la puerta se abrió, Kirishima se detuvo en seco. Al ver a Izuku sentado en su cama, su corazón dio un vuelco violento.

— ¡Izuku! —exclamó, cerrando la puerta tras de sí con urgencia—. No deberías estar aquí, Aizawa-sensei dijo que...

— No me importa lo que diga Aizawa-sensei, Eijiro —interrumpió Midoriya, levantándose lentamente. Se acercó al pelirrojo, acortando la distancia hasta que pudo sentir el calor que emanaba de su cuerpo—. Te extrañaba. Recovery Girl dijo que necesitabas descansar, y he venido a ayudarte a... relajarte.

Kirishima tragó saliva. La presencia de Midoriya era como una droga física.

— Yo... me siento muy confundido, Izuku. Bakugo estuvo gritándome y Shoto se veía tan triste...

— Olvida a Bakugo —susurró Midoriya, poniendo sus manos sobre el pecho de Kirishima, justo encima de su corazón desbocado—. Él solo te hace daño. Él no te aprecia como yo. Yo sé lo que necesitas.

Midoriya se arrodilló frente a él con una parsimonia que cortaba el aliento. Sus ojos verdes, usualmente brillantes de determinación heroica, ahora estaban oscurecidos por una lascivia gélida. Sin dejar de mirar a Kirishima, comenzó a desabrochar el cinturón del pelirrojo.

— Izuku, ¿qué haces? —jadeó Kirishima, aunque sus manos se hundieron en el cabello verde, empujándolo hacia adelante en lugar de apartarlo.

— Shh... —murmuró Midoriya contra la tela de su pantalón—. Solo déjate llevar. Soy yo, Eijiro. Tu Izuku.

Cuando Midoriya lo tomó en su boca, Kirishima soltó un gruñido que fue mitad placer y mitad agonía. La técnica de Izuku era desesperada y hambrienta, impulsada por una necesidad de posesión que iba más allá de lo físico. Quería marcar a Kirishima de una forma que Bakugo nunca pudiera borrar. Quería que, cuando el efecto del Don desapareciera, el recuerdo de este momento fuera tan intenso que la realidad se sintiera pálida en comparación.

Mientras Kirishima se aferraba a los hombros de Midoriya, con la cabeza echada hacia atrás y los ojos cerrados, Midoriya sentía una euforia divina. "Mira esto, Kacchan", pensó con un odio triunfal. "Mira al hombre que amas entregándose a mí de rodillas. Soy mejor que tú. Soy más fuerte que tú. He ganado".

***

A unos pisos de distancia, en la soledad de su habitación, Katsuki Bakugo estaba sentado en el suelo, apoyado contra la cama. La habitación estaba a oscuras, a excepción de la luz de la luna que entraba por la ventana. No había explosiones, no había gritos. Solo el silencio opresivo de una ausencia que pesaba más que el plomo.

Bakugo recordaba el calor de Kirishima. Recordaba cómo el pelirrojo se reía de sus insultos porque sabía que eran su forma de decir "te quiero". Recordaba la sensación de su piel endurecida bajo sus dedos y la suavidad de sus labios después de una pelea. Ahora, todo eso estaba siendo profanado por "Deku". Sabía lo que el nerd estaba haciendo; podía oler la desesperación y la ambición de Midoriya desde kilómetros.

— Maldito nerd de mierda... —susurró Bakugo, apretando los puños.

Intentó pensar en otra cosa, intentó enfurecerse para ocultar el dolor, pero el vacío en su pecho era demasiado grande. Su mente traidora lo llevó de regreso a la última noche que pasó con Kirishima, antes del incidente. Recordó cómo Eijiro lo había abrazado por la espalda, susurrándole que era la persona más varonil y asombrosa que conocía.

Sintió una punzada de deseo tan aguda que le dolió físicamente. Su mano se dirigió, casi por voluntad propia, a la parte inferior de su pantalón. Necesitaba sentir algo que no fuera esta agonía.

Al principio, sus movimientos eran bruscos, llenos de odio hacia sí mismo. Pero a medida que cerraba los ojos e imaginaba que era la mano de Kirishima la que lo tocaba, su ritmo cambió. Imaginó el aliento cálido de su novio en su oreja, el roce de sus dientes de tiburón en su cuello.

— Eijiro... —gimió Bakugo, su voz quebrándose en la oscuridad.

Se odiaba por ser tan débil, por necesitar tanto a alguien que en ese momento probablemente estaba gimiendo el nombre de otra persona. Pero no pudo detenerse. La imagen mental de Kirishima volviendo a él, mirándolo con esos ojos llenos de luz y reconociéndolo como su único dueño, lo llevó al límite. Cuando llegó al clímax, no sintió liberación, sino una soledad aún más profunda. Se quedó allí, jadeando en la penumbra, con el rastro de su propia debilidad en las manos y el corazón roto en mil pedazos.

— Vuelve pronto, idiota —susurró hacia la nada—. No sé cuánto más puedo aguantar esto.

***

Mientras tanto, en la sala común, Shoto Todoroki permanecía sentado en un rincón, observando una taza de té frío. Su rostro era una máscara de serenidad, pero su lado izquierdo emitía un vapor constante, señal de que su temperatura interna estaba al límite.

No era tonto. Había visto a Midoriya escabullirse hacia los dormitorios de los chicos de la clase A. Sabía que no iba a buscarlo a él.

— ¿Todoroki? ¿Estás bien? —La voz de Momo Yaoyorozu lo sacó de su letargo. Ella y Tenya Iida se acercaron con expresiones de preocupación.

— Estoy bien —respondió Shoto, aunque su voz carecía de su habitual firmeza.

— No lo pareces —intervino Iida, ajustándose las gafas—. Midoriya ha estado actuando de una manera muy... poco varonil, como diría Kirishima. Su actitud hacia Bakugo y la forma en que se aferra a Kirishima... no es propio de él.

Todoroki suspiró, cerrando los ojos.

— Ese ya no es mi Midoriya —dijo Shoto con una amargura que sorprendió a sus amigos—. El Izuku del que me enamoré no usaría el estado de un compañero para herir a otro. El Izuku que yo conozco es amable, sacrificado... Este nuevo Midoriya es... cruel.

— El Don del villano no solo afecta a Kirishima —sugirió Momo con cautela—. A veces, ver a alguien que amamos cambiar de forma tan drástica puede sacar lo peor de nosotros mismos. Midoriya quizás siente que tiene que "competir" o que ha encontrado algo que le faltaba.

— ¿Qué le faltaba? —preguntó Shoto, mirando a Momo con una intensidad dolorosa.

— Intensidad, tal vez —respondió ella—. Tu relación con él es muy dulce, Shoto. Pero Kirishima y Bakugo... ellos son fuego y acero. Quizás Midoriya se dejó seducir por ese tipo de energía.

Todoroki apretó los puños.

— No puedo competir con una mentira química —sentenció—. Si él prefiere esa versión de Kirishima, una versión que ni siquiera es real, entonces no sé quién es la persona que duerme a mi lado.

— Deberías hablar con él cuando todo esto pase —aconsejó Iida—. Pero recuerda que tú también mereces respeto, Todoroki. No dejes que su confusión te destruya a ti también.

Shoto asintió, pero en su interior sabía que el daño ya estaba hecho. Había visto una oscuridad en Midoriya que no podía ignorar. Una oscuridad que disfrutaba del dolor de Bakugo y del deseo ciego de Kirishima.

***

De vuelta en la habitación de Kirishima, el silencio había regresado, solo interrumpido por las respiraciones agitadas de ambos. Midoriya se limpió la comisura de los labios con el dorso de la mano, mirando a un Kirishima que parecía estar en trance, con el rostro encendido y los ojos nublados.

— ¿Te sientes mejor ahora, Eijiro? —preguntó Midoriya con una dulzura venenosa.

Kirishima asintió lentamente, estirando una mano para acariciar la mejilla de Izuku.

— Eres increíble, Izuku. No sé por qué... por qué alguna vez pensé que alguien más podría hacerme sentir así.

Midoriya sonrió. Era una sonrisa hermosa, pero no llegaba a sus ojos. En su mente, la imagen de Bakugo solo en su habitación, rabiando de impotencia, era el mejor premio que podía recibir. Había ganado. Por un momento, el héroe número uno en potencia se sentía como el villano más exitoso del mundo.

— Siempre estaré aquí para ti —prometió Midoriya, sabiendo que era una mentira—. Incluso cuando el efecto del Don se vaya, recordarás esto. Recordarás quién te hizo sentir como un hombre de verdad.

Kirishima lo abrazó, hundiendo el rostro en su cuello, justo sobre la marca que él mismo le había dejado.

— No quiero que se vaya —susurró el pelirrojo—. No quiero olvidar esto.

Midoriya lo abrazó de vuelta, mirando hacia la pared con una expresión de triunfo gélido. Sabía que en dos días, la realidad volvería a golpearlos a todos. Sabía que Kirishima probablemente lo odiaría, que Bakugo intentaría matarlo y que Todoroki tal vez nunca volvería a mirarlo con amor.

Pero en ese momento, bajo la luz tenue de la habitación de Kirishima, Izuku Midoriya se sentía invencible. Había probado el fruto prohibido de la obsesión y el sabor era mucho más dulce que cualquier acto de heroísmo que hubiera realizado jamás.

La noche continuó su curso, envolviendo a la UA en un manto de secretos y traiciones. Bakugo dormía un sueño inquieto plagado de recuerdos de lo que perdió; Todoroki velaba una relación que sentía muerta; y en el centro de todo, Midoriya y Kirishima permanecían entrelazados, dos náufragos en un mar de dopamina y engaño, esperando un amanecer que prometía traer consigo la destrucción de todo lo que creían conocer.

Faltaban cuarenta y ocho horas para que el hechizo se rompiera. Y para cuando eso sucediera, las cicatrices que se estaban infligiendo esa noche serían tan profundas que ni siquiera el tiempo, ni la mejor de las voluntades, lograría borrarlas. Porque hay pecados que la piel recuerda mucho después de que la mente los haya olvidado.