CHAINSAW MAN Danganronpa
La Expansión Infinita del Confort
El calendario en la pared de la lujosa habitación de Kobeni no había sido cambiado en meses. Para ella, el tiempo ya no se medía en días de la semana o en horas de oficina, sino en el ciclo interminable de entregas a domicilio y el ritmo constante de sus propias mandíbulas. Había pasado un año desde aquel fatídico encuentro en el Family Burger, y la transformación de la antigua Cazadora de Demonios era tan absoluta que, si se mirara en un espejo, no reconocería a la mujer asustadiza que solía ser.
Kobeni yacía en su cama reforzada, una estructura de acero y espuma de alta densidad diseñada para soportar un peso que desafiaba la ingeniería convencional. A su alrededor, la habitación era un santuario de la glotonería. Cajas de pizza apiladas como torres de Babel, cubos de pollo frito vacíos y envoltorios de dulces formaban un paisaje de residuos que las criadas de Junko limpiaban solo para que Kobeni volviera a llenarlo en cuestión de horas.
— ¿Ya terminaste con el pastel de tres leches, Kobelly? —preguntó Junko, entrando en la habitación con una sonrisa que destilaba una mezcla de orgullo maternal y sadismo puro.
Junko se había vuelto aún más opulenta, pero Kobeni la superaba con creces. La chica de Chainsaw Man era ahora una vasta extensión de carne suave y pálida. Sus extremidades apenas eran visibles bajo los pliegues de su cuerpo; sus brazos, del grosor de troncos de árboles, descansaban a sus costados, incapaces de cerrarse debido a la inmensidad de su torso. Su vientre era un océano de suavidad que se desbordaba por los lados de la cama, rozando el suelo alfombrado.
— Todavía... todavía queda un poco en la comisura —murmuró Kobeni. Su voz, antes aguda y quebradiza, ahora sonaba profunda y ahogada por la grasa que rodeaba sus cuerdas vocales—. Pero tengo hambre de algo salado ahora, Junko-chan.
Junko soltó una carcajada estridente y se sentó en el borde de la cama, o al menos en el espacio que el cuerpo de Kobeni le permitía. Le dio una palmada cariñosa al muslo de la joven, provocando una onda de choque que recorrió toda su anatomía.
— Esa es mi chica. Nunca dejas de comer, ¿verdad? Llevas así toda la semana, noche y día, sin parar. Me encanta esa dedicación. Es tan... desesperante. Ver cómo alguien con tanto potencial para el sufrimiento simplemente decide ahogarse en crema de mantequilla y carbohidratos.
— Es que... es tan seguro aquí —respondió Kobeni, abriendo la boca para recibir una cucharada de helado que Mukuro, apareciendo silenciosamente detrás de Junko, le ofreció—. Afuera hay demonios. Afuera hay facturas. Aquí solo hay... sabor.
Mukuro, siempre eficiente, no dijo nada mientras seguía alimentando a Kobeni. Sus ojos reflejaban una mezcla de envidia y resignación. Ella era la que se encargaba de la logística: los camiones de comida que llegaban cada tres horas, los suplementos vitamínicos para que el corazón de Kobeni no se rindiera antes de tiempo y la gestión de las cámaras de seguridad que transmitían la vida de la "Bloob" favorita de internet las veinticuatro horas del día.
— Los suscriptores están perdiendo la cabeza, Kobeni —dijo Junko, mostrando la pantalla de su teléfono—. Dicen que has crecido otros diez centímetros de circunferencia solo este mes. ¿Sabes lo que eso significa?
— ¿Más comida? —preguntó Kobeni con esperanza, sus ojos casi ocultos por sus mejillas redondas.
— ¡Exacto! —exclamó Junko—. Vamos a celebrar tu primer aniversario de "jubilación" con un banquete que durará tres días. He contratado a tres chefs franceses y a un maestro del sushi. No vas a dormir, Kobeni. Solo vas a masticar y tragar. ¿Puedes hacerlo por mí?
— Haré cualquier cosa por no volver a trabajar —susurró Kobeni, mientras un hilo de chocolate recorría su barbilla.
La semana siguiente fue un borrón de excesos. Kobeni perdió la noción de la realidad. Cada vez que sus ojos se cerraban por el cansancio, Junko estaba allí para despertarla con el olor de tocino recién frito o el contacto frío de un batido de fresa contra sus labios. No había descanso. La comida se convirtió en su aire, en su único propósito.
— Vamos, Kobeni, abre bien —decía Junko en mitad de la noche, bajo la luz de los focos de grabación—. El público quiere ver cómo esa barriga llega al límite. ¡Miren cómo vibra! Es como un volcán de pudín a punto de entrar en erupción.
Kobeni jadeaba, sintiendo la presión en sus pulmones. Cada bocado era una lucha contra su propia capacidad física, pero también era un éxtasis que la alejaba de sus traumas pasados. En su mente, ya no estaba en una habitación en Tokio; estaba en un paraíso donde los demonios no podían entrar porque no cabían por la puerta, y donde el único dolor era el estiramiento de su propia piel.
— Junko... me siento... tan pesada —logró decir Kobeni el tercer día del banquete.
— Eso es porque te estás convirtiendo en algo más que humana —respondió Junko, subiéndose encima de ella y hundiéndose en la suavidad del abdomen de la chica—. Eres un monumento a la complacencia. Eres mi obra maestra de la desesperación dulce.
Mukuro entró en la habitación cargando una bandeja con una montaña de hamburguesas con queso.
— Los niveles de azúcar están estables, pero la ropa de cama ya no aguanta —informó la hermana menor—. Tendremos que usar lonas industriales si sigue creciendo a este ritmo durante la noche.
— ¡Perfecto! —gritó Junko—. ¡Que traigan las lonas! Y más mayonesa. Kobeni no ha parado de comer en un año, y no va a empezar a detenerse ahora.
Kobeni escuchaba las voces como si vinieran de muy lejos. Su mundo se había reducido a la textura de lo que tenía en la lengua y al calor de las hermanas Enoshima a su lado. Ya no recordaba cómo era caminar, ni cómo se sentía el viento en la cara. Solo conocía el peso reconfortante de su propio cuerpo, una armadura de grasa que la protegía del mundo exterior.
— ¿Eres feliz, Kobeni? —le preguntó Mukuro en un momento de rara suavidad, mientras le limpiaba el rostro con una toalla húmeda.
Kobeni tardó un momento en responder, saboreando el último resto de una hamburguesa.
— Soy... —hizo una pausa para tragar— ...soy libre. Nadie puede obligarme a pelear. Nadie puede gritarme porque me equivoqué de pedido. Aquí... solo soy la chica que come. Y siempre hay más.
Junko se rió, una risa que contenía toda la malicia del mundo, pero Kobeni no la percibió como tal. Para ella, era el sonido de la seguridad.
— Así es, pequeña cerdita —dijo Junko, acariciando las múltiples barbillas de Kobeni—. Siempre habrá más. El año que viene serás el doble de lo que eres hoy. Y el siguiente, serás tan grande que tendremos que derribar las paredes de este edificio. Serás el centro del universo.
Kobeni cerró los ojos y abrió la boca una vez más, aceptando la siguiente ofrenda de comida. No importaba que fuera medianoche o mediodía. No importaba que su cuerpo fuera una masa informe que desafiaba la lógica. Mientras hubiera comida y mientras las cámaras siguieran rodando, Kobeni Higashiyama no tendría que enfrentarse nunca más al miedo.
El sonido rítmico de la masticación llenó la habitación, mezclado con el zumbido de los servidores que transmitían su imagen al mundo. Kobeni, la cazadora que huyó del infierno, había encontrado su propio cielo en una prisión de azúcar y grasa, y no tenía la menor intención de escapar.