Volver al resumen

CHAINSAW MAN Danganronpa

El Desafío de la Diosa y su Obra Maestra

La habitación, que ya era un santuario a la glotonería, vibraba con la energía eléctrica de miles de espectadores en tiempo real. En la pantalla gigante que Kobeni tenía frente a ella, los comentarios de la transmisión en vivo pasaban tan rápido que eran un borrón de texto. La cámara, operada con precisión militar por Mukuro, alternaba entre el rostro sudoroso y extasiado de Kobeni y la figura, todavía imponente pero notablemente más pequeña en comparación, de Junko Enoshima.

— ¡Miren esos números! —exclamó Junko, agitando sus brazos, cuya carne se sacudía con una alegría maníaca—. ¡Estamos rompiendo todos los récords de audiencia! La gente no se cansa de ver a nuestra pequeña Kobelly devorar el menú completo de tres restaurantes diferentes en una sola sesión.

Kobeni, que en ese momento estaba sumergida en un mar de dónuts glaseados y batidos de chocolate de un litro, apenas pudo levantar la vista. Sus mejillas estaban tan hinchadas que sus ojos parecían dos pequeñas rendijas brillantes. Un rastro de glaseado rosa decoraba su barbilla, perdiéndose en los pliegues infinitos de su cuello, que ya no existía como tal, sino como una suave transición hacia su pecho monumental.

— Es... es mucha gente —susurró Kobeni, su voz era un eco profundo que parecía provenir de las profundidades de una montaña de malvavisco—. Espero que... que les guste el postre de crema.

De repente, Junko se detuvo. Sus ojos se fijaron en una serie de donaciones masivas que empezaron a inundar la pantalla. Los mensajes no eran los habituales "¡Sigue comiendo, Kobeni!" o "¡Eres enorme!". Había una tendencia nueva, un desafío que estaba cobrando fuerza como un incendio forestal en el chat.

— Vaya, vaya... —Junko se acercó a la pantalla, entrecerrando los ojos con una sonrisa depredadora—. Mukuro, ¿estás leyendo esto? El público tiene una petición... muy específica.

Mukuro, desde detrás de la lente, asintió con su habitual frialdad, aunque un atisbo de preocupación cruzó su rostro por un segundo.

— Lo veo, Junko. Se ha vuelto viral en los últimos cinco minutos. Lo llaman el "Reto de la Diosa Espejo".

Kobeni dejó de masticar un dónut de mermelada, sintiendo una punzada de su antigua ansiedad, aunque ahora estaba amortiguada por capas de confort adiposo.

— ¿Qué... qué reto? —preguntó Kobeni, tragando con dificultad.

Junko se giró hacia ella, sus ojos brillando con una chispa de locura pura. Se acercó a la cama reforzada y hundió sus manos en el vientre de Kobeni, que rebotó como una gelatina gigante bajo su tacto.

— Dicen que ya no es divertido verte crecer sola, Kobelly —dijo Junko, su voz bajando a un tono íntimo y peligroso—. Dicen que la verdadera desesperación —y el verdadero arte— sería que yo, tu mentora, tu salvadora, me pusiera a tu nivel. Literalmente.

Kobeni parpadeó, confundida.

— ¿Quieres decir... que quieres engordar? Pero si ya eres... eres perfecta, Junko-chan.

— ¡Oh, no seas modesta! —Junko soltó una carcajada y se sentó de golpe en la cama, haciendo que toda la estructura crujiera—. Comparada contigo ahora, parezco una principiante. Los fans han hecho una apuesta millonaria. Si acepto el reto de alcanzar tu peso actual en los próximos meses, las donaciones financiarán el suministro de comida de por vida para ambas. ¡Y construirán un palacio diseñado solo para que no tengamos que movernos nunca más!

— Pero Junko —intervino Mukuro, dando un paso adelante—, eso requeriría una ingesta calórica que incluso para tus estándares es... extrema. Kobeni ha pasado un año entero expandiéndose sin parar. Quieren que tú lo hagas en una fracción del tiempo.

Junko se puso de pie, o más bien, se impulsó con su peso, y extendió los brazos hacia la cámara.

— ¿Acaso no conocen a Junko Enoshima? ¡La desesperación de ver mi propia figura esbelta desaparecer bajo capas de indulgencia es exactamente lo que necesito! ¡Acepto! ¡Aceptamos!

Kobeni sintió un escalofrío que recorrió su inmensa espalda. La idea de que Junko se volviera tan grande como ella era fascinante y aterradora a la vez. Hasta ahora, Junko había sido la autoridad, la que alimentaba. Si se convertía en una igual en tamaño, ¿quién cuidaría de quién?

— ¡Mukuro! —ordenó Junko con un grito de mando—. ¡Trae las reservas de emergencia! ¡Trae el foie gras, las tartas de queso dobles y los barriles de manteca de cacao! ¡Si Kobeni es una montaña, yo seré el continente entero!

A partir de ese momento, la dinámica en la habitación cambió drásticamente. Lo que antes era una sesión de alimentación centrada en Kobeni se convirtió en una competencia de glotonería desenfrenada. Se instaló una segunda cama reforzada justo al lado de la de Kobeni, tan cerca que sus carnes empezaron a rozarse, creando un microclima de calor corporal y aroma a comida frita.

— Vamos, Junko-chan —dijo Kobeni dos semanas después, sosteniendo con esfuerzo una bandeja de muslos de pollo bañados en miel para su jefa—. Tienes que terminar esto. El público dice que tus mejillas todavía no están lo suficientemente rojas.

Junko, cuya cara ya empezaba a redondearse de forma alarmante, le arrebató el pollo y empezó a devorarlo con una ferocidad animal. Sus ojos estaban inyectados en sangre, no de dolor, sino de una euforia maníaca.

— ¡Más! —gruñó Junko entre bocados—. ¡Siento cómo mis costuras ceden, Kobeni! ¡Es maravilloso! Siento cómo mi cintura se desvanece. ¡Mukuro, tráeme ese batido de manteca de cacahuete con extra de nata!

Mukuro trabajaba sin descanso. Se había convertido en una máquina de suministros, moviéndose entre la cocina industrial y la habitación con bandejas que pesaban kilos. El olor en la estancia era denso: una mezcla de azúcar quemada, grasa caliente y el perfume caro de Junko.

— Estás ganando peso más rápido de lo que predijeron los algoritmos —comentó Mukuro, ajustando una de las cámaras para captar el perfil de Junko, que ahora mostraba una papada triple que se fundía con su pecho—. Los fans están eufóricos. Las apuestas dicen que en un mes estarás al nivel de Kobeni.

Kobeni observaba a Junko con una mezcla de admiración y alivio. Ver a la glamurosa Junko Enoshima sucumbir a la misma inercia física que ella la hacía sentir menos sola. Ya no era solo "la chica gorda de Chainsaw Man"; ahora eran un dúo, una entidad de exceso compartido.

— ¿Te gusta, Kobeni? —preguntó Junko una noche, mientras ambas respiraban con dificultad después de una cena de diez mil calorías—. ¿Te gusta ver cómo me convierto en... esto?

Junko agarró un puñado de su propia carne abdominal, que ahora se desparramaba sobre sus muslos como una cascada de masa cruda. Sus icónicas coletas parecían ahora pequeñas en comparación con su rostro ensanchado.

— Es... es hermoso —admitió Kobeni, sintiéndose extrañamente audaz—. Te ves... más feliz. Menos... menos afilada.

— ¡Exacto! —rio Junko, aunque la risa terminó en un eructo sonoro que hizo que sus pechos vibraran—. La nitidez es aburrida. La suavidad es la verdadera desesperación porque no puedes escapar de ella. Estás atrapada en tu propio confort.

Pasó un mes más, y el progreso de Junko fue nada menos que milagroso, o monstruoso, dependiendo de quién mirara. Sus brazos se habían vuelto tan gruesos que ya no podía bajarlos por completo a los costados, permaneciendo en una postura perpetua de "abrazo" hacia el mundo. Su vientre había alcanzado tal magnitud que ahora chocaba directamente con el de Kobeni en el centro de las dos camas.

— ¡Mírennos! —gritó Junko a la cámara, que ahora tenía que estar en gran angular para captarlas a ambas—. ¡Somos el fin del mundo! ¡Dos soles de carne orbitando uno alrededor del otro!

Kobeni se rió, una risa que hizo que todo su cuerpo ondulara. Se sentía tan segura, tan protegida por su propio peso y por la presencia masiva de Junko a su lado. El mundo exterior, con sus demonios y sus miedos, parecía un sueño lejano y absurdo. ¿Por qué alguien querría ser delgado y estar expuesto al peligro cuando podía ser una fortaleza de suavidad?

— Kobeni... —dijo Junko, su voz ahora era un susurro ronco debido a la presión de su propio peso—. Creo que... creo que lo hemos logrado. El chat está explotando. Dicen que ya no pueden distinguir dónde terminas tú y dónde empiezo yo.

Era cierto. En el espacio entre las dos camas, la carne de Kobeni y la de Junko se presionaban con tal fuerza que parecían una sola masa continua. Eran una montaña de opulencia, un monumento viviente a la derrota de la voluntad humana ante el placer de la comida.

— ¿Qué sigue ahora, Junko-chan? —preguntó Kobeni, mientras Mukuro le acercaba una taja de pastel de chocolate del tamaño de una enciclopedia.

Junko miró a la cámara con una expresión de triunfo absoluto. Sus ojos brillaban con la realización de su plan.

— Ahora... ahora el mundo entero querrá ser como nosotras —declaró Junko—. Hemos demostrado que no hay mayor placer que rendirse. Mukuro, apaga las transmisiones públicas. A partir de ahora, solo los que paguen el precio más alto podrán presenciar nuestra expansión infinita.

— ¿Expansión infinita? —repitió Kobeni, abriendo la boca para recibir el pastel.

— Sí, Kobelly. ¿Pensaste que nos detendríamos aquí? El reto era solo el principio. Ahora que estamos al mismo nivel, vamos a ver quién puede llegar más lejos. Vamos a ver cuánto puede estirarse la realidad antes de romperse.

Kobeni asintió, aceptando su destino con una sonrisa perezosa. El sabor dulce del chocolate inundó sus sentidos, borrando cualquier duda. No importaba el tamaño, no importaba la movilidad. Mientras estuvieran juntas en esa habitación, protegidas por muros de comida y capas de grasa, nada malo podría volver a suceder.

— Más... —pidió Kobeni suavemente.

— ¡Más! —rugió Junko.

Y Mukuro, la hermana siempre leal, trajo la siguiente bandeja, sabiendo que en ese rincón del mundo, la guerra había terminado, y la glotonería había ganado la batalla final. Las dos mujeres, una antigua cazadora de demonios y una mente maestra del caos, se hundieron de nuevo en su ciclo sin fin de comer y crecer, noche tras noche, mes tras mes, perdidas en la expansión infinita de su propio y terrible confort.