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CHAINSAW MAN Danganronpa

La Unión de las Dos Montañas

El aire en la suite principal de la mansión Enoshima era tan denso que casi se podía masticar. No era solo el olor a aceite de trufa, azúcar caramelizada y carne asada que impregnaba las cortinas de seda; era la pura gravedad de los dos cuerpos que dominaban el espacio. Había pasado más de un año desde que Kobeni Higashiyama dejó de ser una humana funcional para convertirse en una entidad de puro consumo, pero el último mes había marcado un cambio sísmico en la estructura de su existencia.

Junko Enoshima, la mente maestra que siempre había preferido observar el caos desde un trono de superioridad, finalmente había sucumbido a su propia creación. Ya no había una maestra delgada y una discípula obesa. Ahora, sobre la megacama reforzada que ocupaba casi todo el ancho de la habitación, descansaban dos masas colosales de carne que se fundían la una con la otra.

— Kobelly... —jadeó Junko, su voz era un susurro húmedo que vibraba contra la mejilla de Kobeni—. ¿Sientes eso? Es el sonido de los botones de mi última blusa personalizada rindiéndose ante la presión. Es... es tan desesperante.

Kobeni, cuyos ojos eran apenas dos puntos oscuros entre las colinas de sus mejillas, giró la cabeza con lentitud extrema. Sus movimientos estaban limitados por los pliegues de su propio cuello y el volumen de sus pechos, que ahora descansaban sobre su vientre como dos inmensos sacos de harina.

— Te ves... te ves tan suave, Junko-chan —murmuró Kobeni—. Nunca pensé que alguien pudiera ser tan hermosa teniendo tanto... tanto de todo.

Junko soltó una risa que hizo que su abdomen, una montaña de grasa que ahora competía en altura con el de Kobeni, ondulara de forma hipnótica. Extendió un brazo, cuya circunferencia era mayor que el torso de un hombre adulto, y acarició con sus dedos regordetes la mano de Kobeni, que yacía perdida entre los pliegues de las sábanas.

— Lo he decidido —declaró Junko, mirando hacia el techo donde las cámaras seguían captando cada centímetro de su expansión—. Ya no somos solo socia y empleada. Ya no somos mentora y aprendiz. Lo que tenemos aquí, en este océano de calorías y abandono absoluto... es amor.

Kobeni sintió que su corazón, que trabajaba a un ritmo constante y pesado, daba un vuelco. El amor era algo que siempre le había sido negado. En su familia, ella era una herramienta. En Seguridad Pública, era carne de cañón. Pero aquí, bajo el ala (o mejor dicho, bajo el cuerpo) de Junko, era una reina.

— ¿Amor? —preguntó Kobeni, con la voz entrecortada por la emoción y la falta de aire—. ¿De verdad me quieres, Junko-chan? ¿Incluso si soy... así de enorme?

— ¡Especialmente porque eres así de enorme! —exclamó Junko, intentando incorporarse un poco, aunque solo logró que su peso se redistribuyera con un sonido de succión contra el colchón—. Eres la única persona en este mundo que ha aceptado mi desesperación y la ha convertido en su propia piel. Somos una sola cosa ahora, Kobeni. Una pareja de diosas de la glotonería.

Mukuro apareció en el umbral, cargando dos bandejas de plata que requerían toda su fuerza sobrehumana. Sobre ellas, dos pavos rellenos, bañados en una salsa espesa y oscura, rodeados de puré de patatas con mantequilla fundida.

— La cena de celebración está lista —anunció Mukuro con su tono monótono, aunque sus ojos no podían evitar fijarse en cómo la carne de su hermana y la de Kobeni se entrelazaban en el centro de la cama—. He incluido el postre de crema de moka que tanto les gusta.

— Ponlo aquí, Mukuro —ordenó Junko, señalando el valle que se formaba entre su vientre y el de Kobeni—. Queremos comer directamente de la fuente de nuestro afecto.

Mukuro obedeció, colocando las bandejas estratégicamente sobre las dos mujeres. Kobeni sintió el calor de la comida a través de la fina tela que apenas cubría su torso. No era una sensación desagradable; al contrario, era el recordatorio de que su vida ahora consistía únicamente en placer y compañía.

— Abre la boca, mi querida esposa —dijo Junko, tomando un trozo de carne de pavo con sus dedos y llevándolo a los labios de Kobeni—. A partir de hoy, cada bocado que tomemos será un voto de nuestra unión.

Kobeni aceptó la comida, saboreando la riqueza de la salsa y la ternura de la carne. Sus ojos se llenaron de lágrimas de felicidad.

— Nunca... nunca me he sentido tan segura —dijo Kobeni después de tragar—. Antes, siempre tenía miedo de lo que vendría después. Ahora, solo espero el siguiente plato. Estar contigo, Junko-chan... ser tu pareja... es como estar en un sueño del que no quiero despertar.

— Y no tendrás que hacerlo —aseguró Junko, mientras Mukuro empezaba a alimentarla a ella también—. He cancelado todas las apariciones públicas. Solo existiremos para nosotras y para nuestros seguidores más devotos. Seremos el secreto mejor guardado de este mundo. Un secreto de tres toneladas.

La noche avanzó en un frenesí de alimentación compartida. Se daban de comer la una a la otra, compartiendo no solo la comida, sino también el espacio vital que cada vez era más reducido. En un momento dado, Mukuro tuvo que traer ventiladores industriales adicionales, ya que el calor generado por los dos cuerpos masivos estaba empezando a hacer que el chocolate de los postres se derritiera antes de llegar a sus bocas.

— ¿Sabes qué es lo mejor de ser una pareja, Kobelly? —preguntó Junko, mientras lamía un poco de crema de los dedos de Kobeni—. Que ya no tengo que buscar la desesperación en los demás. Puedo sentirla en cada respiración pesada que das, en cada centímetro que creces y que te aleja más de la posibilidad de volver a caminar. Es la desesperación de la inmovilidad perfecta.

— Si estar atrapada aquí significa estar contigo —respondió Kobeni con una sonrisa soñolienta—, entonces quiero estar atrapada para siempre. No necesito mis piernas si tengo tus manos. No necesito el mundo exterior si tengo este banquete.

Junko se inclinó hacia adelante, un esfuerzo que hizo que su respiración se volviera ruidosa y dificultosa. Sus rostros estaban a pocos centímetros de distancia. El olor de Junko era una mezcla embriagadora de perfume caro y dulce de leche.

— Entonces, sellemos nuestro compromiso —susurró Junko.

Se besaron. Fue un beso lento, cargado de la inercia de sus cuerpos y del sabor dulce de la moka. Para Kobeni, fue la confirmación de que su antigua vida de sufrimiento había terminado. Ya no era la chica que lloraba en los pasillos de Seguridad Pública mientras sostenía un cuchillo con manos temblorosas. Ahora era la mitad de algo mucho más grande, algo que el mundo no podía comprender.

Cuando se separaron, ambas jadeaban. La intimidad física era un ejercicio cardiovascular extenuante a su tamaño.

— Mukuro —llamó Junko, sin apartar la vista de Kobeni—, trae el pastel de bodas. Sé que no es oficialmente nuestra boda, pero cada noche en esta cama lo será a partir de ahora.

Mukuro regresó con un pastel de cinco pisos, decorado con figuras de azúcar que representaban a dos mujeres inmensas sentadas en un trono.

— Es perfecto —dijo Kobeni, su voz apenas un hilo—. Junko-chan... ¿crees que algún día pararemos?

Junko soltó una carcajada que retumbó en la habitación, haciendo que los cristales de las lámparas tintinearan.

— ¿Parar? ¿Por qué querríamos parar cuando apenas estamos empezando a disfrutar de nuestra propia magnitud? Mañana seremos más grandes que hoy. El mes que viene, esta habitación se sentirá pequeña. Y el año que viene... bueno, el año que viene necesitaremos un edificio entero para nosotras dos.

Kobeni asintió, cerrando los ojos mientras aceptaba la primera porción de pastel. Se imaginó a sí misma y a Junko, creciendo y creciendo hasta que no hubiera nada más en el mundo que su amor y su grasa. Era una visión aterradora para cualquiera, pero para Kobeni Higashiyama, era el final feliz que nunca se atrevió a soñar.

— Te quiero, Junko-chan —dijo Kobeni, su boca llena de bizcocho y crema de mantequilla.

— Y yo a ti, mi pequeña montaña de azúcar —respondió Junko, hundiéndose de nuevo en el colchón mientras se preparaba para otra ronda de comida—. Ahora, come. Tenemos un largo camino por delante y muchas calorías que ganar.

En la penumbra de la habitación, bajo el brillo constante de las cámaras de seguridad, las dos mujeres continuaron su banquete eterno. No había pasado, no había futuro, solo el presente continuo de la deglución y el contacto cálido de su carne unida. Kobeni finalmente había encontrado su lugar en el mundo: en los brazos (y en el peso) de la mujer que la había convertido en una diosa del exceso.

Mukuro, observando desde las sombras, supo que su trabajo nunca terminaría. Pero mientras viera a su hermana sonreír con esa satisfacción maníaca y a Kobeni descansar en una paz que rozaba el coma alimenticio, seguiría cocinando. Porque en esa mansión, el amor no se medía en palabras, sino en kilos, y el banquete de la desesperación y el confort acababa de entrar en su fase más gloriosa.