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Clandestino

Anatomía de un Deseo

Era una noche de martes, o quizás de miércoles. Los días de la semana habían perdido su significado para Shoko Ieiri hacía mucho tiempo, fundiéndose en un ciclo monótono de cafeína, nicotina y formaldehído. La única distinción real era entre los días en que la morgue estaba llena y los días en que estaba a rebosar. Aquella noche, afortunadamente, solo había un caso sobre su mesa de acero inoxidable. Bueno, los restos de un caso.

Una maldición de grado uno que había estado aterrorizando un distrito comercial en Shibuya. Satoru se había encargado de ella en menos de cinco minutos, según el informe preliminar que Utahime le había enviado, lleno de emojis exasperados. El problema con Satoru no era su eficacia, sino su método. "Exorcizar" para él a menudo significaba "vaporizar", dejando a Shoko con poco más que muestras de tejido carbonizado y un residuo ectoplásmico que analizar.

—No entiendo para qué me necesitas —murmuró para sí misma, ajustando el microscopio—. Podrías haberle sacado una foto con tu teléfono y el resultado sería el mismo.

Estaba cansada. Un cansancio profundo, existencial, que se había asentado en sus huesos como una enfermedad crónica. Se había quitado la bata de laboratorio hacía una hora, el calor de la enfermería volviéndose sofocante. Debajo, llevaba su habitual jersey de cuello alto y unos pantalones oscuros que se ajustaban a su figura con una eficiencia funcional. Se sentía expuesta sin su bata, como un soldado sin su armadura. Era su barrera profesional, la tela blanca que la separaba del mundo de los vivos y la sumergía en el de los muertos.

Un sutil cambio en la presión del aire le anunció su llegada antes de que cualquier sonido delatara su presencia. No se molestó en levantar la vista del ocular del microscopio.

—Si vienes a preguntar si ya terminé, la respuesta es no. La aniquilación total de un objetivo tiende a complicar el análisis post mortem —dijo con su característica voz grave y monótona.

—Qué deprisa asumes que vengo por trabajo, Sho-ko —la voz juguetona de Satoru Gojo resonó en la habitación, más cerca de lo que esperaba—. Podría haber venido a traerte flores. O a invitarte a ver las estrellas.

Shoko resopló, sin apartar la cara del microscopio.

—Las únicas estrellas que te interesan son las de las guías Michelin. Y no me traigas flores. Morirían solo con respirar el aire de este lugar.

Él se rió, un sonido demasiado brillante para la esterilidad de la enfermería. Oyó el suave chirrido de una silla de metal al ser arrastrada por el suelo de linóleo. Se había sentado a unos metros de distancia, en el lado opuesto de la mesa de autopsias. El silencio se instaló entre ellos, roto solo por el zumbido del refrigerador de muestras y el suave clic del dial de enfoque que ella giraba.

Era una rutina familiar. Él aparecía después de una misión particularmente sucia o solitaria, usando cualquier excusa para acabar en su dominio. A veces hablaban. Otras veces, como esa noche, simplemente compartían el silencio. Eran los restos de su trío de amigos, dos pilares solitarios donde antes había habido un puente. La presencia del otro era un recordatorio agridulce de lo que habían perdido y de lo que aún les quedaba: el uno al otro.

Continuó con su trabajo, intentando identificar la estructura celular de la energía maldita residual. Pero una sensación extraña comenzó a erizarse en su nuca. No era una amenaza. Era una… atención. Una atención enfocada e inquebrantable que no tenía nada que ver con el informe que estaba preparando. Era la mirada de Satoru. Y no estaba dirigida a su rostro, ni a sus manos, ni al microscopio.

Podía sentirla, casi como un toque físico. Un peso cálido y persistente que se posaba en la parte baja de su espalda y más abajo. Su mirada estaba fija en su trasero.

Al principio, lo ignoró. Era Satoru, después de todo. Su capacidad de atención era comparable a la de un colibrí bajo los efectos de la cafeína, y su sentido de la propiedad era inexistente. Probablemente estaba aburrido y su mirada simplemente se había posado en lo primero que rompió la monotonía de la habitación. Pero la sensación no desapareció. Se intensificó.

Sus Seis Ojos.

La idea la recorrió como una corriente eléctrica. No era solo una mirada casual. Con esos ojos, él no solo veía la superficie. Veía el flujo de su energía, el calor de su cuerpo, la tensión en sus músculos. Veía a través de la tela, a través de la piel. La idea era a la vez violatoria y extrañamente… clínica. Para él, probablemente era como leer una ficha técnica. Pero ella no era una ficha técnica. Y la intensidad de su escrutinio se sentía profundamente personal.

Una parte de ella, la profesional, la doctora, estaba irritada. Estaba en su lugar de trabajo, realizando una tarea importante. La otra parte… la otra parte, esa que enterraba bajo capas de cinismo y humo de cigarrillo, sentía una curiosidad reticente. Hacía años que nadie la miraba de esa manera. Los hombres del mundo de la hechicería la veían como una herramienta invaluable, una figura casi intocable por su importancia. No la veían como una mujer.

Satoru, en su arrogancia infinita, parecía haber olvidado esa regla no escrita. O, más probablemente, nunca le había importado.

Apretó la mandíbula y siguió trabajando, decidida a no darle la satisfacción de una reacción. Dejaría que se cansara. Pero el silencio se alargaba, y la mirada no se movía. Se volvió más pesada, más densa. El aire de la habitación pareció espesarse, cargado con una tensión que no era producto de ninguna técnica maldita. Era puramente humana.

Finalmente, no pudo más. Se enderezó bruscamente, haciendo girar su taburete para encararlo. Llevaba sus gafas de sol negras, como siempre, pero la dirección de su cabeza no dejaba lugar a dudas sobre dónde había estado mirando. No hizo ningún intento de disimularlo. Una lenta y perezosa sonrisa se dibujó en sus labios.

—¿Has encontrado algo interesante ahí abajo, detective Gojo? —preguntó ella, su voz goteando un sarcasmo tan frío que podría haber provocado condensación en las superficies metálicas.

Satoru se reclinó en su silla, cruzando los brazos detrás de la cabeza. La pose era de una arrogancia tan pura que resultaba casi una obra de arte.

—Solo estaba admirando la simetría. Es… estructuralmente sólida. Un buen diseño biomecánico. Deberías estar orgullosa de tu… ergonomía.

Shoko arqueó una ceja. Ergonomía. De todas las palabras que podría haber usado, había elegido la más ridículamente técnica y desapegada. Era tan típico de él. Envolver un pensamiento crudo en una capa de ingenio absurdo para ver cómo reaccionaba ella.

—Me alegro de que mi "diseño biomecánico" cumpla con los estándares del gran Satoru Gojo. Ahora, si has terminado tu inspección de calidad, tengo un informe que escribir.

—Oh, no he terminado —dijo él, su sonrisa ampliándose—. Apenas estoy en la fase de observación preliminar. Luego viene el análisis táctil, si el sujeto de estudio lo permite.

Un calor inesperado subió por el cuello de Shoko. Maldito fuera. Siempre sabía exactamente qué decir para descolocarla, para atravesar sus defensas.

Se levantó, cruzó los brazos sobre el pecho y se apoyó en la mesa de trabajo. El movimiento fue deliberado, un cambio de postura que decía: "El juego ha cambiado".

—No hay ningún sujeto de estudio. Hay una doctora intentando trabajar y un idiota con demasiado tiempo libre que la está distrayendo.

—Pero soy un idiota con Seis Ojos —replicó él, inclinándose hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas. La atmósfera juguetona se disipó un poco, reemplazada por algo más serio—. Y veo más que solo… la superficie. Veo que no has dormido más de tres horas seguidas en la última semana. Veo que la tensión en tus hombros es tan densa que podría cortar cristal con ella. Veo que sigues usando la misma marca de café barato que usábamos en la academia porque te recuerda a… tiempos más simples.

El golpe fue certero y la dejó sin aire por un segundo. Había pasado de la lascivia a la disección emocional en un instante. Esa era su arma más peligrosa: no el Infinito, sino su capacidad para verla de verdad, quisiera ella o no.

—No tienes derecho a ver todo eso —susurró ella, su voz perdiendo su filo.

—No lo pido. Simplemente lo hago —se encogió de hombros—. Es una maldición, supongo. Igual que la tuya.

Se quedaron en silencio de nuevo, pero esta vez era diferente. La tensión ya no era solo física. Estaba cargada de años de historia, de tragedias compartidas y de una soledad que ambos conocían demasiado bien. Eran los más fuertes en sus respectivos campos, aislados en la cima de sus habilidades. Él, el dios intocable de la batalla. Ella, la diosa solitaria de la vida y la muerte.

—¿Por qué estás aquí, Satoru? —preguntó ella, su voz ahora genuinamente cansada—. De verdad.

Él suspiró, un sonido largo y pesado que pareció llevarse toda la energía de la habitación. Se quitó las gafas de sol y las dejó sobre la mesa. Sus ojos, esos pozos azules imposibles, la miraron con una vulnerabilidad que rara vez dejaba traslucir.

—Porque estoy harto —dijo, su voz baja y áspera—. Harto de los ancianos, harto de las misiones, harto de limpiar los desastres de los demás. Harto de volver a un apartamento vacío que se siente más frío que esta morgue. Estoy harto de estar solo, Shoko.

La confesión la golpeó con la fuerza de un puñetazo. Era lo más honesto que le había oído decir en años. Y resonó en un lugar profundo y vacío dentro de ella, un lugar que mantenía cuidadosamente cerrado.

—Todos estamos solos —replicó ella, aunque las palabras sonaron huecas incluso para sus propios oídos—. Es el precio de este trabajo.

—No tiene por qué serlo —dijo él, levantándose.

Lentamente, rodeó la mesa de autopsias, sus largos pasos comiéndose la distancia entre ellos. Cada paso era deliberado, dándole a ella tiempo de sobra para detenerlo, para decirle que se fuera, para levantar sus muros de nuevo. Pero no lo hizo. Se quedó quieta, con el corazón latiendo con una fuerza sorda contra sus costillas, observándolo acercarse.

Se detuvo justo delante de ella, tan cerca que podía sentir el calor que irradiaba su cuerpo, un contraste vibrante con la frialdad del metal a su espalda. Olía a ozono, el rastro de su técnica, y a algo más, un aroma limpio a jabón y aire fresco.

—Estás agotada —murmuró, su voz ahora un susurro íntimo.

Levantó las manos, no para tocarla, sino para mostrarle sus intenciones.

—Déjame ayudarte. Solo por esta noche.

Shoko lo miró, buscando en sus ojos alguna señal de engaño, alguna broma oculta. No encontró ninguna. Solo una profunda y abrumadora sinceridad, y un anhelo que reflejaba el suyo propio.

Asintió levemente, un movimiento casi imperceptible.

Fue toda la autorización que él necesitó.

Con una delicadeza que contradecía su inmenso poder, Satoru se movió detrás de ella. Sus manos, grandes y cálidas, se posaron sobre sus hombros, sobre la tela de su jersey. No hubo nada sexual en el contacto inicial. Fue puramente terapéutico. Sus pulgares comenzaron a trabajar los nudos de tensión en su cuello y trapecios, aplicando una presión firme y experta.

Shoko dejó escapar un suspiro involuntario, inclinando la cabeza hacia adelante. El alivio fue instantáneo y abrumador.

—¿Dónde aprendiste a hacer esto? —murmuró, con los ojos cerrados.

—Cuando tienes energía maldita fluyendo constantemente por tu cuerpo, aprendes un par de cosas sobre músculos y tensión —respondió él, su voz una vibración grave cerca de su oído—. Además, solía observar cómo lo hacías tú.

La mención del pasado flotó entre ellos. Recordaba haberle hecho masajes a Suguru después de entrenamientos agotadores, con Satoru observando y quejándose de que él también quería uno. Recuerdos de una vida que parecía pertenecer a otras personas.

Los dedos de Satoru se deslizaron hacia abajo por su espalda, siguiendo las líneas de su columna vertebral, deshaciendo nudos que ni siquiera sabía que tenía. Cada toque era preciso, casi clínico, como si sus Seis Ojos estuvieran guiando sus manos, localizando cada punto de dolor. Pero debajo de la precisión había una calidez, un cuidado, que iba más allá de una simple técnica.

El ambiente en la habitación cambió de nuevo. El alivio físico comenzó a mezclarse con una conciencia aguda de su proximidad. Su aliento cálido en su nuca. El olor de su piel. La sensación de su cuerpo alto y fuerte cerniéndose protectoramente detrás de ella. La línea entre el consuelo y el deseo comenzó a desdibujarse.

Sus manos se detuvieron en la parte baja de su espalda, justo donde su mirada había estado fija minutos antes. Permanecieron allí, sus palmas planas contra ella, un calor que se filtraba a través de la tela. Shoko contuvo la respiración. Este era el punto de inflexión. El siguiente movimiento definiría todo.

Satoru se inclinó, su pecho presionando ligeramente contra la espalda de ella. Sus labios rozaron la piel sensible detrás de su oreja.

—Shoko… —susurró su nombre, y sonó como una pregunta, una súplica y una confesión, todo en uno.

El escalofrío que la recorrió no tuvo nada que ver con el frío de la morgue. Fue una reacción visceral, un reconocimiento de que habían cruzado un umbral invisible. Años de camaradería, de dolor compartido y de tensión no resuelta convergieron en ese único y tembloroso momento.

Lentamente, ella se giró. No completamente, solo lo suficiente para mirarlo por encima del hombro. Sus rostros estaban a centímetros de distancia. Sus ojos azules la quemaban, despojándola de todas sus defensas.

—¿Qué estamos haciendo, Satoru? —preguntó en voz baja, aunque ya sabía la respuesta.

—Algo estúpido —respondió él con una honestidad brutal—. Algo imprudente. Algo que probablemente nos traerá problemas.

Hizo una pausa, su mirada bajando a sus labios y luego volviendo a sus ojos.

—Algo que he querido hacer desde hace mucho tiempo.

Y entonces, eliminó la última distancia entre ellos.

Su boca se encontró con la de ella, y no fue un beso tierno. Fue un choque. Un acto de desesperación mutua. Fue hambriento, demandante, el sabor de la menta de su chicle mezclado con el regusto amargo del café en los labios de ella. Fue el sonido de dos soledades colisionando en la oscuridad.

Shoko respondió con una urgencia que la sorprendió a sí misma. Sus manos, que habían estado inertes a sus costados, subieron para agarrar su chaqueta, aferrándose a él como si fuera un ancla en un mar embravecido. Él gimió contra su boca, un sonido de alivio y necesidad que vibró a través de ella.

Una de sus manos se deslizó desde su espalda para ahuecar su nuca, sus dedos enredándose en su cabello castaño, inclinando su cabeza para profundizar el beso. La otra mano se deslizó por su costado, deteniéndose en la curva de su cadera, su pulgar trazando círculos lentos y deliberados sobre la tela de sus pantalones. El recuerdo de su mirada anterior volvió a ella, pero ahora no era una intrusión. Era una promesa.

Se separaron, jadeando, con las frentes apoyadas la una en la otra. La luz fluorescente de la enfermería parecía demasiado brillante, demasiado cruda.

—Mierda —respiró Satoru, su voz ronca—. Shoko…

Ella no lo dejó terminar. Lo silenció con otro beso, esta vez más lento, más exploratorio. Ya no era solo una colisión, era una conversación. Sus labios se movían juntos, aprendiendo el ritmo del otro, el sabor, la textura. Era un lenguaje que ambos entendían instintivamente.

Sus manos se volvieron más audaces. Las de él se deslizaron por debajo de su jersey, sus dedos fríos al principio contra la piel cálida de su espalda. Ella se estremeció, pero no se apartó. En cambio, sus propias manos desabrocharon los botones de su chaqueta, buscando el calor de su pecho, la sensación sólida y real de él bajo sus dedos.

Todo se sentía a la vez extrañamente nuevo y dolorosamente familiar. Como volver a un hogar que no sabías que habías estado extrañando.

Con una facilidad que hablaba de su fuerza absurda, él la levantó y la sentó sobre la mesa de acero inoxidable donde momentos antes yacían los restos de la maldición. Ella jadeó ante el frío del metal contra su piel, pero el sonido fue ahogado por la boca de Satoru cubriendo la suya de nuevo. Los informes y las herramientas de disección fueron apartados con un movimiento descuidado de su brazo, cayendo al suelo con un estrépito que ninguno de los dos registró.

El mundo se redujo a esa habitación, a esa isla de acero en medio de la noche. Se redujo a la sensación de las manos de Satoru en su piel, al latido de su propio corazón haciendo eco con el de él.

Él se apartó para mirarla, sus ojos azules brillando en la penumbra con una intensidad casi febril. Su mano subió para acariciar su mejilla, su pulgar rozando el lunar debajo de su ojo.

—¿Estás segura? —preguntó, su voz inusualmente seria. Le estaba dando una última oportunidad para detenerse.

Shoko lo miró. Vio al hechicero más fuerte, al bufón arrogante, al colega exasperante. Pero debajo de todo eso, vio al chico que había conocido en la academia, el que había perdido a su mejor amigo y había tenido que aprender a estar solo en la cima del mundo. Vio su propia soledad reflejada en sus ojos.

No estaban enamorados. Quizás nunca lo estarían. Esto no era el comienzo de un cuento de hadas. Era algo mucho más crudo, más real. Era un pacto. Un acuerdo tácito para no estar solos, al menos por unas horas robadas en la noche.

En lugar de responder con palabras, Shoko se inclinó hacia adelante y lo besó de nuevo, tomando el control. Fue un beso que decía: "Sí. Estoy segura. Y deja de hacer preguntas estúpidas".

Una sonrisa genuina, la primera de la noche, se formó en los labios de Satoru contra los de ella. El último vestigio de duda se evaporó.

Lo que siguió fue una exploración febril y silenciosa. Un despojarse de ropas y de inhibiciones en la fría santidad de la morgue. Sus cuerpos se encontraron con una mezcla de torpeza y conocimiento innato. Torpeza, porque nunca antes habían estado así. Conocimiento, porque se conocían el uno al otro de una manera que nadie más lo hacía. Conocían las cicatrices, no solo las de la piel, sino las del alma.

Cada caricia era una pregunta, cada gemido ahogado una respuesta. Se movían juntos en una danza sin música, impulsados por años de deseo reprimido, de dolor no expresado y de una profunda y desesperada necesidad de sentir algo, cualquier cosa, que no fuera el peso aplastante de sus responsabilidades.

Más tarde, cuando sus cuerpos estaban entrelazados sobre las sábanas blancas y esterilizadas de una de las camas de la enfermería, el silencio volvió. Pero era un silencio diferente. Un silencio lleno, satisfecho. La luz del techo seguía parpadeando, indiferente.

Satoru yacía de espaldas, con un brazo bajo la cabeza. Shoko estaba acurrucada a su lado, su cabeza en su pecho, escuchando el ritmo constante y tranquilizador de su corazón. El olor a ozono y a antiséptico se había mezclado con el olor íntimo y almizclado de sus cuerpos.

—Así que… —comenzó Satoru, su voz una vibración profunda bajo la oreja de ella—. ¿Significa esto que mi ergonomía ha pasado la inspección táctil?

Shoko soltó una risa ahogada contra su pecho.

—Cállate, idiota.

Él sonrió, sus dedos trazando patrones perezosos en su espalda desnuda.

—¿Qué es esto, Shoko? —preguntó después de un rato, su tono desprovisto de toda broma.

Ella levantó la cabeza para mirarlo. Su rostro, en la penumbra, parecía más joven, más vulnerable.

—No lo sé —admitió con honestidad—. Y no quiero ponerle un nombre. Ponerle un nombre lo haría real. Y si es real, pueden quitárnoslo.

La verdad de sus palabras pesó en el aire. Los altos mandos. Las reglas. El mundo de la hechicería que devoraba cualquier atisbo de felicidad personal. El sentimentalismo era una debilidad, un lastre. Y ellos dos, más que nadie, no podían permitirse ser débiles.

Satoru la miró fijamente, sus Seis Ojos viendo mucho más de lo que ella decía. Vio el miedo, la lógica fría y la frágil esperanza que ella intentaba proteger.

—Entonces no le pondremos nombre —decretó él, su voz firme, como si estuviera dictando una nueva ley del universo—. Será nuestro secreto. Algo que existe solo aquí, en la oscuridad, entre estas paredes. Clandestino.

Clandestino. La palabra resonó en la mente de Shoko. Secreta, ilegal, prohibida. Era perfecta.

—Clandestino —repitió ella, saboreando la palabra. Le gustaba. Tenía el sabor del peligro y la rebelión.

Se inclinó y lo besó de nuevo, un beso suave y lento. Ya no había desesperación en él. Solo un acuerdo silencioso. El inicio de su anatomía secreta. La primera noche de muchas, robadas al mundo que intentaba aplastarlos. No era amor, no todavía. Era algo mucho más fundamental: supervivencia. Una forma de mantenerse cuerdos en un mundo que los había vuelto locos hacía mucho tiempo. Y por esa noche, fue más que suficiente.