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Clandestino

Anatomía de un Testigo

La noche tenía una textura diferente cuando Satoru estaba allí. El aire de la enfermería, normalmente estancado y con el olor agudo del antiséptico, parecía vibrar con una energía contenida, como el silencio que precede a una tormenta eléctrica. Shoko Ieiri había llegado a asociar esa sensación con el peligro y el placer a partes iguales. Era el aura de su secreto compartido.

Estaban en su santuario, el único lugar del mundo donde las máscaras de "El Más Fuerte" y "La Sanadora" se disolvían en la penumbra. Satoru estaba sentado en el borde de una de las camas, con la espalda apoyada en la pared, mientras Shoko, de pie frente a él, le ajustaba un vendaje en el antebrazo. Era un corte superficial, producto de una misión de la que ya se había curado a sí mismo a medias, pero servía como la excusa perfecta. Siempre había una excusa.

—Podrías haber hecho esto tú solo en un segundo —murmuró ella, su concentración fija en el nudo que estaba atando. Sus dedos se movían con la eficiencia de una cirujana, pero su proximidad era deliberadamente íntima.

—Pero así no tendría la oportunidad de que tus manos expertas me tocaran —replicó Satoru, su voz un ronroneo bajo y juguetón. Sus ojos, desprovistos de venda o gafas, brillaban con un azul travieso en la luz tenue—. Además, me gusta verte fruncir el ceño. Te hace parecer muy seria y profesional, justo antes de que te bese hasta que te olvides de tu propio nombre.

Shoko terminó el nudo con un tirón un poco más fuerte de lo necesario.

—Idiota.

Él sonrió, una sonrisa amplia y genuina que rara vez mostraba al mundo. Atrapó su muñeca antes de que pudiera apartarse, tirando de ella suavemente hacia él. Shoko tropezó un paso, cayendo entre sus piernas abiertas. Él la rodeó con los brazos por la cintura, apoyando la barbilla en su hombro y aspirando el aroma de su cabello.

—Hueles a café y a rebelión —susurró contra su cuello—. Mi combinación favorita.

—Y tú hueles a problemas y a dulces demasiado caros.

—Exacto. Somos el equilibrio perfecto.

Se quedaron así un momento, un interludio de paz robada en medio de su caótica existencia. Estos momentos eran la droga. La emoción de romper las reglas más fundamentales de su mundo, justo debajo de las narices de los altos mandos que los veían como meros activos, era una adicción potente. Sabían que era una estupidez. Sabían que un solo error podría destrozar no solo sus carreras, sino también el delicado equilibrio de poder que Satoru mantenía. Y esa conciencia del riesgo, ese filo de la navaja sobre el que bailaban, lo hacía todo insoportablemente excitante.

—A veces pienso que deberíamos ser más atrevidos —dijo Satoru, sus labios rozando la piel sensible debajo de su oreja—. Podríamos encontrarnos en otro sitio. Mi apartamento. Nadie se atrevería a entrar sin invitación.

Shoko se tensó ligeramente.

—No. Las reglas son claras, Satoru. Solo aquí. Solo de noche. Sin testigos. Es la única forma de que esto funcione.

—Las reglas están para romperse, Shoko. Especialmente las que nosotros no hemos hecho.

—Y los huesos también se rompen. Sobre todo los de la gente que se vuelve descuidada —replicó ella, aunque su cuerpo se relajó contra el de él, traicionando la dureza de sus palabras.

Él se rió suavemente, una vibración que recorrió el cuerpo de ella.

—De acuerdo, de acuerdo. Tu castillo, tus reglas. Pero no puedes culparme por querer más.

Su mano subió por la espalda de ella, deslizándose bajo el dobladillo de su jersey para encontrar la piel cálida y suave. Un escalofrío recorrió a Shoko. Cada toque era un recordatorio del pacto que habían hecho, una reafirmación de su rebelión silenciosa. Él la giró en su abrazo para que quedara de cara a él, sus ojos azules fijos en los suyos con una intensidad que todavía, después de meses, le robaba el aliento.

—Solo una noche, Shoko —murmuró—. Una noche fuera de estas paredes. Lejos de los fantasmas y el olor a lejía.

La tentación era una serpiente enroscándose en su pecho. Una noche normal. ¿Cómo sería? ¿Una cena? ¿Una película? ¿Despertar a su lado con la luz del sol en lugar de con el parpadeo de una luz fluorescente? Era una fantasía tan dulce que dolía.

—No podemos —susurró ella, su voz cargada de un pesar que no pudo ocultar.

—Podríamos —insistió él, su rostro acercándose al de ella. Sus labios estaban a un suspiro de distancia—. Soy Satoru Gojo. Puedo hacer cualquier cosa.

—Ese es precisamente el problema —replicó ella.

Pero antes de que pudiera añadir algo más, él cerró la distancia. El beso fue profundo y posesivo, un argumento sin palabras. Sabía a menta, a poder y a una frustración compartida. Shoko se rindió a él, sus manos subiendo para enredarse en su cabello blanco, devolviendo el beso con la misma urgencia. El mundo exterior, con sus reglas y sus peligros, se desvaneció. Solo existían ellos dos y el latido acelerado de sus corazones.

Fue entonces cuando un sonido rompió el hechizo.

Unos pasos.

No eran los pasos torpes de un estudiante borracho o asustado. Eran silenciosos, medidos, casi sigilosos. Se acercaban por el pasillo con una cadencia constante.

Ambos se congelaron, separándose al instante. El pánico, frío y afilado, los atravesó. Los ojos de Satoru, ahora desprovistos de cualquier rastro de juego, se clavaron en la puerta. Shoko retrocedió de un salto, alisándose el jersey y tratando de calmar la respiración que se había vuelto errática.

—¿Cerraste la puerta con llave? —siseó ella, su voz apenas un susurro.

La expresión de Satoru fue toda la respuesta que necesitaba. Una fracción de segundo de autorreproche cruzó su rostro. En su prisa, en su exceso de confianza, lo había olvidado.

Mierda.

Los pasos se detuvieron justo delante de la puerta. No hubo ningún golpe. Solo un silencio tenso que se alargó durante una eternidad de un segundo. Luego, el pomo de la puerta giró lentamente.

La puerta se abrió con un suave chirrido, revelando la figura que estaba al otro lado.

No era un profesor. No era un miembro del consejo.

Era Megumi Fushiguro.

Estaba de pie en el umbral, con su habitual uniforme de la academia, su cabello oscuro un desastre de pinchos rebeldes. Su expresión era la de siempre: estoica, impasible. Pero sus ojos, normalmente entrecerrados con una especie de aburrimiento perpetuo, estaban ligeramente más abiertos de lo normal. Su mirada pasó de Satoru, que ahora estaba de pie en una postura protectora delante de la cama, a Shoko, que parecía una estatua de mármol junto a una mesa de instrumental médico. Luego, su vista bajó a los labios de Shoko, todavía ligeramente hinchados por el beso, y al vendaje fresco en el brazo de Satoru.

Nadie dijo nada. El silencio en la enfermería era tan denso que parecía tener peso físico. Satoru podría haber desaparecido en un instante, Shoko podría haber soltado una excusa mordaz, pero la sorpresa los había paralizado a ambos. Habían sido descubiertos. Y por la única persona en el mundo, aparte de ellos mismos, que podría hacer que la situación fuera infinitamente más complicada.

Megumi parpadeó una vez, lentamente. Su mirada volvió a encontrarse con la de Satoru. No había acusación en sus ojos. No había conmoción, ni ira. Había algo mucho peor: una especie de resignada confirmación.

Fue Satoru, como siempre, quien rompió el silencio, recurriendo a su mecanismo de defensa por defecto: la idiotez.

—¡Megumi! —dijo con una alegría forzada que sonó estridente en la habitación silenciosa—. ¿Qué haces levantado tan tarde? ¿No puedes dormir? ¿Necesitas un cuento? Conozco uno muy bueno sobre un hechicero increíblemente guapo y poderoso que…

—Gojo-sensei —la voz de Megumi lo cortó en seco. Era plana, sin inflexiones, pero tenía un filo que detuvo el torrente de palabras de Satoru—. Cállate.

Satoru se calló.

Shoko, recuperando una pizca de compostura, dio un paso al frente. Su rostro era una máscara profesional, pero la tensión en sus hombros la delataba.

—Fushiguro. ¿Estás herido? ¿Ha pasado algo?

Megumi finalmente apartó la vista de Satoru para mirarla a ella. La intensidad de su escrutinio disminuyó un poco al dirigirse a Shoko. Siempre había sido así. Con Satoru era un combate constante de voluntades; con Shoko, había un respeto tranquilo, casi reverencial.

—Tuve un pequeño accidente entrenando con Maki-senpai —dijo, levantando su mano izquierda. Sus nudillos estaban despellejados y sangraban ligeramente, y su muñeca parecía hinchada—. No es grave, pero no quería que se infectara. Pensé que estarías aquí. Siempre estás aquí.

Su última frase flotó en el aire, cargada de un significado no expresado. *Siempre estás aquí. Y a veces, él también.*

Shoko asintió, su mente profesional tomando el control como un refugio en la tormenta.

—Siéntate —le indicó, señalando el mismo taburete en el que ella había estado sentada antes.

Megumi entró en la habitación, cerrando la puerta tras de sí con un suave clic que resonó como el portazo de una celda. Se movió con su habitual economía de movimientos, evitando mirar directamente a Satoru, que seguía de pie junto a la cama como un guardaespaldas inútil.

Mientras Shoko reunía gasas, antiséptico y una venda, el silencio volvió a caer, esta vez más incómodo si cabe. Satoru se pasó una mano por el pelo, un gesto de nerviosismo que rara vez mostraba. Estaba calculando. Sus Seis Ojos analizaban a Megumi, no en busca de energía maldita, sino de emociones, de intenciones. ¿Qué había visto? ¿Qué había entendido? ¿Qué iba a hacer?

Shoko se arrodilló frente a Megumi, tomando su mano herida con una delicadeza que contrastaba con la tensión del ambiente.

—Esto va a picar un poco —advirtió, su voz tranquila y profesional.

Megumi solo asintió, su mirada fija en las manos de ella mientras limpiaban sus heridas. Satoru observaba la escena desde la distancia, sintiéndose extrañamente como un intruso en su propio secreto. Veía a Shoko, en su elemento, cuidando de Megumi. Veía a Megumi, aceptando su cuidado con una confianza silenciosa. La imagen evocaba una extraña y dolorosa sensación de domesticidad. Una familia rota y remendada que nunca podría ser real.

—Así que… —comenzó Megumi finalmente, su voz tan baja que Satoru casi no la oyó. No miró a ninguno de los dos, sino a su mano vendada—. Era verdad, entonces.

El corazón de Shoko dio un vuelco. Sus manos se detuvieron por una fracción de segundo antes de continuar con su trabajo.

Satoru se tensó.

—¿Qué era verdad, Megumi? —preguntó, su tono ahora desprovisto de toda ligereza. Era el tono que usaba cuando interrogaba a un enemigo.

Megumi levantó la vista, pero no hacia Satoru. La dirigió a Shoko.

—Mis sospechas —dijo simplemente—. A veces, cuando vienes de una misión, hueles diferente. No solo a dulces. Hueles a… su perfume. A café y a algo que quema.

Satoru sintió como si le hubieran dado un puñetazo en el estómago. Habían sido tan cuidadosos. Habían controlado el sonido, el tiempo, el espacio. Pero se habían olvidado del olor. Un detalle tan pequeño, tan íntimo. Y los Seis Ojos de Satoru, que podían ver el flujo de la energía maldita a kilómetros de distancia, no habían podido prever que un adolescente observador y con un buen sentido del olfato los descubriría.

—Y a veces —continuó Megumi, su mirada ahora sí encontrando la de Satoru—, después de que usted vuelve aquí por la noche, ella parece… menos cansada al día siguiente. Sigue teniendo ojeras, pero… son diferentes.

Shoko terminó de vendar la muñeca de Megumi. Sus movimientos eran automáticos. Su mente estaba en otro lugar, procesando la increíble perspicacia del chico que tenía delante. No era un niño. Era un hechicero, entrenado para observar, para notar los detalles que otros pasaban por alto. Y ellos dos, los dos adultos supuestamente más inteligentes de la sala, lo habían subestimado.

—¿Cuánto tiempo llevas sospechándolo? —preguntó Shoko, su voz apenas un susurro.

Megumi se encogió de hombros.

—Un par de meses. No estaba seguro. Solo eran… cosas. Pequeños detalles que no encajaban. La forma en que discuten es diferente a cómo discuten con los demás. Es como una rutina. Y la forma en que él la mira cuando cree que nadie se da cuenta…

Se interrumpió, como si se diera cuenta de que estaba diciendo demasiado.

Satoru se acercó, deteniéndose a unos pasos del dúo. Ya no intentaba ocultar nada. La farsa había terminado.

—Megumi, lo que viste…

—No vi nada —lo interrumpió Megumi, poniéndose de pie. Su rostro era una máscara de indiferencia, pero sus ojos delataban una tormenta de emociones contenidas—. Vine porque me hice daño en la mano. Ieiri-san me ha curado. Ahora me voy a la cama.

Era una oferta. Una salida fácil. Una promesa de silencio.

Pero Shoko sabía que no era tan simple.

—No —dijo ella, levantándose también—. Te mereces una explicación.

Megumi la miró, y por primera vez esa noche, su fachada se resquebrajó un poco, mostrando un atisbo de vulnerabilidad, de la confusión de un chico atrapado en un mundo de adultos complicados.

Satoru suspiró, un sonido largo y cansado. El peso del mundo pareció volver a caer sobre sus hombros.

—No hay mucho que explicar, Megumi. Es… complicado.

—No parece tan complicado —replicó Megumi con una honestidad brutal—. Parecía bastante simple, en realidad.

Un silencio incómodo llenó la habitación. Shoko se cruzó de brazos, un gesto defensivo. Satoru se frotó la nuca. Estaban siendo juzgados por el chico al que Satoru había criado, la persona que, para bien o para mal, era lo más parecido a un hijo que jamás tendría.

Y entonces, Megumi hizo algo completamente inesperado. Una pequeña, casi imperceptible sonrisa torcida apareció en sus labios. Era más una mueca que una sonrisa, pero estaba ahí.

—Ya era hora —murmuró.

Satoru y Shoko lo miraron, confundidos.

—¿Disculpa? —dijo Satoru.

—Digo que ya era hora —repitió Megumi, un poco más alto—. Ustedes dos han estado orbitando el uno alrededor del otro como idiotas desde que tengo memoria. Siempre he pensado que Ieiri-san era la única persona en el mundo lo suficientemente paciente o masoquista como para aguantarlo a usted.

La sorpresa dejó a Satoru sin palabras. Shoko arqueó una ceja, una sombra de su habitual sarcasmo volviendo a su expresión.

—¿Así que no estás… escandalizado? —preguntó ella.

Megumi resopló, un sonido muy poco característico en él.

—¿Escandalizado? Gojo-sensei, usted es mi tutor legal. Mi listón para el escándalo está increíblemente alto. Esto es… casi normal en comparación. Lo único que me sorprende es que hayan sido tan descuidados como para ser descubiertos.

La lógica era tan típicamente de Megumi —pragmática, directa y con un toque de insulto— que la tensión en la habitación se rompió. Satoru soltó una carcajada, un sonido de puro alivio.

—¡Ay, Megumi! ¡Por eso eres mi favorito! —exclamó, acercándose para alborotarle el pelo.

Megumi se apartó con una mueca de fastidio.

—No me toque. Y no soy su favorito.

—Sí, lo eres —dijo Satoru, su sonrisa ahora genuina—. Pero no se lo digas a Yuji y Nobara. Se pondrían celosos.

Shoko observaba la interacción, una pequeña sonrisa formándose en sus propios labios. La catástrofe que había imaginado no se había materializado. En su lugar, se encontraron con una comprensión inesperada. Megumi no los veía como un profesor y una doctora rompiendo las reglas. Los veía como Satoru y Shoko. Dos personas que, a su manera disfuncional, se cuidaban mutuamente. Para él, que había crecido en la periferia de su extraña dinámica, tenía sentido.

Pero la sonrisa de Megumi se desvaneció tan rápido como había aparecido. Su expresión se volvió seria de nuevo.

—Esto es peligroso —dijo, su tono volviendo a ser el de un adulto—. Más de lo que creen. Si los altos mandos se enteraran…

—No se van a enterar —lo interrumpió Satoru, su voz perdiendo toda su alegría. El frío poder del hechicero más fuerte volvió a llenar la habitación—. Porque nadie va a decir nada. ¿Verdad, Megumi?

No era una pregunta. Era una orden velada. Pero había una corriente de súplica debajo de ella.

Megumi sostuvo la mirada de Satoru durante un largo momento.

—Usted me sacó del clan Zenin. Me dio una vida que no creí que pudiera tener —dijo en voz baja—. Ieiri-san ha curado mis heridas, y las de mis amigos, más veces de las que puedo contar. Ustedes dos son… —dudó, buscando la palabra correcta—… son lo más parecido a una familia que tengo. Por supuesto que no diré nada.

La confesión, tan directa y tan sincera, golpeó a Satoru y a Shoko con más fuerza que cualquier acusación. Era un voto de lealtad, pero también un recordatorio de la responsabilidad que tenían hacia él.

—Pero tienen que ser más cuidadosos —continuó Megumi, su tono volviéndose casi paternal—. Son los dos pilares de este lugar. Si ustedes caen, todo se desmorona. Y usarán esto para hacerlos caer. No se lo pongan tan fácil. Cierren la puerta con llave, idiotas.

Con esa última reprimenda, se dio la vuelta y caminó hacia la puerta. Se detuvo con la mano en el pomo.

—Y Gojo-sensei…

—¿Sí, Megumi?

—Me alegro por usted. Por los dos —dijo sin volverse—. Aunque sigan siendo un desastre.

Y con eso, abrió la puerta y desapareció en el pasillo, dejando atrás un silencio cargado de emociones no expresadas.

Satoru y Shoko se quedaron solos de nuevo. El aire ya no vibraba con la electricidad del deseo prohibido. Ahora estaba lleno de la calma solemne que sigue a una crisis evitada por poco.

Satoru se acercó a Shoko, que seguía de pie junto a la mesa de instrumental. Se detuvo frente a ella, su rostro una mezcla de alivio, culpa y un asombro renovado por el chico que acababa de marcharse.

—Bueno… —dijo Satoru, su voz ronca—. Eso podría haber ido peor.

Shoko soltó el aire que no sabía que estaba conteniendo, una risa temblorosa escapando de sus labios.

—Podría haber sido cualquiera. Yaga. Utahime. Un maldito anciano del consejo haciendo una inspección sorpresa. Tuvimos suerte de que fuera él. Una suerte increíble y estúpida.

—No fue suerte —replicó Satoru, su expresión suavizándose—. Fue Megumi.

Se quedaron en silencio, procesando el cambio fundamental que acababa de ocurrir. Su secreto ya no era solo suyo. Había un testigo. Un testigo que, paradójicamente, los había atado aún más fuerte.

—El juego ha cambiado, Satoru —dijo Shoko, levantando la vista para encontrarse con la de él. La emoción del riesgo se había evaporado, reemplazada por el frío peso de la realidad—. Esto ya no es solo nuestro pequeño acto de rebeldía. Ahora involucra a un estudiante. A tu hijo.

La palabra "hijo" flotó entre ellos. Satoru nunca lo había verbalizado así, pero ambos sabían que era la verdad.

—Lo sé —respondió él, su voz seria—. Fui un descuidado. Un arrogante. Puse en riesgo no solo a nosotros, sino a él. No volverá a pasar.

Levantó una mano y acarició la mejilla de Shoko, su pulgar trazando la línea de su mandíbula. Su toque era diferente ahora. Menos apasionado, más protector.

—¿Qué hacemos ahora, Shoko? ¿Nos detenemos?

La pregunta quedó suspendida en el aire, cargada de todo lo que perderían. Las noches robadas. El consuelo. La única cordura en su mundo de locura.

Shoko cerró los ojos, apoyándose en su tacto. La respuesta lógica, la respuesta segura, era sí. Detenerse. Volver a ser solo colegas. Pero la idea de volver a esa soledad compartida, a esa distancia fría después de haber probado este calor, era insoportable.

—No —dijo finalmente, abriendo los ojos. Su mirada era firme, decidida—. No nos detenemos. Nos volvemos más inteligentes. Más cuidadosos. Como dijo el chico.

Una sonrisa lenta y aliviada se extendió por el rostro de Satoru.

—Me gusta cómo piensas, doctora.

—Y tú —añadió ella, dándole un golpecito en el pecho—, vas a empezar a cerrar las puertas con llave.

—Prometido.

Él la atrajo hacia sí, no en un abrazo apasionado, sino en uno tierno y reconfortante. Apoyó la frente contra la de ella, sus respiraciones mezclándose en el espacio íntimo entre ellos.

—Nuestro secreto tiene un guardián ahora —susurró él.

—Parece que sí —respondió ella.

La anatomía de su relación había cambiado. Un nuevo tejido se había añadido: la confianza de un tercero. El riesgo no había desaparecido, pero se había transformado. Ya no era solo un juego excitante entre dos personas. Era un pacto de silencio entre tres.

Y mientras estaban allí, abrazados en la quietud de la enfermería, con la luz fluorescente parpadeando sobre ellos como una estrella lejana e indiferente, ambos comprendieron que su relación clandestina se había vuelto, de alguna manera, más real. Más sólida. Ya no era solo un secreto guardado en la oscuridad. Era una verdad, presenciada y protegida. Y eso, se dieron cuenta, era mucho más peligroso y mucho más valioso que cualquier emoción prohibida.