Clandestino
Anatomía de un Silencio
Veintiún días. Quinientas cuatro horas. Treinta mil doscientos cuarenta minutos. Shoko Ieiri no era una mujer de números, pero la ausencia tenía una matemática propia, precisa y cruel. Cada segundo sin él era una unidad de medida del vacío.
Tres semanas desde que Satoru Gojo había dictado sentencia en aquel sótano polvoriento, demoliendo su refugio clandestino con la misma facilidad con la que derribaba a una maldición. Se acabó. Dos palabras que habían redefinido la soledad.
La enfermería, que antes era su santuario compartido, ahora se había convertido en su celda personal. El aire, antes vibrante con la energía contenida de él, con el aroma a ozono y a dulces absurdamente caros, ahora era plano, estancado. Olía a antiséptico y a finalidad. El zumbido del refrigerador de muestras ya no era un sonido de fondo; era el pulso monótono de su aislamiento. A veces, en la quietud de la madrugada, creía oír sus pasos en el pasillo y su corazón, traicionero y estúpido, daba un vuelco de esperanza. Pero la puerta nunca se abría. El fantasma nunca se materializaba.
El trabajo, su ancla de siempre, se había vuelto una carga insoportable. Sus manos, normalmente tan firmes y precisas, se sentían torpes. Miraba los informes y las palabras se desenfocaban. Analizaba muestras y su mente vagaba, reconstruyendo el tacto de sus dedos en su piel, el sonido de su risa ahogada contra su cuello. Se sentía como una adolescente patética, suspirando por un amor no correspondido. Pero no era no correspondido. Era prohibido. Aniquilado. Y eso era infinitamente peor.
Lo veía, por supuesto. Era imposible no verlo. Pero ya no era él. O, más bien, era una versión de él que solo había atisbado en los peores momentos de su juventud. El Satoru Gojo que ahora caminaba por los pasillos de la academia era una escultura de hielo. Se movía con una gracia depredadora, su habitual caminar despreocupado reemplazado por una determinación silenciosa y letal. No había sonrisas perezosas, no había bromas estúpidas, no había bolsas de papel llenas de kikufuku. Solo una presencia abrumadora que hacía que los estudiantes se apartaran a su paso y que el aire a su alrededor crepitara con una tensión helada.
Cuando se cruzaban, él no la ignoraba. Eso habría sido casi un alivio, un acto deliberado que reconocía su existencia. No. Él simplemente miraba a través de ella. Sus ojos, esos pozos azules que una vez la habían desnudado hasta el alma, ahora pasaban sobre ella como si fuera parte del paisaje, tan insignificante como una mancha en la pared.
Cada vez que sucedía, una punzada aguda y fría le atravesaba el pecho. Era un dolor físico, una herida invisible que supuraba en la soledad de la noche. Era cruel. Era una tortura calculada, diseñada por él para forzar una distancia que sus corazones se negaban a aceptar. ¿Era un pecado amarlo? ¿Era una transgresión desear al hombre que sostenía el equilibrio del mundo en sus manos? Quizás sí. Quizás este dolor era su penitencia.
—Ieiri-san.
La voz la sacó de su estupor. Levantó la vista del microscopio, en el que llevaba diez minutos mirando la misma célula sin verla. Panda estaba de pie en la puerta, su expresión inusualmente sombría.
—¿Estás bien? Te llamé tres veces.
Shoko parpadeó, reorientándose.
—Estaba concentrada. ¿Qué necesitas, Panda?
—No es nada. Solo… quería saber si estabas bien —dijo, sus ojos negros fijos en ella—. Pareces… más cansada que de costumbre. Y eso ya es decir mucho.
Shoko forzó una sonrisa que se sintió como cristal roto en sus labios.
—Sobrecarga de trabajo. Ya sabes cómo es.
Panda no pareció convencido, pero no insistió.
—Claro. Bueno, solo… cuídate, ¿vale?
Asintió, y él se fue, dejándola de nuevo en el silencio ensordecedor. Se llevó la mano al pecho, justo donde dolía. Quería que el sentimiento se fuera. Quería arrancárselo, diseccionarlo, guardarlo en un frasco con formaldehído y olvidarse de que alguna vez existió. Pero el amor, se dio cuenta con una amargura infiniente, no era una maldición que pudiera exorcizarse.
***
El cambio en Satoru Gojo no fue sutil. Fue un cambio de estación, un invierno nuclear que se había instalado de la noche a la mañana. Sus estudiantes, acostumbrados a su energía caótica y su humor infantil, ahora se enfrentaban a un maestro diferente. Sus lecciones eran más cortas, más intensas y brutalmente eficientes. No había desvíos, no había anécdotas. Solo la fría y dura mecánica de la hechicería.
—Más rápido, Itadori. Tu control de la energía maldita es patético. Si fueras una maldición, te habrías exorcizado a ti mismo por pura incompetencia.
—Fushiguro, tu expansión de dominio es vacilante. La duda es un veneno. O lo haces o mueres. No hay término medio.
—Kugisaki, tu puntería es buena, pero tu posicionamiento es predecible. Un oponente decente te partiría por la mitad antes de que pudieras clavar el primer clavo.
Sus palabras eran como fragmentos de hielo, precisas y dolorosas. Los empujaba más allá de sus límites, pero el espíritu de camaradería había desaparecido. Ahora era la relación entre un arma y las manos que la afilaban. Yuji, Nobara y Megumi terminaban cada sesión de entrenamiento no solo física, sino emocionalmente agotados. Intercambiaban miradas preocupadas cuando él no miraba. ¿Qué le había pasado a su profesor?
Megumi Fushiguro lo sabía. O, al menos, lo sospechaba con una certeza que le revolvía el estómago.
Había visto el cambio en ambos. Había visto la luz apagarse en los ojos de Ieiri-san, reemplazada por una sombra que ni sus habituales ojeras podían explicar. Y había visto a Gojo construir un muro de hielo a su alrededor, una fortaleza para mantener a todo el mundo fuera. O quizás, para mantener algo dentro.
Aquella noche, después de una sesión de entrenamiento particularmente brutal en la que Gojo había desmantelado a los tres sin siquiera quitarse las gafas de sol, Megumi decidió que ya era suficiente. Encontró a su tutor en el mismo campo de entrenamiento donde, semanas atrás, Shoko lo había confrontado. Estaba de pie en el mismo lugar, una silueta contra las luces de la ciudad. La simetría era dolorosa.
Megumi se acercó en silencio. Gojo no se giró.
—Deberías estar durmiendo, Megumi. Mañana os voy a machacar el doble.
La voz de Gojo era plana, desprovista de emoción.
—¿Por qué le está haciendo esto?
La pregunta fue directa, sin rodeos. Típicamente Megumi.
Gojo se tensó, una reacción casi imperceptible.
—No sé de qué hablas.
—Sí, lo sabe —replicó Megumi, deteniéndose a unos pasos de él—. A ella. A Ieiri-san. ¿Por qué la está torturando?
Gojo finalmente se giró. En la penumbra, su rostro era una máscara de fría indiferencia, pero Megumi, que había pasado toda su vida aprendiendo a leer las microexpresiones del hombre más poderoso del mundo, vio el destello de dolor en sus ojos antes de que fuera aplastado.
—Son asuntos de adultos, Megumi. No te metas.
—Cuando esos «asuntos de adultos» afectan a la estabilidad de la persona que mantiene unido este lugar, se convierten en mi problema —insistió Megumi—. Ella parece un fantasma. Y usted… usted es un gilipollas. Con todas las letras.
La insolencia era tan descarada que, en otras circunstancias, Gojo se habría reído. Ahora, simplemente lo miró, su aura volviéndose pesada y opresiva.
—Cuidado con lo que dices, Megumi.
—No. No voy a tener cuidado —Megumi dio un paso al frente, sin dejarse intimidar—. La vi el otro día. En el pasillo. Usted pasó a su lado como si no existiera. Y vi su cara después. Parecía que le había apuñalado.
Gojo apartó la vista, su mandíbula apretada.
—Es necesario.
—¿Necesario? —la voz de Megumi se cargó de un desdén que rara vez usaba—. Es cobarde.
El aire crepitó. La presión se volvió casi insoportable.
—Repite eso —siseó Gojo, su voz peligrosamente baja.
Pero Megumi no retrocedió.
—Es cobarde —repitió, mirándolo directamente a los ojos—. Usted está huyendo. Se esconde detrás de esta fachada de capullo insensible porque una maldición le dijo algo que no quería oír. Sukuna le mostró una debilidad y, en lugar de protegerla, decidió destruirla usted mismo.
Cada palabra era un golpe certero. Gojo sintió como si le estuvieran arrancando la armadura pieza por pieza.
—No lo entiendes. Hago esto para protegerla. Si los altos mandos se enteran…
—¿Si se enteran qué? ¿Le harán daño? ¿La usarán en su contra? —Megumi soltó una risa seca y sin alegría—. Mierda, Satoru. Eres Satoru Gojo. El hombre que puede literalmente borrar clanes enteros del mapa si se le antoja. ¿De verdad crees que no puedes prever sus movimientos? ¿De verdad crees que no puedes protegerla? Has mantenido a raya a todo el maldito mundo de la hechicería tú solo durante una década, ¿y ahora me dices que no puedes manejar a un puñado de viejos decrépitos?
El uso de su nombre de pila, Satoru, fue la estocada final. Megumi casi nunca lo hacía. Era un recordatorio de que no estaba hablando con su profesor, sino con el hombre. El hombre falible y asustado.
—Sukuna es solo una maldición. Una asquerosa y antigua maldición. ¿Desde cuándo sus palabras tienen más peso que las suyas propias? Él le metió en la cabeza que ella es su debilidad. Pero lo que yo vi aquella noche en la enfermería… lo que he visto durante años… es que ella es lo único que le impide a usted perderse por completo. Ella no es su debilidad. Es su humanidad. Y la está matando de pena para «protegerla».
Megumi respiró hondo, su perorata llegando a su fin. Su expresión se suavizó, la ira reemplazada por una preocupación genuina.
—La pregunta es simple. ¿Vale la pena herirla a ella de esta manera, cada puto día, solo para protegerse de una amenaza que probablemente podrías aplastar con un dedo si te lo propusieras?
El silencio que siguió fue absoluto. Las palabras de Megumi quedaron suspendidas en el aire, desnudando la lógica retorcida de Satoru, exponiendo su miedo por lo que era: una excusa.
Había estado tan centrado en el peor escenario posible —la muerte de Shoko, la destrucción que él podría causar— que había optado por una solución que garantizaba el dolor en el presente. Había elegido la certeza de la miseria sobre la posibilidad de la catástrofe. Había sucumbido al miedo. Él, Satoru Gojo, había dejado que el miedo dictara sus acciones.
La revelación fue humillante. Fue como mirarse en un espejo y ver a un cobarde. Megumi, un adolescente, había mostrado más coraje y claridad de pensamiento que él.
—Váyase a la mierda, Sukuna —murmuró Megumi para sí mismo, dándose la vuelta para marcharse—. Que le den a él y a cualquiera que intente meterse con ustedes. Usted es más fuerte que todo eso. O al menos, se supone que lo es.
Y con eso, se fue, dejando a Satoru solo con las ruinas de su propia justificación.
Mierda.
La había cagado.
La había cagado en grande.
Había tomado el corazón de la única persona que lo veía como algo más que un arma o un dios y lo había metido en una prensa de hielo, apretando cada día un poco más, todo en nombre de una protección que ella nunca había pedido. Le había infligido un dolor constante y metódico, creyendo que era un mal menor.
Pero no había mal menor en el dolor del corazón. Solo había dolor.
La imagen que Megumi le había pintado —la expresión de Shoko después de que él la ignorara— se grabó a fuego en su mente. Podía imaginársela perfectamente. La breve vacilación, la máscara de indiferencia cayendo en su lugar para ocultar la herida, la forma en que su espalda se enderezaría un poco más, como si un golpe invisible la hubiera alcanzado.
Y él era el que sostenía el cuchillo.
La urgencia lo golpeó como una ola. No era una decisión lógica; era un instinto primordial. Tenía que arreglarlo. Ahora. No mañana. No después de pensarlo. Ahora.
No se teletransportó. Corrió. Sus largas piernas devoraron la distancia a través de los terrenos de la academia, el viento frío azotando su rostro. El movimiento era un castigo y una liberación. Cada paso era una admisión de su estupidez.
Sabía dónde estaría. Solo había un lugar.
Irrumpir en la enfermería se sintió como una profanación y una vuelta a casa. La puerta se abrió con más fuerza de la que pretendía, golpeando contra el tope de la pared con un ruido sordo.
Y allí estaba ella.
No estaba trabajando. No estaba leyendo. Estaba de pie en medio de la habitación, de espaldas a él, mirando la pared vacía como si contuviera los secretos del universo. Sus hombros estaban ligeramente encorvados, una postura de derrota que él nunca le había visto antes.
—Shoko —su voz salió ronca, un susurro en la habitación silenciosa.
Ella se sobresaltó, su cuerpo entero tensándose. Se giró lentamente, y por un instante, antes de que pudiera levantar sus defensas, él lo vio. Vio el dolor desnudo en su rostro, la devastación en sus ojos marrones, el brillo de lágrimas no derramadas que luchaban por no caer. Vio el temblor casi imperceptible de su labio inferior mientras luchaba por mantener la compostura.
Esa imagen, esa visión de su dolor, el dolor que él había causado, fue como un puñetazo directo a su alma. El mundo se detuvo. El ruido de su propia mente se silenció. Solo existía ella y el abismo que él había creado entre ellos.
Y en ese instante, lo supo. Con una claridad absoluta y aterradora, lo supo.
Alejarse de ella había sido, sin lugar a dudas, la peor, la más estúpida y la más cobarde decisión que había tomado en toda su vida.
—Lo siento —dijo, las palabras saliendo atropelladamente, insuficientes para abarcar la enormidad de su error—. Shoko, lo siento. Fui un idiota. Un cobarde.
Ella lo miró, su expresión una mezcla de conmoción, dolor y una desconfianza profundamente arraigada. Abrió la boca para decir algo, probablemente para mandarlo al infierno, para decirle que era demasiado tarde, pero él no la dejó.
Cruzó la habitación en dos zancadas, eliminando la distancia que se había sentido como un océano durante tres semanas. Se detuvo justo delante de ella, tan cerca que podía sentir el calor que emanaba de su cuerpo, tan cerca que podía ver cada una de las emociones que luchaban en su rostro.
—Tenías razón —continuó, su voz baja y urgente, obligándola a escucharlo—. Estaba asustado. Sukuna me mostró cómo podría perderte y entré en pánico. Y en lugar de protegerte, te hice daño. El peor daño posible. Traté de matar lo que tenemos para que nadie más pudiera hacerlo, y eso… eso fue monstruoso.
Shoko seguía sin decir nada, pero las lágrimas que había estado conteniendo finalmente comenzaron a rodar por sus mejillas. No hizo ningún intento de secarlas. Simplemente se quedaron allí, testimonios silenciosos de su sufrimiento.
—Megumi me hizo ver… —Satoru soltó una risa amarga y sin alegría—. Tuve que necesitar que un adolescente me explicara lo que era obvio. Que soy Satoru Gojo. Que se jodan los ancianos. Que se joda Sukuna. Que se joda el mundo entero si intentan tocarte. Mi trabajo no es huir del peligro. Es aniquilarlo. Y mi mayor error fue pensar que tú y yo, que esto… era el peligro.
Levantó la mano, lentamente, dándole tiempo a apartarse. Pero ella no se movió. Con una delicadeza que contradecía la tormenta en su interior, posó su mano en su mejilla. Su piel estaba fría. Las lágrimas estaban calientes. La combinación era devastadora.
—Esto —susurró, su pulgar rozando la piel húmeda bajo su ojo—, esto no es una debilidad. Es lo único real. Lo único que me mantiene cuerdo. Y he pasado tres semanas en el infierno sin ello. Sin ti.
Shoko cerró los ojos, un sollozo ahogado escapando de sus labios. Se apoyó en su mano, su fachada finalmente desmoronándose por completo.
—Te odio —murmuró, su voz rota—. Te odio por hacerme esto.
—Lo sé —respondió él, su propia voz cargada de emoción—. Y tienes todo el derecho del mundo a odiarme. Pero, por favor… por favor, déjame arreglarlo. Déjame volver a casa.
La palabra «casa» quedó suspendida en el aire. No se refería a su apartamento, ni a la academia. Se refería a ella. Al espacio que existía entre ellos dos en la oscuridad.
Shoko abrió los ojos. Estaban rojos e hinchados, pero a través del dolor, Satoru vio algo más. Una pregunta. Una frágil, temblorosa esperanza.
No esperó una respuesta verbal. No la necesitaba. Lentamente, se inclinó y la besó.
No fue un beso apasionado ni desesperado. Fue una disculpa. Un ruego. Un regreso. Fue un beso increíblemente tierno, sus labios apenas rozando los de ella, salados por las lágrimas. Fue un reconocimiento de su dolor y una promesa silenciosa de que nunca volvería a causarlo.
Al principio, ella se quedó rígida, recibiendo el beso como si no estuviera segura de si era real. Pero entonces, Satoru sintió que sus manos, que habían estado inertes a sus costados, subían lentamente para agarrar su chaqueta. No con fuerza, sino con la necesidad de aferrarse a algo sólido. Y luego, tímidamente, sus labios respondieron a los suyos.
Él profundizó el beso, rodeándola con sus brazos y atrayéndola contra su pecho, hundiéndola en su abrazo. Ella se aferró a él, su cuerpo temblando con sollozos contenidos, su rostro enterrado en su hombro. Satoru la sostuvo con fuerza, como si temiera que pudiera desvanecerse. Apoyó su mejilla en su cabello, inhalando su aroma, el olor a café y a rebelión que había extrañado como a una parte de su propio cuerpo.
—Se acabó el silencio —susurró contra su pelo—. Te lo prometo. No más distancia. Nunca más.
No sabían qué les depararía el futuro. Las amenazas seguían ahí, más reales que nunca. El arma que Sukuna había identificado seguía cargada. Pero mientras estaban allí, abrazados en medio de la enfermería, reconstruyendo los pedazos de su secreto, una cosa estaba clara.
La soledad era un veneno lento. El silencio era una tortura. Y cualquier riesgo, cualquier batalla que tuvieran que enfrentar, la enfrentarían juntos. Porque la anatomía de su silencio les había enseñado la lección más importante de todas: separados, eran vulnerables. Juntos, eran Satoru Gojo y Shoko Ieiri. Y eso tenía que ser suficiente para enfrentarse al mundo.