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Clandestino

Anatomía de un Arma

Mierda.

La palabra no se pronunció, pero resonó en el cráneo de Satoru Gojo con la claridad de una campana de templo. La luz del amanecer, pálida y anaranjada, se filtraba por las altas ventanas de la enfermería, tiñendo el mundo estéril de Shoko de un color cálido y melancólico. Era la primera vez que veían el amanecer juntos de esa manera. No después de una noche de copas en su juventud, ni durante una vigilia forzada por una misión fallida. Simplemente… juntos.

Shoko dormía a su lado, en la misma cama estrecha que había sido testigo de su pacto. Su rostro, normalmente una máscara de estoicismo o cinismo, estaba relajado en el sueño, vulnerable. Su cabello castaño se desparramaba sobre la almohada, y una mano descansaba sobre el pecho de Satoru, un ancla inconsciente. Él no se había movido en horas, temeroso de romper el hechizo, de perturbar esa paz tan frágil.

Mierda.

La confesión de la noche anterior, esa cruda disección de su miedo más profundo, lo había cambiado todo. Había derribado la última pared entre ellos. Pero al hacerlo, había dejado sus cimientos expuestos. Su necesidad mutua, que antes era un refugio secreto, ahora se sentía como una vulnerabilidad del tamaño de un continente. Ya no era un juego excitante de reglas rotas. Era un hecho. Un hecho que los hacía frágiles.

Él, Satoru Gojo, el hombre que caminaba sobre el concepto mismo de la invencibilidad, tenía ahora un punto de quiebre. Y no era una técnica maldita, ni un arma, ni una estrategia. Era el latido tranquilo y constante del corazón de la mujer que dormía a su lado. Era la idea de que ese latido se detuviera. Era la imagen que ella había pintado, la de su propio cuerpo frío sobre una de sus mesas de autopsias.

El pensamiento le provocó un escalofrío que no tenía nada que ver con la brisa matutina.

Shoko se removió, un suave murmullo escapando de sus labios. Sus ojos se abrieron lentamente, parpadeando contra la luz. Tardó un segundo en ubicarse, en recordar. Su mirada se encontró con la de él, y Satoru vio el mismo reconocimiento, la misma realización alarmante, reflejada en sus profundidades marrones.

—Mierda —susurró ella, la palabra una nube de vaho en el aire frío. Era la primera vez que la oía verbalizarlo, y sonó como una condena.

—Buenos días a ti también —intentó él, su voz un ronroneo bajo, tratando de inyectar una pizca de su normalidad, pero sonó hueco.

Ella se incorporó, apartando la mano de su pecho como si de repente quemara. El espacio entre ellos se llenó de una nueva tensión. No era la tensión del deseo, ni la del miedo a ser descubiertos. Era la tensión del conocimiento. El conocimiento de que estaban irreversiblemente jodidos.

—Esto… —comenzó ella, pasándose una mano por la cara—. La confesión de anoche… fue un error.

Satoru sintió una punzada fría.

—¿Un error? Shoko, fue lo más honesto que nos hemos dicho en años.

—Exactamente —replicó ella, levantándose de la cama y buscando su ropa esparcida por el suelo—. Fue una estupidez. Ahora lo sabemos. Lo sentimos. Y si nosotros lo sentimos, cualquiera con dos dedos de frente podría verlo. Megumi lo vio. Utahime lo sospecha. Somos dos idiotas sentimentales en un mundo que se alimenta de debilidades.

Se vistió con una eficiencia mecánica, cada movimiento rígido, como si estuviera reconstruyendo su armadura pieza por pieza. Satoru la observó, una sensación de impotencia creciendo en su interior.

—Podemos ser más cuidadosos.

—¿Podemos, Satoru? —Se giró para enfrentarlo, ya con su jersey de cuello alto y sus pantalones puestos, volviendo a ser la doctora Ieiri—. ¿Realmente podemos? Anoche, después de cuatro días de abstinencia, te arrinconé contra un árbol y prácticamente te devoré. ¿Te parece eso «cuidadoso»? ¿Crees que puedes mirarme en un pasillo sin que tus malditos Seis Ojos me desnuden el alma? No podemos ser profesionales si cada segundo que pasamos separados es una cuenta atrás para el próximo momento que podamos robar.

Tenía razón. Odiaba que tuviera razón. La necesidad que sentía por ella se había convertido en un zumbido constante bajo su piel, una distracción permanente. Durante su entrenamiento matutino, su mente se había desviado hacia ella una docena de veces. Había calculado mal un salto, una desviación mínima que nadie notaría, pero él sí. Su Infinito, normalmente una extensión subconsciente de su ser, ahora se sentía como algo que tenía que mantener activamente para no bajar la guardia, para no dejar que su mente vagara hacia el recuerdo de su piel, de su olor.

—Encontraremos la manera —insistió él, levantándose también. Se acercó a ella, pero se detuvo a una distancia respetuosa. La intimidad despreocupada de antes había desaparecido.

—No hay manera —dijo ella, su voz plana—. Solo hay una cuenta atrás hasta que alguien más se dé cuenta. Alguien que no sea Megumi. Alguien como…

No terminó la frase. No hacía falta. El nombre de Mei Mei flotaba entre ellos como un veneno incoloro.

La puerta de la enfermería se abrió de repente, sin llamar, y ambos se sobresaltaron como adolescentes culpables.

—¡Shoko! ¡Buenos días! —La voz estruendosa pertenecía a Yuji Itadori, que entró con su habitual energía de cachorro de golden retriever—. ¿Gojo-sensei? ¿Usted también aquí? ¡Qué coincidencia!

Yuji sonreía de oreja a oreja, ajeno a la atmósfera cargada. Sostenía su mano izquierda, que tenía un corte feo y sangrante en la palma.

—Estaba entrenando con Maki-senpai y, bueno… digamos que su naginata y mi mano tuvieron un desacuerdo —explicó con una risa nerviosa.

Shoko se recompuso al instante. La doctora tomó el control.

—Siéntate, Itadori. Déjame ver —dijo, su voz recuperando su tono profesional y ligeramente hastiado.

Satoru, por su parte, se apoyó contra una pared, cruzando los brazos. Su máscara de profesor despreocupado cayó en su lugar.

—Yuji, te he dicho mil veces que no pares las armas con la cara. O con las manos. O con cualquier parte de tu cuerpo, en realidad.

—¡Lo intenté! Pero es muy rápida —se quejó Yuji mientras Shoko limpiaba la herida con una gasa empapada en antiséptico. Hizo una mueca de dolor—. ¡Auch!

Mientras Shoko trabajaba, Satoru observaba la escena. Su mirada se suavizó al ver la concentración de ella, la forma en que sus dedos se movían con precisión y cuidado. Un calor familiar se extendió por su pecho. El orgullo, el afecto… la necesidad. Se encontró sonriendo levemente, una sonrisa privada que olvidó ocultar.

Y fue entonces cuando ocurrió.

Una boca se abrió en la mejilla de Yuji, justo al lado de la comisura de sus labios. Los ojos de Yuji se abrieron de par en par por el dolor o la sorpresa.

—Vaya, vaya… —La voz que salió de esa boca no era la de Yuji. Era un susurro antiguo, seco como el polvo de huesos y lleno de un desprecio infinito. Era la voz de Ryomen Sukuna—. Qué espectáculo tan enternecedor.

El corazón de Satoru se detuvo. El de Shoko también. Sus manos se congelaron sobre la herida de Yuji.

El único ojo de Sukuna, que se había manifestado junto a la boca, se entrecerró, mirando directamente a Satoru. No miraba su cuerpo, sino a través de él, a su energía, a su alma.

—Así que esto es lo que ha estado enturbiando tu energía, Satoru Gojo —continuó Sukuna, su tono era el de un erudito que acaba de descubrir un espécimen particularmente patético—. Creí que era aburrimiento. O quizás los primeros signos de decadencia. Pero no. Es algo mucho más… humano. Qué decepcionante.

Satoru sintió que la sangre se le helaba en las venas. El mundo pareció reducirse a esa habitación, a esa voz burlona.

—Cállate —gruñó Satoru, su voz baja y peligrosa. La temperatura en la habitación comenzó a bajar.

—¿Gojo-sensei? —preguntó Yuji, confundido y asustado. No podía oír lo que Sukuna estaba diciendo, solo sentía la tensión y veía la boca en su propia cara.

Sukuna ignoró al chico. Su ojo se desvió hacia Shoko, que se había quedado paralizada, con la gasa todavía en la mano.

—Una hembra mortal —dijo Sukuna, la palabra «hembra» cargada de un desdén milenario—. Una simple sanadora. Y has permitido que se convierta en tu ancla. En tu grillete. El hechicero más fuerte, el pináculo de la era moderna, atado por un apego tan vulgar. Es casi poético en su patetismo.

Shoko retrocedió un paso, su rostro una máscara de horror. No era el miedo a Sukuna lo que la paralizaba. Era el miedo a lo que estaba viendo, a la verdad que estaba exponiendo con una crueldad quirúrgica.

—Te lo advertí, mocoso —siseó Satoru a Yuji, aunque sus ojos estaban clavados en la manifestación de Sukuna—. Controla a tu mascota.

—¡No puedo! ¡No me hace caso! —gritó Yuji, tratando de cubrirse la mejilla con la mano sana.

La risa de Sukuna fue un sonido seco y raspado.

—¿Ves? Ni siquiera puedes controlar a mi recipiente. ¿Y esperas protegerla a ella? ¿De un mundo que devora este tipo de debilidades para desayunar? —El ojo de Sukuna volvió a clavarse en Satoru—. Dime, Satoru Gojo, ¿qué harás cuando la usen en tu contra? Cuando la pongan en una balanza y te hagan elegir. ¿Destruirás el mundo por ella? ¿O la verás morir y te ahogarás en el poder que no sirvió para salvarla?

Cada palabra era un golpe. Cada pregunta, un dardo envenenado directo a la inseguridad que había nacido la noche anterior. Sukuna no solo había visto su secreto; había entendido su implicación más profunda y aterradora en cuestión de segundos.

—He visto imperios caer por menos que esto —continuó Sukuna, saboreando cada sílaba—. He visto a dioses arrodillarse por un afecto mal colocado. Y tú, con toda tu arrogancia, has caído en la trampa más vieja de la historia. Has forjado tu propia arma. Y un día, alguien la empuñará y te la clavará en el corazón.

Fue la última frase la que rompió el control de Satoru. *Has forjado tu propia arma.*

—¡He dicho que te calles! —rugió.

El aire en la habitación se hizo añicos. La presión se volvió aplastante, como estar en el fondo del océano. El espacio alrededor de Satoru comenzó a distorsionarse visiblemente. A su derecha, una esfera de energía roja, brillante y pulsante, cobró vida: la Técnica de Maldición Reversa, «Resplandor Rojo». A su izquierda, una esfera de un azul profundo y absorbente, el vacío personificado: la Técnica de Maldición «Resplandor Azul».

Yuji gritó, no de dolor, sino de puro terror instintivo, cayendo del taburete al suelo. Podía sentir la intención asesina pura que emanaba de su profesor.

Satoru levantó las manos, las dos esferas de poder puro girando y crepitando. Estaba a punto de juntarlas. A punto de desatar la colisión de infinitos. A punto de lanzar un «Púrpura Hueco» a quemarropa contra su propio estudiante.

—¡SATORU!

La voz de Shoko lo atravesó como un rayo. En el instante antes de que sus manos se encontraran, ella se movió. Se interpuso entre él y Yuji, dándole la espalda al chico y enfrentándose a Satoru. No intentó tocarlo. Sabía que su Infinito la detendría. Simplemente se plantó allí, una barrera humana contra un dios enfurecido.

—Mírame —ordenó, su voz temblando pero firme—. Mírame, Satoru. No a él. A mí.

Los ojos de Satoru, detrás de la distorsión del espacio, eran dos pozos de furia helada. Pero la vio. Vio su rostro pálido, sus ojos muy abiertos llenos de miedo, no por ella misma, sino por él. Por lo que estaba a punto de hacer.

Las esferas de energía vacilaron.

—No dejes que gane —dijo ella, su voz más baja ahora, íntima, solo para él—. Esto es lo que quiere. Quiere que pierdas el control. Quiere que te conviertas en el monstruo que todos temen que seas. No se lo des. No por él. Por mí.

*Por mí.*

Esas dos palabras fueron el ancla que lo arrastró de vuelta desde el borde del abismo.

Lentamente, con un esfuerzo que pareció costarle todo, las esferas de energía se disiparon. El rojo y el azul se desvanecieron en la nada. La presión en la habitación desapareció tan rápido como había llegado, dejando un silencio resonante y un frío glacial.

Satoru bajó las manos, sus hombros cayendo. Miró sus propias palmas como si no las reconociera. Había estado a punto de matar a Yuji. A su estudiante. El chico que era la clave de su revolución, el futuro que quería construir. Y lo había hecho por las burlas de un demonio milenario sobre su amor por ella.

La realización lo golpeó con una náusea abrumadora. Sukuna tenía razón. Era un arma. Y él casi había apretado el gatillo contra sí mismo.

Sin decir una palabra, Satoru se dio la vuelta y salió de la enfermería. No se teletransportó. Simplemente caminó, sus pasos pesados y muertos. Cada paso era una admisión de su derrota.

La puerta se cerró tras él, dejando a Shoko y a un Yuji aterrorizado solos en el silencio.

Yuji, todavía en el suelo, miraba a la puerta por la que su profesor había desaparecido. Estaba temblando. La manifestación de Sukuna se había desvanecido, pero el terror permanecía.

—¿Qué… qué ha sido eso? —tartamudeó, mirando a Shoko—. Gojo-sensei… él iba a…

Shoko respiró hondo, tratando de calmar el temblor de sus propias manos. Se arrodilló junto a Yuji, su rostro recuperando una fracción de su compostura profesional.

—No iba a hacerte daño, Itadori —mintió, su voz más suave de lo habitual—. Estaba… poniendo a prueba a Sukuna. Y a ti. Para ver si podías contenerlo bajo presión extrema.

Era una mentira pésima, y ambos lo sabían. Pero era la única que tenía.

Yuji la miró, sus ojos de cachorro llenos de confusión y una incipiente comprensión.

—No parecía una prueba. Parecía… real. Y lo que dijo Sukuna… sobre usted…

Shoko sintió que el suelo se abría bajo sus pies.

—Sukuna dice muchas cosas para provocar. No debes escucharle. Es un mentiroso y un manipulador.

Tomó la mano herida de Yuji.

—Déjame terminar esto —dijo, su voz volviéndose más firme, refugiándose en la familiaridad de su trabajo.

Mientras vendaba la mano del chico, el silencio se llenó de preguntas no formuladas. Yuji no era estúpido. Había visto la forma en que Satoru la había mirado. Había visto la forma en que ella se había interpuesto. Había sentido la carga personal en la furia de su profesor. No entendería los detalles, pero la esencia… la esencia estaba clara.

—Lo siento —murmuró Yuji cuando ella terminó—. Por Sukuna. No puedo controlarlo cuando él realmente quiere salir.

—No es tu culpa, Itadori —dijo Shoko, poniéndose de pie—. Pero tienes que aprender a ser más fuerte que él. La vida de todos, incluida la tuya, depende de ello.

Era una advertencia, pero también una súplica.

—Ahora vete. Descansa un poco. Y no menciones esto a nadie. ¿Entendido? Es un asunto entre tu profesor y Sukuna.

Yuji asintió, todavía pálido. Se levantó, le dio una última mirada de disculpa y salió de la enfermería, dejando a Shoko finalmente sola.

En el momento en que la puerta se cerró, sus piernas cedieron. Se apoyó en la mesa de instrumental, su corazón martilleando contra sus costillas. La adrenalina se disipó, dejando tras de sí un miedo puro y helado.

Había sucedido. Su peor pesadilla se había hecho realidad. Su secreto, su relación clandestina, ya no era solo un riesgo. Se había convertido en un arma. Y el ser más peligroso del planeta la sostenía en sus manos, apuntando directamente al corazón de Satoru Gojo.

***

Encontró a Satoru esa noche. No en el campo de entrenamiento, ni en su apartamento. Lo encontró en el lugar más improbable: el sótano de la academia donde se guardaban los objetos malditos recuperados, sentado en el suelo frente a la celda que contenía uno de los dedos de Sukuna. La habitación estaba fría y oscura, la única luz provenía del brillo residual de los talismanes que sellaban la reliquia.

Él no se giró cuando ella entró. Ni siquiera reconoció su presencia. Simplemente miraba el dedo, su rostro una máscara de piedra.

Shoko se sentó a su lado, en el suelo polvoriento, manteniendo una pequeña distancia. No dijo nada. Esperó.

Pasaron varios minutos en silencio.

—Casi lo mato —dijo Satoru finalmente, su voz desprovista de toda emoción—. A Yuji. Mi estudiante. Por unas pocas palabras.

—No lo hiciste —respondió ella en voz baja.

—Pero lo quería. Por un segundo, lo quise. Quise borrar esa sonrisa burlona de la existencia, sin importar el coste.

Se giró para mirarla, y en la penumbra, sus ojos azules parecían casi negros, vacíos.

—Tenía razón, Shoko. El demonio tenía razón. Eres mi debilidad. Y es tan obvia, tan brillante y tan jodidamente grande que hasta un parásito encerrado en un crío puede verla desde un kilómetro de distancia.

—No soy tu debilidad, Satoru. Soy una persona. Y lo que sientes por mí no es una debilidad. Es…

—¿Qué? —la interrumpió, su voz con un filo amargo—. ¿Amor? ¿Le ponemos ya el nombre para que suene más bonito mientras nos destruye? Es una debilidad. Es un objetivo pintado en tu espalda y en la mía. Hoy ha sido Sukuna. Mañana podría ser Kenjaku. O los ancianos. O cualquier hechicero de tres al cuarto que quiera hacerse un nombre.

Se levantó, su figura alta proyectando una sombra que la engulló.

—Esto se ha acabado, Shoko.

El corazón de ella se detuvo.

—¿Qué?

—Lo que oyes. Se acabó. No más noches en la enfermería. No más encuentros secretos. No más besos robados. Volvemos a ser Gojo y Ieiri. Colegas. Amigos de la infancia. Nada más.

Shoko se levantó también, su incredulidad convirtiéndose en una ira fría.

—¿Y crees que eso solucionará algo? ¿Crees que Sukuna va a olvidarlo? ¿Crees que puedes simplemente «apagar» lo que sientes? ¡Eres un idiota si crees eso!

—¡Soy un idiota por haberlo dejado empezar! —replicó él, su voz subiendo de volumen—. ¡La única razón por la que Sukuna tiene esta arma es porque yo se la di! ¡Porque fui egoísta! Porque te quería para mí, sin pensar en las consecuencias.

—¿Y yo no? ¿Crees que tú eres el único egoísta aquí? ¡Yo también te quería! ¡Y te quiero! —gritó ella, las palabras saliendo antes de que pudiera detenerlas. La confesión quedó suspendida en el aire frío del sótano, tan devastadora como la de la noche anterior.

Satoru se quedó inmóvil, su furia desvaneciéndose ante la crudeza de sus palabras.

—Por eso mismo tiene que acabar —dijo él, su voz rota—. Porque si seguimos, te matarán. O me matarán a mí. O peor, nos obligarán a vernos morir el uno al otro. O, como hoy, haré que maten a alguien que me importa por intentar protegerte. No voy a permitir que eso ocurra. Prefiero la soledad a tu cadáver.

Se acercó a ella, su rostro a centímetros del de ella. La intensidad en sus ojos era insoportable.

—Hoy he visto el precipicio, Shoko. Y no eras tú la que estaba en el borde. Era yo. Y estaba a punto de arrastrarnos a todos conmigo. No puedo arriesgarme a eso. No puedo arriesgarte a ti.

Levantó una mano, como para tocar su mejilla, pero se detuvo a un milímetro de su piel. Sus dedos temblaban.

—Se acabó —repitió, su voz apenas un susurro.

Y entonces, se dio la vuelta y se marchó, dejándola sola en la oscuridad, con el eco de sus palabras y el brillo maligno del dedo de Sukuna como única compañía.

Shoko se quedó allí, inmóvil, mientras las lágrimas que había contenido durante todo el día finalmente comenzaban a caer. No lloraba por el final de su relación clandestina. Lloraba porque sabía que Satoru estaba equivocado. Separarse no los hacía más fuertes. No borraba el arma que Sukuna ahora poseía.

Solo los dejaba solos. Solos y desarmados, esperando el momento en que su enemigo decidiera usarla.