Clood crown
Entre el Aroma a Papel Viejo y el Latir de un Destino
El sol de la tarde se filtraba a través de los altos ventanales de la Biblioteca Real de Eclipsia, una estructura imponente que servía como puente cultural entre los reinos. El polvo danzaba en los rayos de luz, creando una atmósfera de ensueño que contrastaba con la seriedad de los tomos encuadernados en cuero que recubrían las paredes desde el suelo hasta el techo. Kim Taehyung caminaba en silencio por los pasillos alfombrados, disfrutando de la paz que solo un lugar lleno de conocimiento podía ofrecer.
Apenas habían pasado tres días desde su graduación y aquel encuentro fortuito en la laguna. Taehyung aún sentía el eco de la voz de Sungkook en su mente, una frecuencia baja que parecía haber quedado sintonizada en su pecho. Llevaba puesto un suéter de lana ligera en color lavanda, que acentuaba la palidez de su piel y la suavidad de sus facciones. En sus manos sostenía un par de libros sobre microexpresiones faciales y un cuaderno de cuero donde solía anotar sus pensamientos más profundos.
Se detuvo en la sección de Historia Antigua, buscando un volumen específico sobre las dinastías celestiales. Al doblar la esquina de una estantería de madera de roble, su corazón dio un vuelco violento, saltándose un latido antes de acelerarse a un ritmo desenfrenado.
Allí, sentado en una de las mesas de lectura más apartadas, estaba él.
Jeon Sungkook vestía una camisa negra con las mangas remangadas hasta los codos, revelando unos antebrazos fuertes que contrastaban con la delicadeza con la que pasaba las páginas de un libro de gran formato. Sus gafas de lectura descansaban sobre el puente de su nariz, dándole un aire intelectual que Taehyung encontró peligrosamente atractivo.
Taehyung se quedó paralizado por un segundo, debatiéndose entre dar media vuelta o seguir adelante. Pero el destino, ese hilo invisible del que habían hablado, decidió por él. El aroma a tierra mojada y chocolate amargo lo envolvió de inmediato, mucho antes de que Sungkook levantara la vista. Era una fragancia que se sentía como una bienvenida, una invitación silenciosa a la que su instinto de Omega no podía resistirse.
Sungkook alzó la mirada, y al reconocer a la figura que lo observaba, su expresión de concentración se transformó en una de genuina sorpresa, seguida rápidamente por una sonrisa lenta y cálida que iluminó todo su rostro.
— No puede ser —susurró Sungkook, cerrando el libro con cuidado—. El destino no solo es inevitable, Taehyung, parece que también es bastante impaciente.
Taehyung sintió que sus mejillas se encendían al instante. Bajó la mirada hacia sus propios pies, apretando los libros contra su pecho en un gesto de timidez que le resultó imposible de ocultar.
— Sungkook-ssi... —saludó con voz suave, casi un murmullo—. No esperaba encontrarte aquí. Pensé que estarías ocupado con tus... asuntos familiares.
Sungkook se puso de pie, y Taehyung tuvo que recordarse a sí mismo cómo respirar cuando la imponente figura del Alfa se acercó a él. No había nada de arrogancia en sus movimientos; se movía con una suavidad que buscaba no perturbar la calma de Taehyung, como si supiera que el Omega era una criatura preciosa y delicada que podría asustarse fácilmente.
— Los asuntos familiares pueden esperar cuando hay libros que leer y, aparentemente, personas que el universo insiste en que debo volver a ver —dijo Sungkook, deteniéndose a una distancia que permitía que sus aromas se mezclaran, pero respetando el espacio personal de Taehyung—. Te ves... muy bien hoy, Taehyung. El color lavanda te sienta de maravilla.
Taehyung jugueteó con el borde de su suéter, sintiéndose pequeño bajo la mirada intensa pero dulce de Sungkook. El aroma del Omega, una mezcla de jazmín puro y nieve fresca, se intensificó ligeramente debido a su nerviosismo, volviéndose más dulce, más acogedor. Era un perfume cálido y limpio que parecía querer envolverse alrededor de Sungkook como una caricia.
— Gracias —respondió Taehyung, finalmente reuniendo el valor para mirarlo a los ojos—. Tú también te ves... diferente con gafas. Te dan un aire de profesor.
Sungkook soltó una risita baja y melodiosa que hizo que Taehyung sonriera casi sin darse cuenta.
— Solo las uso cuando el texto es demasiado antiguo o mi mente está demasiado cansada. ¿Qué te trae por aquí? ¿Aún procesando la graduación?
— Un poco —admitió Taehyung, caminando lentamente hacia la mesa donde Sungkook había estado sentado. Sungkook lo siguió de cerca, como un guardián silencioso—. Quería investigar algo de historia. Me ayuda a poner las cosas en perspectiva. ¿Y tú?
— Fotografía forense y documentación histórica —Sungkook señaló el libro que había estado leyendo—. Me interesa cómo las imágenes pueden contar la verdad que las palabras a veces intentan ocultar.
Taehyung se sentó en la silla frente a la de Sungkook, y este hizo lo mismo. Durante unos segundos, el silencio se instaló entre ellos, pero no era un silencio pesado. Era una pausa bonita, cargada de una tensión emocional que hacía que el aire vibrara. Taehyung observó las manos de Sungkook sobre la mesa; eran manos grandes, seguras, el tipo de manos que uno querría sostener durante una tormenta.
— ¿Te asusté la otra noche? —preguntó Sungkook de repente, su tono volviéndose más serio, más tierno—. En la laguna. Fui un poco directo, supongo.
Taehyung negó con la cabeza rápidamente, sus mechones castaños cayendo sobre sus ojos.
— No, no me asustaste —dijo con sinceridad, su voz ganando un poco de confianza—. Fue... impactante, pero de una manera que no me disgustó. Me hiciste pensar mucho.
— Me alegra escuchar eso —Sungkook extendió una mano sobre la mesa, sin llegar a tocar la de Taehyung, pero lo suficientemente cerca como para que el Omega sintiera su calor—. Porque desde esa noche, yo no he dejado de pensar en ti. En lo que dijiste sobre el destino.
Taehyung bajó la mirada, sintiendo que su corazón revoloteaba como un pájaro atrapado. Era tan fácil sentirse cómodo al lado de Sungkook. A pesar de que apenas lo conocía, había una sensación de seguridad que emanaba del Alfa, una protección que Taehyung nunca había experimentado con nadie de su clase. Con Sungkook, no se sentía como el "prodigio Kim" o el "heredero del Reino Celeste". Se sentía simplemente como Taehyung.
— Es extraño —murmuró Taehyung, trazando círculos invisibles sobre la cubierta de su cuaderno—. Normalmente soy muy reservado. Me cuesta mucho confiar en la gente, especialmente en los Alfas. Pero contigo... siento que puedo respirar mejor.
Sungkook suavizó su mirada, y por un momento, Taehyung pudo ver una vulnerabilidad real en los ojos del Alfa. No había rastro del manipulador que su linaje le advertía que debía ser; solo había un hombre fascinado por la belleza y la dulzura del joven frente a él.
— Quizás es porque nuestros aromas ya saben lo que nosotros apenas estamos descubriendo —dijo Sungkook en voz baja—. Tu aroma, Taehyung... es como llegar a casa después de un viaje muy largo. Es paz.
Taehyung sintió un nudo de felicidad en la garganta. Se inclinó un poco hacia adelante, atraído magnéticamente por la presencia de Sungkook.
— El tuyo es como... la lluvia que limpia todo el polvo —respondió Taehyung, animándose a ser igual de honesto—. Me hace sentir que, pase lo que pase afuera, aquí estamos a salvo.
Sungkook sonrió, y esta vez sus dedos rozaron brevemente los de Taehyung. Fue un contacto fugaz, apenas un roce de piel contra piel, pero para Taehyung fue como una descarga eléctrica que le recorrió toda la columna vertebral. No se alejó; al contrario, dejó su mano allí, permitiendo que la conexión creciera.
— ¿Sabes? —dijo Sungkook— He estado tomando muchas fotos estos días, pero ninguna me sale tan bien como la que te tomé a ti bajo la lluvia. Ninguna tiene esa... luz.
— Me gustaría verla algún día —dijo Taehyung, su voz volviéndose más dócil y cariñosa—. Si no es mucha molestia.
— No es ninguna molestia. De hecho, me gustaría llevarte a un lugar —Sungkook se detuvo, como si estuviera midiendo sus palabras—. Hay una pequeña cafetería cerca de aquí que tiene la mejor tarta de fresas de la ciudad. Y sé que a los Omegas de linaje celestial les gustan las cosas dulces y bien hechas.
Taehyung rió, una risa pequeña y tímida que hizo que Sungkook se quedara sin aliento por un segundo.
— Me encantaría ir contigo, Sungkook-ssi. Pero... tengo que terminar de devolver estos libros primero.
— Te espero —dijo Sungkook con firmeza—. Te esperaría todo el día si fuera necesario.
Taehyung se puso de pie, sintiéndose más ligero que nunca. Mientras caminaba hacia el mostrador de devoluciones, sentía la mirada de Sungkook en su espalda, una mirada que no lo juzgaba, sino que lo admiraba con una devoción que empezaba a derretir sus defensas.
"Me estoy enamorando", pensó Taehyung con un asombro repentino. "Es demasiado pronto, es una locura, pero me estoy enamorando de él".
Al regresar, Sungkook ya lo esperaba con su bolso al hombro. Caminaron juntos hacia la salida de la biblioteca, sus hombros rozándose ocasionalmente. Al salir al aire libre, el sol de la tarde bañaba la ciudad con un tono dorado.
— Taehyung —dijo Sungkook cuando llegaron a la acera.
— ¿Sí?
Sungkook se detuvo y lo miró fijamente, su expresión llena de una ternura que hizo que a Taehyung le temblaran las rodillas.
— No sé qué nos depara el futuro, ni qué problemas puedan surgir entre nuestras familias —Sungkook hizo una pausa, y Taehyung sintió que el mundo se detenía—. Pero quiero que sepas que, para mí, tú eres lo más importante que he encontrado en mucho tiempo. No eres un nombre en un árbol genealógico. Eres tú. Y quiero conocer cada detalle de ti.
Taehyung sintió que las lágrimas de felicidad amenazaban con salir. Se acercó un poco más a Sungkook, dejando que su aroma a jazmín y nieve se fundiera completamente con el chocolate amargo del Alfa.
— Yo también quiero eso, Sungkook —susurró Taehyung, bajando la mirada con una sonrisa dulce—. Quiero conocerte a ti. Sin coronas, sin reinos. Solo nosotros.
Sungkook le ofreció su brazo, y Taehyung lo tomó con delicadeza, entrelazando sus dedos con los del Alfa. Mientras caminaban por las calles de Eclipsia, el mundo parecía haber recuperado sus colores. Taehyung prestaba atención a la forma en que Sungkook caminaba, a la manera en que su voz cambiaba cuando hablaba de algo que le apasionaba, y al calor constante que emanaba de su cuerpo.
Se sentía seguro. Se sentía querido. Y sobre todo, se sentía en casa.
Aquella tarde, mientras compartían esa tarta de fresas en una pequeña mesa junto a la ventana, Taehyung se dio cuenta de que el análisis forense y la psicología podían explicar muchas cosas, pero no podían explicar la magia de un corazón que encuentra a su otra mitad. No importaba que Sungkook fuera un Jeon o que él fuera un Kim. En ese rincón del mundo, solo eran dos almas que habían decidido que el destino, por una vez, tenía toda la razón.
Taehyung miró a Sungkook a través del vapor de su té y sonrió, una sonrisa llena de una promesa silenciosa. Recuperaría su corona, sí, pero ahora sabía que no quería llevarla solo. Quería que el hombre que olía a tierra mojada y chocolate estuviera a su lado, no como un rey impuesto, sino como el dueño de su corazón.
Y mientras Sungkook le limpiaba una migaja de tarta de la mejilla con un gesto infinitamente tierno, Taehyung supo que la guerra que se avecinaba sería difícil, pero que con Sungkook, valdría la pena luchar cada batalla. Porque el amor, en su forma más pura, era la única corona que realmente importaba.