Clood crown
El Susurro de las Estrellas en el Jardín de las Promesas
La noche en el Reino Celeste tenía una cualidad que ninguna otra parte del mundo podía replicar. El aire, impregnado con la esencia de las flores de luna que solo abrían sus pétalos bajo el manto estelar, se sentía ligero, casi etéreo. Para Kim Taehyung, esa frescura siempre había sido su refugio, pero esta noche, el frío de la brisa no lograba apagar el incendio suave que crecía en su pecho cada vez que miraba al hombre que caminaba a su lado.
Habían dejado atrás el bullicio de la cena en el palacio secundario. Taehyung, vestido con un traje de seda azul profundo que recordaba al cielo nocturno, caminaba con las manos entrelazadas detrás de su espalda, intentando ocultar el ligero temblor de sus dedos. A su lado, Jeon Sungkook parecía inusualmente silencioso. El Alfa, cuya presencia solía ser imponente y segura, mantenía una distancia respetuosa, aunque su aroma a tierra mojada y chocolate amargo envolvía a Taehyung como una manta cálida en pleno invierno.
Se detuvieron en el Puente de los Suspiros, una estructura de piedra blanca que cruzaba un riachuelo cristalino donde se reflejaban las constelaciones. El sonido del agua golpeando las rocas era el único testigo de su soledad.
— Taehyung —dijo Sungkook en un susurro, rompiendo el silencio. Su voz sonó más grave de lo habitual, cargada de una vulnerabilidad que hizo que el Omega se detuviera en seco.
Taehyung giró la cabeza lentamente. Al encontrarse con los ojos de Sungkook, sintió que el mundo a su alrededor se desvanecía. No había palacios, no había coronas, no había guerras políticas ni linajes que proteger. Solo estaban ellos dos, bajo la luz de plata de la luna.
— ¿Sí, Sungkook-ssi? —respondió Taehyung. Su voz era apenas un hilo, pero cargada de una dulzura que delataba sus sentimientos.
Sungkook dio un paso hacia él, acortando la distancia de manera que Taehyung pudo notar la respiración agitada del Alfa. Vio cómo la garganta de Sungkook se movía al tragar saliva, un gesto de nerviosismo tan humano y real que hizo que el corazón de Taehyung diera un vuelco de ternura. El heredero de los Jeon, el hombre que muchos temían por su astucia, estaba temblando frente a él.
— He pasado mucho tiempo pensando en cómo decir esto —comenzó Sungkook, bajando la mirada por un segundo antes de volver a anclarse en las pupilas de Taehyung—. He analizado cada palabra, cada gesto, buscando la perfección. Pero me he dado cuenta de que, frente a ti, todas mis estrategias fallan. Mi mente se queda en blanco porque mi corazón grita demasiado fuerte.
Taehyung sintió una punzada de emoción en el pecho. Sus ojos comenzaron a cristalizarse, no de tristeza, sino de una abrumadora sensación de plenitud. Dio un paso tímido hacia adelante, permitiendo que sus aromas se entrelazaran en el aire.
— No necesitas estrategias conmigo, Sungkook —murmuró Taehyung, extendiendo una mano temblorosa que quedó suspendida en el aire.
Sungkook no dudó. Atrapó la mano del Omega entre las suyas. Sus palmas estaban calientes y un poco húmedas por el sudor de los nervios, algo que a Taehyung le pareció el detalle más honesto del mundo. Sungkook entrelazó sus dedos con los de él, apretándolos con una delicadeza que rozaba la devoción.
— Taehyung, no quiero ser solo el Alfa que te escolta a las galas. No quiero ser solo el hombre que te encuentra por "casualidad" en la biblioteca o el que te escribe cartas que esconden lo que realmente siento —Sungkook soltó una respiración temblorosa, cerrando los ojos por un instante para cobrar valor—. Desde aquella noche en la laguna, mi vida dejó de ser mía para pertenecer a la idea de nosotros. Sé que nuestras familias tienen una historia complicada. Sé que el mundo espera que seamos enemigos o piezas de un tablero de ajedrez... pero yo solo quiero ser tuyo.
Taehyung sintió una lágrima cálida rodar por su mejilla. Su vulnerabilidad estaba expuesta, sus defensas de analista forense habían caído por completo. En ese momento, no era el prodigio de los Kim; era un joven profundamente enamorado que finalmente escuchaba las palabras que su alma anhelaba.
— Sungkook... —el nombre salió como un suspiro entrecortado.
— Kim Taehyung —continuó el Alfa, su voz quebrándose ligeramente por la intensidad de la emoción—, ¿me harías el honor de ser mi novio? No como un pacto entre reinos, sino como el dueño de mi corazón. Prometo que, aunque el mundo intente separarnos, yo siempre seré el lugar donde puedas volver a casa.
El silencio que siguió fue denso, cargado de una electricidad estática que hacía que el vello de los brazos de Taehyung se erizara. El Omega miró sus manos entrelazadas, luego subió la vista hacia el rostro de Sungkook. Vio la súplica en sus ojos, la esperanza brillando entre las sombras y ese amor puro que no entendía de traiciones ni de pasados oscuros.
Taehyung se soltó suavemente del agarre de la mano de Sungkook, solo para llevar ambas manos al rostro del Alfa. Sus dedos acariciaron las mejillas de Sungkook, sintiendo la suavidad de su piel y el calor que emanaba de él.
— He pasado toda mi vida estudiando la mente humana, Sungkook —dijo Taehyung con una sonrisa melancólica y hermosa—. He aprendido a identificar mentiras, a diseccionar intenciones... pero contigo, nunca necesité mis estudios. Mi alma te reconoció desde el primer segundo.
Sungkook contuvo el aliento, sus manos subieron instintivamente para posarse sobre la cintura de Taehyung, acercándolo un poco más.
— ¿Eso es un sí? —preguntó Sungkook, su voz apenas un susurro lleno de esperanza.
— Es un sí, Sungkook —respondió Taehyung, su voz ganando firmeza a pesar de las lágrimas—. Un sí hoy, mañana y todos los días que el destino nos permita. No me importa la corona, no me importa el trono... si tú estás conmigo, ya lo tengo todo.
Sungkook cerró la distancia que los separaba, uniendo sus frentes. Podían sentir el latido del corazón del otro, un ritmo desbocado que sincronizaba sus existencias. El aroma a jazmín y nieve de Taehyung se volvió embriagador, mezclándose con el chocolate amargo de Sungkook en una armonía perfecta que parecía bendecida por los mismos cielos del Reino Celeste.
— Gracias —susurró Sungkook contra su piel—. Gracias por elegirme a mí, Taehyung.
— Siempre te elegiría a ti —respondió el Omega, cerrando los ojos y dejándose llevar por la calidez de los brazos que lo rodeaban.
Se quedaron así por lo que parecieron horas, abrazados bajo la luz de la luna, dos príncipes de linajes enfrentados que habían decidido escribir su propia historia. En ese rincón del jardín, el tiempo se detuvo. No había pasado doloroso ni futuro incierto; solo existía el presente, el calor de sus cuerpos y la promesa de un amor que, como las estrellas sobre sus cabezas, estaba destinado a brillar incluso en la oscuridad más profunda.
Taehyung escondió su rostro en el cuello de Sungkook, inhalando profundamente su aroma. Se sentía seguro, protegido de una manera que las paredes de mármol de su palacio nunca habían logrado. Sabía que recuperar la corona sería una batalla difícil, pero ahora, mientras Sungkook depositaba un beso casto y tierno sobre sus cabellos, Taehyung sabía que ya no lucharía solo. Tenía al Alfa de su vida, a su predestinado, y sobre todo, al hombre que lo amaba por quien era, no por lo que representaba.
La noche continuó su curso, pero para Kim Taehyung y Jeon Sungkook, el mundo acababa de nacer de nuevo. Entre susurros de amor y miradas cargadas de promesas, el Reino Celeste fue testigo de la unión de dos almas que, contra todo pronóstico, habían encontrado la paz en medio de la guerra.