Company
Lazos de Sangre y Silencios de Cristal
La tensión en la casa de los Álvarez se podía cortar con un cuchillo. Lo que comenzó como una mañana tranquila de sábado, con el aroma del café recién hecho inundando la cocina, se había transformado en un campo de batalla en cuestión de minutos. El detonante había sido, como casi siempre últimamente, la excesiva sobreprotección de Kevin.
—¡Es que no lo entiendes, Kevin! —gritó Joss, golpeando la palma de su mano contra la barra de granito—. No puedes aparecerte en mi oficina sin avisar solo para "ver si todo está bien". Mis compañeros se burlan de mí, piensan que tengo un guardaespaldas personal en lugar de un hermano.
Kevin, que aún vestía su sudadera de entrenamiento del Club América, se cruzó de brazos, manteniendo esa postura rígida que adoptaba cuando sentía que tenía la razón moral. Sus ojos cafés, tan parecidos a los de Joss, destellaban con una mezcla de terquedad y preocupación.
—Le prometí a mamá que te cuidaría, Joss. Coapa no es un parque de juegos. Hay mucha gente que se quiere aprovechar, tipos que solo ven tu apellido o tu cara y piensan que eres un trofeo. Si aparecer por allá de vez en cuando garantiza que sepan que no estás sola, lo seguiré haciendo.
—¡Pero no estoy sola! —replicó ella, sintiendo que las lágrimas de frustración empezaban a nublar su vista—. Tengo veinte años. Sé cuidarme. Lo que estás haciendo no es protegerme, es asfixiarme. Me haces sentir que no confías en mi juicio, que soy una niña tonta que no sabe distinguir entre un buen tipo y un idiota.
Kevin dio un paso hacia adelante, endureciendo el gesto.
—A veces lo eres, Joss. Eres demasiado ingenua. Crees que todo el mundo tiene buenas intenciones, y la realidad es otra. Mira a Brian, por ejemplo...
Joss sintió que el corazón se le detenía por un segundo. El nombre de Brian actuaba como una descarga eléctrica en su sistema.
—¿Qué tiene que ver Brian con esto? —preguntó ella, tratando de que su voz no temblara.
—Que incluso él, que es mi mejor amigo, sabe que tengo que estar pendiente de ti. Hasta él me ha dicho que eres distraída. Si ni siquiera confío plenamente en los que están cerca, ¿cómo voy a confiar en extraños?
—¡Eres un idiota, Kevin! —exclamó Joss, incapaz de contenerse más—. ¡Eres un egocéntrico que cree que el mundo gira en torno a su sentido del deber! No me hables. No me busques. Si tanto te preocupa tu promesa, cuida tu propia vida y déjame vivir la mía.
—Joss, no te atrevas a darme la espalda cuando te estoy hablando... —advirtió Kevin con voz grave.
Pero Joss ya iba subiendo las escaleras a zancadas. El estruendo de la puerta de su habitación al cerrarse resonó en toda la casa, seguido de un silencio sepulcral que pesaba más que cualquier grito.
Pasaron tres días. Tres días en los que la casa de los Álvarez se convirtió en una zona de guerra fría. No se dirigían la palabra, ni siquiera para las cosas más básicas. Kevin desayunaba temprano para no cruzarla, y Joss se encerraba en su cuarto apenas llegaba del trabajo. En los entrenamientos, Kevin estaba más irritable de lo habitual, fallando pases sencillos y respondiendo con monosílabos a las bromas de sus compañeros.
Brian, por su parte, estaba en un callejón sin salida. Había intentado enviarle mensajes a Joss, pero ella apenas respondía con frases cortas, temerosa de que Kevin pudiera ver algo en su teléfono. La culpa lo consumía cada vez que veía a su mejor amigo con el rostro desencajado por la pelea familiar.
Al cuarto día, Joss no pudo más. Necesitaba hablar con alguien que no fuera parte del conflicto directo, alguien que entendiera a Kevin pero que también tuviera la sensibilidad de una mujer. Llamó a Nailea.
Se citaron en una pequeña cafetería al sur de la ciudad, lejos del bullicio de Coapa y de los ojos curiosos de la prensa deportiva. Nailea llegó puntual, luciendo impecable como siempre, pero con una expresión de genuina preocupación en sus ojos azules.
—Gracias por venir, Nai —dijo Joss en voz baja, jugueteando con el borde de su servilleta.
Nailea se sentó frente a ella y le tomó la mano con suavidad.
—No tienes nada que agradecer, linda. Kevin está insufrible, y me imaginé que tú estarías pasándolo igual de mal. ¿Qué fue lo que pasó realmente?
Joss soltó un suspiro largo, dejando salir toda la angustia acumulada.
—Es lo de siempre, pero esta vez fue peor. Se apareció en el departamento de marketing con la excusa de llevarme un café, pero se quedó ahí interrogando a mis compañeros. Me hizo sentir pequeña, Nailea. Como si mis logros profesionales no importaran porque siempre seré "la hermanita de Kevin" que necesita supervisión.
Nailea asintió con lentitud, bebiendo un sorbo de su té.
—Kevin tiene un complejo de héroe muy grande, Joss. Especialmente contigo. La promesa que le hizo a tu madre es como una ley sagrada para él. Pero entiendo que para ti sea una cárcel.
—No es solo eso —confesó Joss, bajando la voz—. Me siento una hipócrita. Peleamos porque él dice que "no confía en nadie", y mientras tanto, yo estoy... yo estoy saliendo con su mejor amigo a sus espaldas. Siento que si se entera, la pelea de ahora será un juego de niños comparada con lo que vendrá.
Nailea guardó silencio un momento, observando a la chica frente a ella. Había una madurez en Joss que Kevin se negaba a ver, pero también una vulnerabilidad que la hacía humana.
—Joss, voy a ser muy sincera contigo —dijo Nailea, recostándose en su silla—. Yo sé lo que pasa entre tú y Brian. Lo supe casi desde el principio. La forma en que se miran, la tensión cuando están en la misma habitación... es evidente para cualquiera que no sea un hermano celoso y distraído.
Joss abrió los ojos de par en par, sintiendo que el aire le faltaba.
—¿Se nota tanto? Dios mío, si tú lo sabes, ¿cuánto falta para que él se dé cuenta?
—Kevin ve lo que quiere ver —respondió Nailea con una sonrisa triste—. Él ve a su mejor amigo leal y a su hermana pequeña inocente. Pero el secreto los está carcomiendo a los dos. Brian está jugando un partido muy peligroso, Joss. Está arriesgando su hermandad con Kevin.
—Lo amo, Nailea —susurró Joss, y era la primera vez que lo decía en voz alta frente a alguien más—. No fue planeado, simplemente pasó. Brian me hace sentir que soy yo misma, no "la hermana de". Él me escucha, me apoya... me hace sentir libre.
Nailea suspiró, sintiendo una punzada de empatía. Ella amaba a Kevin, con todos sus defectos y su terquedad, pero sabía lo difícil que podía ser lidiar con su intensidad.
—Si realmente lo amas, y si Brian siente lo mismo, no pueden seguir así. El silencio entre tú y Kevin solo está creando una grieta más profunda. Tienes que hablar con él, Joss. No digo que le confieses lo de Brian hoy mismo, pero tienen que romper el hielo de la pelea.
—No sé cómo —admitió Joss—. Cada vez que intento pensar en qué decirle, me acuerdo de su cara de suficiencia y me dan ganas de volver a gritarle.
—Hazle entender que protegerte también significa dejarte caer —sugirió Nailea—. Kevin tiene miedo de que alguien te lastime porque él no sabe cómo arreglar un corazón roto que no sea el suyo. Dile que confías en él, pero que necesitas que él confíe en la educación que te dieron.
Joss asintió, procesando las palabras. Nailea siempre tenía esa forma de ver las cosas con claridad, quizá por eso era el equilibrio perfecto para Kevin.
—¿Y qué hay de Brian? —preguntó Joss—. Él quiere decírselo, pero tiene miedo de perderlo.
—Y lo perderá, al menos por un tiempo —sentenció Nailea con honestidad brutal—. Kevin se va a sentir traicionado. No por el hecho de que salgas con Brian, sino por la mentira. Por los meses de mirarlo a la cara mientras ocultaban la verdad. Pero si esperan más, el golpe será fatal.
Al salir de la cafetería, Joss se sentía un poco más ligera, aunque el nudo en su estómago persistía. Decidió que esa noche no se encerraría en su habitación. Esperaría a Kevin.
Cuando Kevin llegó a casa, cerca de las nueve de la noche, las luces de la sala estaban encendidas. Encontró a Joss sentada en el sofá, mirando un punto fijo en la pared. Él se detuvo en el umbral, con la bolsa del gimnasio al hombro, dudando si pasar de largo o decir algo.
—Hola —dijo Joss finalmente, sin mirarlo.
Kevin se tensó, pero dejó la bolsa en el suelo.
—Hola.
—¿Tienes hambre? Dejé algo de cena en el horno —continuó ella, su voz era apenas un hilo.
Kevin caminó hacia la cocina, pero se detuvo a mitad de camino. Se giró hacia ella, y Joss pudo ver que tenía ojeras. El estrés de los últimos días le estaba pasando factura.
—Joss, yo... —empezó él, pero se interrumpió a sí mismo.
—No quiero que peleemos más, Kevin —lo interrumpió ella, levantándose del sofá—. Me duele estar en esta casa y sentir que somos extraños. Pero necesito que me escuches, sin interrumpirme y sin poner esa cara de "yo lo sé todo".
Kevin asintió lentamente, sentándose en el sillón individual frente a ella.
—Está bien. Te escucho.
—Te quiero, y sé que me quieres. Sé que le prometiste a mamá cuidarme, y te lo agradezco, de verdad. Pero cuidarme no es controlarme. Si me encierras en una burbuja, el día que esa burbuja explote, no voy a saber qué hacer con el mundo real. Necesito cometer mis propios errores, Kevin. Necesito que si alguien me rompe el corazón, seas mi hermano el que me abraza, no el que me dice "te lo dije".
Kevin bajó la mirada, jugueteando con las llaves de su auto. El silencio se prolongó durante un minuto que pareció una eternidad.
—Me da miedo, Joss —confesó él finalmente, con una vulnerabilidad que rara vez mostraba—. Este mundo es muy sucio. En el club, en la calle... veo cómo hablan los hombres, veo cómo piensan. Y pensar que alguien pueda verte solo como un objeto o que pueda lastimarte y yo no esté ahí para evitarlo... me aterra.
—Lo sé —dijo Joss, acercándose a él y sentándose en la alfombra, a sus pies—. Pero no puedes evitar que el mundo ruede. Tienes que confiar en que me enseñaste a ser fuerte. Confía en mí, Kevin. Por favor.
Kevin estiró la mano y le acarició el cabello, el mismo gesto que hacía desde que eran niños.
—Perdón por lo de la oficina. Me pasé de la raya.
—Sí, te pasaste mucho —rio ella con suavidad, sintiendo que la presión en su pecho se liberaba—. Pero te perdono.
Se abrazaron, un abrazo largo que sellaba una tregua temporal. Kevin besó la frente de su hermana, sintiéndose aliviado de recuperar su presencia, aunque una parte de él seguía sintiendo que algo no encajaba del todo.
—Por cierto —dijo Kevin mientras se separaban—, Brian me ha estado preguntando por ti todos los días. Estaba muy preocupado por nuestra pelea. Es un buen hermano, ese tipo.
Joss sintió una puñalada de culpa que casi la hace flaquear. Sonrió de manera forzada, bajando la mirada para que Kevin no viera el conflicto en sus ojos.
—Sí... Brian es un gran tipo.
—Mañana va a venir a cenar —anunció Kevin, ya más animado mientras se dirigía a la cocina—. Dijo que extrañaba las milanesas que preparamos. ¿Te parece bien?
Joss tragó saliva, sintiendo que el mundo volvía a complicarse justo cuando empezaba a simplificarse.
—Sí, claro. Me parece perfecto.
Esa noche, mientras Joss se acostaba, le envió un mensaje rápido a Brian: "Hablé con Kevin. Estamos bien. Viene mañana a cenar. Tenemos que tener mucho cuidado, Brian. Nailea lo sabe todo".
La respuesta de Brian llegó casi al instante: "Me alegra que se hayan arreglado, hermosa. Pero tienes razón. Esto es una bomba de tiempo. Mañana será difícil actuar como si nada, pero lo haré por ti. Te amo".
Joss dejó el teléfono en la mesita de noche y miró el techo. La paz había vuelto a la casa de los Álvarez, pero era una paz frágil, construida sobre secretos y verdades a medias. Sabía que Nailea tenía razón: el silencio era una grieta. Y tarde o temprano, los cimientos de la lealtad de Kevin y el amor de Brian iban a temblar bajo el peso de la realidad.
Pero por ahora, en la oscuridad de su cuarto, Joss se permitió disfrutar del silencio, sabiendo que al menos, por una noche más, el lazo con su hermano seguía intacto, aunque pendiera de un hilo invisible de seda y engaño.