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Entre Lealtades y Secretos
La cena con Brian había sido un ejercicio de equilibrismo emocional que dejó a Joss agotada. Cada vez que el uruguayo le pasaba la sal o sus miradas se cruzaban por un segundo de más, ella sentía que el aire se espesaba. Kevin, recuperada ya su alegría habitual tras la reconciliación, no dejaba de bromear, ajeno por completo al incendio que se gestaba bajo su propio techo.
A la mañana siguiente, Joss se encontró de nuevo con Nailea en el gimnasio del club. El sonido de las cintas de correr y el choque de las pesas servía como ruido de fondo para una conversación que Joss necesitaba desesperadamente.
—No puedo más, Nai —susurró Joss, deteniendo su caminata en la máquina y secándose el sudor con una toalla—. Anoche, mientras cenábamos milanesas, me sentí como la peor persona del mundo. Kevin hablaba de sus planes para el futuro, de cómo Brian siempre sería su apoyo en la cancha, y yo… yo solo pensaba en lo mucho que quería tomar la mano de Brian por debajo de la mesa.
Nailea, que estaba estirando sobre un mat de yoga, la miró con empatía.
—El miedo te va a terminar enfermando, Joss. Y a Brian también. Ayer lo vi en el vestidor; está distraído, Kevin incluso le preguntó si le pasaba algo. Si seguimos así, Kevin va a pensar que Brian le oculta algo turbio del club, y será peor.
—Tengo miedo de su reacción —admitió Joss, sentándose en el suelo junto a su amiga—. Conoces a mi hermano. Si se siente traicionado, se cierra. No quiero volver a pasar por otros cuatro días de silencio absoluto. No quiero que su promesa a mi madre se convierta en odio hacia la persona que amo.
Nailea se quedó pensativa un momento, enrollando su mat. Sus ojos azules brillaron con una determinación que Joss reconoció de inmediato.
—¿Y si se lo digo yo? —propuso Nailea con voz firme.
Joss se quedó helada, con la boca entreabierta.
—¿Tú? No, Nai, te mataría a ti también.
—No, no lo hará —replicó Nailea con una sonrisa segura—. Kevin me ama, y sabe que yo siempre busco su bienestar. Si se lo dices tú, lo verá como una rebelión. Si se lo dice Brian, lo verá como una traición de sangre. Pero si se lo digo yo, puedo prepararle el terreno. Puedo hacerlo entrar en razón antes de que explote.
Joss sintió una mezcla de alivio y terror. La idea de delegar esa carga era tentadora, pero el riesgo era altísimo.
—¿Qué tienes en mente? —preguntó Joss con cautela.
—Voy a hablar con él esta tarde, después del entrenamiento —explicó Nailea—. Le voy a hacer prometer, bajo palabra de honor, que no se va a pelear con ustedes. O al menos, que si se enoja, no va a gritar ni a dejar de hablarles. Le pediré que si hay conflicto, se solucione ese mismo día. Kevin es un hombre de palabra; si me lo promete a mí antes de saber la verdad, tendrá que cumplirlo.
—Es una locura —susurró Joss, aunque su corazón latía con esperanza—. Pero es la única forma que veo de que no se rompa todo.
El resto del día fue una tortura para Joss. En la oficina de marketing, apenas pudo concentrarse en los diseños para la nueva campaña. Cada vez que su teléfono vibraba, pensaba que era Kevin llamando para reclamarle.
Mientras tanto, en las instalaciones de Coapa, el entrenamiento llegaba a su fin. Kevin se despidió de Brian con un choque de manos, notando de nuevo a su amigo algo distante, pero decidió no darle importancia. Se dirigió al estacionamiento, donde Nailea lo esperaba apoyada en su coche.
—¡Hola, hermosa! —saludó Kevin, acercándose para darle un beso—. ¿Qué haces por aquí? Pensé que nos veríamos en la cena.
—Necesitaba hablar contigo de algo importante, Kev —dijo Nailea, sin devolverle la sonrisa habitual. Su tono era serio, casi solemne.
Kevin frunció el ceño, sintiendo una punzada de ansiedad.
—¿Pasa algo? ¿Estás bien? ¿Es sobre nosotros?
—No, no es sobre nosotros —lo tranquilizó ella, tomándolo de las manos—. Pero necesito que me escuches muy bien. Quiero que me hagas una promesa antes de que digamos una sola palabra más.
Kevin se puso tenso. Odiaba los rodeos, pero la mirada de Nailea era tan intensa que no pudo negarse.
—Dime qué quieres que prometa.
—Prométeme que, sin importar lo que te diga, no vas a gritar. Prométeme que no vas a dejar de hablarle a la gente involucrada por días, como hiciste con Joss la semana pasada. Y prométeme que, si te enojas, vas a buscar una solución hoy mismo. No quiero silencios, Kevin. No quiero muros.
Kevin soltó una risa nerviosa, rascándose la nuca.
—Nai, me estás asustando. Parece que me vas a confesar que chocaste mi coche o algo así.
—Promételo, Kevin —insistió ella, apretando sus manos—. Por lo que más quieras, júramelo.
Kevin suspiró, viendo la sinceridad en los ojos de su novia.
—Está bien, te lo juro. No gritos, no silencios eternos y solución inmediata. Tienes mi palabra. Ahora, por favor, dime qué está pasando.
Nailea tomó aire, buscando las palabras exactas que había ensayado durante horas.
—Se trata de Joss y de Brian.
El rostro de Kevin cambió en un segundo. La confusión dio paso a una sospecha gélida.
—¿Qué pasa con ellos? ¿Brian le hizo algo? Si ese tipo le faltó al respeto…
—¡No! —lo interrumpió Nailea rápidamente—. Es todo lo contrario. Kevin, ellos están juntos. Se quieren. Joss y Brian están enamorados.
El silencio que siguió fue atronador. Kevin soltó las manos de Nailea y dio un paso atrás, como si le hubieran dado un golpe físico en el estómago. Sus ojos se abrieron con una mezcla de shock y una furia contenida que amenazaba con romper la promesa que acababa de hacer. Su mandíbula se tensó tanto que Nailea temió que se hiciera daño.
—¿Desde cuándo? —preguntó Kevin con una voz que era un susurro peligroso.
—Hace unos meses —respondió Nailea, manteniéndose firme—. No lo planearon, Kevin. Pasó mientras tú estabas ahí, confiando en ellos. Y por eso no te lo dijeron; tenían miedo de perderte. Tenían miedo de que tu sobreprotección destruyera lo que sienten.
—¿Meses? —repitió Kevin, y esta vez su voz subió un decibelio, pero se contuvo al recordar la mirada de Nailea—. ¿Me estuvieron viendo la cara de idiota durante meses? ¡Brian es mi hermano! ¡Le confié a mi hermana como si fuera su propia sangre!
—Y la ha cuidado, Kevin —dijo Nailea con suavidad, acercándose de nuevo—. La ha cuidado mejor de lo que tú imaginas. Joss está feliz. Por primera vez, no se siente como una niña pequeña bajo llave, se siente como una mujer amada.
Kevin golpeó el techo de su coche con la palma de la mano. No fue un golpe violento, pero sí cargado de frustración.
—¡Es una traición, Nailea! No hay otra forma de llamarlo. Me mintieron en mi propia casa.
—Te ocultaron la verdad porque sabían que reaccionarías así —le recordó ella—. Mira cómo estás ahora. Si no me hubieras prometido mantener la calma, ya estarías buscando a Brian para armar un escándalo.
Kevin caminó de un lado a otro en el pequeño espacio entre los coches. Sentía que el mundo que había construido —donde él era el protector y sus amigos eran sus pilares— acababa de desmoronarse. Su mejor amigo y su hermana pequeña. La combinación que siempre había bromeado que nunca sucedería.
—Me juraste que no habría silencios —dijo Nailea, rompiendo su monólogo interno—. Y me juraste que lo solucionarías hoy.
Kevin se detuvo y miró al cielo, tratando de calmar los latidos de su corazón. La imagen de Brian riendo anoche en la cena se le vino a la mente, y luego la de Joss, siempre tan callada últimamente.
—Quiero verlos —dijo Kevin finalmente—. Ahora mismo. En mi casa.
Nailea asintió y sacó su teléfono. Envió un mensaje grupal que solo decía: "Es hora. En casa de Kevin. Ya".
Treinta minutos después, la sala de los Álvarez era el escenario de un juicio silencioso. Joss estaba sentada en el sofá, con las manos entrelazadas tan fuerte que sus nudillos estaban blancos. Brian estaba de pie junto a la ventana, con la mirada perdida en el jardín, luciendo más vulnerable de lo que nadie lo había visto jamás. Nailea se mantenía cerca de la puerta, como un árbitro listo para intervenir.
Kevin entró en la sala con paso lento. No gritó. No lanzó nada. Simplemente se paró frente a ellos y los observó durante lo que pareció una eternidad.
—Kevin, yo… —comenzó Brian, dando un paso hacia adelante.
—Cállate, Brian —cortó Kevin, pero sin rabia, solo con un cansancio profundo—. Si empiezas con disculpas de que "no querías que pasara", me voy a enojar de verdad.
Brian cerró la boca y asintió.
—¿Por qué no me lo dijeron? —preguntó Kevin, mirando directamente a Joss—. ¿Tan poco confían en mí? ¿Tan ogro me ven que pensaron que no podría entender que mi hermana creció?
Joss se levantó, con lágrimas corriendo por sus mejillas.
—No es que no confiáramos en ti, Kev. Es que te amamos demasiado. No queríamos que nos miraras con decepción. Tú siempre hablas de la lealtad, de la palabra… y sabíamos que ocultártelo rompía todo eso. Pero el miedo a perderte era más grande que el valor de decir la verdad.
Kevin miró a Brian.
—¿Y tú? Eres mi mejor amigo. Hemos pasado por todo. ¿En qué momento pensaste que era buena idea ocultarme algo así?
—En ningún momento pensé que fuera una buena idea —respondió Brian con sinceridad, mirando a Kevin a los ojos—. Me sentí como la peor basura del mundo cada vez que me dabas un abrazo o me decías que era de tu familia. Pero amo a Joss, Kevin. Y no es un capricho. La amo de verdad. Si tengo que pedirte perdón de rodillas por la mentira, lo haré. Pero no me pidas que me arrepienta de lo que siento por ella, porque no puedo.
Kevin suspiró, sentándose en el sillón individual. Se tapó la cara con las manos por un momento. La promesa hecha a Nailea era lo único que lo mantenía en su sitio.
—Nailea me hizo prometer que no me pelearía con ustedes —dijo Kevin a través de sus dedos—. Y me hizo prometer que esto se arreglaría hoy.
—Ella solo quería protegernos a todos —susurró Joss.
—Lo sé —Kevin bajó las manos y miró a la pareja—. Estoy furioso. No voy a mentirles y decir que todo está bien. Me duele que me hayan mentido. Me duele que mi mejor amigo no haya tenido los pantalones de decirme: "Oye, me gusta tu hermana".
—Lo siento, hermano —dijo Brian en voz baja.
—Pero —continuó Kevin, señalando a Joss—, también veo cómo me miras ahora. Tienes ese brillo que solo tenías cuando eras niña y te regalaban lo que más querías. Y si Brian es el responsable de eso… supongo que prefiero que sea él y no un extraño al que realmente tendría que romperle la cara.
Joss soltó un sollozo de alivio y corrió hacia su hermano, envolviéndolo en un abrazo. Kevin la recibió, aunque todavía con cierta rigidez.
—No te voy a decir que acepto esto con una sonrisa todavía —advirtió Kevin sobre el hombro de su hermana—. Va a tomar tiempo. Mucho tiempo. Y tú, Brian… —Kevin señaló al uruguayo con el dedo índice—, si le haces algo, si la haces llorar una sola vez, no me va a importar ninguna promesa a Nailea ni ninguna amistad. Te saco de mi vida y del club si es necesario. ¿Estamos claros?
Brian asintió con solemnidad, sintiendo que un peso de mil toneladas se levantaba de sus hombros.
—Más que claro, Kevin. Gracias.
Nailea, desde su rincón, sonrió al ver la escena. Sabía que las heridas tardarían en sanar, pero el muro del silencio se había derrumbado.
—Bueno —intervino Nailea, tratando de aligerar el ambiente—, Kevin prometió que no habría silencios. Así que, ¿qué les parece si pedimos pizza y hablamos de cómo vamos a manejar esto con su mamá? Porque si Kevin se puso así, imagínense a la jefa.
Kevin soltó una carcajada amarga, pero fue una carcajada al fin y al cabo.
—A mi mamá le va a dar un infarto —dijo Kevin, frotándose las sienes—. Brian, más vale que empieces a comprar flores y chocolates, porque ella no te la va a poner tan fácil como yo.
—Haré lo que sea necesario —dijo Brian, acercándose tímidamente al grupo.
Joss tomó la mano de su hermano y la de Brian, uniéndolas en un gesto simbólico. Kevin no retiró la mano, aunque todavía miraba a Brian con una ceja levantada.
—No se acostumbren —gruñó Kevin—. Sigo siendo el hermano mayor. Y sigo teniendo la responsabilidad de cuidarla.
—Lo sabemos, Kev —dijo Joss, dándole un beso en la mejilla—. Y gracias por intentar entendernos.
La noche transcurrió entre explicaciones, algunas quejas más de Kevin y la planificación de un futuro donde ya no tendrían que esconderse en los rincones de Coapa o en los asientos traseros de los coches. La traición se había transformado en una verdad dolorosa pero necesaria.
Mientras comían, Kevin observó a Brian y a Joss. Vio cómo Brian le apartaba un mechón de pelo a Joss con una ternura que nunca le había visto con nadie más. Vio a su hermana reír con una libertad que él mismo le había estado robando con su sobreprotección.
Tal vez Nailea tenía razón. Tal vez proteger a Joss no era evitar que se enamorara, sino asegurarse de que el hombre que estuviera a su lado fuera alguien que diera la vida por ella. Y en el fondo de su corazón, Kevin sabía que Brian Rodríguez era ese hombre.
—Pero que quede claro —dijo Kevin, señalando a Brian con un pedazo de pizza—, en el próximo entrenamiento, te voy a dar las entradas más fuertes de tu vida. Por el tiempo perdido.
Brian rió, sintiéndose finalmente en casa.
—Me las merezco, hermano. Me las merezco todas.
La burbuja no había estallado con violencia, sino que se había desinflado para dar paso a una realidad más madura. El Club América seguía teniendo a sus dos estrellas, y Joss Álvarez finalmente tenía su libertad, custodiada no por un guardia, sino por el amor de un hermano y la devoción de un novio que, por fin, podían mirarse a la cara sin sombras.