Company
Sombras en el Nido
La paz en la casa de los Álvarez se sentía como un bálsamo después de la tormenta. Kevin había aprendido, no sin esfuerzo, a morderse la lengua cada vez que veía a Joss arreglarse un poco más de lo normal para ir a la universidad o cuando la encontraba texteando con una sonrisa cómplice que gritaba el nombre de Brian. Había una tregua tácita: él respetaba su espacio y ella, a cambio, mantenía una comunicación constante que calmaba la ansiedad del defensa azulcrema.
Sin embargo, el instinto de Kevin no se había dormido, solo se había agudizado. Y ese instinto comenzó a vibrar con una frecuencia molesta durante las reuniones casuales después de los entrenamientos.
El Club América no era solo un equipo; era un ecosistema de egos, talentos y personalidades vibrantes. Entre ellos estaba Santi, un jugador que acababa de integrarse al círculo cercano de Kevin. Santi era carismático, talentoso y poseía una confianza que rayaba en la arrogancia, algo que a Kevin normalmente no le molestaba hasta que esa confianza se dirigió hacia su hermana.
Era una tarde calurosa en Coapa. Tras la sesión de gimnasio, Kevin había invitado a un par de compañeros a su casa para jugar videojuegos y pedir algo de comer. Nailea estaba allí, sentada junto a Kevin, y Joss acababa de llegar de sus prácticas de marketing, cargando su computadora y luciendo un poco cansada.
—¡Miren quién llegó! —exclamó Santi, dejando el control de la consola sobre la mesa de centro y poniéndose de pie con una agilidad felina—. La verdadera estrella de los Álvarez.
Joss esbozó una sonrisa cortés, aunque algo forzada.
—Hola a todos. Hola, Kev. Hola, Nai.
Kevin asintió con una sonrisa, pero sus ojos se entrecerraron ligeramente al notar cómo Santi no le quitaba la vista de encima a Joss mientras ella caminaba hacia la cocina.
—Vaya, Kevin —murmuró Santi, volviendo a sentarse pero girando el cuerpo para seguir la trayectoria de la castaña—. No sabía que la genética de tu familia fuera tan... generosa. Ese pantalón de oficina le queda increíble, ¿no creen?
Brian, que estaba sentado al otro lado de la sala, apretó la mandíbula. Nailea sintió la tensión de Kevin a su lado de inmediato.
—Es mi hermana, Santi —dijo Kevin con una voz que bajó dos octavas, cargada de una advertencia que cualquiera con sentido común habría captado.
—Relájate, capitán —Santi se rió, levantando las manos en señal de paz, pero sus ojos brillaban con una malicia juguetona—. Solo aprecio la belleza. No tiene nada de malo.
Joss regresó de la cocina con un vaso de agua, tratando de ignorar la pesadez del ambiente. Al pasar cerca de Santi para subir a su habitación, él estiró una pierna de forma que ella tuvo que rodearlo, y al hacerlo, él le lanzó una mirada que la recorrió de arriba abajo, deteniéndose más tiempo del debido en sus caderas.
—Si necesitas ayuda con alguna "práctica" de marketing, Joss, mi Instagram siempre está abierto para ti —le soltó Santi con una voz baja, casi un ronroneo—. Me encantan las mujeres que saben lo que quieren y cómo lucirlo.
Joss sintió un escalofrío desagradable recorrerle la espalda. No era un cumplido; era una invasión. Sus ojos cafés buscaron los de Kevin por un segundo, pero rápidamente los bajó, sintiéndose extrañamente pequeña y vulnerable.
—No necesito ayuda, gracias —respondió ella con firmeza, acelerando el paso hacia las escaleras.
Una vez en su cuarto, Joss cerró la puerta y se recargó contra ella. Se sentía sucia, como si la mirada de Santi hubiera dejado una mancha física sobre su ropa. No era la primera vez que un hombre le lanzaba un piropo, pero la forma en que Santi lo hacía, con esa carga sexual tan explícita y sabiendo que su hermano estaba a solo unos metros, la hacía sentir insegura en su propio hogar.
Abajo, en la sala, el juego continuó, pero la chispa se había apagado para Kevin. Él conocía a Santi, sabía que era un "conquistador", pero esto se sentía diferente. Había una falta de respeto intrínseca en sus comentarios.
—¿Te pasa algo, Kev? —preguntó Nailea en voz baja, poniendo una mano sobre su rodilla—. Estás muy tenso.
—No me gusta cómo habla —respondió Kevin, sin apartar la vista de la pantalla, aunque su personaje en el juego acababa de morir por tercera vez—. No me gusta cómo la mira.
—Es un idiota, Kevin —intervino Brian, que se había acercado para escuchar—. Joss sabe defenderse, pero ese tipo no tiene límites.
—Lo sé —susurró Kevin—. Y lo que más me molesta es que Joss no dijo nada. Se puso nerviosa. Ella no se pone nerviosa así nomás.
Los días siguientes no hicieron más que confirmar las sospechas de Kevin. Santi empezó a aparecer con más frecuencia en los lugares donde Joss estaba. Si ella bajaba a los campos de entrenamiento por cuestiones de trabajo, él encontraba la excusa para acercarse, siempre lanzando comentarios de doble sentido que hacían que Joss se cruzara de brazos o buscara refugio en su teléfono.
Una tarde, Kevin encontró a Joss en la cocina, mirando su celular con una expresión de pura incomodidad.
—¿Qué tienes, pequeña? —preguntó él, acercándose para servirse un vaso de agua.
—Nada, Kev. Solo cosas del trabajo —mintió ella, bloqueando la pantalla rápidamente.
Kevin dejó el vaso sobre la barra y la miró fijamente. La conocía demasiado bien.
—Joss, mírame. Hemos pasado por mucho estos meses para volver a los secretos. ¿Es Santi? ¿Te está molestando?
Joss suspiró, sintiendo que la presión en su pecho aumentaba.
—No es que me moleste... es solo que es muy insistente. Me mandó un mensaje directo diciendo que soñó conmigo y que... bueno, que el sueño no era precisamente para todo público. Me hace sentir incómoda, Kevin. Siento que si te lo digo, vas a explotar y vas a pelear con él, y no quiero problemas en el club por mi culpa.
Kevin sintió una oleada de calor subir por su cuello. La rabia era fría y cortante.
—¿Te dijo eso? —Kevin apretó el borde de la barra de granito hasta que sus nudillos perdieron el color—. Joss, eso no es un coqueteo normal. Eso es acoso. Y no me importa el club, nadie te habla así.
—¡Por eso no quería decírtelo! —exclamó Joss, con los ojos empañados—. Mira tu cara. Vas a ir a buscarlo y Santi es tu compañero. No quiero ser la razón por la que te suspendan o por la que haya drama en el vestidor. Pero, Kev... me da miedo estar sola en la sala si él viene. Me siento observada de una forma fea.
Kevin se suavizó al ver el miedo real en los ojos de su hermana. La atrajo hacia sí y la abrazó con esa fuerza protectora que era su sello personal.
—Perdóname, Joss. Tienes razón, no voy a explotar... todavía. Pero no voy a dejar que te sientas así en tu propia casa. Tú no tienes la culpa de que ese tipo sea un asqueroso.
Esa misma noche, Kevin llamó a Brian y a Nailea. Necesitaba un plan que no terminara con él en la oficina de la directiva explicando por qué le había roto la nariz a un compañero.
—Tenemos que pararlo —dijo Brian, caminando de un lado a otro en la sala de Kevin—. Yo también he visto cómo la mira en los entrenamientos cuando ella baja a marketing. Es un enfermo.
—El problema es que Santi se siente intocable porque es el "nuevo talento" —comentó Nailea con seriedad—. Si Kevin lo encara directamente, Santi se va a hacer la víctima y dirá que Kevin es un hermano celoso y tóxico. Necesitamos que entienda que no tiene entrada con Joss, pero de una forma que no pueda usar en contra de Kevin.
—Yo voy a hablar con él —dijo Brian—. Soy su amigo, o al menos eso cree él. Le diré que Joss y yo estamos en algo serio y que se está pasando de la raya.
—No —intervino Kevin, con la mirada fija en un punto de la pared—. Eso solo lo retaría. Santi es de los que disfruta quitarle las cosas a los demás. Si sabe que es tu novia, le dará más morbo. Lo que necesitamos es que sepa que yo lo sé todo. Que Joss no me oculta nada.
Al día siguiente, después del entrenamiento, el vestidor estaba casi vacío. Santi se estaba terminando de cambiar, tarareando una canción y luciendo su habitual sonrisa de suficiencia. Kevin se acercó a él, moviéndose con una calma deliberada que resultaba más aterradora que cualquier grito.
—¿Qué onda, capi? —saludó Santi, sin notar la tormenta que se avecinaba—. ¿Hoy hay reunión en tu casa? Me quedé con ganas de platicar más con tu hermanita. Es un bombón esa niña.
Kevin se detuvo a centímetros de Santi. Era más alto y su presencia llenaba el espacio de una manera asfixiante.
—Santi —dijo Kevin, su voz era un susurro metálico—, Joss me mostró los mensajes.
La sonrisa de Santi flaqueó por una fracción de segundo, pero recuperó su fachada de inmediato.
—Ah, ¿sí? Qué bueno que tengan tanta confianza. Solo eran bromas, hombre. Ya sabes cómo soy.
—No son bromas —continuó Kevin, dando un paso más, invadiendo el espacio personal de Santi—. Para ella son ofensas. Y para mí, son una falta de respeto a mi casa y a mi sangre. Te voy a decir esto una sola vez, y espero que tu carrera en este club te importe lo suficiente como para escucharme bien.
Kevin puso una mano en el hombro de Santi, apretando lo justo para que el otro sintiera el dolor, pero sin dejar marca.
—Si vuelves a dirigirle la palabra a mi hermana, si vuelves a mirarla como si fuera un pedazo de carne, o si te acercas a menos de diez metros de ella fuera de lo estrictamente profesional... te voy a destruir. Y no hablo de una pelea a golpes, Santi. Hablo de que me voy a encargar de que cada entrenador, cada directivo y cada patrocinador sepa exactamente la clase de tipo que eres.
Santi tragó saliva. La frialdad en los ojos de Kevin le recordó por qué era el capitán. No era solo por su juego, sino por esa voluntad inquebrantable.
—Oye, Kevin, no es para tanto... —balbuceó Santi, tratando de zafarse del agarre.
—Es para tanto y más —Kevin lo soltó con un empujón seco—. Joss es lo más importante que tengo. Ella no te lo dijo porque es demasiado educada para ponerte en tu lugar, pero yo no tengo ese problema. Aléjate de ella. Ahora.
Santi no dijo nada. Recogió sus cosas y salió del vestidor casi trotando, sin mirar atrás.
Kevin se quedó solo, respirando profundamente para calmar la adrenalina. Sabía que esto no terminaba aquí, pero al menos había marcado la línea. Salió al estacionamiento, donde Brian lo esperaba apoyado en su auto.
—¿Y bien? —preguntó el uruguayo.
—Ya sabe que el juego se acabó —respondió Kevin, subiendo a su coche—. Pero tenemos que estar pendientes, Brian. Tipos como él no cambian, solo se esconden.
Al llegar a casa, Kevin encontró a Joss en el jardín, leyendo un libro bajo la sombra de un árbol. Se veía tranquila, pero él notó cómo se tensaba ligeramente cuando escuchó el sonido de un auto, relajándose solo cuando vio que era él.
—Hola, pequeña —dijo Kevin, sentándose en el césped junto a ella.
—Hola, Kev. ¿Cómo estuvo el entreno?
—Bien. Hablé con Santi —soltó él, sin rodeos.
Joss cerró el libro, con los ojos muy abiertos.
—¿Qué pasó? ¿Te peleaste?
—No. Solo le dejé claro que no estamos jugando. No te va a volver a molestar, Joss. Te lo prometo. Y si lo hace, quiero que me lo digas al segundo. No te guardes esas cosas por protegerme a mí. Mi trabajo es que tú te sientas segura aquí y en cualquier lugar.
Joss sintió que un nudo se deshacía en su garganta. Se inclinó y recostó la cabeza en el hombro de su hermano mayor.
—Gracias, Kevin. De verdad me sentía muy mal. Sentía que si decía algo, iba a arruinar el ambiente de tus amigos.
—Tus sentimientos nunca van a arruinar nada que valga la pena, Joss —Kevin le besó la coronilla—. Si alguien te hace sentir insegura, no es tu amigo ni el mío.
Esa noche, por primera vez en una semana, Joss durmió sin sobresaltos. Santi dejó de enviar mensajes y, en la siguiente reunión en casa de los Álvarez, él no apareció. Brian se encargó de que el resto del equipo supiera que Joss era territorio sagrado, no por ser "la hermana de", sino porque merecía el respeto que cualquier mujer debería tener.
Kevin, por su parte, se mantuvo alerta. Su faceta protectora había evolucionado. Ya no se trataba de controlar a Joss, sino de ser el escudo que ella necesitaba cuando el mundo exterior se volvía demasiado oscuro. Había entendido que Joss no era débil, pero que incluso la mujer más fuerte necesita saber que tiene un hermano dispuesto a mover cielo y tierra para que nadie apague su luz.
Mientras observaba a Joss reírse de una anécdota de Nailea durante la cena, Kevin sintió una satisfacción que ningún gol le había dado nunca. La lealtad a su madre seguía intacta, pero la lealtad a su hermana era lo que realmente definía al hombre en el que se estaba convirtiendo. En el Nido del América, Kevin Álvarez no solo defendía la portería; defendía el honor y la paz de lo que más amaba en la vida.