Company
Sombras tras la Puerta
La lluvia golpeaba con una insistencia melancólica los ventanales de la casa de los Álvarez, creando una cortina de agua que aislaba el mundo exterior. Kevin no estaba. Esa noche, el Club América jugaba un partido amistoso en otra ciudad y él, como capitán, había tenido que viajar con el equipo. Brian también se había ido, dejando a Joss sola en la inmensidad de la casa, con la única compañía del eco de sus propios pasos y el murmullo de la televisión.
Joss se sentía segura. Kevin le había enviado un mensaje antes de subir al avión, recordándole que cerrara todas las puertas y que Nailea pasaría a verla más tarde. Sin embargo, Nailea se había retrasado por un compromiso familiar, y Joss decidió aprovechar la soledad para avanzar en sus proyectos de la universidad. Estaba concentrada frente a su computadora, con una taza de té humeante a su lado, cuando el timbre de la puerta principal rompió el silencio.
Frunció el ceño, consultando el reloj. Eran casi las diez de la noche. Pensando que era Nailea que finalmente había llegado, Joss bajó las escaleras rápidamente, sin mirar por la mirilla.
—¡Ya voy, Nai! Qué bueno que llegas, que esta lluvia me tiene... —Las palabras se murieron en su garganta en cuanto abrió la puerta.
No era Nailea. Apoyado contra el marco de la entrada, con la ropa ligeramente húmeda por la llovizna y una sonrisa que enviaba señales de alarma directamente a su cerebro, estaba Santiago.
—Hola, Joss —dijo él, su voz arrastrada, con un inconfundible rastro de alcohol—. Supe que el capitán no está en casa. Me preguntaba si la princesa necesitaba compañía.
Joss sintió que el corazón le daba un vuelco violento contra las costillas. Trató de cerrar la puerta de inmediato, pero Santi fue más rápido y puso la bota de fútbol entre el umbral y la madera.
—Santiago, vete ahora mismo —dijo ella, tratando de que su voz no temblara—. No tienes nada que hacer aquí. Kevin te lo dejó muy claro.
—Kevin no está aquí, Joss —Santi empujó la puerta con una fuerza que la obligó a retroceder varios pasos—. Y Kevin no es el dueño de tu vida, aunque él crea que sí. Solo vine a terminar la plática que dejamos pendiente.
—No tenemos ninguna plática pendiente —respondió ella, retrocediendo hacia la sala, buscando desesperadamente su teléfono con la mirada. Lo había dejado en la mesa de la cocina—. Sal de mi casa o voy a llamar a la policía.
Santi soltó una carcajada seca y cerró la puerta tras de sí, echando el cerrojo. El sonido del metal encajando se sintió como una sentencia. Sus ojos, nublados por la bebida y algo mucho más oscuro, recorrieron a Joss con una intensidad depredadora.
—No te pongas difícil, muñeca. Solo quiero que admitas que te gusta que te mire. Tu hermano es un exagerado, pero nosotros sabemos que hay una chispa aquí, ¿no? —Él se acercó, acortando la distancia con una lentitud tortuosa.
—¡Estás loco! —gritó Joss, sintiendo el pánico subir por su garganta—. ¡Lárgate! ¡Kevin te va a matar si se entera de esto!
—Kevin está a cientos de kilómetros —Santi la acorraló contra la pared de la sala, poniendo ambos brazos a los lados de su cabeza para impedirle el paso—. Y para cuando regrese, tú y yo ya habremos pasado un buen rato. Vamos, Joss, deja de actuar como la hermanita inocente. Sé que te mueres por saber por qué me dicen que soy el mejor delantero del equipo.
Él se inclinó, buscando su cuello con los labios. Joss sintió el olor a alcohol y el calor de su cuerpo, y una repulsión instintiva la hizo reaccionar. Levantó la mano y le cruzó la cara con una bofetada que resonó en toda la estancia.
El silencio que siguió fue aterrador. Santi se llevó la mano a la mejilla, y su expresión pasó de la lujuria a una furia fría y peligrosa.
—Eso fue un error, Joss —murmuró él, agarrándola de las muñecas con una fuerza que le hizo soltar un gemido de dolor—. No me gusta que me peguen. Me gusta que me pidan más.
La lanzó sobre el sofá y se encimó sobre ella, inmovilizándola con su peso. Joss luchó, pateando y arañando, pero Santi era mucho más fuerte. En medio del forcejeo, el teléfono de Joss empezó a sonar desde la cocina. La luz de la pantalla iluminaba el nombre de "Kevin" en la distancia.
—¡Kevin! —gritó ella con todas sus fuerzas—. ¡Ayuda!
—¡Cállate! —Santi le tapó la boca con la mano, apretando con fuerza—. Nadie te va a oír con esta lluvia.
Justo en ese momento, el sonido de unos neumáticos frenando bruscamente sobre el pavimento mojado se escuchó afuera. Segundos después, un estruendo sacudió la casa. No fue el timbre. Fue el sonido de la puerta trasera de la cocina siendo derribada de una patada.
—¡Joss! —El grito de Brian desgarró el aire.
Santi se congeló. No tuvo tiempo de reaccionar antes de que una mano lo tomara por el cuello de la camisa y lo levantara del sofá como si no pesara nada. Brian, con el rostro desfigurado por la rabia y la lluvia chorreando de su cabello rubio, lo lanzó contra la mesa de centro, que se hizo añicos bajo el impacto.
Kevin entró justo detrás de él, con los ojos inyectados en sangre. Había regresado antes; el vuelo se había adelantado por mal tiempo y Brian lo había pasado a buscar al aeropuerto. Habían llegado justo a tiempo para escuchar el grito de Joss desde el jardín.
—¡No, Kevin, por favor! —gritó Joss, corriendo hacia su hermano y abrazándose a su cintura para detenerlo.
Kevin no escuchaba. Se abalanzó sobre Santi, que intentaba levantarse entre los cristales rotos. El primer golpe fue seco, directo a la mandíbula. El segundo le abrió la ceja.
—¡Te dije que no la tocaras! —rugió Kevin, levantando a Santi para estrellarlo contra la pared—. ¡Te dije que te destruiría!
—¡Kevin, lo vas a matar! —exclamó Nailea, que acababa de entrar por la puerta destrozada, horrorizada por la escena.
Brian se interpuso entre Kevin y un Santi ya medio inconsciente, poniendo las manos en el pecho de su mejor amigo.
—¡Basta, Kev! —gritó Brian—. ¡Ya está! Si sigues, tú vas a ser el que termine en la cárcel y ella te necesita ahora. ¡Mírala!
Kevin se detuvo, con el puño en alto y la respiración agitada como la de un animal herido. Miró hacia atrás y vio a Joss temblando, llorando desconsoladamente mientras Nailea intentaba cubrirla con una manta. La imagen de su hermana rota por el miedo fue lo único que logró apagar el fuego de su furia asesina.
Kevin soltó a Santi, quien cayó al suelo como un fardo de ropa vieja.
—Llama a la policía, Brian —dijo Kevin, su voz temblando por la adrenalina contenida—. Y llama al club. Quiero a este tipo fuera de mi vista y fuera de mi equipo hoy mismo.
Brian asintió, sacando su teléfono mientras mantenía un pie sobre el pecho de Santi para asegurarse de que no se moviera. Kevin caminó hacia Joss y la tomó en sus brazos, cargándola como si fuera de cristal. La llevó escaleras arriba, lejos de la carnicería en la que se había convertido su sala.
Una vez en la habitación de Joss, Kevin la sentó en la cama y se arrodilló frente a ella, tomándole las manos.
—Perdóname, Joss —susurró él, con lágrimas asomando finalmente en sus ojos—. Te dejé sola. Te fallé. Le prometí a mamá que te cuidaría y permití que este animal entrara en nuestra casa.
Joss negó con la cabeza, sollozando, y se refugió en el cuello de su hermano.
—No fue tu culpa, Kev... él entró a la fuerza... yo tenía tanto miedo...
—Ya pasó, pequeña —la arrulló Kevin, balanceándola suavemente—. Ya pasó. Te juro por mi vida que nunca más volverá a acercarse a ti. Ni él, ni nadie.
Abajo, el sonido de las sirenas de la policía empezó a mezclarse con el de la lluvia. Nailea subió poco después con un té caliente, quedándose en silencio junto a la puerta, viendo cómo los dos hermanos se aferraban el uno al otro.
Esa noche, la casa de los Álvarez no durmió. Los directivos del club llegaron poco después de la policía, horrorizados por lo sucedido. Santiago fue sacado de la casa esposado, con el rostro cubierto de sangre y la carrera profesional terminada antes de haber empezado realmente. El escándalo sería inmenso, pero a Kevin no le importaba nada que no fuera el bienestar de la chica que dormitaba ahora en su regazo, agotada por el trauma.
Brian subió a la habitación un par de horas después. Se sentó en el suelo, junto a la cama, mirando a Kevin.
—¿Cómo está? —preguntó en voz baja.
—Asustada —respondió Kevin, sin soltar la mano de Joss—. Gracias, Brian. Si no hubieras insistido en que pasáramos por la casa antes de ir a cenar...
—No tienes nada que agradecer, hermano —Brian miró a Joss con una mezcla de amor y dolor—. Ella es todo para mí también.
Kevin miró a su mejor amigo y, por primera vez, no sintió celos ni deseos de protegerla de él. Vio en los ojos de Brian el mismo fuego defensivo que él sentía.
—Cuídala, Brian —dijo Kevin seriamente—. Cuando yo no pueda estar, cuando mi terquedad nos aleje... cuídala como si fuera tu vida. Porque hoy me di cuenta de que no puedo hacerlo solo.
Brian asintió, poniendo una mano sobre el hombro de Kevin.
—Lo haré. Siempre.
La mañana siguiente trajo un sol pálido que intentaba secar los estragos de la tormenta. La puerta de la casa fue reparada, pero las cicatrices emocionales tardarían más en sanar. Sin embargo, algo había cambiado profundamente en la dinámica de los Álvarez.
Kevin ya no vigilaba a Joss desde la desconfianza, sino desde un amor más maduro. Entendió que su promesa a su madre no era ser un muro que la aislara del mundo, sino ser el cimiento que la sostuviera cuando el mundo intentara derribarla.
Joss, por su parte, encontró en su hermano no a un carcelero, sino a su más grande aliado. Y en Brian, encontró el refugio que le permitía volver a sonreír a pesar del miedo.
Semanas después, en el Estadio Azteca, Kevin salió al campo liderando al equipo. En las gradas, Joss estaba sentada junto a Nailea, luciendo la camiseta con el número de su hermano. Cuando Kevin anotó un gol de cabeza y corrió hacia la banda para dedicarlo, buscó la mirada de Joss y le lanzó un beso, señalándola ante miles de personas.
Era un mensaje para el mundo: los Álvarez estaban de pie. El Nido estaba protegido. Y mientras ellos estuvieran juntos, no habría sombra lo suficientemente larga como para apagar la luz de su familia. La lealtad, el amor y la sangre habían triunfado sobre la oscuridad, y Kevin Álvarez, el capitán, finalmente entendió que su mayor victoria no estaba en la cancha, sino en la paz que veía en los ojos cafés de su hermana pequeña.