Volver al resumen

Company

Entre Promesas y Pecados

El despertador de Atenea sonó a las siete de la mañana, pero ella ya llevaba tiempo despierta, observando cómo la luz del alba teñía de gris las paredes de su habitación. La noche anterior había sido un ejercicio de equilibrismo emocional que la había dejado exhausta. Cada vez que cerraba los ojos, veía la mirada protectora de Kevin y, acto seguido, sentía el roce prohibido de los dedos de Brian. Era una dualidad que empezaba a rasgarle el alma.

Escuchó los pasos pesados de su hermano en el pasillo. Kevin siempre era el primero en levantarse cuando tenía entrenamiento o sesión de recuperación. Atenea se quedó inmóvil bajo las sábanas, escuchando el sonido del agua de la ducha y, más tarde, el tintineo de las llaves en la planta baja.

—¡Ate, ya me voy! —gritó Kevin desde el pie de la escalera—. ¡Hay fruta en el refri, no te vayas sin desayunar!

—¡Suerte, Kev! —respondió ella, tratando de que su voz sonara lo suficientemente somnolienta para no levantar sospechas.

Escuchó el motor del coche alejarse y, en ese instante, el silencio de la casa se volvió denso, casi eléctrico. Sabía que Brian no tardaría mucho. Él conocía perfectamente el horario de Kevin; después de todo, se suponía que él también debería estar en el club en un par de horas, pero como hoy solo tenían sesión de gimnasio opcional para los que jugaron más minutos, Brian había usado la excusa de "quedarse a descansar un poco más" para ganar tiempo.

Veinte minutos después, un mensaje iluminó su pantalla: "Estoy a la vuelta. Abre la puerta de atrás".

Atenea se levantó de un salto, se puso una sudadera de Kevin que le quedaba gigante —un recordatorio irónico de a quién estaba traicionando— y bajó las escaleras casi sin tocar los peldaños. Abrió la puerta de la cocina que daba al jardín trasero y, antes de que pudiera procesar nada, Brian ya estaba allí, deslizándose hacia el interior con la agilidad de quien ha hecho esto más veces de las que debería admitir.

En cuanto la puerta se cerró, Brian la acorraló contra la pared de madera de la alacena. No hubo palabras, solo un beso urgente, cargado de la frustración de haber tenido que fingir indiferencia durante toda la cena anterior. Sus manos, frías por el aire de la mañana, se colaron bajo la sudadera de Atenea, buscando el calor de su piel.

—Me vas a volver loco, Atenea —susurró él contra sus labios, deteniéndose apenas un segundo para recuperar el aliento—. Verte ahí sentada, tan cerca y tan lejos a la vez... fue una tortura.

—Tú fuiste el que aceptó la invitación de Kevin —respondió ella con una sonrisa traviesa, aunque su corazón martilleaba con fuerza—. Podrías haber dicho que tenías otros planes.

—¿Y perderme la oportunidad de verte con ese vestido? Ni muerto —Brian la besó de nuevo, esta vez con más ternura, recorriendo su mandíbula hasta llegar a su oreja—. Te juro que cuando Kevin te puso el brazo por encima, estuve a punto de decir una estupidez.

Atenea se tensó ligeramente ante la mención de su hermano. Se separó un poco, lo justo para mirar a Brian a esos ojos claros que siempre parecían leerle el pensamiento.

—Él confía en ti, Brian. Más que en nadie en el equipo. A veces siento que si se entera, no solo me va a odiar a mí, sino que se le va a romper algo por dentro.

Brian suspiró, dejando caer la frente sobre el hombro de Atenea. El peso de la culpa también lo alcanzaba a él, aunque intentara disfrazarlo con su actitud de "Rayo" despreocupado.

—Lo sé. Kevin es mi hermano por elección. Pero no puedo evitar lo que siento por ti. No es un capricho, Ate. Si fuera solo algo pasajero, ya me habría ido hace mucho para no arriesgar mi amistad con él.

—¿Entonces qué somos? —preguntó ella en un susurro, una pregunta que llevaba meses quemándole la garganta.

Brian se enderezó y la tomó de las mejillas con ambas manos, obligándola a sostenerle la mirada.

—Somos lo más real que tengo ahora mismo. Y aunque tengamos que escondernos como si estuviéramos cometiendo un crimen, no me arrepiento de nada. Solo... dame tiempo para encontrar la forma de decírselo sin que nos mate a los dos.

Atenea asintió, aunque sabía que ese "momento ideal" probablemente no existía. Se alejaron de la pared y ella comenzó a preparar un café, tratando de normalizar la situación, aunque tener a Brian Rodríguez sentado en la mesa de su cocina mientras su hermano entrenaba era cualquier cosa menos normal.

—Nailea sospecha algo —soltó Atenea de repente, mientras servía el agua caliente.

Brian, que estaba jugando con un azucarero, se congeló.

—¿Por qué lo dices?

—Anoche, cuando volvimos del baño, me miró de una forma extraña. Ella me conoce desde los diez años, Brian. Sabe cuándo estoy ocultando algo. Y sabe que mi "estrés por los exámenes" no suele ponerme la cara tan roja cuando tú hablas.

—Nai es inteligente, pero también quiere mucho a Kevin —reflexionó Brian—. Si sospechara algo real, ya se lo habría dicho o te habría acorralado para que soltaras la sopa.

—Quizás solo está esperando a estar segura. Es mi mejor amiga, pero su lealtad está con Kevin. Son novios, se cuentan todo.

—Pues tendremos que ser más cuidadosos —dijo él, levantándose para rodearla por la cintura desde atrás mientras ella terminaba el café—. Especialmente el viernes en el estadio. Kevin quiere que vayas.

—Iré. Estaré en el palco con ella.

—Búscame cuando anote —le pidió él al oído, provocándole un escalofrío—. El festejo será para ti, aunque el mundo piense que es para la tribuna.

Pasaron una hora más así, entre besos robados en la cocina y conversaciones a medias sobre el futuro. Para Atenea, esos momentos eran como oasis en medio de un desierto de mentiras. Pero el reloj no perdonaba.

—Tienes que irte —dijo ella con pesar, mirando la hora en el horno—. Si llegas tarde al club, Kevin te va a preguntar por qué y no eres tan buen mentiroso como crees.

—Soy excelente mentiroso, por algo sigo vivo —bromeó él, aunque se puso la chaqueta—. Te veo luego, ¿sí? Envíame un mensaje cuando estés sola.

Brian salió por la misma puerta trasera, desapareciendo entre los arbustos del jardín para salir por la calle lateral. Atenea se quedó mirando el espacio vacío que él había dejado, sintiendo que la casa, de repente, se sentía demasiado grande y demasiado silenciosa.

Limpió las dos tazas de café con una meticulosidad casi obsesiva, asegurándose de que no quedara ni una mota de rastro. No podía permitirse ni un error. Justo cuando terminaba de secar la mesa, su teléfono vibró sobre el mármol. Era una videollamada de Nailea.

Atenea sintió un vuelco en el estómago. Respiró hondo, se pasó las manos por el cabello para aplacarlo y contestó.

—¡Hola, Nai! ¿Qué pasa?

La imagen de Nailea apareció en pantalla; estaba en el gimnasio, con el cabello recogido en una coleta alta y el rostro ligeramente sudado.

—¡Ate! Nada, solo quería saber si te sentías mejor. Anoche te fuiste a dormir muy rápido y me quedé con el pendiente.

—Sí, mucho mejor. Solo necesitaba descansar. Ya sabes que el café tarde me pone fatal —repitió la mentira de la noche anterior, sintiendo cómo la palabra "café" le recordaba al que acababa de compartir con Brian.

Nailea entrecerró los ojos frente a la cámara, una expresión que Atenea conocía demasiado bien.

—Te ves... diferente hoy. Tienes un brillo raro en los ojos. ¿Segura que solo fue descanso o hay algo que no me estás contando?

Atenea forzó una carcajada, esperando que sonara natural.

—Es el brillo de la libertad porque ya terminé mi ensayo de historia, boba. No empieces con tus teorías conspirativas.

—Mmm, está bien, te creeré por ahora —dijo Nailea, aunque su tono no era del todo convencido—. Oye, Kevin me dijo que Brian no llegó al gimnasio a tiempo hoy. Dijo que se quedó dormido. ¿No te parece raro? Él nunca llega tarde a las sesiones de recuperación.

El corazón de Atenea dejó de latir por un microsegundo.

—No sé, Nai. Tal vez estaba muy cansado. Ya sabes que corrió como loco el partido pasado.

—Supongo. En fin, te dejo que voy a mi clase de yoga. ¡No te olvides de lo del viernes! Kevin está muy emocionado de que vayas a verlo. Dice que eres su amuleto.

—Ahí estaré. Un beso, Nai.

Al colgar, Atenea se dejó caer en una de las sillas de la cocina. El cerco se estaba cerrando. Kevin notaba las ausencias de Brian, y Nailea notaba sus cambios de humor. La promesa de Kevin a su madre resonaba en su cabeza como un eco distante: "La cuidaré con mi vida".

¿Cómo explicarle a su hermano que el peligro no venía de un extraño, sino de su mejor amigo? ¿Cómo decirle que el hombre que juró protegerla era el mismo que la hacía romper todas las reglas?

Decidió que no podía quedarse en casa dándole vueltas al asunto. Necesitaba aire. Se cambió de ropa, se puso unos jeans y una playera sencilla, y salió a caminar por el fraccionamiento. Sin embargo, el destino parecía querer poner a prueba sus nervios. Al llegar a la esquina de la calle principal, vio la camioneta de Kevin regresando.

"¿Qué hace aquí? Debería estar en Coapa", pensó con pánico.

Se detuvo en la acera y esperó a que el vehículo se detuviera frente a ella. Kevin bajó la ventanilla, luciendo visiblemente molesto.

—¿A dónde vas, enana? —preguntó él. Su tono no era agresivo, pero sí cargado de una tensión inusual.

—A caminar un poco, me dolía la cabeza de tanto estar encerrada. ¿Tú qué haces aquí tan temprano?

Kevin suspiró y golpeó el volante con suavidad.

—El entrenamiento se canceló a la mitad. Hubo una junta de emergencia con la directiva y nos mandaron a casa. Además... —Kevin hizo una pausa, mirando hacia su casa y luego de vuelta a ella—. Brian no apareció. No contesta el celular y no estaba en su departamento cuando pasé a buscarlo.

Atenea sintió que el frío le recorría la espalda.

—¿Quizás se quedó sin batería? —aventuró ella, tratando de mantener la voz estable.

—No lo sé, Ate. No es propio de él. Brian es un desastre para muchas cosas, pero con el club es impecable. Me preocupa que le haya pasado algo. O que ande metido en algo que no me quiere decir.

Kevin bajó del coche y se acercó a ella, poniendo una mano sobre su hombro. Sus ojos castaños buscaban consuelo en los de su hermana.

—Últimamente lo siento distante. Como si me ocultara algo gordo. Y tú también has estado rara. ¿Seguro que no saben algo que yo no?

Atenea sintió el peso de la mano de su hermano. Era una mano que la había levantado cuando se caía de la bicicleta, una mano que había firmado sus boletas escolares cuando su madre no podía, una mano que daría todo por ella. La culpa la golpeó con la fuerza de un camión.

—No, Kev. No sé nada. Brian y yo casi ni hablamos, ya sabes que siempre que está aquí es para estar contigo.

Kevin la miró intensamente por unos segundos, como si buscara una grieta en su armadura. Finalmente, relajó la expresión y le dio un apretón cariñoso en el hombro.

—Tienes razón. Perdona, estoy paranoico con lo del partido del viernes. Vamos adentro, te prepararé algo de comer. Necesito distraerme antes de que me vuelva loco pensando en el Rayo.

Caminaron juntos hacia la casa. Atenea sentía que cada paso era una traición. Al entrar, vio sobre la encimera de la cocina algo que le heló la sangre: una pequeña liga para el cabello, de color rosa, que ella se había quitado mientras desayunaba con Brian. Estaba ahí, a plena vista, justo al lado de donde Kevin solía dejar sus llaves.

—Adelántate, voy al baño —dijo ella rápidamente, interceptando el camino de Kevin hacia la cocina.

—Vale, no tardes.

Atenea corrió hacia la liga, la guardó en su bolsillo y respiró hondo. El corazón le latía tan fuerte que temía que Kevin pudiera escucharlo desde el salón. Se miró en el espejo del pasillo y vio a una extraña. Ya no era solo la hermana pequeña de Kevin Álvarez; era una mujer viviendo una vida doble, atrapada entre el amor más puro y la lealtad más sagrada.

Esa tarde, mientras Kevin veía repeticiones de partidos en la sala, Atenea recibió un mensaje de Brian.

"Perdón por lo de hoy. Kevin me llamó mil veces. Le dije que tuve un problema con la tubería del depa y me quedé sin señal. ¿Estás bien?"

Atenea miró a su hermano, que en ese momento gritaba un gol en la televisión, ajeno a que el autor de ese gol le estaba enviando mensajes a su hermana a escondidas.

"Casi nos atrapa, Brian. Esto se está saliendo de control", respondió ella.

La respuesta de Brian fue inmediata: "Lo sé. Pero no voy a soltarte. El viernes, después del partido, tenemos que hablar en serio. Ya no quiero esconderme más, Atenea. Pase lo que pase".

Atenea dejó el teléfono sobre la cama y se cubrió la cara con las manos. El viernes no solo sería un partido de fútbol. Sería el día en que su mundo, tal como lo conocía, podría desmoronarse por completo. Porque en el Club América, las pasiones se viven al límite, pero en la familia Álvarez, la lealtad lo era todo. Y ella estaba a punto de poner a prueba el límite de ambas.

—¡Ate, baja! ¡Están pasando la entrevista de Brian! —gritó Kevin desde abajo, con orgullo en la voz.

Atenea se levantó, se tragó el nudo en la garganta y bajó las escaleras. Tenía que seguir actuando. Tenía que seguir siendo la hermana perfecta, mientras en su interior, el fuego de Brian Rodríguez lo consumía todo. El juego secreto continuaba, pero el silbatazo final estaba cada vez más cerca.