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El Filo de la Navaja
El viernes llegó con una atmósfera cargada de una electricidad que Atenea podía sentir en la punta de los dedos. El Estadio Azteca, imponente y vibrante, se alzaba bajo el cielo de la Ciudad de México como un coliseo donde no solo se jugaba un liderato, sino, para ella, el destino de su propia paz mental.
Kevin se había ido desde temprano a la concentración, dándole un abrazo tan fuerte que casi le saca el aire. «Hoy es por la familia, enana», le había susurrado. Esas palabras seguían martilleando en su cabeza mientras Nailea estacionaba su coche en el área exclusiva del estadio.
—¿Estás lista para perder la voz gritando? —preguntó Nailea, retocándose el labial rojo frente al espejo retrovisor—. Kevin dice que el vestidor está más unido que nunca. Brian y él andan imparables.
Atenea forzó una sonrisa, acomodándose la playera del equipo que llevaba el número de su hermano en la espalda, aunque en su interior, el nombre que gritaba su sangre era otro.
—Siempre estoy lista, Nai. Solo espero que no sea un partido demasiado cardiaco.
—Con esos dos en la cancha, siempre lo es —rio Nailea, bajando del auto con esa seguridad que a Atenea tanto le envidiaba—. Vamos, que el palco nos espera.
Caminar por los pasillos del Azteca siempre le había dado una sensación de pertenencia, pero hoy se sentía como una intrusa. Cada vez que se cruzaba con algún empleado del club o con otros familiares, sentía que su secreto estaba escrito en su frente con letras fluorescentes.
Al llegar al palco, el rugido de la afición ya se escuchaba como un trueno lejano. Atenea se sentó en la primera fila, apretando su bolso contra su regazo. Sus ojos, casi por instinto, buscaron el túnel de salida. Cuando los equipos saltaron a la cancha, el corazón le dio un vuelco. Ahí estaba Kevin, saltando, liderando con esa energía castaña que lo caracterizaba. Y justo detrás, con el cabello rubio brillando bajo los reflectores y esa zancada elegante, estaba Brian.
—¡Mira a tu hermano, se ve concentradísimo! —exclamó Nailea, señalando hacia el campo—. Y Brian... vaya, parece que hoy tiene ganas de comerse el mundo. Mira cómo calienta.
Atenea no respondió. Solo observó cómo Brian, en un movimiento que pareció casual para los miles de espectadores pero que para ella fue un mensaje directo, se llevó la mano al pecho y miró hacia la zona de los palcos. Sus ojos se encontraron por una fracción de segundo. Fue un contacto fugaz, una chispa en medio del caos, suficiente para que a ella se le olvidara cómo respirar.
El partido comenzó con una intensidad asfixiante. Kevin era una muralla en la banda, barriéndose con una determinación que hacía que la grada coreara su nombre. Atenea sentía orgullo, un orgullo genuino que se mezclaba con la amargura de la traición. Cada vez que Kevin robaba un balón y buscaba a Brian para iniciar el contragolpe, ella sentía que estaba viendo la representación física de una amistad perfecta que ella estaba ayudando a destruir.
—¡Eso es, Kevin! —gritaba Nailea a su lado—. ¡Dale, Rayo! ¡Corre!
En el minuto treinta y cinco, el estadio estalló. Kevin recuperó un balón en el borde de su propia área y mandó un trazo largo, preciso, casi quirúrgico. Brian recibió de pecho, bajó el balón con una suavidad insultante y dejó atrás a dos defensas con un quiebro que solo él podía ejecutar. Frente al portero, no perdonó. El balón besó la red y el Azteca se convirtió en un manicomio.
Brian no corrió hacia el banderín de córner, ni se tiró al suelo. Corrió directamente hacia la banda donde estaba Kevin, quien lo levantó en vilo celebrando el gol. Era la imagen de la fraternidad. Sin embargo, cuando Kevin lo soltó, Brian se giró hacia la tribuna principal, buscó el palco de las familias y, discretamente, formó una "A" con sus dedos antes de besar su muñeca.
—¿Viste eso? —preguntó Nailea, frunciendo el ceño mientras aplaudía—. ¿Para quién habrá sido esa dedicatoria? ¿Atenea?
Atenea sintió que la sangre se le escapaba del rostro. Se aclaró la garganta, tratando de parecer indiferente.
—No sé... tal vez para alguien de su familia. O alguna de sus conquistas, ya sabes cómo es Brian.
—Mmm, no sé yo —comentó Nailea, sin apartar la vista del campo—. Brian ha estado muy tranquilo últimamente. No se le ha visto con nadie. Kevin dice que se la pasa encerrado "estudiando jugadas", pero yo creo que hay algo más.
El resto del partido fue un borrón para Atenea. El América ganó dos a cero, con una actuación estelar de la dupla Álvarez-Rodríguez. Al terminar el encuentro, la euforia en el palco era total, pero Atenea solo podía pensar en el mensaje de Brian: «Tenemos que hablar en serio».
Bajaron a la zona de vestidores, donde los familiares esperaban a los jugadores. El pasillo estaba lleno de cámaras, periodistas y risas. Kevin salió primero, con el cabello empapado de sudor y una sonrisa que le partía la cara.
—¡Enana! ¿Viste ese pase? —Kevin la cargó, dándole vueltas en el aire—. ¡Te dije que eras mi amuleto!
—Estuviste increíble, Kev —dijo ella, abrazándolo con una fuerza que nacía de la culpa—. De verdad, eres el mejor.
—Y el Rayo... uf, qué golazo se mandó —Kevin se giró hacia la puerta del vestidor justo cuando Brian salía—. ¡Vení acá, uruguayo!
Brian se acercó, con la maleta al hombro y una expresión más seria de lo habitual. Saludó a Nailea con un beso en la mejilla y luego se detuvo frente a Atenea. La tensión entre ellos era casi tangible, un hilo invisible que amenazaba con romperse frente a todos.
—Felicidades, Brian —dijo ella, manteniendo la distancia formal—. Buen gol.
—Gracias, Atenea. El pase de tu hermano me la dejó servida —respondió él, pero sus ojos decían mucho más.
—Oigan, vamos a celebrar —propuso Kevin, pasando un brazo sobre los hombros de Brian y el otro sobre los de Atenea—. Invito yo. Vamos a ese lugar de mariscos que nos gusta.
—Kev, yo... —Atenea intentó intervenir, pero Brian se le adelantó.
—Hermano, me encantaría, pero tengo que pasar por el departamento primero. Tengo una fuga de agua que no han terminado de arreglar y el plomero queda de ir hoy tarde —mintió Brian con una fluidez que asustó a Atenea—. Vayan ustedes, yo les caigo más tarde si termino temprano.
Kevin arrugó el entrecejo, claramente decepcionado.
—¿Otra vez la tubería? Rayo, te vas a inundar un día de estos. Está bien, ve. Pero no te pierdas, que hoy hay que festejar.
—Prometido —dijo Brian. Antes de irse, su mirada se clavó en la de Atenea por un segundo extra—. Nos vemos luego.
Atenea pasó las siguientes dos horas en el restaurante sintiéndose como un fantasma. La conversación de Kevin y Nailea sobre el partido, los fichajes y los planes de vacaciones le llegaba como un eco lejano. Su teléfono vibró en su bolsillo: «Estoy afuera de tu casa. Apúrate».
—Kev, me siento un poco mal —dijo ella de repente, dejando el tenedor—. Creo que tanta emoción y el sol del estadio me dieron migraña. ¿Te importa si me voy a casa en un taxi?
Kevin dejó de reír y puso una mano en su frente, preocupado.
—Estás un poco pálida, de verdad. No, ¿qué taxi? Yo te llevo.
—¡No! —exclamó ella, demasiado rápido—. No, de verdad. Quédate con Nai, apenas les trajeron la comida. No quiero arruinarles la cena. Un taxi me deja en diez minutos, solo necesito oscuridad y una pastilla.
Kevin dudó, pero Nailea intervino.
—Déjala, amor. Sabes que cuando le da migraña se pone de malas si la atosigan. Yo le pido el transporte seguro desde mi app y le aviso a tu mamá que ya va para allá.
—Está bien —cedió Kevin, dándole un beso en la mejilla a su hermana—. Llámame en cuanto llegues, ¿sí? Si necesitas algo, dejo todo y voy.
—Lo haré, Kev. Gracias.
Atenea salió del restaurante sintiendo que apenas podía sostenerse sobre sus propias piernas. El taxi la dejó a una cuadra de su casa y, al caminar hacia la entrada, vio el coche de Brian estacionado en la penumbra, bajo la sombra de un gran fresno.
Se subió al asiento del copiloto sin decir una palabra. Brian arrancó el motor y condujo hacia un mirador apartado, lejos de las zonas que frecuentaban sus amigos. El silencio en el auto era pesado, cargado de una decisión que cambiaría sus vidas.
Cuando finalmente se detuvieron frente a la ciudad iluminada, Brian apagó las luces pero dejó el motor encendido.
—No podemos seguir así, Atenea —dijo él, rompiendo el silencio. Su voz sonaba ronca, cansada—. Hoy, cuando hice la señal del gol, casi me quiebro. Quería gritarle a todo el estadio que era para ti. Quería correr al palco y besarte frente a las cámaras.
—Brian, sabes lo que eso significaría —susurró ella, mirando por la ventana—. Kevin me prometió cuidarme. Él cree que soy su responsabilidad. Si se entera de que su mejor amigo, la persona en la que más confía en el vestidor, me está...
—¿Te está qué? ¿Amando? —Brian la obligó a girarse hacia él—. Porque eso es lo que hago, Atenea. Te amo. Y no es justo para ti, ni para él, ni para mí, vivir entre sombras. Kevin es un hombre de honor, se va a enojar, sí. Tal vez me quiera romper la cara. Pero prefiero su puño en mi cara que su mirada de decepción cuando se entere por alguien más.
—Nailea sospecha —dijo ella, con la voz quebrada—. Hoy en el palco casi me descubre. Brian, si ellos se enteran por accidente, no habrá vuelta atrás. Perderé a mi hermano.
—No lo vas a perder —aseguró él, tomando sus manos—. Kevin te adora. Le va a costar, pero lo entenderá. Pero tenemos que ser nosotros quienes se lo digan. Mañana. Mañana después del entrenamiento, voy a ir a tu casa y vamos a hablar con él. Los tres.
Atenea sintió un frío glacial recorrerle la espina dorsal.
—¿Estás loco? Mañana tienen comida con el equipo.
—No me importa el equipo —sentenció Brian—. Me importas tú. Ya no quiero que finjas que no me conoces cuando pasas por el club. No quiero que Kevin me cuente cosas de ti como si yo fuera un extraño.
—Tengo miedo, Brian —admitió ella, dejando que las primeras lágrimas rodaran por sus mejillas—. Kevin es todo lo que tengo. Desde que papá no está, él ha sido mi mundo. Si lo traiciono...
Brian la atrajo hacia sí, envolviéndola en un abrazo protector. El olor a su perfume, mezclado con el aroma del jabón del vestidor, la inundó.
—No lo estás traicionando por odio, sino por amor. Y si él es el hombre que yo creo que es, al final entenderá que nadie te va a cuidar mejor que yo. Porque yo también daría la vida por ti, Atenea.
Se quedaron así, abrazados en la oscuridad del auto, mientras la ciudad brillaba ajena al drama que se gestaba en ese pequeño espacio. Brian la besó con una desesperación que ella correspondió, sabiendo que quizás esos eran los últimos momentos de calma antes de la tormenta.
—Mañana —susurró Brian contra sus labios.
—Mañana —aceptó ella, aunque sentía que estaba firmando su propia sentencia.
Brian la dejó en la esquina de su casa media hora después. Atenea entró con sigilo, esperando encontrar la casa a oscuras, pero las luces de la sala estaban encendidas. Su corazón dio un vuelco.
Kevin estaba sentado en el sofá, con una cerveza a medio terminar en la mano y la mirada perdida en la chimenea apagada. No se veía enojado, se veía... pensativo.
—¿Kev? Pensé que te quedarías más tiempo con Nai —dijo ella, tratando de controlar el temblor de sus manos.
Kevin se giró lentamente. Sus ojos castaños, siempre brillantes, estaban nublados por una duda que Atenea nunca había visto en ellos.
—No podía dejar de pensar en lo que me dijo Nailea en el restaurante —dijo él con voz pausada—. Me dijo que Brian ha estado actuando raro. Que hoy en el estadio hizo una dedicatoria que no tenía sentido.
Atenea se quedó petrificada en el umbral de la puerta.
—¿Y eso qué tiene que ver conmigo? —logró decir, aunque sentía que las rodillas le iban a fallar.
Kevin se levantó, caminó hacia ella y se detuvo a pocos centímetros. El silencio en la casa era absoluto, solo interrumpido por el tic-tac del reloj de pared.
—Atenea, hoy cuando te fuiste, encontré esto en el asiento de atrás de mi camioneta —Kevin abrió la mano, revelando un pequeño dije de plata en forma de rayo que Brian siempre llevaba en su mochila y que Atenea le había guardado el día anterior—. Brian me dijo que lo había perdido en el vestidor hace una semana. ¿Cómo llegó al asiento trasero donde tú siempre te sientas?
Atenea sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies. Intentó buscar una excusa, una mentira más en la larga lista de engaños, pero la mirada de Kevin era tan pura, tan llena de una dolorosa realización, que las palabras se le atascaron en la garganta.
—Kevin, yo...
—Dime que no es lo que estoy pensando —suplicó Kevin, y por primera vez en su vida, Atenea escuchó la voz de su hermano quebrarse—. Dime que mi mejor amigo no está rompiendo la única promesa que le hice a nuestra madre. Dime que no es él, Atenea.
El silencio de ella fue la respuesta más ruidosa del mundo. Kevin retrocedió como si hubiera recibido un golpe físico, su rostro transformándose de la incredulidad a una furia fría y cortante que Atenea nunca le había visto.
—Kevin, por favor, déjame explicarte...
—¿Explicarme qué? —rugió él, golpeando la pared con el puño—. ¿Cómo me vieron la cara de idiota? ¿Cómo se burlaron de mí en mi propia casa? ¡Le abrí las puertas de mi vida, Atenea! ¡Era mi hermano!
—¡Y lo sigue siendo! —gritó ella, estallando en llanto—. ¡Él me quiere, Kevin! ¡No fue algo planeado, simplemente pasó!
Kevin soltó una carcajada amarga, una que no contenía pizca de alegría.
—"Simplemente pasó". Qué fácil suena. Mi hermana de dieciocho años y el tipo que se supone que debía cuidarla conmigo. ¡Él sabía lo que ella significaba para mí! ¡Él sabía la promesa que hice!
Kevin tomó las llaves de su coche de la mesa de la entrada con un movimiento violento.
—¿A dónde vas? —preguntó ella, aterrorizada.
—A buscar al "Rayo" —dijo Kevin con una voz que helaba la sangre—. A que me diga a la cara lo que no tuvo el valor de decirme como hombre.
—¡No, Kevin! ¡Espera! —Atenea intentó detenerlo, pero él ya estaba abriendo la puerta principal.
—Quédate aquí, Atenea —sentenció él, sin mirarla—. Esto es entre él y yo. Y reza para que tenga una muy buena explicación, porque en este momento, para mí, Brian Rodríguez dejó de existir.
La puerta se cerró con un estruendo que pareció sacudir los cimientos de la casa. Atenea se desplomó en el suelo, sollozando, mientras escuchaba el motor del coche de Kevin rugir al alejarse. El secreto había estallado antes de tiempo, y la protección que Kevin siempre le había brindado se había convertido, de repente, en el arma que amenazaba con destruirlo todo.
La noche era joven, pero para la familia Álvarez, la oscuridad apenas comenzaba. En Coapa, en el Azteca y en sus corazones, nada volvería a ser igual. El juego había terminado, y las consecuencias apenas empezaban a cobrarse.