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Company

Cicatrices bajo el mismo cielo

El eco de las maletas rodando por el pasillo del nuevo edificio se sentía como el sonido de una tregua a medias. Atenea no había regresado a la casa de los Álvarez, esa estructura de paredes blancas y recuerdos cálidos que ahora le resultaba asfixiante. En su lugar, había alquilado un pequeño departamento en la colonia Roma, un espacio con techos altos y ventanales que daban a una calle llena de jacarandas. Era su refugio, su pedazo de libertad, pero también el recordatorio físico de que el cordón umbilical con su hermano se había cortado de la manera más dolorosa posible.

Kevin le había dicho que su habitación seguía intacta, pero Atenea sabía que, si cruzaba ese umbral, el peso de la decepción de su hermano la aplastaría. Prefirió la soledad de sus paredes nuevas a la mirada gélida de quien solía ser su héroe.

El timbre sonó tres veces rápidas. Atenea no necesitó mirar por el intercomunicador para saber quién era. Solo una persona llamaba con esa insistencia rítmica.

— ¡Ate! ¡Abre ya, que traigo mil cosas y me pesan los brazos! —la voz de Nailea llegó desde el otro lado de la madera, amortiguada pero inconfundiblemente vibrante.

Atenea abrió la puerta y, en un segundo, su mejor amiga entró como un torbellino, cargada con dos bolsas de supermercado y un ramo de flores amarillas que desentonaba con la palidez del rostro de Atenea.

— Santo cielo, niña, necesitas un poco de sol y unos tres tacos de pastor —dijo Nailea, dejando las bolsas sobre la barra de la cocina—. Este lugar está lindo, pero le falta... no sé, alma. O comida. Definitivamente le falta comida.

Atenea intentó sonreír, pero el gesto se quedó a mitad de camino, convirtiéndose en una mueca temblorosa. Se acercó a la barra y comenzó a sacar mecánicamente los víveres que Nailea había traído.

— Gracias por venir, Nai. De verdad. Monterrey fue... difícil.

Nailea se detuvo, dejando un cartón de leche a medio camino, y clavó sus ojos en los de su amiga. La alegría fingida desapareció de su rostro, reemplazada por una ternura infinita.

— ¿Cómo estás, Atenea? Y no me digas "bien", porque te conozco desde que usabas brackets y sé que ese brillo en tus ojos no es de felicidad.

Esa fue la gota que colmó el vaso. La muralla de contención que Atenea había construido durante semanas de videollamadas forzadas y mensajes crípticos con Brian se desmoronó en un instante. Se cubrió la cara con las manos y soltó un sollozo que le desgarró la garganta. Nailea rodeó la barra en un segundo y la envolvió en un abrazo protector.

— Ya, ya está... llora todo lo que quieras —susurró Nailea, acariciándole el cabello castaño—. Aquí estoy.

— Es que me duele tanto, Nai —logró decir Atenea entre hipos, aferrándose a la blusa de su amiga—. Volví porque no aguantaba estar lejos de Brian, pero estar aquí y saber que Kevin está a diez minutos y que no puedo ir a abrazarlo porque me mira como si fuera una criminal... es insoportable.

Se sentaron en el sofá gris, el único mueble que Atenea había logrado comprar hasta ahora. Nailea le entregó un pañuelo y esperó en silencio, sabiendo que Atenea necesitaba vaciar el corazón.

— En Monterrey todo era silencio —continuó Atenea, limpiándose las lágrimas—. Papá intentaba ser amable, pero él no entiende. Nadie entiende lo que es sentir que le fallaste a la persona que más amas en el mundo. Kevin me cuidó siempre, Nai. Cuando mamá trabajaba doble turno, él me hacía la cena. Cuando tuve mi primer corazón roto a los quince, él quería ir a buscar al tipo para darle una lección. Y ahora... ahora yo soy la que le causó ese dolor.

— No eres la villana de esta historia, Ate —intervino Nailea con firmeza—. Te enamoraste. Y Brian se enamoró de ti. Kevin tiene una visión muy cuadrada del honor y la lealtad, pero eso no significa que ustedes hayan cometido un pecado capital.

— Pero para él lo es —Atenea miró sus manos, que no dejaban de temblar—. Lo vi en el hotel en Monterrey. Tenía los ojos tan tristes, Nai. No era rabia, era... una decepción tan profunda que me hizo sentir pequeña. Me dijo que volviera, pero cuando lo veo en los entrenamientos por las fotos que sube el club, se ve tan solo. Brian me dice que en el vestidor apenas se hablan. Kevin es el capitán sin brazalete, todos lo siguen, y Brian es el "Rayo", el alma del equipo... y ahora ni siquiera pueden planear una jugada sin que el aire se corte con un cuchillo.

Nailea suspiró, recostando la cabeza en el respaldo del sofá.

— Kevin está sufriendo, no te lo voy a negar. Conmigo también está distante. A veces siento que me mira y ve a la cómplice de tu secreto. Me duele, pero entiendo que necesita tiempo. Lo que no entiendo es por qué te castigas viviendo aquí sola pudiendo estar en tu casa.

— Porque esa ya no es mi casa —sentenció Atenea con amargura—. Mi casa era el lugar donde Kevin y yo nos reíamos de las tonterías de los partidos. Ahora sería una casa de cristal donde cualquier palabra podría romper algo. Aquí... aquí al menos puedo llorar sin que él se sienta traicionado por mis lágrimas.

— ¿Y Brian? —preguntó Nailea con cautela—. ¿Ha venido?

— Vino anoche —Atenea esbozó una sonrisa mínima, la primera de la tarde—. Entró casi a escondidas, como si todavía estuviéramos en Coapa. Trajo pizza y nos quedamos en silencio mirando la ciudad. Me dijo que Kevin le quitó el habla por completo esta semana. Ni siquiera para las indicaciones de tiro libre. Brian está desesperado, Nai. Dice que prefiere que Kevin le rompa la cara en un entrenamiento a este vacío.

— Es que ese es el problema con los Álvarez —dijo Nailea, intentando aligerar el ambiente—. Son demasiado intensos. Kevin siente que su promesa a tu mamá se rompió, y Brian siente que te está robando de tu familia.

— ¡Pero no me está robando! —exclamó Atenea, levantándose y caminando hacia el ventanal—. Yo elegí esto. Yo elegí amarlo. ¿Por qué los hombres tienen que hacerlo todo sobre su orgullo y sus promesas? Yo soy una persona, no un trofeo que Kevin tenga que proteger o que Brian tenga que ganar.

— Tienes razón —asintió Nailea, levantándose también—. Pero dale crédito a Kevin. Te pidió que volvieras. Eso, para un tipo tan testarudo como él, es equivalente a una disculpa pública en el Estadio Azteca. No te pidió que volvieras para torturarte, sino porque no soporta tenerte a mil kilómetros.

Atenea se apoyó contra el cristal frío, mirando las luces de los coches que comenzaban a encenderse en la avenida.

— Lo sé. Pero duele saber que mi felicidad tiene que costar su paz. A veces me pregunto si hubiera sido mejor no decir nada nunca. Vivir en la sombra para siempre.

— No digas tonterías. Los secretos terminan pudriendo todo desde adentro. Al menos ahora la herida está abierta y puede empezar a sanar.

— ¿Crees que algún día volvamos a ser los de antes? —preguntó Atenea, girándose para mirar a su amiga con ojos suplicantes—. ¿Crees que algún día podamos sentarnos los cuatro a cenar sin que parezca un funeral?

Nailea se acercó y le tomó las manos.

— No sé si seremos los de antes, Ate. Las cicatrices siempre dejan marca. Pero tal vez podamos ser algo nuevo. Algo más honesto. Kevin te ama, y ama a Brian. El amor no desaparece por un enojo, por muy grande que sea. Solo está... bajo mantenimiento.

Atenea asintió, dejando que un último suspiro de cansancio abandonara su cuerpo.

— Gracias, Nai. Por no dejarme sola en esto. Sé que para ti también es difícil estar en medio.

— ¿Bromeas? Soy la novia del lateral derecho más guapo de México y la mejor amiga de la mujer que domó al Rayo uruguayo. Mi vida es una telenovela de horario estelar, no me la perdería por nada —bromeó Nailea, logrando que Atenea soltara una risita—. Ahora, basta de drama. Vamos a guardar esa comida y me vas a ayudar a elegir unas cortinas para este lugar, porque si Brian viene a verte, no queremos que los vecinos tengan función gratuita de romance internacional.

Atenea rió de verdad esta vez, sintiendo que el nudo en su pecho se aflojaba un poco. La tarde transcurrió entre anécdotas del club, chismes sobre los nuevos fichajes y el esfuerzo constante de Nailea por mantener a Atenea conectada con la realidad.

Sin embargo, cuando Nailea se fue y el silencio volvió a reinar en el departamento, Atenea se sentó frente a su teléfono. Tenía un mensaje de Brian: «Terminé el gimnasio. ¿Puedo pasar a verte un rato?». Y justo debajo, una notificación que la dejó helada.

Era un mensaje de Kevin. Hacía dos horas que lo había enviado, pero ella no lo había visto.

— Vi que ya estás instalada. Nailea me pasó la dirección. Te dejé unas cajas que faltaban en la portería del edificio. No quise subir para no incomodar. Comí pizza hoy y me acordé de cuando nos peleábamos por la última rebanada. Cuídate, Atenea.

Atenea apretó el teléfono contra su pecho, sintiendo una mezcla de alivio y melancolía. Kevin no había subido. No estaba listo para verla en su nuevo mundo, un mundo donde él ya no era el protagonista absoluto. Pero se había tomado el tiempo de llevarle sus cosas. Había recordado la pizza.

— Yo también me acordé, Kev —susurró ella al vacío del departamento.

Se acercó a la puerta y bajó a la portería. Allí, tal como él dijo, había tres cajas de cartón con su nombre escrito con el marcador grueso que Kevin usaba para marcar sus tachones. Al abrirlas, lo primero que vio no fue ropa ni libros. Era un portarretratos viejo que estaba en la sala de su casa. En la foto, un Kevin de diez años abrazaba a una Atenea de ocho después de un torneo infantil. Ambos estaban manchados de lodo, despeinados y con las sonrisas más grandes del mundo.

Atenea acarició el vidrio de la foto. Kevin no le había enviado solo sus cosas; le había enviado un mensaje de paz. Una señal de que, aunque el presente fuera un campo minado, el pasado seguía intacto y el futuro... el futuro todavía era un partido por jugarse.

Subió las cajas con ayuda del portero y, una vez arriba, le respondió a Brian.

— Ven. Necesito un abrazo. Y Brian... gracias por no rendirte con nosotros.

Minutos después, Brian estaba allí. No traía pizza esta vez, solo sus manos llenas de ganas de sostenerla. Se sentaron en el suelo, sobre la alfombra nueva, rodeados de las cajas que Kevin había llevado.

— ¿Eso es lo que creo que es? —preguntó Brian, señalando la foto del portarretratos.

— Es Kevin —dijo ella, recostando la cabeza en el hombro de Brian—. Nos envió esto hoy.

Brian tomó la foto y la observó con una mezcla de respeto y nostalgia.

— Era un buen tipo desde entonces, ¿verdad? —susurró el uruguayo—. Lo extraño, Ate. Extraño a mi hermano.

— Él también te extraña. Solo que es demasiado Álvarez para admitirlo todavía.

Se quedaron en silencio, observando la ciudad a través del ventanal. La relación secreta ya no era secreta, pero ahora enfrentaba el desafío más grande: la reconstrucción. Atenea sabía que el camino sería largo. Habría más tardes de llanto con Nailea, más silencios incómodos con Kevin y más besos con sabor a victoria robada con Brian.

Pero mientras miraba la foto de su infancia y sentía el calor de Brian a su lado, Atenea comprendió que volver no había sido un error. Había vuelto para reclamar su lugar, no como la niña protegida de Kevin, sino como una mujer dueña de sus sentimientos.

— Algún día —dijo ella, rompiendo el silencio—. Algún día volveremos a ser una familia.

— Haré lo que sea necesario para que así sea —prometió Brian, besándole la frente.

Afuera, las jacarandas de la Roma se mecían con el viento nocturno. En algún lugar de la ciudad, Kevin Álvarez probablemente estaba mirando la misma luna, guardando su dolor en el mismo cajón donde guardaba sus trofeos, esperando, quizás sin saberlo, el momento en que el orgullo finalmente cediera ante el amor. El partido seguía en marcha, y aunque el marcador parecía en contra, Atenea Álvarez finalmente sentía que estaba jugando en casa.