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Lágrimas de Sal y Distancia
El aire de Monterrey era distinto; más seco, más pesado, cargado de un calor que parecía querer evaporar hasta el último rastro de melancolía que Atenea traía consigo desde la Ciudad de México. Se asomó al balcón del departamento de su padre, observando la imponente silueta del Cerro de la Silla recortándose contra un cielo naranja encendido. Era hermoso, sí, pero no era su hogar. Su hogar se había quedado en los pasillos de Coapa, en las risas de Nailea y en la mirada castaña de un hermano que ahora era un extraño.
Hacía tres semanas que se había marchado. Tres semanas en las que su vida se había reducido a clases en línea, caminatas solitarias por San Pedro y, sobre todo, a la espera constante de que su teléfono se iluminara.
La vibración en su bolsillo la hizo saltar. No era un mensaje, era una videollamada. El nombre en la pantalla hizo que su corazón diera un vuelco: Brian.
Atenea se apresuró a entrar a su habitación y cerró la puerta con llave, buscando una privacidad que su padre, siempre protector y algo confundido por su repentino regreso, respetaba a regañadientes.
— Hola, preciosa —la voz de Brian, filtrada por el altavoz, sonó como un bálsamo para su alma.
En la pantalla apareció el rostro del uruguayo. Estaba en su departamento, con el cabello despeinado y vistiendo la sudadera gris que ella solía robarle. Se veía cansado, pero sus ojos brillaron en cuanto la vio.
— Hola, rubio —respondió ella, forzando una sonrisa que no terminaba de llegar a sus ojos—. Te ves fatal. ¿No has dormido?
— Es difícil dormir cuando la cama se siente como un desierto, Ate —Brian suspiró, recostando la cabeza contra el respaldo del sofá—. El entrenamiento de hoy estuvo pesado. El "Tano" nos trajo a raya.
— ¿Y Kevin? —preguntó ella en un susurro, la pregunta que siempre quemaba en su garganta.
Brian desvió la mirada por un segundo. El silencio fue la respuesta más clara.
— Igual —dijo finalmente—. En el vestidor somos dos desconocidos. Si me pasa el balón en la cancha es por pura inercia profesional, pero fuera de ella... ni siquiera me sostiene la mirada. Hoy intenté acercarme en el estacionamiento para decirle que me habías escrito, pero se subió a su camioneta y arrancó antes de que pudiera abrir la boca.
Atenea sintió una punzada de dolor en el pecho. Sabía que Kevin era orgulloso, pero no imaginó que el muro que había levantado fuera tan alto.
— Me duele tanto, Brian. A veces me despierto y pienso que todo fue una pesadilla, que sigo en mi cuarto en la Ciudad de México y que en cualquier momento Kev va a entrar a molestarme con mis apuntes.
— Lo sé, hermosa. Pero no te arrepientas de nada, ¿sí? —Brian pegó su rostro a la cámara, intentando acortar la distancia de mil kilómetros—. Lo nuestro es real. Esta distancia es solo una prueba. Ya estoy viendo lo de los vuelos para el próximo fin de semana que tengamos libre. No me importa si tengo que viajar de noche y volver de madrugada, necesito verte.
— Es arriesgado, Brian. Si Kevin se entera de que vienes a verme, se va a poner peor.
— Que se ponga como quiera —sentenció Brian con esa terquedad charrúa que tanto la enamoraba—. Ya te perdí a ti de cerca por su culpa, no voy a dejar que también me quite mis fines de semana contigo. Te amo, Atenea. No lo olvides.
— Yo también te amo. Cuídate mucho, por favor. No dejes que las patadas en el entrenamiento te distraigan.
Colgaron después de una hora de promesas y besos lanzados al aire. Atenea se quedó mirando el techo de su habitación, sintiéndose más sola que nunca. La relación a distancia era un juego de sombras; se tenían en palabras y píxeles, pero el vacío físico era una herida abierta.
Apenas unos minutos después, el teléfono volvió a sonar. Esta vez era Nailea.
— ¡Ate! ¡Dime que estás viva! —la voz de su mejor amiga era un torbellino de energía que siempre lograba sacarla de su letargo.
— Viva a duras penas, Nai. ¿Cómo está todo por allá?
— Caótico, como siempre —se escuchó el ruido de Nailea caminando, probablemente saliendo de alguna clase—. Kevin está insoportable, Atenea. Ayer fuimos a cenar y no dijo más de diez palabras. Está como en modo automático. Juega, entrena, come, duerme. No deja que nadie entre.
— ¿Ha dicho algo de la carta? —preguntó Atenea con esperanza.
— No la ha mencionado. Pero la tiene —Nailea bajó la voz—. El otro día fui a su casa y lo encontré en tu antigua habitación. Estaba sentado en tu cama, mirando a la nada. Cuando me vio, se levantó rápido y cerró la puerta con llave. Creo que la carta la tiene guardada en su cajón de los trofeos, pero no va a admitir que la leyó ni aunque lo torturen.
Atenea cerró los ojos, imaginando la escena. Podía ver a Kevin, solo en esa habitación que ahora olía a cerrado, luchando entre el amor que le tenía y la traición que sentía en la piel.
— Él te extraña, Ate. Me pregunta por ti indirectamente. Me dice cosas como: "¿Ya se acostumbró al calor de allá?" o "¿Sigue estudiando tanto?". Pero en cuanto intento profundizar, se cierra.
— Es un idiota —dijo Atenea con cariño y rabia mezclados—. Dile que si quiere saber algo, que me marque. No muerdo.
— Dale tiempo. Sabes cómo es de intenso con sus promesas. Siente que le falló a tu mamá y eso es lo que más le duele. No es solo lo tuyo con Brian, es el sentimiento de fracaso como protector.
— Yo no necesitaba un guardaespaldas, Nai. Necesitaba un hermano.
— Lo sé, nena. Oye, cambiando de tema... ¿cómo va Monterrey? ¿Ya te buscó algún regio guapo en la universidad? —bromeó Nailea, intentando aligerar el ambiente.
— Ni lo menciones. Brian se pone como loco si escucha que alguien me saludó. Además, no tengo cabeza para nadie más. Mi vida está en pausa, Nai. Siento que estoy esperando a que algo pase, pero no sé qué es.
— Lo que tiene que pasar es que esos dos hombres se sienten a hablar como adultos —sentenció Nailea—. Mientras tanto, tú concéntrate en tus clases. Kevin me preguntó si ya te habías inscrito al gimnasio allá. Dice que si dejas de hacer ejercicio te pones de mal humor.
Atenea soltó una carcajada genuina por primera vez en el día.
— ¡Ves! ¡Sí le importo! Dile que ya me inscribí y que el instructor es un tipo de dos metros que me ayuda con las pesas, a ver qué cara pone.
— ¡Ni loca! Capaz que agarra su camioneta y se va manejando hasta Monterrey para "protegerte" del instructor —rio Nailea—. Bueno, te dejo que tengo clase de marketing. Te quiero, Ate. Te mando mucha fuerza.
— Te quiero más, Nai. Gracias por no soltarme.
Al terminar la llamada, Atenea se sintió un poco más ligera. Nailea era el puente que la mantenía conectada a su realidad anterior, el cable a tierra que evitaba que se perdiera en la nostalgia.
Los días siguientes fueron una rutina de mensajes de buenos días de Brian, fotos de sus desayunos y breves reportes de Nailea sobre el estado de ánimo de Kevin. Atenea intentaba enfocarse en su nueva universidad, pero su mente siempre regresaba a la Ciudad de México.
Una noche, mientras cenaba con su padre, el silencio fue interrumpido por él.
— Te ves triste, hija —dijo su papá, dejando los cubiertos a un lado—. Sé que las cosas con Kevin no terminaron bien, pero no puedes vivir pegada a ese teléfono.
— Es complicado, papá. Kevin no me habla y... bueno, extraño mis cosas.
— Extrañas a ese muchacho, al amigo de tu hermano —su padre la miró con una mezcla de reproche y compasión—. Kevin me contó su versión. Entiendo por qué está herido. Brian era como de la familia.
— Lo es, papá. Pero eso no significa que no podamos amarnos. No le hicimos daño a nadie a propósito.
— El amor a veces hace daño sin querer, Atenea. Pero bueno, no te traje aquí para regañarte. Te traje para que tengas un nuevo comienzo. Si Brian de verdad te quiere, la distancia no será un problema. Pero no descuides tu vida por esperar un perdón que quizás tarde en llegar.
Atenea asintió, aunque por dentro sentía que su vida no podía comenzar de nuevo si una parte de ella seguía atrapada en el rencor de su hermano.
Esa madrugada, su teléfono vibró con un mensaje de texto. No era de Brian. No era de Nailea. Era un número que conocía de memoria, pero que no le había escrito en semanas.
"¿Estás bien? Nailea dice que te duele la cabeza por el calor."
Atenea sintió que el corazón se le detenía. Era Kevin. Corto, seco, casi formal, pero era él.
— Estoy bien, Kev —escribió ella con las manos temblando—. Tomando mucha agua, como me enseñaste. ¿Tú cómo estás?
Pasaron varios minutos. Los tres puntos suspensivos aparecían y desaparecían en la pantalla, torturándola.
— Entrenando. Jugamos el sábado contra Tigres allá en tu ciudad. No vayas al estadio. No quiero distracciones.
El mensaje fue como un balde de agua fría. Kevin iba a estar en Monterrey. Brian iba a estar en Monterrey. Y su hermano le estaba prohibiendo ir a verlos.
— Es un estadio público, Kevin —respondió ella, sintiendo que la rebeldía le subía por la garganta—. Tengo derecho a ir.
— Haz lo que quieras. Solo te aviso que no voy a verte. No estoy listo.
Atenea no respondió. Se quedó mirando la pantalla hasta que se apagó. Kevin vendría a su ciudad. Estaría a unos pocos kilómetros de distancia y, aun así, el abismo entre ellos parecía más profundo que nunca.
Llamó a Brian de inmediato.
— ¿Sabías que vienen el sábado? —preguntó en cuanto él contestó.
— Sí, justo te iba a decir. El Tano dio la lista hoy —la voz de Brian sonaba emocionada—. Voy a pedir permiso para quedarme una noche más después del partido. Podremos vernos en el hotel o donde tú digas.
— Kevin me escribió —soltó ella—. Me dijo que no fuera al estadio.
Hubo un silencio del otro lado de la línea.
— ¿Y vas a hacerle caso?
— No lo sé, Brian. Si voy, se va a enojar más. Si no voy, siento que me estoy rindiendo.
— Atenea, escucha —la voz de Brian se volvió seria y profunda—. Yo voy a jugar ese partido por ti. Cada vez que toque el balón, voy a pensar en que estás ahí, en algún lugar de esa ciudad. Si quieres ir, ve. No dejes que el miedo a su reacción te detenga. Él tiene que entender que ya no puede controlar tu vida.
El sábado llegó con un sol abrasador. Atenea pasó toda la mañana debatiéndose entre la lealtad a su hermano y su deseo de ver a Brian. Al final, el amor ganó. Se puso una blusa sencilla, unos lentes oscuros y se dirigió al "Volcán", el estadio de los Tigres, donde el América jugaría de visitante.
Se sentó en una zona neutral, lejos de las cámaras y de los palcos principales. Cuando los equipos salieron a calentar, sintió un nudo en la garganta. Ahí estaban. Kevin, con su rostro serio, concentrado, liderando los ejercicios defensivos. Y Brian, moviéndose con esa soltura que lo hacía parecer que flotaba sobre el césped.
Durante el calentamiento, Brian miró hacia las gradas. Atenea no sabía si él podía verla entre miles de personas, pero en un momento dado, él se detuvo, miró fijamente hacia la sección donde ella estaba y asintió levemente. Ella sonrió, sintiendo que el calor ya no importaba.
Kevin, por el contrario, nunca levantó la vista. Estaba en su mundo, un mundo donde las emociones estaban prohibidas y solo existía el deber.
El partido fue intenso. El ambiente en Monterrey siempre era hostil para los visitantes, pero el América se mantenía firme. En el minuto setenta, ocurrió lo que Atenea más temía y, a la vez, lo que más esperaba.
Brian recibió un balón filtrado y arrancó a toda velocidad. Un defensa de Tigres lo derribó con violencia cerca del área. Kevin, que estaba cerca, corrió de inmediato hacia el lugar. Por un segundo, Atenea pensó que Kevin iba a defender a su compañero, como siempre lo hacía. Pero Kevin se detuvo a dos metros de Brian, que estaba en el suelo quejándose de dolor en el tobillo.
Kevin miró a Brian, luego miró al árbitro y, sin ofrecerle la mano a su mejor amigo para levantarlo, se dio la vuelta y se alejó.
Atenea sintió que se le rompía el corazón. La fractura entre ellos era total. Ni siquiera el dolor físico de Brian podía ablandar el muro de Kevin.
El partido terminó en empate. Atenea salió del estadio rápidamente, evitando las multitudes. Tenía un mensaje de Brian: «Habitación 402. El equipo cena a las nueve, ven antes».
Llegó al hotel de concentración con el corazón en la mano. Logró burlar la seguridad gracias a que muchos empleados aún la reconocían como "la hermana de Kevin". Subió por las escaleras de servicio y llegó al cuarto piso.
Cuando Brian abrió la puerta, no hubo palabras. Él la levantó del suelo y la besó con una pasión que hablaba de semanas de soledad y de la adrenalina del partido.
— Estás aquí —susurró él contra su cuello—. Te vi en la grada. Te juro que te vi.
— Brian, tu tobillo... —ella se separó para mirar el vendaje que él traía.
— No es nada. Un golpe. Lo que me dolió fue otra cosa —Brian se sentó en la cama, suspirando—. Kevin ni siquiera me miró cuando estaba en el suelo. Es como si yo fuera invisible para él.
— Lo vi —dijo ella, sentándose a su lado—. Me dolió verlo tanto como a ti.
Pasaron un par de horas sumergidos en su propio mundo, ignorando que en el piso de abajo, el resto del equipo cenaba y comentaba el partido. Por un momento, Monterrey y la Ciudad de México no existían. Solo existían ellos dos, el calor de sus cuerpos y la promesa de que, de alguna manera, todo saldría bien.
Pero la realidad siempre encuentra una forma de entrar.
Un golpe seco en la puerta los hizo saltar.
— ¡Rayo! —la voz de Kevin resonó desde el pasillo, firme y autoritaria—. Sé que estás ahí. Y sé que ella también está ahí. Abre la puerta.
Atenea sintió que el mundo se detenía. Miró a Brian, cuyos ojos reflejaban una mezcla de desafío y temor.
— No abras —susurró ella, pero sabía que era inútil.
Brian se levantó, caminó hacia la puerta y la abrió de par en par.
Kevin estaba parado en el pasillo, todavía vistiendo el pants oficial del club. Se veía agotado, con los ojos inyectados en sangre. Miró a Brian, luego desvió la vista hacia Atenea, que estaba de pie junto a la cama.
El silencio fue eterno.
— Te dije que no vinieras —dijo Kevin, dirigiéndose a su hermana con una voz que no contenía furia, sino una tristeza profunda—. Te pedí un solo favor, Atenea.
— Y yo te pedí que me escucharas, Kevin, y no lo hiciste —respondió ella, dando un paso al frente—. No puedes seguir castigándonos por amarnos.
Kevin soltó una risa amarga y miró a Brian.
— ¿Amarnos? ¿Tú hablas de amor, Brian? Después de que me mentiste en la cara durante meses. Después de que te dejé entrar en mi casa como a un hermano.
— Lo siento, Kevin —dijo Brian, manteniendo la voz firme—. Te lo he dicho mil veces y te lo diré mil más. Siento haberte ocultado las cosas, pero no siento lo que tengo con ella. Y no voy a dejarla. Ni aunque me dejes de hablar por el resto de mi vida.
Kevin guardó silencio por un largo momento. Miró a los dos, la pareja que había destrozado su concepto de lealtad, y por un segundo, Atenea creyó ver una grieta en su armadura.
— Mi papá dice que te vas a quedar en Monterrey definitivamente —dijo Kevin, ignorando las palabras de Brian—. Que te vas a transferir de universidad.
— Eso depende de ti, Kev —respondió ella—. Si mi casa sigue siendo un lugar donde no soy bienvenida, no tengo por qué volver.
Kevin bajó la mirada al suelo. Sus puños se apretaron y luego se relajaron.
— Mamá me llamó hoy —dijo en voz baja—. Me preguntó por qué no habías ido a la comida familiar el domingo pasado. No supe qué decirle. No pude decirle que mi hermana se fue a otro estado porque yo no soporto verla.
Atenea se acercó a él, deteniéndose a un paso de distancia.
— Entonces deja de hacerlo, Kev. Deja de sufrir. Brian no es tu enemigo. Yo no soy tu enemiga. Somos las personas que más te quieren.
Kevin levantó la vista. Sus ojos se encontraron con los de su hermana. Había tanto dolor acumulado, tanta soledad disfrazada de orgullo.
— No puedo perdonarlos todavía —admitió Kevin, y fue la primera vez que fue honesto consigo mismo—. Me duele demasiado. Cada vez que los veo juntos, siento que todo lo que creía de la amistad y la familia es mentira.
— Entonces no nos perdones hoy —dijo Brian, dando un paso adelante también—. Pero no la alejes a ella. Atenea no tiene la culpa de mis decisiones. Si quieres odiar a alguien, ódiame a mí. Pero vuelve a ser su hermano. Ella te necesita.
Kevin miró a Brian. Por primera vez en semanas, no hubo hielo en su mirada, solo un vacío inmenso.
— El camión sale en veinte minutos —dijo Kevin, dándose la vuelta—. Atenea... si decides volver a la Ciudad de México, tu habitación sigue ahí. Nadie ha tocado tus cosas.
Sin decir nada más, Kevin caminó por el pasillo y desapareció tras la esquina.
Atenea se dejó caer en los brazos de Brian, llorando de alivio. No era el perdón total, no era el abrazo que tanto anhelaba, pero era una puerta abierta. Una grieta en el muro.
— Es un comienzo —susurró Brian, acariciándole el cabello—. Es un comienzo, preciosa.
Esa noche, mientras el avión del equipo sobrevolaba de regreso a la capital, Kevin Álvarez sacó de su bolsillo la carta de Atenea. La leyó por décima vez bajo la tenue luz de la cabina. Miró hacia el asiento de adelante, donde Brian dormía con la cabeza apoyada en la ventanilla.
Kevin suspiró y guardó la carta. El camino hacia la reconciliación sería largo y lleno de obstáculos, como un partido que se va a tiempos extra. Pero por primera vez desde que Atenea se había ido a Monterrey, Kevin sintió que quizás, solo quizás, todavía había tiempo para una última jugada.
En Monterrey, Atenea miraba las estrellas desde su balcón. Todavía había distancia, todavía había dolor y todavía había secretos que sanar. Pero ahora, por primera vez, las luces de la ciudad no le parecían tan extrañas. El amor y la lealtad estaban en guerra, pero en el corazón de los Álvarez, la esperanza acababa de entrar de cambio.