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Con honor hasta el final

El Despertar de los Circuitos Galácticos

Los años pasaron en la ciudad de Fuyuki con una parsimonia que a veces resultaba desesperante para alguien que había visto galaxias enteras nacer y morir en un parpadeo. Sin embargo, para Shirou Emiya, esta lentitud era un regalo. En el universo de Dragon Ball, la paz siempre era el preludio de una catástrofe mayor; aquí, la paz era simplemente el estado natural de un mundo que ignoraba los horrores que se ocultaban en las sombras de la Luna.

Kiritsugu Emiya se marchitaba. Shirou lo veía cada día. La maldición de Angra Mainyu era como un veneno sutil que devoraba su fuerza vital, algo que ni siquiera la medicina moderna podía comprender. Shirou, sin embargo, lo comprendía perfectamente. Para él, no era una "maldición mágica" abstracta, sino una interferencia de energía negativa de alta densidad que estaba desestabilizando el espíritu de su padre adoptivo.

—Padre, el té está listo —dijo Shirou, entrando en el salón con una bandeja.

Tenía ahora diez años, pero su cuerpo era sólido, con una musculatura densa y funcional que ocultaba bajo la ropa holgada. Kiritsugu, sentado en el porche mirando el jardín, levantó la vista y sonrió débilmente.

—Gracias, Shirou. Siempre eres tan atento.

Shirou se sentó a su lado, observando las flores de cerezo. Mientras Kiritsugu bebía, Shirou extendió sus sentidos. En Yadrat, había aprendido que el espíritu no se detiene en la piel; se extiende hacia afuera como una red. Usando una versión refinada de la "Fisión Espiritual", Shirou comenzó a extraer, casi imperceptiblemente, pequeñas partículas de la oscuridad que rodeaba el corazón de Kiritsugu.

—¿Te sientes mejor hoy? —preguntó Shirou, manteniendo su concentración absoluta.

—Extrañamente, sí —respondió Kiritsugu, soltando un suspiro de alivio—. Siento como si el aire fuera más ligero cuando estás cerca. Es un talento extraño el que tienes, Shirou.

—Solo trato de mantener el equilibrio, como te dije —replicó el niño con una sonrisa serena.

No podía curar a Kiritsugu por completo. La maldición estaba demasiado arraigada en su origen, y forzar una purga total destruiría el cuerpo físico del hombre. Pero podía darle tiempo. Podía darle años de vida que el destino originalmente le había negado.

Cuando Kiritsugu finalmente se retiraba a descansar, Shirou se dirigía al dojo. Allí, la verdadera obra comenzaba.

—Muy bien, veamos cuánto progreso he logrado —susurró para sí mismo.

Se sentó en el centro del dojo y cerró los ojos. En su mente, visualizó sus Circuitos Mágicos. Kiritsugu le había enseñado la forma "estándar" de activarlos: imaginar un gatillo, un interruptor que convertía los nervios en conductores de energía. Para Shirou, eso era como intentar encender una hoguera frotando dos palitos cuando ya conocía el secreto de la fusión nuclear.

En lugar de usar sus nervios, Shirou se enfocó en su alma. El Control del Espíritu dictaba que el cuerpo es solo un envase. Usó su voluntad para "remodelar" la estructura interna de sus circuitos. No los usó como cables para transportar energía, sino como antenas para sintonizar la energía del mundo.

De repente, el aire en el dojo comenzó a vibrar. Pequeñas chispas de electricidad estática saltaron de su piel.

—Proyección... —susurró.

No visualizó una espada. Visualizó la estructura molecular del acero, la historia del metal, la tensión de la hoja. Pero añadió algo más: un flujo constante de Ki que reforzaba la estructura a nivel subatómico.

En su mano apareció una réplica perfecta de la espada de madera que estaba en la esquina, pero esta no era de madera. Era de un material oscuro, casi vítreo, que emitía un calor suave.

—No es solo "Trace On" —analizó Shirou, pasando los dedos por la hoja—. Es creación material mediante la manipulación del espíritu. Si puedo imbuir mis proyecciones con técnicas de Ki, la diferencia entre un Fantasma Noble y mis creaciones se reducirá a casi nada.

Dejó caer la espada, que se desvaneció en partículas de luz antes de tocar el suelo. Se puso de pie y comenzó a practicar movimientos de combate. Sus sombras se movían con una velocidad que el ojo humano no podía seguir. No usaba el "Zanzoken" de los Guerreros Z todavía, pues su cuerpo de diez años se desgarraría bajo la presión hidrodinámica, pero su control sobre la inercia era absoluto.

—¡Shirou! —La voz de una joven resonó desde la entrada de la casa.

Shirou se detuvo en seco, su aura desapareciendo en una fracción de segundo. Respiró hondo, calmando su corazón hasta que volvió a un ritmo normal.

—¡Ya voy, Fujee-nee! —respondió, saliendo del dojo con la expresión de un niño inocente.

Taiga Fujimura entró en la cocina como un torbellino, quejándose del hambre y de lo tarde que era. Shirou la observó con afecto. Ella era una constante, una conexión con la normalidad que apreciaba profundamente. Mientras preparaba la cena —un estofado que habría hecho llorar de alegría incluso a un Dios de la Destrucción—, Shirou escuchaba las anécdotas de Taiga sobre la escuela.

Sin embargo, su mente siempre estaba en otra parte. Sentía las pulsaciones de la tierra. Fuyuki estaba situada sobre una línea ley poderosa, y podía sentir cómo la energía se acumulaba lentamente. El Santo Grial estaba despertando.

—Oye, Shirou —dijo Taiga, con la boca llena de arroz—, ¿por qué siempre pareces estar escuchando algo que nadie más oye?

Shirou se congeló por un milisegundo antes de sonreír.

—Tal vez solo estoy escuchando el sonido del estofado, Fujee-nee. Dicen que si escuchas con atención, te dice cuándo está perfecto.

—¡Eres un raro! —rio ella, pidiendo otra ración.

Esa noche, después de que Taiga se fuera y Kiritsugu se durmiera, Shirou subió al tejado. Miró hacia el horizonte, en dirección al monte Enzou. Podía sentir el Gran Grial allí abajo, una masa de energía estancada y corrupta que clamaba por ser llenada.

—Faltan unos años para la guerra —murmuró—. Pero mi cuerpo actual es un limitante. Si quiero usar el Kaio-ken o la Transmisión Instantánea sin explotar, necesito fortalecer este envase.

Se sentó en posición de loto, dejando que el frío de la noche lo envolviera. En su vida anterior, había aprendido que el Ki no solo servía para destruir. En Yadrat, le enseñaron que el espíritu puede sanar y reconstruir.

Comenzó a dirigir su energía hacia sus propios huesos y músculos. No era un simple "Refuerzo" de mago, que era temporal y externo. Era una transmutación biológica. Usando el Control del Espíritu, empezó a comprimir sus fibras musculares, haciéndolas más densas y eficientes. Sus huesos se empaparon de energía dorada, volviéndose tan resistentes como el acero katchin del Universo 7.

El proceso fue doloroso. Sintió como si miles de agujas le recorrieran el cuerpo, pero su voluntad era de hierro. Había entrenado en cámaras de gravedad aumentada y en dimensiones de vacío; este dolor era un viejo amigo.

—Si el Grial quiere un héroe, le daré algo más —dijo entre dientes, mientras su piel emitía un tenue vapor blanco—. Le daré a alguien que ya ha superado el concepto de los milagros.

A la mañana siguiente, Shirou bajó a desayunar. Kiritsugu lo miró y frunció el ceño, dejando su periódico a un lado.

—Shirou... ¿has crecido? —preguntó el hombre, confundido.

—¿Tú crees? —respondió el niño, estirándose—. Tal vez sea el estofado de anoche.

Kiritsugu no parecía convencido. Había algo en la mirada de su hijo, una chispa de autoridad y poder que le recordaba a los magos más antiguos y peligrosos que había conocido en su juventud. Pero al mismo tiempo, la amabilidad de Shirou era genuina.

—Escucha, Shirou —dijo Kiritsugu con tono serio—. Mañana iré a un viaje corto. Hay... asuntos en Alemania que debo intentar resolver.

Shirou supo de inmediato de qué se trataba. El castillo de los Einzbern. Illyasviel. Kiritsugu seguía intentando recuperar a su hija biológica, a pesar de que la barrera de los Einzbern era impenetrable para él debido a su estado físico.

—¿Quieres que vaya contigo? —preguntó Shirou.

Kiritsugu negó con la cabeza.

—Es demasiado peligroso. Quédate aquí, cuida la casa.

—Entiendo —dijo Shirou, pero en su mente, ya estaba trazando un plan.

Esa misma noche, después de que Kiritsugu partiera hacia el aeropuerto, Shirou se paró en el centro de la sala. No necesitaba un avión. No necesitaba pasaportes.

—Veamos si mi memoria muscular sigue ahí —susurró.

Cerró los ojos y buscó. Extendió su sentido espiritual más allá de las fronteras de Japón. Cruzó océanos y continentes, buscando una firma de energía específica. No buscaba Ki, sino el rastro de la sangre Emiya. Buscó la resonancia de Kiritsugu y, más allá de ella, algo similar pero más puro, atrapado en un bosque de nieve y magia.

—Ahí estás —dijo, localizando una pequeña chispa de energía en los bosques de Alemania.

Llevó dos dedos a su frente. La concentración que requería era inmensa; su cuerpo actual aún no estaba acostumbrado a la manipulación espacial a gran escala. Sus circuitos mágicos gimieron bajo la presión, pero él los ignoró, usando su Control del Espíritu para estabilizar el flujo.

—Transmisión Instantánea.

El espacio se plegó. El aire en la sala de Fuyuki implosionó con un suave chasquido y, en un instante, Shirou desapareció.

Se encontró de pie en medio de una tormenta de nieve. Frente a él, un imponente castillo de piedra se alzaba como un monumento a la arrogancia de los magos. El frío era extremo, suficiente para matar a un humano normal en minutos, pero Shirou ni siquiera tembló. Su Ki circulaba internamente, manteniendo su temperatura corporal constante.

—Vaya sistema de seguridad —comentó, mirando las capas de barreras mágicas que rodeaban el castillo.

Para cualquier mago, estas barreras eran una pesadilla de geometría mística. Para Shirou, eran simplemente vibraciones de energía.

Caminó hacia la entrada principal. Los homúnculos de seguridad, vestidas con armaduras elegantes y armadas con lanzas, salieron a su encuentro.

—¡Intruso! —gritó una de ellas—. Identifícate o serás eliminada.

Shirou no se detuvo. Simplemente levantó una mano y realizó un movimiento de barrido.

—Fisión Espiritual: Dispersión —murmuró.

No hubo una explosión. En su lugar, la energía mágica que mantenía a los homúnculos y a las barreras simplemente se desmoronó. Las lanzas se convirtieron en polvo y las guerreras cayeron de rodillas, con sus circuitos mágicos temporalmente desactivados por la interferencia de Shirou.

—No vengo a pelear —dijo Shirou, pasando junto a ellas con una calma aterradora—. Solo vengo a ver a alguien.

Entró en el gran salón del castillo. El aire estaba cargado de un "Misterio" antiguo. En el centro de la habitación, un hombre anciano y de aspecto decrépito lo esperaba, sentado en un trono de piedra. Jubstheit von Einzbern, el octavo líder de la familia.

—¿Qué es esto? —preguntó el anciano, su voz resonando con una mezcla de ira y asombro—. ¿Un niño ha roto nuestras defensas como si fueran papel? ¿Quién eres? ¿Un enviado de la Asociación de Magos o de la Iglesia?

Shirou lo miró con ojos que habían visto el fin de universos enteros. El anciano retrocedió instintivamente, sintiendo una presión que no provenía de la magia, sino de la pura presencia de un ser que estaba por encima de las leyes de este mundo.

—Soy Shirou Emiya —respondió el niño—. Y he venido a ver a mi hermana.

—¡Blasfemia! —rugió el anciano, levantando su bastón—. ¡Kiritsugu Emiya no tiene derecho a nada en este lugar! ¡Muere!

Una ráfaga de energía helada salió disparada del bastón de Jubstheit, capaz de congelar el alma misma. Shirou ni siquiera se movió. Simplemente abrió su palma y atrapó el hechizo. La energía helada se arremolinó en su mano antes de ser comprimida en una pequeña esfera de luz blanca.

—Esto es... interesante —dijo Shirou, observando la magia comprimida—. Pero le falta fuerza. ¿Esto es todo lo que la Taumaturgia de mil años tiene para ofrecer?

Con un simple apretón, la esfera estalló, enviando una onda de choque que sacudió los cimientos del castillo pero no dañó a nadie. Jubstheit se quedó sin habla, temblando.

—Tú... tú no eres humano —susurró el anciano.

—Lo soy —replicó Shirou, caminando hacia las escaleras—. Solo que he aprendido que el espíritu no tiene límites.

Siguió el rastro de la energía hasta una habitación en los niveles superiores. Allí, una niña pequeña de cabello blanco y ojos rojos miraba por la ventana hacia la nieve eterna. Se dio la vuelta al oír la puerta, su expresión llena de una tristeza que ningún niño debería conocer.

—¿Quién eres? —preguntó Illyasviel, con voz temblorosa—. ¿Vienes a hacerme más pruebas?

Shirou sintió una punzada de ira hacia los Einzbern, pero la reprimió. Se acercó a ella y se arrodilló para estar a su altura.

—No —dijo con suavidad—. Soy Shirou. Tu padre me envió... bueno, no exactamente, pero estoy aquí por él.

Illya parpadeó, confundida.

—¿Kiritsugu? ¿Él no me olvidó?

—Nunca —aseguró Shirou, poniendo una mano en su hombro. Al contacto, usó su Control del Espíritu para estabilizar los circuitos de Illya, que estaban sobrecargados por ser un recipiente del Grial. La niña soltó un suspiro de alivio, sintiendo por primera vez en años que su cuerpo no le causaba dolor—. Vine a decirte que pronto estaremos juntos. No puedo llevarte ahora mismo porque causaría una guerra que aún no estoy listo para terminar, pero te prometo que el próximo Grial será el último.

Illya lo miró fijamente. Había algo en este niño, algo que le recordaba a los cuentos de héroes que su madre le contaba, pero mucho más real y tangible.

—¿Lo prometes? —preguntó ella, aferrándose a su manga.

—Lo prometo por mi nombre y por mi espíritu —dijo Shirou, besando su frente—. Ahora, debo irme antes de que tu abuelo intente algo estúpido de nuevo.

En un instante, Shirou volvió a usar la Transmisión Instantánea. Apareció de nuevo en su salón en Fuyuki, justo antes de que el cansancio lo golpeara. Usar técnicas de Yadrat con este cuerpo era como intentar correr un programa de supercomputadora en una calculadora de bolsillo.

Se desplomó en el sofá, respirando con dificultad. Sus circuitos mágicos estaban al rojo vivo, pero una sonrisa cruzó su rostro.

—Un par de años más —se dijo a sí mismo—. Un par de años más para perfeccionar este cuerpo y convertir estos circuitos en algo capaz de soportar el Super Saiyajin... o al menos, su equivalente espiritual.

Cerró los ojos, cayendo en un sueño profundo. Sabía que Kiritsugu regresaría derrotado de Alemania, pero él tendría una sorpresa para su padre. Le daría esperanza. Y cuando llegara el momento de la Quinta Guerra, los Espíritus Heroicos descubrirían que el "Maestro" más débil de la contienda era, en realidad, un monstruo que había aprendido a controlar la esencia misma de la existencia en un planeta lejano.

La leyenda de Shirou Emiya apenas estaba comenzando, y esta vez, no sería la de un mártir, sino la de un soberano del espíritu.