Con honor hasta el final
La Sinfonía del Acero y el Vacío
El tiempo en Fuyuki fluyó como el agua de un río profundo: aparentemente tranquilo en la superficie, pero con corrientes traicioneras en el fondo. Los años que siguieron a su incursión secreta en el castillo de los Einzbern fueron, para Shirou Emiya, un periodo de alquimia interna. No se trataba de transformar plomo en oro, sino de transmutar un cuerpo de carne humana en un conducto capaz de soportar la energía de una estrella.
Kiritsugu murió una noche de otoño, bajo la luna que tanto le gustaba observar. Shirou estuvo a su lado, manteniendo su mano con una firmeza que el hombre agradeció en sus últimos suspiros. No hubo llanto desesperado; Shirou había visto morir a guerreros, dioses y amigos en su vida anterior. Sabía que la muerte no era el final, sino una transición del espíritu. Con su control sobre la energía, logró que la transición de Kiritsugu fuera indolora, limpiando los últimos restos de la mancha del Grial antes de que su alma partiera.
Ahora, a sus diecisiete años, Shirou Emiya se encontraba en el dojo de la mansión, en la misma posición de loto que había adoptado durante siglos en el Planeta Yadrat.
—Control del Espíritu: Fase de Compresión —susurró, y el aire alrededor de su cuerpo se volvió denso, casi sólido.
En el mundo de Dragon Ball, el Ki se expandía. Era explosión, brillo, una supernova de poder que intimidaba al enemigo. Pero en este mundo, donde el "Misterio" se desvanecía ante la mirada del público, Shirou había desarrollado una filosofía inversa. Había aprendido a implosionar su Ki.
Sus veintisiete Circuitos Mágicos ya no eran nervios atrofiados. Mediante la técnica de la "Fisión Espiritual" que usó contra Moro en su otra vida, había aprendido a separar la energía ambiental de la "contaminación" del mundo moderno, refinándola hasta que sus circuitos brillaban con una luz azul plateada, similar al aura del Ultra Instinto, aunque a una escala mucho menor y contenida.
—Trace... On —pronunció con calma.
Frente a él, no apareció una espada, sino una esfera de energía pura que comenzó a moldearse. No estaba usando el "Unlimited Blade Works" de su contraparte original. No necesitaba un mundo de espadas infinito cuando podía manifestar la esencia misma del arma a través de su espíritu. La esfera se alargó y se afiló hasta convertirse en una katana de obsidiana translúcida.
—Si el Grial es un deseo —reflexionó Shirou, observando el arma—, entonces mi espíritu es la voluntad que niega ese deseo. No necesito milagros otorgados por una copa sangrienta. Yo soy el milagro.
La puerta del dojo se deslizó con un sonido seco. Shirou no tuvo que mirar para saber quién era. El aroma a madera y la vibración de una energía disciplinada pero limitada le dieron la respuesta.
—Shirou, ya es tarde —dijo Taiga Fujimura, aunque su tono no era el habitual de una profesora hiperactiva—. A veces me das miedo cuando te quedas aquí sentado. Parece que fueras a desaparecer, como si este mundo no fuera suficiente para ti.
Shirou disipó la espada de energía antes de que ella pudiera verla y le dedicó una sonrisa relajada, la misma sonrisa que un joven amante del anime solía tener antes de que todo comenzara.
—Solo estaba pensando en la cena, Fuji-nee. Hoy hay caballa a la parrilla.
—¡Oh, entonces date prisa! —exclamó ella, recuperando su energía habitual—. ¡Sakura ya está ayudando en la cocina!
Shirou asintió y se puso de pie. Sakura Matou. Ese era otro asunto que requería su atención. Durante años, había sentido la presencia de los parásitos en el cuerpo de la chica. Había usado pequeñas dosis de su Ki para fortalecer el sistema inmunológico espiritual de Sakura, impidiendo que los gusanos de cresta de Zouken la consumieran por completo, pero no podía actuar de forma drástica sin revelar su mano antes de tiempo.
—Pronto —murmuró para sí mismo mientras caminaba hacia la casa principal—. El tablero está casi listo.
Esa noche, mientras cenaban con la tranquila compañía de Sakura y Taiga, Shirou sintió un cambio en la atmósfera de la ciudad. Era como un cambio en la presión barométrica, pero a nivel metafísico. El aire se volvió espeso, cargado de una intención asesina que solo los iniciados podían percibir.
—¿Pasa algo, Senpai? —preguntó Sakura, notando que Shirou había dejado de comer por un segundo.
—Nada, Sakura —respondió él, dándole una mirada reconfortante—. Solo un cambio en el viento. Asegúrate de volver a casa temprano mañana.
Después de la cena, Shirou salió al jardín. Se concentró, extendiendo sus sentidos por toda Fuyuki. Sus capacidades de detección de energía, perfeccionadas en las batallas contra seres que podían destruir planetas, eran infinitamente superiores a cualquier "ojo de mago".
—Uno... dos... tres... —empezó a contar las firmas de energía—. Siete. Los Servants ya están aquí.
Sintió una firma especialmente aguda cerca de la escuela. Era fría, rápida, como un relámpago atrapado en una armadura. Lancer. Y cerca de él, una energía más refinada y orgullosa. Archer.
—Parece que la historia quiere repetirse —dijo Shirou, sintiendo un cosquilleo de anticipación que no sentía desde que se enfrentó a los Guerreros de Plata—. Pero esta vez, el protagonista no es un niño asustado con un ideal prestado.
Regresó a su habitación y sacó un pequeño objeto de un cajón. Era un amuleto que había tallado él mismo usando una piedra del Planeta Yadrat que, por alguna razón, había aparecido en su bolsillo cuando despertó en este mundo. Estaba imbuida con una fracción de su antiguo poder.
Al día siguiente, en la Academia Homurahara, el ambiente era eléctrico. Shirou se movía por los pasillos con la parsimonia de un depredador en reposo. Se cruzó con Rin Tohsaka en la escalera. Ella lo miró con curiosidad, sus ojos de maga intentando descifrar qué era lo que hacía que este chico pareciera tan... sólido.
—Emiya —lo llamó ella.
—Tohsaka —respondió él, deteniéndose.
—Hay algo extraño en ti hoy —dijo Rin, cruzándose de brazos—. Más de lo normal. Si sabes lo que es bueno para ti, te irás a casa ahora mismo y no saldrás hasta mañana.
—Aprecio el consejo —dijo Shirou con una media sonrisa que hizo que Rin se sonrojara levemente de pura frustración—, pero tengo algunas cosas que terminar en el club de tiro con arco. Ten cuidado tú también, Tohsaka. El aire está un poco viciado hoy.
Shirou continuó su camino, dejando a una desconcertada Rin atrás. Él sabía lo que venía. Se quedó en la escuela hasta tarde, ayudando a limpiar, esperando pacientemente el momento.
Finalmente, sucedió. El sonido del acero chocando contra el acero resonó en el patio desierto. Shirou se asomó desde el pasillo del segundo piso y observó la danza mortal entre el guerrero de azul y el arquero de rojo.
—Impresionante —susurró Shirou—. Su velocidad es comparable a la de un guerrero de nivel medio en la Tierra, pero su técnica... es pura destreza técnica refinada por el mito.
Lancer, sintiendo una presencia, se detuvo y miró hacia arriba. Sus ojos rojos se encontraron con los negros de Shirou.
—Vaya, un ratoncito se ha quedado a mirar —dijo Lancer con una sonrisa depredadora—. Lo siento, chico. Testigos no permitidos.
Lancer desapareció en un estallido de velocidad y reapareció en el pasillo, frente a Shirou, con su lanza roja apuntando al corazón del joven.
—Nada personal —dijo el Servant, lanzando una estocada.
Shirou no se movió. No invocó un escudo, ni gritó. Simplemente, en el último microsegundo, movió su torso apenas un centímetro. La lanza pasó rozando su uniforme, cortando solo el aire.
Lancer parpadeó, sorprendido. Volvió a atacar, esta vez con una serie de estocadas que habrían convertido a cualquier humano en un colador. Shirou se movía como una hoja en el viento, sus pies apenas despegándose del suelo, sus manos en los bolsillos.
—¿Qué demonios...? —gruñó Lancer, retrocediendo—. Tú no eres un humano normal. ¡Ningún mago se mueve así!
—Tienes razón —dijo Shirou, sacando las manos de los bolsillos. Una pequeña chispa de energía dorada bailó entre sus dedos—. Los magos de este mundo dependen de sus circuitos. Yo prefiero confiar en mi espíritu.
—¡Interesante! —rio Lancer, su espíritu de lucha encendiéndose—. ¡Veamos si puedes esquivar esto!
Lancer comenzó a acumular energía en su lanza. El aire alrededor de la Gáe Bolg se volvió rojo carmesí. Shirou reconoció la acumulación de energía; era una técnica de enfoque similar a un ataque especial, pero vinculada a una ley de causalidad.
—Si usas eso aquí, destruirás el edificio —dijo Shirou con voz tranquila, pero con una autoridad que hizo que Lancer vacilara por un segundo—. Salgamos fuera. No quiero tener que explicarle al director por qué falta un ala de la escuela.
Sin esperar respuesta, Shirou saltó por la ventana abierta. Lancer, intrigado y furioso a la vez, lo siguió. Ambos aterrizaron en el patio.
—Eres un tipo extraño, chico —dijo Lancer, poniéndose en guardia—. Pero las reglas son las reglas.
Lancer se lanzó de nuevo, pero esta vez Shirou no solo esquivó. Cuando la lanza se acercó, Shirou extendió dos dedos y golpeó el lateral de la hoja roja.
—Fisión Espiritual: Interferencia —murmuró.
Un choque de energía azul estalló en el punto de contacto. Lancer sintió como si un rayo hubiera recorrido su brazo, entumeciendo sus nervios y drenando una parte de su maná instantáneamente. La lanza fue desviada violentamente hacia el suelo, creando un cráter.
—¿Qué me has hecho? —exclamó Lancer, saltando hacia atrás para ganar distancia.
—He desestabilizado la conexión entre tu cuerpo espiritual y tu fuente de energía —explicó Shirou como si estuviera dando una clase de física—. Es una técnica de Yadrat. Muy útil contra seres que dependen de contratos externos.
Lancer rugió y estaba a punto de liberar su Fantasma Noble cuando una nueva presencia apareció en el muro de la escuela. Archer observaba la escena con una expresión de absoluto shock. Conocía a Shirou Emiya, o al menos, creía conocerlo. Pero este joven que estaba humillando a un Servant con sus propias manos no encajaba en ninguno de sus recuerdos.
—¿Quién eres tú? —preguntó Archer, su voz cargada de sospecha y una pizca de temor—. Ese no es el poder de un humano.
Shirou miró a Archer y sonrió. Era una sonrisa llena de conocimiento, la sonrisa de alguien que ya había vivido el futuro y lo había superado.
—Soy el resultado de un viaje muy largo, Archer —respondió Shirou—. Y os sugiero a ambos que os retiréis. Esta noche no voy a ser el Maestro de nadie, pero si seguís insistiendo, tendré que enseñaros por qué los dioses de mi otro mundo aprendieron a respetarme.
Lancer apretó los dientes, pero antes de que pudiera atacar de nuevo, su cuerpo comenzó a volverse etéreo. Su Maestro le estaba ordenando retirarse.
—Te has salvado por hoy, chico —dijo Lancer, desapareciendo en la oscuridad—. Pero nos volveremos a ver.
Archer permaneció un momento más, observando a Shirou con una intensidad feroz.
—No sé qué eres —dijo el arquero de rojo—, pero si intentas usar ese poder para convertirte en un Héroe de la Justicia, yo mismo te cortaré la cabeza.
—No te preocupes, Archer —replicó Shirou mientras se daba la vuelta para recoger su mochila—. Ya pasé por esa fase. Ahora solo soy un hombre que quiere proteger su hogar. Y si el Grial se interpone en eso, lo borraré de la existencia.
Archer desapareció sin decir una palabra más. Shirou suspiró y miró hacia la entrada de la escuela. Allí, escondida tras una columna, Rin Tohsaka lo miraba con los ojos abiertos como platos.
—Supongo que ya no sirve de nada fingir, ¿verdad? —dijo Shirou, dirigiéndose a ella.
Rin salió de su escondite, temblando ligeramente, no de miedo, sino de la pura sobrecarga sensorial que había experimentado.
—¿Qué... qué demonios eres, Emiya? —logró preguntar—. He visto a los mejores magos de la Asociación, y ninguno... ninguno puede hacer lo que tú hiciste. ¡Has golpeado a un Servant con tus dedos!
—Se llama Control del Espíritu, Tohsaka —dijo Shirou, comenzando a caminar hacia la salida—. Es una ciencia de un lugar muy lejano. Si quieres, puedo explicártelo mientras me acompañas a casa. Presiento que esta noche voy a tener una visita inesperada en mi jardín.
Rin lo siguió, todavía procesando la información. Al llegar a la mansión Emiya, la atmósfera cambió de nuevo. El aire se volvió frío y una neblina plateada comenzó a cubrir el suelo.
Frente a la puerta, una figura pequeña y elegante esperaba. Llevaba una armadura azul y plateada, y su cabello rubio brillaba bajo la luz de la luna. Sus ojos verdes estaban llenos de una determinación inquebrantable.
—He respondido a tu llamada —dijo la joven, aunque Shirou sabía que él no había realizado ningún ritual—. Te pregunto: ¿Eres tú mi Maestro?
Shirou observó a Artoria Pendragon, la mujer que en otra vida fue el centro de todo para el Shirou original. Sintió la conexión de Avalon en su interior, pero no era una conexión de dependencia. Era una conexión de iguales.
—No soy tu Maestro en el sentido tradicional, Saber —dijo Shirou, dando un paso adelante. El aura de su espíritu comenzó a brillar suavemente, no como una llama, sino como un océano en calma—. Pero soy el hombre que va a poner fin a esta farsa. Si buscas el Grial para cambiar el pasado, te sugiero que mires hacia adelante. Aquí, conmigo, no encontrarás un deseo, sino la fuerza para forjar tu propio destino.
Saber se quedó paralizada. Nunca había sentido una presencia así. No era la arrogancia de Gilgamesh ni la frialdad de Kiritsugu. Era algo... infinito.
—Tu espíritu... —susurró ella, bajando su espada invisible—. Es como el de un dios, pero tus manos son las de un hombre que ha trabajado la tierra.
—He hecho ambas cosas —dijo Shirou con sencillez—. Bienvenida a casa, Saber. Pasa, la cena todavía está caliente y creo que tenemos mucho de qué hablar.
Rin, que estaba detrás de él, soltó un grito ahogado.
—¡Emiya! ¡Acabas de invocar a la clase Saber y lo primero que haces es invitarla a cenar! ¡¿Tienes idea de lo que está pasando?!
Shirou se rió, una risa clara y sincera que rompió la tensión de la noche.
—Lo sé perfectamente, Tohsaka. Está empezando una guerra que nadie puede ganar. Así que mejor estar bien alimentados antes de ir a romper las reglas del mundo, ¿no crees?
Mientras entraban en la casa, Shirou miró por última vez hacia las estrellas. Sabía que los otros Maestros y Servants pronto descubrirían que esta Quinta Guerra no se parecería a nada que hubieran imaginado. El espíritu de un guerrero de otro universo se había fusionado con el destino de este mundo, y el resultado iba a ser algo que ni siquiera el Trono de los Héroes podría olvidar.
—Mañana —se dijo a sí mismo—, empezaré a enseñarles a todos lo que realmente significa el control del espíritu.
El destino de Fuyuki acababa de cambiar para siempre.