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Con honor hasta el final

El Trono de la Voluntad y el Fin de los Gusanos

La tarde caía sobre la ciudad de Fuyuki, tiñendo el cielo de un naranja violáceo que recordaba a Shirou los atardeceres en el Planeta Namek. Sin embargo, no había nostalgia en su mirada, sino una determinación gélida. Saber y Rin caminaban a su lado, ambas sumidas en un silencio sepulcral tras la demostración de poder en la iglesia. La sola idea de que Shirou hubiera desintegrado los tesoros de Gilgamesh como si fueran simples proyecciones de baja calidad había roto los esquemas mentales de la heredera Tohsaka.

—Emiya —dijo Rin finalmente, deteniéndose frente a la entrada del distrito residencial donde se encontraba la mansión Matou—, lo que planeas hacer... entrar en territorio de otra familia de magos y atacar su núcleo es una declaración de guerra total contra la Asociación de Magos.

—La Asociación no tiene jurisdicción sobre el espíritu, Rin —respondió Shirou sin detener su paso—. Y lo que Zouken Matou le está haciendo a Sakura no es magia, es una parásito existencial. No voy a permitir que una vida sea sacrificada por la ambición de un cadáver que se niega a morir.

Saber apretó el puño sobre su espada invisible, su sentido del honor vibrando ante las palabras de su Maestro.

—Comparto tu sentimiento, Shirou. Una injusticia de tal magnitud no puede ser ignorada. Pero ten cuidado, la mansión Matou se siente... impura. El aire mismo está cargado de una energía estancada.

—Es Ki podrido —explicó Shirou—. Zouken ha pasado siglos fragmentando su alma en gusanos. Ha perdido su humanidad y su estructura espiritual está tan degradada que solo puede alimentarse del dolor ajeno. Pero hoy, su linaje se detiene.

Llegaron a los imponentes muros de la mansión Matou. A diferencia de la elegancia de los Tohsaka o la calidez de la mansión Emiya, este lugar exhalaba una atmósfera de decadencia y humedad. Shirou no llamó a la puerta. Simplemente extendió su mano derecha y tocó la madera reforzada con barreras mágicas.

—*Fisión Espiritual: Desconexión de Red* —susurró.

No hubo explosión. En su lugar, las complejas barreras de la familia Matou, perfeccionadas durante generaciones, simplemente se apagaron. Los circuitos que alimentaban la seguridad de la casa se desconectaron de la fuente de energía de la tierra, dejando la mansión desnuda y vulnerable. Shirou empujó la puerta, que se abrió con un chirrido quejumbroso.

En el vestíbulo los esperaba Shinji Matou, con su habitual sonrisa de suficiencia que se desvaneció al ver a Rin y, sobre todo, la imponente presencia de Saber.

—¡¿Emiya?! ¡¿Qué demonios haces aquí con Tohsaka?! —gritó Shinji, retrocediendo—. Este es territorio Matou. ¡Largo de aquí antes de que llame a mi abuelo!

—Shinji —dijo Shirou, y su voz resonó con una autoridad que hizo que el chico cayera de rodillas, abrumado por una presión gravitatoria repentina—, no tengo tiempo para tus complejos. ¿Dónde está Sakura?

—¡Vete al infierno! —chilló Shinji, aunque sus dientes castañeaban.

—Shirou —advirtió Saber, poniéndose en guardia—, algo viene desde abajo.

Del suelo empezaron a brotar cientos, miles de gusanos de cresta, retorciéndose en una marea negra y viscosa que llenó el pasillo. Del centro de la masa emergió una figura encorvada, un anciano que parecía más un esqueleto envuelto en piel que un ser humano. Sus ojos brillaban con una luz mortecina y malévola.

—Vaya, vaya... —siseó Zouken Matou—. El hijo adoptivo de Kiritsugu ha venido a morir. Y trae consigo a la pequeña Rin. Qué desperdicio de potencial.

—Zouken —dijo Shirou, dando un paso adelante. Los gusanos que intentaban acercarse a sus pies se desintegraban instantáneamente al entrar en contacto con su aura—, se acabó. Libera a Sakura y destruye los parásitos, o lo haré yo de una forma que no te permitirá reencarnar.

—¡Je, je, je! —rio el anciano—. ¿Destruirme? Mi alma está dispersa en miles de recipientes. Mientras un solo gusano viva, yo viviré. Y Sakura... ella es mi obra maestra. Es el recipiente del Grial que tú no pudiste proteger.

Shirou cerró los ojos y respiró hondo. En su mente, activó la percepción espiritual de Yadrat a su máximo nivel. No buscaba el cuerpo de Sakura, buscaba su firma de energía. La encontró en el sótano, rodeada de una oscuridad asfixiante. Pero también sintió algo más: el núcleo del alma de Zouken, el gusano primordial que residía cerca del corazón de la chica.

—Rin, Saber, encargaos de Shinji y de los gusanos superficiales —ordenó Shirou—. Yo voy a bajar.

—¡Espera, Emiya! —gritó Rin—. ¡No puedes simplemente entrar ahí! El pozo de gusanos es un territorio de Misterio absoluto. ¡Tu cuerpo será devorado!

—Mi cuerpo —dijo Shirou, empezando a flotar a unos centímetros del suelo mientras una luz plateada lo envolvía— es un templo de espíritu refinado. Nada que esté podrido puede tocarme.

Sin esperar respuesta, Shirou se hundió literalmente en el suelo. Usando la técnica de manipulación de materia que aprendió para atravesar los muros de las naves de Freezer en su otra vida, se deslizó a través de la piedra y la tierra hasta llegar al pozo.

Lo que vio allí habría hecho vomitar a cualquier mortal. Sakura estaba suspendida en el centro de un foso inmenso, rodeada de millones de gusanos que se alimentaban de su maná y corrompían su origen. La chica estaba inconsciente, con el rostro contraído por un dolor eterno.

—Perdóname por tardar tanto, Sakura —susurró Shirou, aterrizando en el centro del foso.

Los gusanos se lanzaron sobre él como una marea hambrienta. Shirou ni siquiera se movió.

—*Kaio-ken* —pronunció en voz baja.

Un estallido de aura roja carmesí iluminó el sótano. La presión fue tan inmensa que los gusanos en un radio de diez metros fueron vaporizados instantáneamente por el calor y la fuerza cinética. Shirou caminó hacia Sakura, su presencia quemando la oscuridad del lugar.

—¡Imposible! —La voz de Zouken resonó desde las paredes—. ¡Esa energía... no es maná! ¡Es pura fuerza vital! ¡Estás quemando tu propia vida!

—No, Zouken —dijo Shirou, extendiendo su mano hacia Sakura—. Estoy usando la energía del universo para purificar este lugar. *Fisión Espiritual: Extracción de Parásitos*.

Shirou no tocó a Sakura. En su lugar, proyectó hilos de Ki dorado que penetraron en el cuerpo de la chica como agujas de luz. Con una precisión quirúrgica que solo siglos de entrenamiento podían otorgar, localizó cada gusano de cresta, cada fragmento del alma de Zouken incrustado en los nervios de Sakura.

—¡No! ¡Detente! —gritó Zouken, sintiendo cómo su propia existencia era arrancada—. ¡Si haces eso, ella morirá! ¡Sus circuitos están fusionados con mis gusanos!

—En tu mundo de magos, tal vez —replicó Shirou—. Pero en mi mundo, el cuerpo sigue al espíritu. Voy a reconstruir sus circuitos usando su propia voluntad.

Con un tirón violento de su energía, Shirou extrajo una masa negra y chillona del pecho de Sakura. Era el gusano primordial, la esencia de Zouken Matou. Al mismo tiempo, el Ki dorado de Shirou empezó a sanar los tejidos dañados de la chica, reforzando sus células y reescribiendo su código genético para eliminar la influencia de los Matou.

Sakura abrió los ojos, que por primera vez en años no estaban nublados por el dolor. Vio a Shirou envuelto en una luz cálida y protectora.

—¿Sen... pai? —susurró, con lágrimas brotando de sus ojos.

—Ya estás a salvo, Sakura —dijo Shirou con una ternura que contrastaba con el poder destructivo que emanaba de él—. Cierra los ojos. Voy a terminar con esto.

Shirou apretó el puño, aplastando el gusano primordial de Zouken. Un grito agonizante recorrió toda la mansión mientras el anciano se desintegraba en el piso de arriba. Pero Shirou no se detuvo ahí. Sabía que la mancha de los Matou estaba impregnada en los cimientos de la casa.

—Saber, Rin, ¡salid de la mansión ahora! —telepateó Shirou usando su comunicación espiritual.

Sintió cómo las dos firmas de energía abandonaban el edificio a toda velocidad, llevando a un Shinji inconsciente con ellas.

Shirou tomó a Sakura en brazos y se elevó por el centro del sótano, atravesando los pisos de la mansión hasta salir por el techo. Se mantuvo suspendido en el aire, observando la casa maldita.

—*Hakai* —murmuró, usando el concepto de destrucción total que había visto ejecutar a Beerus, aunque adaptado a su propio Ki espiritual.

No hubo una explosión de fuego. En su lugar, la mansión Matou empezó a colapsar sobre sí misma, volviéndose blanca y luego convirtiéndose en partículas de luz que se disiparon en el viento. En cuestión de segundos, donde antes había una mansión de pesadilla, ahora no quedaba más que un solar vacío y limpio.

Shirou descendió suavemente hasta el suelo, donde Rin y Saber lo esperaban con expresiones de absoluto asombro. Dejó a Sakura en el césped, quien se quedó dormida en un sueño profundo y reparador por primera vez en su vida.

—Emiya... —Rin señaló el espacio vacío donde estaba la mansión—. Has borrado una de las tres familias fundadoras de la faz de la tierra. Sin rituales, sin grandes hechizos... solo con un pensamiento.

—El linaje Matou estaba muerto hace mucho tiempo, Rin —dijo Shirou, limpiándose una gota de sudor. Usar el Kaio-ken en este cuerpo todavía era agotador—. Solo he limpiado el cadáver.

Saber se acercó, envainando su espada. Miró a Sakura y luego a Shirou, con un respeto renovado.

—Has salvado a esta joven, Shirou. Has hecho lo que ningún Caballero de mi mesa redonda habría podido hacer. Pero el Grial... el Grial sentirá esta pérdida. El equilibrio de la guerra se ha roto.

—Lo sé —asintió Shirou—. El Grial intentará compensar la pérdida de un Maestro. Probablemente acelere la invocación del resto de las fuerzas o intente corromper a otro participante. Pero no importa.

Se giró hacia Rin, que seguía mirando el solar vacío.

—Tohsaka, lleva a Sakura a mi casa. Taiga cuidará de ella. Yo tengo que ir a un lugar.

—¿A dónde? —preguntó Rin—. ¿Después de esto vas a seguir peleando?

—No es una pelea —dijo Shirou, mirando hacia las montañas de Fuyuki—. Es un encuentro. Hay alguien observando desde las sombras que cree que todavía tiene el control de este tablero. Un hombre que viste de oro y que no aprendió la lección en la iglesia.

—Gilgamesh —susurró Saber—. Iré contigo.

—No, Saber. Necesito que protejas la casa. Si el Grial reacciona, enviará a los otros Servants hacia el punto de mayor resistencia. Quédate con Rin y Sakura. Yo me encargaré del Rey de los Héroes.

—Shirou —dijo Rin, tomándolo del brazo—, ten cuidado. Gilgamesh es... él es el origen de todos los mitos. Su *Ea* puede desgarrar el espacio-tiempo.

Shirou sonrió, y por un momento, Rin vio en él la sombra de un guerrero que había desafiado a seres capaces de borrar galaxias enteras con un estornudo.

—Él puede desgarrar el espacio, Rin. Pero yo soy el espíritu que habita en el espacio. Él tiene las llaves de su tesorería, pero yo tengo las llaves de mi propia existencia. Nos vemos para la cena.

Con un chasquido sónico, Shirou desapareció. No usó la Transmisión Instantánea, sino pura velocidad de movimiento que rompió la barrera del sonido en un instante.

Apareció en la cima del monte Enzou, frente a las puertas del templo Ryuudou. Allí, sentado en las escaleras con una copa de vino en la mano, estaba Gilgamesh. El Rey de los Héroes ya no vestía su armadura; llevaba ropa moderna, pero su aura era más afilada que nunca.

—Has tardado, mestizo —dijo Gilgamesh, sin mirarlo—. Has causado un desorden innecesario en mi jardín. Los Matou eran basura, pero eran *mi* basura para observar.

—Tu jardín está lleno de maleza, Gilgamesh —respondió Shirou, caminando hacia él con pasos tranquilos—. He venido a decirte que tu tiempo en este mundo se ha acabado. No perteneces aquí, y tu arrogancia está empezando a cansarme.

Gilgamesh se puso de pie, dejando caer la copa de vino, que se evaporó antes de tocar el suelo. Sus ojos rojos brillaron con una furia divina.

—¡Te atreves a hablarle así al único y verdadero Rey! ¡Crees que porque puedes manipular la energía de este mundo estás a mi nivel! ¡Te mostraré la diferencia entre un mago con trucos y el soberano de la humanidad!

El cielo se volvió dorado. Miles de portales del *Gate of Babylon* se abrieron, cubriendo todo el firmamento sobre el templo. Era una visión apocalíptica.

—¡Contempla el fin de tu arrogancia! —rugió Gilgamesh.

La lluvia de armas comenzó. Miles de Fantasmas Nobles descendieron como una tormenta de estrellas fugaces. Shirou no se movió. No esquivó. En su lugar, cruzó los brazos sobre su pecho y cerró los ojos.

—*Control del Espíritu: Armonía Universal* —murmuró.

En el momento en que la primera espada iba a tocarlo, el mundo pareció detenerse. No fue una detención del tiempo, sino una sincronización absoluta de Shirou con la energía de cada objeto que caía. Usando la *Fisión Espiritual*, Shirou no desintegró las armas esta vez. Hizo algo mucho más aterrador.

Reescribió la propiedad de "pertenencia" de las armas.

A mitad de camino, las espadas y lanzas doradas cambiaron de dirección. Como si hubieran encontrado a un nuevo y más digno soberano, las armas se detuvieron en el aire y giraron sus puntas hacia Gilgamesh.

—¿Qué...? —Gilgamesh se quedó lívido—. ¡¿Cómo te atreves?! ¡Son mis tesoros! ¡Mi propiedad!

—En el mundo del espíritu, nada se posee realmente, Gilgamesh —dijo Shirou, abriendo los ojos, que ahora eran pozos de luz plateada—. Todo es energía prestada. Y ahora, te devuelvo tu préstamo.

Con un movimiento de su mano, Shirou envió la tormenta de vuelta a su dueño. Gilgamesh tuvo que abrir frenéticamente nuevos portales para contrarrestar sus propias armas, creando una serie de explosiones que sacudieron la montaña entera.

—¡Basta! —gritó el Rey de los Héroes, sacando una empuñadura ornamentada de un portal especial—. ¡Me has obligado a usar esto! ¡Alégrate, mestizo, pues morirás viendo la verdad del mundo! ¡Despierta, Ea!

La espada de la ruptura apareció. El espacio alrededor de Gilgamesh empezó a retorcerse y a gemir bajo la presión de un arma que existía antes de que el concepto de "mundo" fuera creado.

—*Enuma Elish*! —rugió Gilgamesh, lanzando el ataque definitivo.

Un torbellino de vacío rojo y negro salió disparado de la espada giratoria, una fuerza capaz de borrar la realidad misma. Shirou observó el ataque con una calma absoluta. Había visto el *Final Flash* de Vegeta, el *Kamehameha* de Goku y la destrucción de Bills. Comparado con el poder de un Dios de la Destrucción, el *Enuma Elish* era una técnica poderosa, pero lineal.

Shirou extendió su mano abierta hacia el vacío que se aproximaba.

—*Fisión Espiritual: Punto Cero* —dijo con voz clara.

Cuando el ataque de Ea hizo contacto con la palma de Shirou, no hubo explosión. Hubo silencio. Shirou no estaba bloqueando el ataque; lo estaba "desmontando". Sus dedos se movían a velocidades imperceptibles, separando los hilos de maná y Misterio que formaban la técnica de Gilgamesh. El vacío rojo se deshizo en hilos de energía inofensiva que Shirou absorbió y redirigió hacia la tierra.

En segundos, el ataque que podía destruir el mundo se convirtió en una suave brisa que apenas agitó el cabello de Shirou.

Gilgamesh cayó de rodillas, con Ea temblando en su mano. Su rostro era una máscara de horror puro.

—Tú... tú no eres un héroe —susurró el Rey—. No eres un dios... ¿Qué eres?

Shirou caminó hasta quedar frente a él. Se inclinó y puso una mano en el hombro del Rey caído.

—Soy solo un chico que aprendió que el espíritu es más fuerte que cualquier espada —dijo Shirou—. Vuelve al Trono, Gilgamesh. Este mundo ya tiene suficientes reyes. Ahora necesita a alguien que sepa cómo ser humano.

Con un toque suave imbuido de Ki purificador, Shirou deshizo el cuerpo físico que el Grial le había dado a Gilgamesh hace diez años. El Rey de los Héroes se desvaneció en partículas doradas, con una expresión que, al final, no era de odio, sino de una extraña aceptación.

Shirou se quedó solo en la cima de la montaña. El templo Ryuudou estaba intacto, protegido por su control sobre la energía. Suspiró y miró hacia la ciudad, donde las luces de Fuyuki brillaban como pequeñas estrellas.

—Dos familias eliminadas, un Rey enviado a casa —se dijo a sí mismo—. Ahora solo queda el Grial.

Se llevó dos dedos a la frente y localizó la firma de energía de Rin y Saber en su casa.

—*Shunkan Ido* —murmuró.

Apareció instantáneamente en su cocina. Rin estaba preparando café, todavía nerviosa, mientras Saber vigilaba la entrada. Ambas saltaron del susto al verlo aparecer de la nada.

—¡Emiya! —gritó Rin, derramando un poco de café—. ¡No hagas eso! ¿Y bien? ¿Qué pasó con el Rey de los Héroes?

—Se ha ido —dijo Shirou, sentándose en una silla y estirando los músculos—. Le dije que este no era su lugar.

Saber lo miró fijamente, buscando heridas. No encontró ni un rasguño.

—¿Has derrotado a Gilgamesh y a Ea... sin una sola herida? —preguntó la rubia, con un tono de voz que denotaba que estaba empezando a aceptar que su Maestro era, esencialmente, un dios caminando entre hombres.

—El Control del Espíritu es muy versátil, Saber —dijo Shirou con una sonrisa—. Ahora, ¿qué hay de cenar? He gastado mucha energía y mi apetito de Guerrero Z está empezando a despertar.

Rin se rió, una risa histérica y aliviada a la vez.

—Eres increíble, Shirou Emiya. Realmente increíble.

Mientras se sentaban a comer, Shirou sabía que la Guerra del Grial estaba herida de muerte. En pocos días, el ritual colapsaría y él estaría allí para recoger los pedazos y asegurarse de que nadie volviera a sufrir por la ambición de los magos. Pero por ahora, rodeado de sus amigas y con el aroma de la comida casera, Shirou se sentía, por primera vez en dos vidas, verdaderamente en casa.

El chico de diecisiete años que amaba el anime había recorrido un camino imposible a través de las estrellas y los mitos, solo para descubrir que el mayor poder de todos no era destruir universos, sino tener a alguien con quien compartir una cena en paz.