Volver al resumen

Con honor hasta el final

El Despertar del Dragón en el Jardín de las Sombras

La noche en Fuyuki se había vuelto extrañamente silenciosa tras la retirada de Illyasviel y su coloso. El aire, que antes vibraba con la presión del choque entre el Ki de Shirou y la divinidad de Berserker, ahora se sentía vacío, casi estéril. Rin Tohsaka caminaba un paso por detrás de Shirou, observando su espalda con una mezcla de sospecha y una fascinación que no podía ocultar. Saber, por su parte, mantenía los sentidos alerta, pero su mirada se desviaba constantemente hacia las manos de su Maestro, buscando alguna señal de agotamiento que simplemente no existía.

—Shirou —rompió el silencio Rin, incapaz de contenerse más—, lo que hiciste en el parque... esa esfera de energía. No era una descarga de maná. El maná es energía ambiental convertida por circuitos; eso que lanzaste parecía... materia prima del alma.

Shirou se detuvo frente a la puerta de la mansión Emiya y suspiró, mirando hacia las estrellas que empezaban a palidecer ante la llegada de la madrugada.

—Es Ki, Rin. Pero no el Ki que los artistas marciales de este mundo entienden como una simple extensión del aliento. Es la fuerza vital refinada a través del Control del Espíritu. En Yadrat aprendí que si puedes armonizar tu espíritu con el ritmo del universo, no necesitas circuitos para procesar energía. Tú te conviertes en el circuito.

—Eso es una locura —replicó Rin, cruzándose de brazos—. Va en contra de todos los fundamentos de la taumaturgia moderna. Si no usas circuitos, no hay límite. Si no hay límite, deberías haber explotado hace años.

—El límite lo pone la voluntad —dijo Shirou con una sonrisa relajada, abriendo la puerta—. Entrad. Aún queda té y creo que todos necesitamos asentar la realidad.

Saber entró la primera, moviéndose con la gracia de un felino. Se detuvo en el pasillo y miró a Shirou a los ojos.

—Maestro, tu poder es inmenso, pero detecto una contradicción en ti. Luchas con la eficiencia de un guerrero que ha visto mil batallas, pero tu aura no tiene la sed de sangre de un asesino. ¿Quién eres realmente?

Shirou invitó a ambas a sentarse en el salón. El calor del hogar contrastaba con el frío residual del combate.

—Soy Shirou Emiya —comenzó, mientras servía el té con movimientos pausados—. Pero en otra vida, en otro lugar muy lejano, fui alguien que tuvo que aprender a proteger mundos enteros. Vi a hombres capaces de destruir planetas con un dedo y a héroes que daban su vida por una causa justa. Aprendí que la fuerza sin control es solo ruido, y que la magia, o lo que vosotros llamáis así, es solo una forma de interpretar la voluntad del espíritu sobre la materia.

Rin tomó un sorbo de té, tratando de calmar el temblor de sus manos.

—Si eres tan fuerte, ¿por qué participar en esta guerra? Podrías simplemente... no sé, ¿borrar el Grial?

—No es tan sencillo, Rin —respondió Shirou, su expresión volviéndose seria—. El Grial de esta ciudad está corrupto. Es una masa de deseos deformados. Si lo golpeo con fuerza bruta, la explosión de energía negativa borraría Fuyuki del mapa. Necesito la Fisión Espiritual para desmantelarlo desde dentro, hilo por hilo. Y para llegar a él, necesito que la guerra siga su curso hasta cierto punto.

—Entonces, ¿me estás diciendo que nos vas a usar para llegar al Grial? —preguntó Saber, su voz teñida de una ligera decepción.

—No —dijo Shirou con firmeza—. Os voy a proteger. Saber, tú buscas el Grial para deshacer tu pasado, para borrar tu reinado. Pero como alguien que ha vivido siglos, te digo que el pasado es el cimiento de lo que eres. No vine a este mundo para dejar que una espada legendaria se marchite en el arrepentimiento. He venido a mostraros que el destino no es una cadena, sino un hilo que podéis tejer a vuestro antojo.

Saber guardó silencio, procesando las palabras de Shirou. En su larga existencia como Espíritu Heroico, jamás alguien le había hablado con tal autoridad sobre la naturaleza del tiempo y el alma.

De repente, una presencia familiar se manifestó en la habitación. Archer apareció en una esquina, apoyado contra la pared, con los brazos cruzados y una mirada de absoluto desprecio dirigida hacia Shirou.

—Vaya discurso —dijo Archer, su voz cargada de sarcasmo—. El "Maestro del Espíritu" dando lecciones de moralidad. ¿Crees que por tener un poder que no pertenece a este mundo puedes salvar a todo el mundo, Emiya?

Shirou no se inmutó. Ni siquiera giró la cabeza para mirar al arquero de rojo.

—No a todo el mundo, Archer. Solo a los que tengo frente a mí. Sé quién eres, o mejor dicho, quién podrías haber sido. Estás resentido porque tu ideal te traicionó. Pero mi ideal no nació de la culpa, sino de la curiosidad y el deseo de ver qué hay más allá del siguiente horizonte.

Archer se tensó, sus ojos entrecerrándose.

—No sabes nada de mí.

—Sé que te convertiste en un Guardián del Contra-Estructo porque no fuiste lo suficientemente fuerte para controlar tu propio espíritu —replicó Shirou, levantándose—. Te convertiste en una herramienta del mundo. Yo, en cambio, hice que el mundo se adaptara a mí. Esa es la diferencia entre un mago y un Guerrero Z.

Rin miraba de uno a otro, confundida por la tensión eléctrica que se sentía entre los dos hombres.

—¿Guerrero Z? ¿De qué estás hablando, Emiya?

—Es una historia para otro día, Rin —dijo Shirou, caminando hacia el jardín—. Ahora, si me disculpáis, tengo que realizar mi entrenamiento nocturno. Si Berserker vuelve, quiero estar seguro de que puedo usar el Kaio-ken sin romper este cuerpo de diecisiete años.

Shirou salió al jardín y se sentó en el centro del césped. El aire empezó a arremolinarse a su alrededor. No era viento, era la presión de su Ki empezando a circular a velocidades vertiginosas.

—Saber —llamó Shirou sin abrir los ojos—, si quieres entender de qué hablo, intenta golpearme. No uses tu espada, usa tu intención.

Saber se levantó, intrigada. Caminó hacia el jardín y se puso en guardia.

—¿Estás seguro, Shirou? Mi fuerza, incluso contenida, puede ser letal para un humano.

—No soy un humano común, Saber. Inténtalo.

Saber se lanzó hacia adelante. Su movimiento fue un borrón de velocidad plateada. Lanzó un golpe de palma dirigido al pecho de Shirou, pero antes de que pudiera hacer contacto, sintió como si golpeara una pared de acero invisible. Una onda de choque invisible la repelió, obligándola a dar un salto hacia atrás.

—Eso fue... —Saber jadeó, mirando su mano— ¿un escudo de maná?

—No —explicó Shirou, abriendo un ojo que ahora brillaba con un tono plateado—. Es el *Kiai*. El uso de la voluntad para proyectar fuerza física a través del aire. He reforzado el espacio entre nosotros. Para golpearme, necesitas que tu espíritu sea más denso que el mío.

Rin y Archer observaban desde el porche. Rin estaba tomando notas mentales frenéticamente, mientras Archer apretaba los puños, reconociendo una técnica que desafiaba toda lógica de la Guerra del Grial.

—Es absurdo —murmuró Archer—. Está manipulando las constantes físicas de la realidad mediante la pura presencia. Si continúa así, el Mundo enviará una corrección.

—El Mundo ya lo intentó en mi vida anterior —dijo Shirou, poniéndose de pie con una agilidad sobrenatural—. Y fracasó.

Shirou extendió su mano hacia el cielo. Una pequeña esfera de luz dorada se formó en la punta de su dedo.

—Saber, Rin... Archer. Esta guerra está diseñada para ser una tragedia. Pero yo no soy un actor en vuestra obra. Soy el director que ha decidido cambiar el final. Mañana iremos a la iglesia. Quiero ver a Kotomine Kirei.

—¿Al supervisor? —preguntó Rin, alarmada—. ¿Para qué?

—Para decirle que las reglas han cambiado —respondió Shirou—. Y para advertirle que si intenta despertar a lo que duerme bajo esta ciudad, no habrá Grial que lo salve de mi furia.

La noche continuó, pero la atmósfera en la mansión Emiya había cambiado. Ya no eran solo un Maestro y un Servant intentando sobrevivir. Ahora eran el núcleo de algo que amenazaba con desmantelar el sistema del Santo Grial por completo.

A la mañana siguiente, el grupo se dirigió a la iglesia de Fuyuki. El camino fue silencioso. Shirou caminaba al frente, su presencia tan imponente que incluso los transeúntes se apartaban inconscientemente, sintiendo un calor radiante que emanaba de él.

Al entrar en la iglesia, el olor a incienso y madera vieja los recibió. Kotomine Kirei estaba de pie frente al altar, con su túnica negra y esa sonrisa de vacío que lo caracterizaba.

—Vaya —dijo Kirei, su voz resonando en la nave vacía—, el hijo de Kiritsugu ha venido a visitarme. Y trae consigo a la joya de los Tohsaka y al Caballero del Rey.

Shirou se detuvo a pocos metros del sacerdote. No hubo saludos, ni cortesías.

—Kirei —dijo Shirou, y su voz cargó la habitación con una gravedad que hizo que las velas temblaran—. Sé lo que escondes en el sótano. Sé lo que pasó hace diez años y sé lo que planeas hacer con el huérfano de la guerra anterior.

La sonrisa de Kirei no desapareció, pero sus ojos se volvieron fríos como el hielo.

—Eres un niño muy bien informado, Shirou Emiya. ¿Acaso Kiritsugu te dejó un diario con todos sus pecados?

—Kiritsugu me salvó del fuego —respondió Shirou—, pero el espíritu que ves ante ti ha vivido más inviernos de los que esta iglesia ha estado en pie. He venido a darte una opción. Detén la farsa de la guerra ahora. Libera a los Servants de sus contratos y permíteme purificar el Grial.

Kirei soltó una carcajada seca, un sonido carente de toda alegría.

—¿Y si me niego? ¿Qué puede hacer un simple mago contra la voluntad del Santo Grial?

Shirou dio un paso adelante. El suelo de piedra bajo sus pies se agrietó, no por fuerza física, sino por la mera presión de su aura. Un resplandor dorado empezó a emanar de su piel, y su cabello pareció erizarse ligeramente.

—No soy un mago, Kirei. Soy el hombre que dominó el Control del Espíritu en el planeta de los Yadrat. He luchado contra dioses que borran galaxias por capricho. Si te niegas, no solo destruiré el Grial. Borraré tu existencia de tal forma que ni siquiera el Trono de los Héroes recordará que alguna vez respiraste.

En ese momento, una presencia dorada se materializó junto a Kirei. Gilgamesh, el Rey de los Héroes, apareció con su armadura resplandeciente, mirando a Shirou con una mezcla de ira y diversión.

—¿Qué es este ruido? —preguntó Gilgamesh, su voz llena de arrogancia—. ¿Un mestizo se atreve a amenazar en mi presencia?

Shirou miró al Rey de los Héroes. No hubo asombro, ni miedo. Solo una evaluación clínica.

—Gilgamesh —dijo Shirou—. El coleccionista de tesoros. Tienes muchas armas en tu puerta, pero ninguna de ellas puede herir a alguien cuyo espíritu es uno con el vacío.

—¡Muere, insolente! —rugió Gilgamesh, abriendo el *Gate of Babylon*.

Docenas de portales dorados aparecieron en el aire, y una lluvia de espadas y lanzas legendarias salió disparada hacia Shirou a velocidades hipersónicas.

Saber y Rin se prepararon para intervenir, pero Shirou simplemente levantó una mano.

—*Fisión Espiritual: Dispersión Atómica* —susurró.

En lugar de chocar, las armas de Gilgamesh simplemente se detuvieron en el aire, a pocos centímetros de Shirou. Luego, ante los ojos incrédulos de todos, las armas empezaron a brillar con una luz azul y se deshicieron en polvo de estrellas. La energía mágica que las mantenía fue drenada instantáneamente, devolviendo el maná a la atmósfera de la ciudad.

—¿Qué...? —Gilgamesh retrocedió un paso, algo que probablemente no había hecho en milenios—. ¡Mis tesoros! ¡¿Qué has hecho con ellos?!

—He separado su forma de su esencia —explicó Shirou, bajando la mano—. Tu poder depende de la acumulación de objetos. El mío depende de la comprensión de la energía. Eres fuerte, Gilgamesh, pero eres un esclavo de tus posesiones. Yo no poseo nada, y por eso, lo controlo todo.

Kirei observaba la escena con una fascinación genuina. El vacío en su pecho parecía vibrar ante la presencia de Shirou.

—Esto es... magnífico —dijo el sacerdote—. Eres el factor desconocido que Kiritsugu nunca pudo ser. Pero dime, Shirou Emiya, si eres tan poderoso, ¿por qué no nos matas ahora mismo?

—Porque el espíritu tiene reglas —respondió Shirou, su aura disminuyendo pero manteniendo su intensidad—. Matar por poder es lo que hacen los tiranos. Yo solo lucho para mantener el equilibrio. Tenéis tres días para decidir vuestro próximo movimiento. Después de eso, el Grial dejará de existir, con o sin vuestra cooperación.

Shirou se dio la vuelta y comenzó a caminar hacia la salida. Saber y Rin lo siguieron, todavía en estado de shock por la facilidad con la que había neutralizado al Rey de los Héroes.

—Emiya... —susurró Rin una vez estuvieron fuera—, acabas de declarar la guerra al supervisor y al Servant más fuerte de la historia.

—No, Rin —corrigió Shirou, mirando hacia el horizonte donde el sol empezaba a calentar las calles de Fuyuki—. Les he dado una oportunidad de rendirse. La guerra terminó en el momento en que decidí que ya no quería ver a más gente sufrir por una copa de deseos.

Saber caminaba al lado de Shirou, sintiendo que su propio espíritu se fortalecía solo por estar cerca de él.

—Shirou —dijo ella—, ¿qué haremos ahora?

—Ahora —dijo Shirou con una sonrisa que volvió a ser la de aquel chico de diecisiete años amante del anime—, vamos a buscar a Sakura. Es hora de limpiar ese nido de gusanos y enseñarle a la familia Matou lo que sucede cuando intentas corromper el espíritu de alguien bajo mi protección.

Mientras se alejaban de la iglesia, Shirou sintió una conexión interna profunda. En algún lugar de su ser, los ecos de su vida en Yadrat y sus batallas junto a Goku y Vegeta resonaban con fuerza. No era solo un humano, ni solo un mago. Era el puente entre dos mundos, y Fuyuki estaba a punto de presenciar el renacimiento de una leyenda que superaba cualquier mito escrito en los libros de historia.

—El Control del Espíritu —murmuró para sí mismo— es realmente la técnica definitiva. Gracias, Pybara-sama. Prometo que no desperdiciaré esta segunda oportunidad.

El cielo de Fuyuki nunca se había visto tan despejado, como si la propia atmósfera supiera que el Dragón del Espíritu finalmente había despertado.