Contrato de Sangre y Deseo
Pinceladas de Vida y Pasos Compartidos
El campus de la Universidad Nacional de las Artes de Seúl hervía con la energía vibrante del inicio de un nuevo semestre. El aire fresco de la mañana traía consigo el aroma del café recién hecho y el murmullo constante de los estudiantes que corrían de una facultad a otra. Entre la multitud, Jake caminaba con una lentitud que no era habitual en él, pero que se había vuelto necesaria. Con cinco meses de embarazo, su vientre ya era una curva prominente bajo su sudadera de color crema, y cada paso requería un poco más de esfuerzo que el día anterior.
Se detuvo frente al edificio de la Facultad de Bellas Artes, ajustando la correa de su mochila, que ahora cargaba con menos libros para no lastimarse la espalda. A pesar de los mareos ocasionales y la fatiga, Jake se negaba a abandonar sus estudios. El arte era su refugio, y ahora que su relación con Sunghoon era un puerto seguro, se sentía con más fuerzas que nunca para terminar su carrera.
—¡Jake! —Una voz familiar lo llamó desde la entrada.
Era Heeseung, uno de sus amigos más cercanos, quien corrió hacia él con una sonrisa brillante. Al llegar a su lado, bajó la mirada automáticamente hacia el vientre de Jake y sus ojos se suavizaron.
—Hola, pequeño artista —saludó Heeseung, haciendo un gesto hacia el bebé antes de mirar a Jake—. ¿Cómo te sientes hoy? ¿Sunghoon te dejó venir solo de nuevo?
Jake soltó una risita suave, sintiendo una calidez reconfortante en el pecho al mencionar a su esposo.
—Casi no lo logro —confesó Jake, empezando a caminar hacia el salón de clases—. Quería contratar un servicio de transporte privado o, mejor aún, traerme él mismo y quedarse sentado fuera de mi salón toda la mañana. Tuve que recordarle que él también tiene clases en la Facultad de Administración y que su padre lo mataría si falta a otra reunión de presupuesto.
Heeseung negó con la cabeza, divertido.
—Ese alfa está completamente perdido por ti, Jake. Quién lo diría, el "Príncipe de Hielo" resultó ser un protector empedernido.
—No es solo protección —corrigió Jake con una sonrisa soñadora—. Es... cuidado. Anoche pasó una hora leyéndole un libro de anatomía al bebé porque dice que quiere que nuestro hijo sea culto desde el útero.
Ambos rieron mientras entraban al taller de pintura. Jake se instaló frente a su caballete, suspirando de alivio al sentarse en el taburete alto. Aunque amaba la universidad, el peso extra empezaba a pasarle factura. Sin embargo, en cuanto sus dedos tocaron los pinceles, el cansancio desapareció.
Mientras tanto, al otro lado del extenso campus, en el edificio de cristal y acero de la Facultad de Administración, el ambiente era drásticamente diferente. Sunghoon estaba sentado en la fila de atrás de un auditorio, rodeado de estudiantes que tomaban notas frenéticamente sobre macroeconomía. Él, sin embargo, tenía la mirada fija en su teléfono móvil, que descansaba sobre su regazo.
Tenía abierta la aplicación de seguimiento del embarazo. "Semana 22: El bebé ya puede escuchar ruidos externos", leyó en silencio. Un pequeño atisbo de sonrisa curvó sus labios, una expresión que habría dejado atónitos a sus compañeros, quienes todavía lo veían como un joven serio y distante.
—Sunghoon, ¿podrías darnos tu opinión sobre el análisis de riesgo que acabamos de discutir? —La voz del profesor rompió su ensimismamiento.
Sunghoon bloqueó el teléfono con una agilidad impresionante y se puso de pie. Su postura era impecable, su voz firme y calmada.
—Considerando la volatilidad del mercado actual, el riesgo es aceptable siempre y cuando la diversificación de activos no comprometa la liquidez inmediata de la empresa —respondió con precisión quirúrgica—. Sin embargo, creo que el factor humano es el que más se está ignorando en este modelo. Sin estabilidad interna, ninguna proyección financiera es sólida.
El profesor asintió, impresionado. Sunghoon volvió a sentarse, pero su mente ya no estaba en las finanzas. Estaba en Jake. Estaba en el hecho de que el almuerzo sería en veinte minutos y Jake solía olvidar comer si se concentraba demasiado en sus cuadros.
En cuanto terminó la clase, Sunghoon no se quedó a socializar con los hijos de otros empresarios que intentaban ganar su favor. Recogió sus cosas y salió casi corriendo del edificio. Cruzar el campus de un extremo a otro le tomaba unos quince minutos a paso rápido, pero para él, cada segundo contaba.
Llegó a la Facultad de Bellas Artes justo cuando los estudiantes empezaban a salir. Se detuvo cerca de una gran escultura de metal en el patio central, atrayendo las miradas de muchos omegas y betas que susurraban al verlo. Sunghoon era, sin duda, uno de los alfas más atractivos de la universidad, pero su aura de "no tocar" era más fuerte que nunca. Solo una persona tenía permiso para romper ese muro.
—¡Hoonie!
Sunghoon levantó la vista y su expresión cambió instantáneamente. La frialdad desapareció, reemplazada por una ternura tan profunda que parecía irradiar luz propia. Jake caminaba hacia él, con las mejillas ligeramente sonrojadas por el esfuerzo y una sonrisa que iluminaba todo el lugar.
Sunghoon caminó hacia él para acortar la distancia y, sin importarle las decenas de ojos que los observaban, rodeó la cintura de Jake con un brazo, pegándolo a su costado. Su mano libre bajó instintivamente hacia el vientre del omega, acariciándolo con suavidad a través de la tela de la sudadera.
—Hola —murmuró Sunghoon, inclinándose para dejar un beso corto pero dulce en la frente de Jake—. ¿Cómo estuvo la mañana? ¿Se movió mucho?
Jake se apoyó contra el pecho de su esposo, inhalando el aroma a cedro que tanto lo calmaba.
—Estuvo inquieto durante la clase de acuarela —respondió Jake con voz suave—. Creo que no le gusta el olor de la trementina, así que tuve que salir al pasillo un par de veces. Pero estoy bien, de verdad.
—Te ves cansado —insistió Sunghoon, frunciendo ligeramente el ceño—. Traje el auto al estacionamiento más cercano. Vamos a almorzar algo nutritivo. Nada de comida rápida de la cafetería, Jake.
—Eres un exagerado —rio Jake, dejándose guiar mientras caminaban hacia la salida—. Pero acepto el almuerzo. Tengo un antojo terrible de sopa de algas y arroz con sésamo.
—Lo que tú quieras —respondió el alfa con una devoción absoluta.
Caminaron juntos por los senderos del campus. Era una imagen que se había vuelto común en las últimas semanas: el heredero de la corporación más grande del país, siempre impecable, cargando la mochila llena de pinceles de su esposo omega, mientras lo sostenía como si fuera el tesoro más frágil del mundo.
Se instalaron en un pequeño restaurante tradicional cerca de la universidad, un lugar tranquilo que Sunghoon había reservado de antemano para evitar las multitudes. Mientras esperaban la comida, Sunghoon tomó la mano de Jake sobre la mesa, entrelazando sus dedos.
—He estado pensando —dijo Sunghoon, rompiendo el silencio cómodo—. La próxima semana es la revisión con el obstetra. Quiero que vayamos a comprar las cosas para la habitación del bebé después de la cita.
Jake abrió mucho los ojos, sorprendido.
—¿Tan pronto? Aún faltan meses, Hoon.
—Quiero que todo esté perfecto —insistió Sunghoon, y Jake pudo ver un brillo de emoción genuina en sus ojos oscuros—. He estado mirando diseños de cunas. Hay una que tiene un sistema de balanceo inteligente y...
—Sunghoon —lo interrumpió Jake con una sonrisa tierna—, el bebé no necesita una cuna inteligente. Necesita amor. Y de eso ya tiene de sobra.
Sunghoon se quedó callado un momento, bajando la mirada hacia sus manos entrelazadas.
—A veces todavía me cuesta creer que esto es real —confesó el alfa en voz baja—. Que no es solo un contrato. Que realmente te tengo a mi lado y que vamos a tener un hijo. A veces tengo miedo de despertar y que todo vuelva a ser como antes, con ese silencio frío en el departamento.
Jake apretó su mano con fuerza, sintiendo una punzada de emoción en el corazón. Sabía exactamente a qué se refería. El camino desde aquel matrimonio arreglado hasta este momento de amor sincero había sido corto en tiempo, pero inmenso en significado.
—No vamos a volver a eso —prometió Jake—. Porque ahora nosotros somos quienes mandamos en nuestra vida. Ni tu padre ni el mío pueden quitarnos esto.
El almuerzo transcurrió entre risas y planes para el futuro. Sunghoon incluso se atrevió a probar un poco del postre excesivamente dulce que Jake pidió, solo para hacerlo feliz, a pesar de que él odiaba el azúcar.
Al terminar, regresaron al auto. Sunghoon condujo con una precaución extrema, evitando cada bache en el camino como si el menor movimiento pudiera molestar al bebé. Jake lo observaba de reojo, admirando el perfil serio de su esposo. Quién hubiera dicho que detrás de esa máscara de disciplina se escondía un hombre tan entregado.
Al llegar al departamento, que ahora se sentía cálido y lleno de vida, Jake se dejó caer en el sofá con un suspiro de satisfacción.
—Mis pies están matándome —se quejó con un puchero.
Sin decir una palabra, Sunghoon dejó su maletín en el suelo, se quitó la chaqueta y se arrodilló frente a Jake. Con una delicadeza asombrosa, le quitó los zapatos y empezó a masajearle los pies.
—¿Mejor? —preguntó, levantando la vista.
—Mucho mejor —suspiró Jake, cerrando los ojos—. Eres el mejor alfa del mundo, ¿lo sabías?
Sunghoon no respondió con palabras, pero se inclinó para besar sus rodillas antes de subir y sentarse a su lado, permitiendo que Jake apoyara la cabeza en su hombro.
—Jake —dijo Sunghoon después de un rato, su voz vibrando cerca del oído del omega—, hoy hablé con mi padre.
Jake se tensó ligeramente, pero Sunghoon lo abrazó con más fuerza para tranquilizarlo.
—Me pidió que asistiera a la inauguración de la nueva sede en Busan el próximo mes —continuó Sunghoon—. Le dije que no iría. Le dije que mi lugar está aquí, contigo, asegurándome de que estés bien durante el último trimestre.
—¿Y qué dijo? —preguntó Jake, con curiosidad.
—Se enfureció, por supuesto —Sunghoon soltó una risa seca—. Dijo que estaba descuidando mis deberes. Pero le respondí que mi deber principal no es con una empresa que puede funcionar sin mí por unos días, sino con mi familia, que me necesita de verdad. Por primera vez, no sentí miedo de su decepción. Solo sentí paz.
Jake se separó un poco para mirar a Sunghoon a los ojos. Vio en ellos una determinación que nunca antes había estado allí. Sunghoon ya no era el heredero obediente; era un hombre que había encontrado su propio propósito.
—Estoy tan orgulloso de ti —susurró Jake, rodeando el cuello de Sunghoon con sus brazos.
Se besaron con una ternura que hablaba de todas las dificultades que habían superado. El beso se profundizó, volviéndose más apasionado, hasta que una pequeña pero clara patada contra el abdomen de Sunghoon los hizo separarse de golpe.
Ambos se miraron, sorprendidos, y luego bajaron la vista hacia el vientre de Jake.
—Creo que alguien quiere atención —rio Jake, con los ojos brillando.
Sunghoon colocó ambas manos sobre el vientre de su esposo, esperando. Unos segundos después, sintió otro movimiento firme. Sus ojos se humedecieron, algo que Jake nunca pensó que vería en el alfa.
—Hola, pequeño —susurró Sunghoon, pegando su frente al vientre de Jake—. Aquí está papá. No te preocupes, no vamos a ir a ninguna parte.
En ese momento, en la calidez de su hogar, rodeados de bocetos de cuadros y libros de administración, Sunghoon y Jake comprendieron que su historia no era un error del destino ni una imposición familiar. Era una elección que renovaban cada día. El contrato que una vez los unió por obligación había sido reemplazado por un vínculo inquebrantable, forjado en la libertad de amarse a pesar de todo.
—Te amo, Jake —dijo Sunghoon, mirando a su esposo con una claridad absoluta.
—Y yo a ti, Hoonie —respondió Jake, entrelazando sus dedos con los de él—. Más de lo que las palabras pueden decir.
El sol empezaba a ponerse, tiñendo el salón de tonos dorados y anaranjados. Ya no había ecos de soledad en los pasillos, solo la promesa de una vida que crecía y la certeza de que, sin importar lo que el futuro les deparara, siempre caminarían juntos, paso a paso, hacia su propio horizonte.