Contrato de Sangre y Deseo
Pulsiones de Seda y Fuego
El crepúsculo se derretía tras los ventanales del ático, tiñendo las paredes minimalistas de un naranja profundo que pronto dio paso a un azul aterciopelado. El silencio de la casa ya no era aquel vacío sepulcral de los primeros meses; ahora era una pausa expectante, cargada de una electricidad nueva que vibraba entre las paredes.
Jake estaba de pie frente al gran ventanal, observando las luces de Seúl encenderse como diamantes lejanos. Llevaba una bata de seda negra que Sunghoon le había regalado, una prenda que se deslizaba sobre su piel con una suavidad pecaminosa. A pesar de los cinco meses de embarazo, Jake se sentía extrañamente vibrante. Su cuerpo había cambiado, sí; sus caderas eran un poco más anchas, su vientre una curva firme y hermosa que albergaba una vida, y sus sentidos estaban a flor de piel, amplificados por las hormonas y el deseo constante de cercanía.
Sintió la presencia de Sunghoon antes de escucharlo. El aroma a madera de cedro, ahora mezclado con una nota más cálida y almizclada —la señal de un alfa cuya atención estaba totalmente fija en su pareja—, inundó la habitación.
—Estás muy pensativo —murmuró Sunghoon, apareciendo detrás de él.
Sus manos, grandes y seguras, se posaron con una familiaridad posesiva sobre la cintura de Jake. Sunghoon pegó su pecho a la espalda del omega, y Jake dejó caer la cabeza hacia atrás, apoyándola en el hombro del alfa.
—Solo pensaba en lo mucho que ha cambiado todo —respondió Jake, cerrando los ojos para disfrutar del calor que emanaba de Sunghoon—. Hace unos meses, estar así contigo habría sido impensable. Me dabas miedo, Hoonie. O quizás me daba miedo lo que me hacías sentir.
Sunghoon soltó una risa baja, una vibración que Jake sintió en su propia columna vertebral. El alfa giró a Jake con lentitud, obligándolo a enfrentarlo. Sunghoon se había despojado de su chaqueta y su corbata; los primeros botones de su camisa blanca estaban desabrochados, revelando la clavícula marcada y la piel pálida que Jake tanto deseaba morder.
—Yo también tenía miedo —confesó Sunghoon, recorriendo con sus pulgares los pómulos de Jake—. Miedo de romperte, o de que descubrieras que debajo de todo este protocolo, soy solo un hombre desesperado por tu atención.
Sunghoon bajó la mirada hacia el vientre de Jake, y su expresión se volvió de una intensidad que hizo que las rodillas del omega flaquearan. Se arrodilló frente a él, como si estuviera ante un altar, y presionó un beso devoto sobre la tela de seda, justo donde el bebé solía patear.
—Estás tan hermoso, Jake —susurró contra su piel—. A veces me duele mirarte de lo mucho que te deseo.
Jake jadeó suavemente, sus dedos enredándose en el cabello oscuro y perfectamente peinado de Sunghoon, desordenándolo sin piedad.
—Entonces no me mires —dijo Jake con un hilo de voz, tirando de él para que se levantara—. Tócame. Necesito sentir que esto es real.
Sunghoon se puso de pie, sus ojos oscuros encendidos con una llama que Jake reconoció de inmediato. No era la cortesía del esposo ejemplar, ni la protección del alfa responsable. Era deseo puro, crudo y acumulado.
Sin romper el contacto visual, Sunghoon tomó los bordes de la bata de Jake y deshizo el nudo con un movimiento lento, casi tortuoso. La prenda se deslizó por los hombros de Jake, cayendo al suelo en un susurro de seda. Jake quedó ante él, vestido solo por la luz de la luna y la sombra de las pestañas de Sunghoon.
El alfa tragó saliva, su manzana de Adán moviéndose con dificultad. Sus manos viajaron por los costados de Jake, deteniéndose en la plenitud de su vientre, acariciando la piel tensa con una reverencia que hizo que Jake sollozara de placer contenido.
—Eres perfecto —gruñó Sunghoon, acercándose para capturar los labios de Jake en un beso que sabía a hambre y a promesa.
Jake respondió con la misma urgencia, sus manos buscando la piel de Sunghoon, desabrochando el resto de los botones de su camisa con dedos torpes. Cuando finalmente logró deshacerse de la prenda, pegó su pecho desnudo contra el de Sunghoon. El contraste entre la piel fría de Jake y el calor abrasador del alfa provocó un escalofrío que recorrió todo su cuerpo.
Sunghoon lo alzó con cuidado, las piernas de Jake rodeando automáticamente su cintura. Lo llevó hacia la cama matrimonial, depositándolo sobre las sábanas de hilo con una delicadeza que contrastaba con la fuerza de su agarre. Se posicionó entre sus piernas, sus brazos sosteniendo su peso para no presionar el vientre de Jake.
—Dime si algo te molesta —pidió Sunghoon, su voz ronca, casi irreconocible—. No quiero lastimarte, ni a ti ni al bebé.
Jake negó con la cabeza, sus mejillas encendidas.
—No me vas a lastimar. Te necesito, Hoon. Me siento... vacío sin ti.
Sunghoon bajó el rostro hacia el cuello de Jake, donde la glándula de aroma del omega estaba pulsando, liberando una fragancia a jazmín y miel que volvía loco cualquier instinto alfa. Sunghoon lamió y mordió con suavidad la zona, marcándolo de manera temporal, reclamándolo una y otra vez.
—Eres mío —susurró Sunghoon contra su oído, su aliento caliente provocando que Jake arqueara la espalda—. En este contrato, en esta vida y en la que sigue.
Las manos de Sunghoon comenzaron un recorrido exploratorio, bajando por el pecho de Jake, deteniéndose en sus pezones sensibles por el embarazo, antes de descender hacia la calidez entre sus muslos. Jake soltó un gemido agudo cuando los dedos de Sunghoon lo tocaron, encontrándolo ya preparado para él.
—Mírame, Jake —ordenó Sunghoon con suavidad.
Jake abrió los ojos, su mirada nublada por el placer. Vio en el rostro de Sunghoon una mezcla de adoración y lujuria que lo hizo sentirse el ser más poderoso del mundo. Ya no era el omega que cumplía con un deber; era el centro del universo de Sunghoon.
El alfa se deshizo del resto de su ropa con movimientos rápidos, revelando su cuerpo atlético y tenso. Cuando volvió a cubrir a Jake, el contacto de piel con piel fue eléctrico. Sunghoon comenzó a moverse contra él, un roce lento y rítmico que buscaba encender cada terminación nerviosa de Jake.
—Hoonie... por favor —suplicó Jake, sus manos apretando los hombros musculosos del alfa.
Sunghoon se tomó su tiempo, besando cada centímetro de la piel de Jake, desde la curva de su cuello hasta la redondez de su vientre, donde se detuvo para susurrar palabras que Jake no alcanzó a entender, pero que hicieron que su corazón latiera desbocado.
Cuando Sunghoon finalmente se unió a él, lo hizo con una lentitud que era casi una tortura. Jake jadeó, enterrando las uñas en la espalda del alfa mientras sentía cómo su cuerpo se expandía para recibirlo. Era una unión que iba más allá de lo físico; era el sello de su nueva realidad.
—Te amo —jadeó Sunghoon, moviéndose con una cadencia profunda y cuidadosa—. Te amo tanto que me asusta.
—No tengas miedo —respondió Jake, envolviendo a Sunghoon con sus brazos y sus piernas, atrayéndolo lo más cerca posible—. Estoy aquí. Estamos aquí.
El ritmo aumentó gradualmente, convirtiéndose en una danza de sombras y suspiros. La habitación se llenó del sonido de sus respiraciones entrecortadas y el roce de la piel. Sunghoon era atento a cada gesto de Jake, cambiando de ángulo cuando veía una pizca de incomodidad, buscando siempre el punto exacto que hacía que el omega soltara esos sonidos que lo hacían perder la razón.
Jake se sentía abrumado por la intensidad de Sunghoon. El alfa, usualmente tan controlado y reservado, se estaba entregando por completo, dejando que sus emociones fluyeran a través de sus manos y sus labios. En ese momento, no existían las empresas, ni las expectativas de sus padres, ni el peso de sus apellidos. Solo existían dos jóvenes de diecinueve años que habían encontrado el amor en el lugar menos esperado.
El clímax llegó como una ola imparable. Jake sintió que el mundo estallaba en mil pedazos de luz mientras gritaba el nombre de Sunghoon, su cuerpo estremeciéndose bajo el del alfa. Segundos después, Sunghoon lo siguió, hundiéndose en él por última vez antes de colapsar con cuidado a su lado, atrayéndolo hacia su pecho.
El silencio que siguió no fue el de antes. Era un silencio denso, satisfecho, cargado de una paz que solo llega después de una tormenta de pasión.
Sunghoon besó la sien sudorosa de Jake, mientras su mano derecha descansaba protectoramente sobre el vientre del omega, sintiendo los latidos acelerados de ambos.
—¿Estás bien? —preguntó Sunghoon después de unos minutos, su voz recuperando un poco de su tono habitual, aunque impregnada de una ternura infinita.
—Estoy perfecto —suspiró Jake, acurrucándose más cerca—. Nunca me he sentido tan... completo.
Sunghoon sonrió en la oscuridad, una sonrisa que Jake no podía ver pero que podía sentir en el movimiento de sus mejillas.
—Me tomó tiempo entenderlo —dijo Sunghoon en voz baja—, pero ahora lo sé. No nos casaron para unir empresas, Jake. Nos casaron para que yo pudiera encontrarte. No creo en el destino, pero creo en nosotros.
Jake levantó la cabeza para mirar al alfa. Sus ojos brillaban con una determinación renovada.
—Hoonie, mañana tenemos esa cena con los abogados para el fideicomiso del bebé —recordó Jake con un pequeño suspiro de fastidio.
Sunghoon acarició su mejilla, apartando un mechón de cabello húmedo.
—Que esperen —sentenció el alfa—. Mañana no somos los herederos de nadie. Mañana solo somos Jake y Sunghoon. Y si no les gusta, pueden hablar con mi secretaria.
Jake soltó una carcajada, la primera risa genuina y despreocupada que llenaba esa habitación desde que se mudaron.
—Te estás volviendo un rebelde, Park Sunghoon —bromeó Jake.
—Solo cuando se trata de proteger lo que es mío —respondió él, volviendo a besarlo con una pasión que amenazaba con encender la chispa de nuevo—. Y tú, Jake, eres lo único que realmente me pertenece.
Se quedaron dormidos entrelazados, bajo el amparo de la noche de Seúl. En el pasillo de cristal, ya no quedaban ecos de soledad, solo el suave murmullo de dos corazones que habían aprendido a latir al mismo ritmo, transformando un contrato de oro en una historia de amor escrita con la verdad de sus propias almas.