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Cosas

Reflejos de Carbono y Sangre

El edificio de Quantico bullía con la energía frenética de un caso que se les escapaba de las manos. El equipo de la UAC llevaba setenta y dos horas sin dormir más de tres horas seguidas, alimentándose de café recalentado y adrenalina pura. En el centro de ese caos, Aaron Hotchner era una estatua de granito. Su mandíbula estaba tensa, su corbata ligeramente aflojada —un signo de debilidad casi inaudito en él— y sus ojos oscuros devoraban la información de la pizarra blanca con una intensidad que habría intimidado al mismísimo diablo.

La puerta del área de trabajo se abrió con un golpe seco. No fue el sonido de un agente entrando con un informe, sino el taconeo rítmico y desafiante de alguien que no pedía permiso para existir. Leah entró cargando dos bolsas grandes de una cafetería italiana que Hotch adoraba, pero que rara vez tenía tiempo de visitar. Llevaba unos jeans ajustados, una camiseta negra de una banda de rock que Aaron no reconocía y el cabello negro azabache recogido en una coleta alta que acentuaba sus pómulos afilados.

—Si vuelvo a oler el aroma a desesperación y cafeína barata de este piso, voy a demandar al Gobierno por asalto a mis sentidos —anunció Leah en voz alta, ignorando las caras de sorpresa de los agentes que pasaban por su lado.

Caminó directamente hacia la mesa redonda donde el equipo estaba reunido. Rossi levantó la vista y esbozó una sonrisa cansada.

—Leah, eres un ángel caído del cielo. Dime que eso es lasaña de verdad y no otra de las mentiras de la máquina de vending —dijo Rossi, estirando la mano hacia una de las bolsas.

—Manos quietas, Dave —replicó ella, dándole un manotazo juguetón—. Primero mi hombre, luego los buitres.

Hotch se giró, y por un segundo, la máscara de perfilador se agrietó. La calidez inundó su mirada al verla. Se acercó a ella y le rodeó la cintura con un brazo, dejando un beso rápido pero posesivo en su sien.

—No deberías haber venido, Leah. Estamos en medio de una crisis —murmuró Aaron, aunque sus dedos se hundieron con gratitud en el costado de la joven.

—Precisamente por eso estoy aquí. Llevas una semana viviendo en este agujero. Si no te alimento, empezarás a alucinar con asesinos seriales en tu sopa de letras —ella se soltó de su agarre para dejar las bolsas sobre la mesa de conferencias, pero sus ojos, siempre curiosos y analíticos, se desviaron hacia la gran pizarra de corcho que dominaba la sala.

El silencio que siguió fue súbito y pesado.

Leah se quedó inmóvil. Sus ojos azules, del color del hielo bajo el sol, se fijaron en la fotografía principal del sospechoso. Era un hombre joven, de unos veinticuatro años, con una sonrisa que intentaba ser amable pero que terminaba siendo forzada, una mirada vacía tras unas gafas de montura fina.

—¿Qué pasa? —preguntó Hotch inmediatamente, detectando el cambio en su lenguaje corporal. Su instinto de perfilador se puso en alerta roja.

Leah se acercó a la pizarra, ignorando la comida que acababa de traer. Extendió un dedo y señaló la foto del ignoto.

—¿Este es vuestro monstruo de la semana? —preguntó ella, y su voz ya no tenía ese tono burlón y mordaz. Ahora era fría, quirúrgica.

—Es el principal sospechoso de veinte asesinatos en la costa este en los últimos dieciocho meses —respondió Morgan, acercándose—. Lo llamamos "El Taxidermista Emocional". Creemos que busca un tipo muy específico de...

—Se llama Julian Vane —lo interrumpió Leah, dejando a todo el equipo en un silencio sepulcral—. Estudia medicina conmigo en Georgetown. Está en mi clase de Anatomía Patológica. Se sienta tres filas detrás de mí y siempre me pide prestados los apuntes porque dice que mi caligrafía es "fascinante".

Hotch sintió como si el suelo desapareciera bajo sus pies. Dio un paso hacia ella, agarrándola del hombro.

—Leah, ¿estás segura? —la voz de Aaron era un trueno contenido.

—Aaron, estudio medicina. Mi trabajo es fijarme en los detalles que nadie más ve. Ese es Julian. El mismo que me invitó a un café hace tres días y al que mandé a la mierda porque me dijo que mis manos eran "perfectas para sostener un corazón" —Leah soltó una risa seca, carente de humor—. Dios, qué falta de originalidad.

Reid, que había estado callado, se acercó a la pizarra y empezó a mover las fotos de las víctimas. Eran doce fotos de mujeres jóvenes. Todas muertas. Todas encontradas en poses casi artísticas, limpias, perfectas.

—Hotch... —la voz de Reid tembló ligeramente—. Mira las víctimas de nuevo.

Aaron se giró hacia la pizarra. Lo que antes era un patrón estadístico, ahora se convirtió en una bofetada de realidad. La primera víctima: piel pálida, cabello negro, ojos claros. La segunda: estudiante universitaria, oji azul, morena. La tercera... la cuarta... todas eran un reflejo, una versión ligeramente distorsionada de la mujer que estaba a su lado.

Eran Leah. Todas ellas eran Leah.

—No las está matando a ellas —susurró Hotch, y su voz era tan fría que pareció congelar el aire de la habitación—. Está practicando. Está perfeccionando su técnica para llegar a la versión original.

El equipo se tensó. Morgan instintivamente puso la mano sobre su arma. Rossi cerró su libreta con un golpe seco. El ambiente en la UAC cambió de la fatiga profesional a la protección personal en un latido.

Leah, sin embargo, no retrocedió. No mostró miedo. Se cruzó de brazos y estudió las fotos de las chicas muertas con una frialdad que asustaría a cualquiera que no la conociera.

—Vaya —dijo Leah, con su lengua afilada volviendo a la carga—. Así que tengo un club de fans de cadáveres. Qué halagador.

—Leah, esto no es una broma —rugió Hotch, girándola para que lo mirara a los ojos. Había un miedo genuino en el fondo de su mirada, un terror que Hayley nunca había logrado inspirarle porque Hayley era una víctima potencial desde el principio. Leah era una guerrera, pero esto era diferente—. Te ha estado siguiendo. Ha estado matando a estas mujeres porque no puede tenerte a ti. Eres su obsesión final.

—Lo sé, Aaron. No soy idiota —ella le sostuvo la mirada, sin parpadear—. Sé exactamente lo que esto significa. Significa que mientras tú estabas aquí analizando manchas de sangre, yo estaba compartiendo un microscopio con un tipo que probablemente tiene fotos mías pegadas en su sótano.

—No vas a volver a tu apartamento —sentenció Hotch—. No vas a ir a clase. Te quedarás en una casa de seguridad con protección las veinticuatro horas.

Leah soltó una carcajada que resonó en toda la oficina, atrayendo las miradas de los agentes de los cubículos cercanos.

—¿Encerrarme? ¿A mí? —se acercó un paso más a Hotch, invadiendo su espacio personal, desafiando la autoridad que él proyectaba—. Escúchame bien, Agente Especial Supervisor. Ese tipo cree que soy una muñeca que puede diseccionar. Cree que soy como esas pobres chicas que no supieron defenderse. Si crees que voy a esconderme en una casa con dos agentes aburridos mientras él sigue ahí fuera buscando a mi próximo reemplazo, es que no me conoces en absoluto.

—Es un asesino serial, Leah. Ha matado a veinte personas sin dejar rastro —intervino Rossi con suavidad—. Es extremadamente inteligente.

—Y yo soy más inteligente que él —replicó ella, girándose hacia Rossi—. Yo sé cómo piensa. Sé que se cree superior porque nadie lo ha atrapado. Pero también sé que es un cobarde. Me pidió un café y cuando lo rechacé, se le pusieron las orejas rojas y no pudo mirarme a los ojos durante el resto de la clase. Es un hombre que necesita control porque no tiene ninguno sobre su propia vida.

Hotch la tomó por los antebrazos, sus manos eran como grilletes de hierro.

—No voy a ponerte en peligro. No eres un cebo, Leah. Eres mi vida.

—Entonces deja de tratarme como a una de tus víctimas —siseó ella, bajando la voz para que solo él pudiera oírla—. Me rescataste de un sótano, Aaron. Ya pasé por eso. Ya sé lo que es el dolor. Este tipo... este Julian... cree que soy su premio. Pues bien, que venga a buscarlo. Pero lo hará bajo mis términos.

—Hotch —dijo Morgan, mirando su tableta con urgencia—, García acaba de rastrear el teléfono de Julian Vane. Está a tres manzanas de aquí. En un café frente a la entrada principal del edificio.

Aaron sintió que se le helaba la sangre. El descaro del ignoto era absoluto. Estaba allí, observando la guarida del lobo, esperando a que su presa saliera.

—Quiere verme —dijo Leah con una sonrisa depredadora—. Sabe que traje comida. Sabe que estoy aquí.

—No vas a salir —repitió Hotch, su voz era una orden absoluta.

Leah se soltó de su agarre con un movimiento brusco. Se alisó la camiseta y se recogió un mechón de pelo rebelde tras la oreja.

—Aaron, mírame.

Él la miró. Vio la inteligencia feroz, la terquedad que lo volvía loco y la valentía que lo hacía sentirse joven.

—Si me escondes, él desaparecerá. Se llevará su obsesión a otra ciudad y otra chica que se parece a mí morirá mañana. ¿Puedes vivir con eso? Porque yo no. Yo voy a bajar ahí, voy a pedir un café y voy a dejar que se acerque. Y cuando lo haga, vosotros estaréis allí.

—Leah, es demasiado arriesgado —dijo Reid, ajustándose las gafas—. Su perfil indica que si se siente acorralado, podría intentar un asesinato-suicidio en público.

—Entonces aseguraos de que no se sienta acorralado hasta que yo lo tenga donde quiero —ella miró a Aaron—. Confía en mí. Confías en tu equipo para salvar extraños todos los días. Confía en mí para salvarme a mí misma.

Hotchner cerró los ojos un segundo. El conflicto interno lo estaba desgarrando. Como jefe de la UAC, sabía que usar a un civil era una violación de todos los protocolos. Como hombre que la amaba, quería esposarla a su escritorio y no dejarla ir nunca. Pero conocía a Leah. Si no la dejaba participar, ella lo haría por su cuenta. Era demasiado rebelde, demasiado valiente... demasiado ella.

—Morgan, Reid, preparad al equipo de asalto. Posiciones discretas en el perímetro del café —ordenó Hotch, y su voz sonó como si estuviera tragando cristales—. Rossi, quédate con García. Quiero ojos en cada cámara de la calle.

—Aaron, no puedes hablar en serio —dijo Morgan, atónito.

—Es la única forma de detenerlo hoy —Hotch miró a Leah. Se acercó a ella y le puso una mano en la nuca, obligándola a mirarlo—. Si algo sale mal, si te toca, si te hace un solo rasguño... no me importará el protocolo ni el FBI. ¿Me has oído?

Leah sonrió, y esta vez fue la sonrisa que Aaron amaba: la que prometía una pelea y una victoria.

—Tranquilo, Hotchner. Recuerda lo que te dije. Necesito practicar mis suturas. Si Julian se pone tonto, tendré un paciente perfecto para mi examen final.

Sacó un pequeño bisturí quirúrgico que llevaba siempre en su estuche de estudio y lo deslizó dentro de su bota con una destreza que hizo que Morgan levantara las cejas.

—¿Llevas eso a la universidad? —preguntó Morgan.

—Nunca se sabe cuándo hay que hacer una traqueotomía de emergencia... o defenderse de un idiota —respondió ella con un guiño.

Hotch la acompañó hasta el ascensor. El silencio entre ellos era denso, cargado de palabras que no podían decir frente al equipo. Cuando las puertas estaban a punto de cerrarse, Aaron puso la mano para detenerlas.

—Leah —dijo él, con la voz rota por la emoción—. Te quiero. No me hagas arrepentirme de esto.

Ella suavizó su expresión por un breve momento. Se puso de puntillas y lo besó con una ternura inesperada, un contraste absoluto con la perra de lengua afilada que solía ser.

—Te veo en diez minutos para terminar esa lasaña, Aaron. Y asegúrate de que esté caliente. No soporto la comida fría casi tanto como a los asesinos en serie mediocres.

Las puertas se cerraron. Hotch se quedó mirando el metal pulido durante tres segundos antes de transformarse de nuevo en el líder de la UAC. Se giró hacia su equipo con una mirada que prometía una carnicería si algo fallaba.

—Movámonos. Tenemos a un cazador que cree que ha encontrado a una presa. Vamos a enseñarle lo que pasa cuando intentas cazar a algo que muerde más fuerte que tú.

Mientras bajaba por las escaleras hacia el centro de mando móvil, Hotch sintió ese fuego antiguo en sus venas. Leah no era Hayley. Ella no era una víctima esperando a ser salvada. Era su igual en la oscuridad, y ese pensamiento, aunque aterrador, era lo que lo mantenía vivo.

Afuera, en el café, Julian Vane ajustó sus gafas mientras veía a la chica de sus sueños salir del edificio del FBI. No se dio cuenta de que el hombre que la amaba lo estaba observando a través de una mira telescópica, ni de que la chica que tanto deseaba ya estaba calculando mentalmente qué arteria cortar primero si él intentaba ponerle una mano encima.

La cacería había comenzado, pero el depredador aún no sabía que él era el único que estaba en peligro.