Cosas
Bisturíes y Perfiles
El aire en el sexto piso de Quantico siempre había sido estéril, cargado de la seriedad de hombres y mujeres que cargaban el peso del mundo en sus hombros. Pero desde que Leah se había graduado —no sin antes haber casi provocado un infarto a la junta médica por sus métodos "poco ortodoxos"— y se había unido a la UAC como consultora médica y perfiladora en prácticas, el ambiente había cambiado drásticamente.
Leah no caminaba por los pasillos; los reclamaba. A sus veinticinco años, vestida con una bata blanca que rara vez usaba pero que llevaba como una capa de guerra sobre sus vestidos ajustados, se había convertido en el terror y la admiración de la unidad.
—Aaron, si no dejas de fruncir el ceño de esa manera, vas a desarrollar una arritmia antes de los cincuenta y no pienso usar el desfibrilador contigo solo porque eres demasiado testarudo para relajarte —dijo Leah, entrando en el despacho de Hotchner sin llamar.
Hotch ni siquiera levantó la vista de los expedientes. Sus labios se curvaron apenas un milímetro, un gesto que nadie más en el edificio habría identificado como una sonrisa.
—Estoy revisando el presupuesto de la unidad, Leah. No es un ejercicio que invite a la relajación —respondió él con su voz profunda y controlada.
—El presupuesto es una construcción social para limitar a la gente con poca imaginación —replicó ella, sentándose en el borde del escritorio de caoba de Aaron, desplazando una pila de informes de autopsias con un movimiento elegante de su mano—. He terminado de revisar los informes de toxicología del caso de Seattle. Tu "ignoto" no es un genio del mal; es un idiota que leyó un manual de química de secundaria y tiene un complejo de Edipo tan grande que podrías verlo desde el espacio.
Hotch finalmente dejó la pluma y se reclinó en su silla, entrelazando sus dedos. La miró fijamente. Leah irradiaba una energía eléctrica, una mezcla de intelecto feroz y una belleza que cortaba la respiración.
—¿Un complejo de Edipo? —preguntó Hotch, arqueando una ceja—. Reid sugirió que era un narcisista con tendencias obsesivas.
—Reid es demasiado educado —bufó ella, inclinándose hacia adelante para invadir el espacio personal de Aaron—. El sujeto mata mujeres que usan el mismo perfume que su madre fallecida porque no puede procesar el abandono. Es patético. Le di mi perfil a Morgan hace diez minutos y casi se atraganta con su batido de proteínas cuando le dije que el sospechoso probablemente todavía duerme con una manta de seguridad.
—Eres despiadada, Leah.
—Soy eficiente, Aaron. Hay una diferencia —ella extendió la mano y le arrebató la pluma de plata—. Ahora, deja de trabajar. Llevas tres horas encerrado aquí y el equipo está empezando a apostar sobre cuánto tiempo pasará antes de que te conviertas en una gárgola de piedra.
Hotch se puso de pie, su presencia dominante llenando la habitación. A pesar de su frialdad exterior, el contacto con Leah siempre encendía algo en él que lo hacía sentir más vivo de lo que jamás se sintió con Hayley. Con Hayley, el silencio era un muro; con Leah, el silencio era un preludio.
—Tengo un equipo que dirigir —dijo él, rodeando el escritorio para quedar frente a ella—. Y una consultora que parece disfrutar demasiado de interrumpir mi flujo de trabajo.
—Te encanta que te interrumpa —susurró ella, pasando sus dedos por el nudo perfectamente hecho de su corbata—. Te encanta que no te tenga miedo. Te encanta que sepa exactamente dónde presionar para que pierdas ese control tan aburrido que mantienes frente a los demás.
Justo en ese momento, la puerta se abrió de golpe. Derek Morgan entró con una carpeta, pero se detuvo en seco al ver la proximidad de ambos.
—Vaya, otra vez —dijo Morgan, suspirando con una mezcla de diversión y resignación—. ¿Interrumpo una sesión de terapia o una de tus famosas amenazas de sutura, Leah?
Leah no se alejó de Hotch. Se limitó a girar la cabeza, mirando a Morgan con una expresión de absoluto aburrimiento.
—Morgan, tu capacidad para interrumpir momentos cruciales es casi tan impresionante como tu incapacidad para usar una camisa de tu talla —replicó ella con una sonrisa afilada—. ¿Qué quieres? Aaron estaba a punto de confesarme sus pecados.
—García encontró una coincidencia en las huellas —dijo Morgan, ignorando el dardo de Leah—. Tenías razón, "Doc". El sospechoso es un enfermero que trabajaba en el hospicio donde murió su madre. Buen trabajo.
Leah asintió con suficiencia.
—Por supuesto que tengo razón. Ahora vete, Derek. Los adultos estamos hablando.
Morgan miró a Hotch, quien simplemente asintió con la cabeza, dándole permiso para retirarse. Una vez que la puerta se cerró, Hotch soltó un suspiro largo.
—Leah, tienes que dejar de atormentar a Morgan. Es uno de mis mejores agentes.
—Es divertido verlo intentar procesar que alguien más joven que él sea más lista —dijo ella, volviendo su atención a Aaron—. Además, le debo una por el comentario que hizo ayer sobre mi "falta de respeto a la cadena de mando". La cadena de mando es para personas que necesitan que les digan qué hacer. Yo sé exactamente qué hacer.
Se acercó más, obligando a Hotch a retroceder hasta que sus piernas chocaron con su silla.
—¿Y qué es lo que vas a hacer ahora? —preguntó él, bajando la voz.
—Voy a convencerte de que nos vayamos a casa —dijo ella, pasando sus manos por los hombros de la chaqueta del traje de Hotch—. He comprado un set nuevo de escalpelos de titanio y necesito que alguien sostenga el libro de anatomía mientras estudio la vascularización del antebrazo. Y si te portas bien, puede que no practique contigo.
Hotch soltó una carcajada seca, un sonido que solo Leah lograba arrancar de su pecho. La tomó de la cintura, atrayéndola firmemente contra él.
—Eres una mujer peligrosa, Leah.
—Soy la mujer que te mantiene cuerdo, Aaron Hotchner —corrigió ella con seriedad, sus ojos azules brillando con una intensidad que lo devoraba—. Soy la única persona en este edificio que no te mira y ve a un jefe o a un héroe. Veo a un hombre que necesita recordar cómo se siente la libertad.
—Lo recuerdo cada vez que estás cerca —admitió él, rindiéndose ante la evidencia.
Leah sonrió, una sonrisa triunfal y llena de fuego.
—Bien. Porque he reservado una mesa en ese sitio pretencioso que te gusta, solo porque sé que odias el servicio lento y me divierte verte intentar ser amable con el camarero mientras por dentro estás analizando sus microexpresiones de pereza.
—Eres un demonio —murmuró él, besándola con una pasión que hablaba de años de represión y meses de una nueva y salvaje felicidad.
—Pero soy tu demonio —replicó ella contra sus labios—. Ahora, mueve ese trasero de agente federal y vámonos antes de que Rossi venga a pedirte consejo sobre su cuarto divorcio o lo que sea que le pase hoy.
Hotch recogió su chaqueta, apagó la luz del despacho y, por primera vez en mucho tiempo, no sintió el peso de los casos sin resolver al salir. Mientras caminaban por la oficina central, Leah caminaba a su lado, con la cabeza alta, lanzándole una mirada fulminante a un agente novato que se atrevió a mirarla demasiado tiempo.
Hotch sabía que el equipo hablaba. Sabía que se preguntaban cómo él, el hombre de hielo, había terminado con una chica veinte años menor, con una lengua de plata y una mente que diseccionaba a las personas antes de decirles "hola". Pero mientras sentía la mano de Leah rozar la suya, supo que ninguno de ellos entendía.
Ella no era un trofeo. No era una distracción. Era el equilibrio. Ella era la única que podía caminar a través de la oscuridad de su trabajo sin que las sombras se le pegaran, porque ella misma era una llama que quemaba cualquier rastro de autocompasión.
Al llegar al ascensor, Leah se detuvo y lo miró de arriba abajo.
—Por cierto, Aaron —dijo ella mientras las puertas se cerraban—. Esa corbata es horrible. Mañana te compraré una nueva. Consideralo un pago por no haberte apuñalado hoy en la oficina.
Hotch sonrió, sintiéndose más joven de lo que nunca fue a los veinte.
—Es un trato justo, Leah.
—Lo es. Ahora, muévete. Tengo hambre y el sistema cardiovascular no se va a estudiar solo.
El ascensor bajó, llevándolos lejos de los monstruos y los expedientes, hacia un mundo donde Aaron Hotchner no era un perfilador, sino simplemente el hombre que tenía la suerte de amar a la mujer más testaruda, brillante y letal de Quantico.