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Cosas

Latidos y Negociaciones de Seda

El crepúsculo caía sobre los suburbios de Virginia, tiñendo el cielo de un violeta profundo que se filtraba a través de los grandes ventanales de la residencia Hotchner. Dentro, el silencio era un lujo reciente, una tregua ganada después de una jornada de risas, gateos erráticos y los balbuceos constantes de Thomas. El pequeño finalmente se había rendido al sueño en su cuna, dejando a sus padres un espacio de calma que Aaron apreciaba ahora más que cualquier éxito profesional.

Aaron estaba de pie junto a la ventana del salón, con una copa de vino tinto olvidada en la mano, observando las sombras de los árboles. Ya no vestía el traje blindado de la UAC; llevaba unos pantalones de algodón oscuro y una camiseta gris que se ajustaba a sus hombros, una versión de sí mismo que solo Leah conocía plenamente.

Sintió unos pasos ligeros detrás de él antes de sentir el calor de su cuerpo. Leah se deslizó entre él y la ventana, rodeando su cintura con los brazos y apoyando la mejilla contra su pecho. Llevaba puesto uno de los jerséis de cachemira de Aaron, que le quedaba tres tallas grande y le daba un aspecto engañosamente vulnerable.

—¿Analizando las sombras o simplemente disfrutando de que el pequeño dictador por fin se ha dormido? —preguntó ella, levantando la vista. Sus ojos azules conservaban esa chispa eléctrica que el tiempo y la maternidad no habían logrado suavizar.

—Un poco de ambas —respondió Aaron, dejando la copa en la mesa cercana para rodearla con sus brazos—. Estaba pensando en lo mucho que ha cambiado esta casa en el último año.

Leah soltó una risita suave y se alejó lo suficiente para mirarlo con fingida sospecha.

—Te estás volviendo sentimental, Hotchner. Si Morgan te viera ahora, pensaría que te han reemplazado por un replicante más amable.

—Tú me hiciste así —dijo él, bajando la voz y atrayéndola de nuevo hacia sí—. Tú y Thomas.

Caminaron hacia el sofá, donde la tenue luz de una lámpara de pie creaba un ambiente de intimidad casi sagrada. Leah se sentó de lado, encogiendo las piernas, y Aaron se situó a su lado, dejando que ella apoyara la cabeza en su hombro. Durante unos minutos, solo se escuchó el rítmico tictac del reloj de pared y el suave crujido de la madera.

Aaron, sin embargo, tenía algo en mente. Un pensamiento que había estado echando raíces en su pecho desde hacía meses, cada vez que veía a Leah consolar a Thomas o cuando observaba a su hijo intentar imitar las expresiones serias de su madre. Era un deseo que lo asustaba un poco, dada la intensidad de sus vidas, pero que se sentía inevitable.

—Leah —comenzó él, rompiendo el silencio con esa nota grave y pausada que solía preceder a sus declaraciones más importantes.

—Ese tono lo conozco —dijo ella, irguiéndose un poco y entornando los ojos—. Es el tono de "tengo un perfil que no te va a gustar" o el de "he comprado otro set de corbatas aburridas". ¿Qué pasa, Aaron?

Él no respondió de inmediato. En su lugar, tomó la mano de Leah, entrelazando sus dedos y trazando círculos lentos sobre su piel con el pulgar. Luego, se inclinó y depositó un beso suave en el dorso de su mano, prolongándolo más de lo habitual.

—Estaba pensando en el futuro —dijo él contra su piel—. En Thomas. En cómo interactúa con Jack cuando viene de visita.

Leah arqueó una ceja, su mente médica y analítica trabajando a mil por hora.

—Jack lo adora, aunque Thomas sea un pequeño monstruo que le babea los videojuegos —comentó ella—. ¿A dónde quieres llegar?

Aaron se movió, quedando frente a ella. Sus ojos, generalmente fríos y calculadores, estaban llenos de una calidez líquida que desarmaba cualquier defensa. Se acercó más, acortando la distancia hasta que sus frentes se rozaron.

—Thomas es increíble —susurró Aaron—. Es la mejor parte de nosotros. Y verlo crecer... ver cómo esta casa se llena de vida gracias a él... me ha hecho darme cuenta de que quizás hay espacio para alguien más.

Leah se quedó inmóvil. El sarcasmo que siempre tenía a punto en la punta de la lengua se desvaneció ante la vulnerabilidad en la voz de su marido.

—¿Alguien más? —repitió ella en un susurro—. Aaron, apenas he recuperado mi capacidad para dormir cuatro horas seguidas. Mis libros de medicina todavía tienen manchas de puré de manzana.

—Lo sé —dijo Aaron, y comenzó a repartir besos cortos y tiernos por su sien, bajando hacia el pómulo—. Sé que es mucho pedir. Sé lo que tu cuerpo pasó, lo que sacrificaste para traer a Thomas aquí. No lo digo a la ligera.

Leah cerró los ojos, dejando escapar un suspiro tembloroso mientras sentía los labios de Aaron rozar la comisura de su boca. Él era un experto en la persuasión, pero esto no era un interrogatorio; era una seducción basada en el amor más puro.

—Quiero otro bebé, Leah —confesó él, su aliento cálido contra su piel—. Quiero ver otra versión de ti corriendo por este pasillo. Quiero que Thomas tenga un compañero de batallas, alguien que entienda lo que es tener a un padre que trabaja en el FBI y a una madre que es la médico más brillante y testaruda del país.

—Eres un manipulador —murmuró ella, aunque sus manos se cerraron sobre la camiseta de Aaron, atrayéndolo más hacia sí—. Usas esa voz de terciopelo y esos besos porque sabes que soy débil ante tu faceta de padre entregado.

—No es manipulación —insistió Aaron, besando ahora la punta de su nariz con una ternura que la hizo sonreír a pesar de sí misma—. Es un deseo egoísta. Quiero más de esto. Más de lo que hemos creado juntos.

Leah se separó un poco, buscándole los ojos. Su lengua afilada estaba lista para una réplica mordaz sobre pañales y falta de sueño, pero al ver la esperanza genuina en la mirada de Aaron, se ablandó.

—¿Estás seguro? —preguntó ella—. El trabajo no se va a volver más fácil. La UAC sigue ahí fuera. El mundo sigue siendo un lugar oscuro, Aaron.

—Precisamente por eso —respondió él, tomando su rostro entre las manos—. Porque el mundo es oscuro, necesito que nosotros creemos toda la luz que podamos. Tú me devolviste la vida, Leah. Me sacaste de aquel pozo de frialdad y me diste una familia. No quiero detenerme aquí.

Aaron se inclinó y la besó de nuevo, esta vez con una pasión lenta y profunda que hablaba de promesas y de noches compartidas. Sus labios se movían contra los de ella con una urgencia contenida, una petición muda que iba mucho más allá de las palabras.

Leah sintió que el corazón le latía con fuerza. Recordó el miedo del primer embarazo, pero también la victoria de sostener a Thomas por primera vez. Miró al hombre frente a ella, al agente de acero que se derretía solo por ella, y sintió que su resistencia desaparecía.

—Si acepto —dijo ella entre besos, su voz recuperando un rastro de su antigua picardía—, quiero que quede claro que tú te encargarás de todos los cambios de pañal nocturnos durante el primer año. Sin excepciones. Nada de "tengo un caso en Seattle".

—Trato hecho —dijo Aaron, sonriendo contra su cuello mientras depositaba una hilera de besos que la hacían estremecer—. Me encargaré de todo. Seré tu sirviente personal si es necesario.

—Y quiero ese viaje a Italia que me prometiste —añadió ella, echando la cabeza hacia atrás para darle acceso—. El de verdad. Sin teléfonos del trabajo, sin Rossi interrumpiendo, solo nosotros y mucho vino.

—Lo que quieras, Leah. Todo lo que quieras —prometió él, sus manos bajando hacia su cintura para atraerla más firmemente contra su regazo—. ¿Eso es un sí?

Leah lo miró a los ojos, su expresión suavizándose hasta convertirse en algo profundamente tierno. Pasó sus dedos por el cabello corto de Aaron, delineando la forma de sus orejas antes de tirar suavemente de él hacia abajo para un beso final.

—Es un sí, Aaron —susurró ella—. Dame otro bebé. Pero más te vale que sea tan guapo como tú, porque no pienso lidiar con dos versiones de tu carácter serio sin tener algo bonito que mirar.

Aaron soltó una carcajada, un sonido lleno de alivio y alegría que pareció iluminar la habitación más que cualquier lámpara. La levantó en sus brazos como si no pesara nada, haciéndola soltar un pequeño grito de sorpresa y deleite.

—Te prometo que será perfecto —dijo él, caminando hacia el dormitorio mientras Leah reía y lo abrazaba por el cuello.

—Más te vale, Hotchner —replicó ella, recuperando por un momento su tono de "perra" astuta—. Porque si no, te apuñalaré con un termómetro y practicaré mis técnicas de sutura en lugares que no te van a gustar nada.

—Me arriesgaré —respondió él antes de cerrar la puerta del dormitorio con el pie, dejando atrás el silencio de la casa para empezar a construir, beso a beso, el siguiente capítulo de su historia.

La oscuridad de Virginia seguía ahí fuera, con sus monstruos y sus casos sin resolver, pero dentro de aquella habitación, Aaron Hotchner ya no era el perfilador infalible. Era simplemente un hombre enamorado, negociando con la mujer que le había devuelto el alma la creación de una nueva vida, una que llevaría su apellido, la inteligencia de su madre y, sobre todo, el fuego de una familia que se negaba a ser vencida por la oscuridad.

Horas después, cuando la luna estaba en su punto más alto, Aaron observó a Leah dormir. Su pecho subía y bajaba con regularidad, y un mechón de pelo negro le caía sobre la cara. Se inclinó y lo apartó con infinita delicadeza, besando su frente una última vez.

—Gracias —susurró en la penumbra.

Sabía que el camino no sería fácil. Sabía que habría noches de llanto y días de agotamiento. Pero mientras sentía el calor de Leah a su lado, Aaron Hotchner supo que no había ningún perfil criminal en el mundo que pudiera compararse con la complejidad y la belleza de la vida que estaban construyendo juntos. Y si el destino le permitía tener otra pequeña vida en sus brazos, otro par de ojos que lo miraran con la misma intensidad desafiante que los de su madre, entonces realmente lo tendría todo.

Se acomodó a su lado, cerrando los ojos con una sonrisa que ya no era la de un agente, sino la de un padre que esperaba, con ansias, el próximo latido de su futuro.