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Cosas

Luz del Norte y el Latido de un Nuevo Perfil

Islandia no era un lugar para los débiles de corazón, y quizás por eso Aaron Hotchner sentía que, por primera vez en años, sus pulmones se llenaban de un aire que no estaba contaminado por el peso de la burocracia de Quantico. El viento aullaba sobre las llanuras de arena negra de Reynisfjara, un sonido salvaje que competía con el estruendo de las olas del Atlántico chocando contra las columnas de basalto.

A su lado, Leah lucía como una visión extraída de una mitología nórdica. Llevaba un abrigo de lana gruesa y una bufanda roja que contrastaba violentamente con su piel pálida y su cabello negro azabache, que el viento agitaba sin piedad. Sus ojos azules, más claros que nunca bajo el cielo plomizo del norte, observaban el horizonte con esa mezcla de curiosidad científica y ferocidad que Aaron tanto amaba.

—Es fascinante —dijo Leah, levantando la voz para ser escuchada sobre el viento—. La geología aquí es tan honesta, Aaron. No hay árboles para esconderse, no hay suavidad. Es solo roca, fuego y hielo. Me recuerda a ti cuando intentas ser difícil en el despacho.

Hotch dejó escapar una risa corta y cálida, rodeando los hombros de su esposa con el brazo para atraerla hacia él.

—Pensé que habíamos acordado dejar las comparaciones con mi trabajo en el continente —replicó él, besando su sien fría.

Leah sonrió, una expresión que ahora era plena y carente de las sombras que la habían perseguido tras el accidente. Su recuperación no había sido lineal, pero el matrimonio había sellado una promesa de estabilidad que ambos necesitaban. Ella bajó la mirada hacia su mano izquierda, donde un solitario de diamante de corte impecable capturaba la luz difusa del día. Era una pieza costosa, casi obscena para los estándares de austeridad de Hotch, pero él había insistido.

Ella se quitó el guante un momento para acariciar el metal frío. En el interior de la banda de platino, grabada con una precisión microscópica, estaba la fecha de nacimiento de Aaron. Él, a su vez, llevaba en su dedo una alianza pesada y sencilla que ocultaba contra su piel la fecha en que Leah había llegado al mundo. Eran anclas temporales; un recordatorio de que, a pesar de la diferencia de edad y de los mundos que los separaban, sus vidas ahora estaban cronometradas al unísono.

—Sabes que si perdemos estos anillos en la nieve, Rossi nunca me dejará olvidarlo —bromeó ella, volviendo a ponerse el guante—. Dijo que el seguro de este diamante podría financiar una pequeña unidad de respuesta rápida.

—Rossi exagera —dijo Hotch, aunque sabía que su amigo tenía razón—. Pero después de todo lo que pasamos, quería que tuvieras algo que fuera tan indestructible como tú.

—Indestructible, ¿eh? —Leah se giró para quedar frente a él, apoyando sus manos en el pecho del abrigo de Aaron—. Cuidado, Hotchner. Si sigo escuchando cosas tan románticas, voy a empezar a pensar que te has vuelto blando. Y sabes que mi contrato matrimonial exige que seas al menos un poco dominante y autoritario.

—Creo que puedo manejar eso —respondió él, bajando la cabeza para unir sus labios en un beso que sabía a sal y a la promesa de un futuro que, por fin, no les pertenecía a los criminales, sino a ellos.

Sin embargo, el destino tenía sus propios planes de intervención. Apenas tres meses después de regresar de las tierras islandesas, la vida de la pareja dio un giro que ni el mejor perfilador del FBI habría podido predecir con exactitud cronológica.

El embarazo de Leah fue, como todo en ella, intenso y desafiante. A pesar de los consejos de Aaron para que bajara el ritmo en sus estudios de medicina, ella se obstinó en seguir asistiendo a las rotaciones hospitalarias hasta que los tobillos se le hincharon y las náuseas la obligaron a admitir la derrota temporal.

El pequeño no quiso esperar. A las treinta y dos semanas, mientras Aaron estaba en medio de una sesión informativa sobre un caso de secuestro en Ohio, su teléfono personal vibró con una insistencia que le heló la sangre.

—Aaron —la voz de Leah al otro lado era tensa, entrecortada por un jadeo de dolor—, creo que tu hijo ha decidido que ocho meses son más que suficientes para estar encerrado. Es tan impaciente como tú.

El parto fue un caos de adrenalina y miedo. Ver a Leah, la mujer que había sobrevivido a un secuestro y a un traumatismo craneal severo, luchar contra el dolor de un parto prematuro fue casi más de lo que Hotch podía soportar. Pero ella, fiel a su naturaleza, le apretó la mano con una fuerza que casi le rompe los huesos y le soltó una sarta de insultos en tres idiomas diferentes antes de que el primer llanto llenara la sala de operaciones.

Seis meses habían pasado desde aquel susto.

Hoy, la casa de los Hotchner en Virginia era un campo de batalla muy diferente. Ya no había expedientes desparramados por la mesa del comedor, sino juguetes de silicona, biberones esterilizados y una paz vibrante que olía a talco y café recién hecho.

Aaron cruzó el pasillo en silencio, vistiendo solo sus pantalones de traje y una camisa blanca con las mangas remangadas. Se detuvo en el umbral de la habitación del bebé. Leah estaba sentada en la mecedora, bañada por la luz de la mañana. En su regazo, una pequeña bola de energía regordeta y sonrosada pataleaba con entusiasmo.

—Mira quién ha decidido que las seis de la mañana es la hora perfecta para practicar su agarre —susurró Leah, levantando la vista hacia su marido. Su rostro estaba cansado, pero sus ojos brillaban con una plenitud que Aaron nunca se cansaba de admirar.

Hotch se acercó y se arrodilló junto a la silla. El pequeño, Thomas —nombrado así en honor al padre de Aaron, pero con el espíritu indómito de su madre—, soltó un gorjeo agudo y estiró sus manos regordetas hacia la nariz de su padre.

—Hola, pequeño —murmuró Aaron, dejando que el bebé agarrara su dedo índice con una fuerza sorprendente—. Definitivamente tiene tu determinación, Leah.

—Y tus cejas, pobre criatura —replicó ella con una sonrisa maliciosa—. Pero gracias a Dios, el resto es todo mío.

Era cierto. Thomas era un bebé hermoso, de piel blanca como la porcelana y unos ojos de un azul tan profundo y eléctrico que eran un espejo exacto de los de su madre. Era un bebé sano, a pesar de su llegada prematura, y sus mejillas redondas eran el blanco constante de los besos de García y las observaciones estadísticas de Reid sobre el crecimiento infantil.

Leah le entregó el bebé a Aaron. Él lo sostuvo con una destreza que había recuperado de sus años con Jack, pero con una ternura nueva, más consciente de la fragilidad y la fuerza de la vida.

—¿Sabes qué estaba pensando? —preguntó Leah, estirando sus brazos y bostezando—. Que deberíamos empezar a enseñarle defensa personal en cuanto aprenda a caminar. Con tu trabajo y mi lengua, este niño va a necesitar saber cómo manejar a la gente.

—Leah, tiene seis meses. Deja que aprenda a comer sólidos primero —dijo Hotch, riendo mientras Thomas intentaba morderle la barbilla.

—Hablo en serio, Aaron —ella se levantó y se acercó a ellos, rodeando a ambos con sus brazos—. Míralo. Es perfecto. Es el mejor perfil que hemos hecho nunca.

Hotch miró a su hijo y luego a su esposa. Recordó el sótano donde la encontró, recordó el hospital donde casi la pierde, y recordó el frío de Islandia donde prometieron envejecer juntos. Todo el dolor, todas las cicatrices y todas las suturas mentales habían valido la pena para llegar a este momento de quietud.

—Tienes razón —concedió Aaron, besando la frente de Leah y luego la del bebé—. Es el único caso que no quiero cerrar nunca.

—Más te vale, Hotchner —dijo ella, recuperando ese brillo desafiante en la mirada—. Porque si intentas retirarte de este equipo, te aseguro que las consecuencias serán... quirúrgicas.

Aaron sonrió, sintiendo el peso reconfortante de su hijo en sus brazos y el calor de su esposa a su lado. El mundo exterior podía estar lleno de monstruos y sombras, pero dentro de esas cuatro paredes, el Agente Especial Supervisor Aaron Hotchner finalmente había encontrado la única misión que realmente importaba: proteger la luz que Leah había traído a su vida y que ahora brillaba con una intensidad renovada en los ojos azules de su hijo.

—Te quiero, Leah —dijo él, con una sinceridad que no necesitaba perfiles.

—*Je t'aime, Aaron* —respondió ella, volviendo a ese francés dulce que ahora solo usaba en momentos de absoluta paz—. Pero ahora, ve a cambiarle el pañal. El "pequeño Hotch" ha hecho una contribución muy poco romántica al ambiente.

Hotch soltó una carcajada, la primera de muchas que llenarían la casa ese día, mientras se llevaba al bebé hacia el cambiador, sintiéndose el hombre más afortunado del mundo por haber sido "apuñalado" por el amor de la mujer más testaruda de Virginia.