Cuando despierten las flores
Susurros de Pergamino y Promesas de Medianoche
El mes de octubre en Hogwarts siempre traía consigo un cambio drástico en el aire. El frío se filtraba por las rendijas de las ventanas de piedra y el Gran Comedor se llenaba del aroma dulce de las calabazas asadas. Para Adeline Malfoy, sin embargo, el cambio de estación no solo significaba capas más gruesas y bufandas de lana verde y plata, sino también una presión creciente que parecía acumularse en la base de su cráneo.
Los TIMO no eran solo exámenes; eran, según su padre, el primer paso para demostrar que el linaje Malfoy no perdía su brillo con las generaciones. Adeline pasaba horas en la biblioteca, rodeada de pergaminos sobre Transformaciones avanzadas y frascos de ingredientes para Pociones que a veces le hacían dar vueltas la cabeza.
—Adeline, si sigues frunciendo el ceño así, se te va a quedar la cara de Snape cuando ve a Potter —la voz de Draco la sacó de su concentración.
Su hermano se dejó caer en la silla frente a ella, apartando con elegancia un montón de libros de Historia de la Magia. A sus diecisiete años, Draco cargaba con sus propios pesos, pero siempre encontraba el momento para vigilarla. Últimamente, su mirada era más atenta, más protectora.
—Es solo que no logro que esta mezcla de Filtro de Muertos en Vida adquiera el tono exacto de lavanda —se quejó Adeline, soltando la pluma—. Sigue saliendo de un color grisáceo deprimente.
Draco alargó la mano y le apretó suavemente los dedos, notando que estaban helados.
—Estás sobreesforzándote. Papá no está aquí, Ade. Y yo tampoco voy a dejar que te vuelvas loca por una nota.
—Él espera mucho de nosotros, Draco. Especialmente ahora que... bueno, tú sabes.
El ambiente se tensó un momento. Ambos sabían a qué se refería: las reuniones en la Mansión, las sombras que se alargaban sobre su familia. Draco apretó la mandíbula, pero sus ojos se suavizaron al mirar a su hermana pequeña.
—Escúchame bien. Tú no eres él. Y no eres yo. Tu único trabajo ahora es ser Adeline. Si necesitas un descanso, tómalo. ¿Por qué no vas a la torre de astronomía a que te dé el aire? Theo está allí, por cierto. Dice que la sala común está demasiado ruidosa con los de primer año.
Adeline sintió un vuelco en el estómago al escuchar ese nombre. Desde aquella noche en el pasillo, su relación con Theodore Nott había cambiado de una manera sutil pero eléctrica. No hablaban mucho en público, pero sus miradas se buscaban constantemente. Él se había convertido en su ancla silenciosa.
—Quizás lo haga —murmuró ella, empezando a recoger sus cosas.
—Ve —insistió Draco con una sonrisa de medio lado, esa que indicaba que sabía mucho más de lo que decía—. Yo me encargo de decirle a Pansy que te fuiste a dormir si pregunta. Ya sabes cómo se pone de intensa cuando no tiene a quién contarle los chismes de las chicas de Ravenclaw.
Adeline le sonrió con gratitud, le dio un rápido beso en la mejilla y salió de la biblioteca.
El camino hacia la torre de astronomía estaba sumido en una penumbra acogedora. Mientras subía los escalones de caracol, Adeline sintió que el nudo de ansiedad en su pecho comenzaba a aflojarse. Al llegar a la cima, el viento frío le azotó la cara, pero fue un alivio.
Allí, apoyado contra la barandilla de piedra, estaba Theo. Llevaba su túnica desabrochada y sostenía un libro pequeño que no parecía ser de texto. Al oír sus pasos, no se sobresaltó; simplemente giró la cabeza con esa parsimonia que lo caracterizaba.
—Llegas tarde, Malfoy —dijo él, con una voz que era como terciopelo en la noche—. Pensé que los libros de pociones te habían devorado finalmente.
Adeline se acercó y se colocó a su lado, dejando que sus hombros se rozaran por un instante.
—Casi lo hacen. Draco me envió aquí. Dijo que necesitabas compañía, aunque sospecho que en realidad quería deshacerse de mí para poder quejarse de los entrenamientos de Quidditch en paz.
Theo soltó una risa baja, un sonido que Adeline encontraba extrañamente adictivo.
—Draco es un buen hermano. A veces demasiado protector, pero supongo que tiene sus razones.
Se quedaron en silencio un rato, observando las luces distantes de la cabaña de Hagrid y el reflejo de la luna en el Lago Negro. El silencio con Theo nunca era incómodo; era un espacio compartido donde no hacía falta fingir.
—¿Cómo está tu respiración hoy? —preguntó él de repente, cerrando su libro y guardándolo en el bolsillo.
Adeline suspiró, cerrando los ojos.
—A ratos parece que el aire es demasiado denso. Como si Hogwarts se estuviera quedando sin oxígeno. Pero hoy... hoy estoy bien. Gracias a lo que me enseñaste.
—El truco de la vela —asintió Theo—. A veces yo también tengo que usarlo. Mi padre me envió una carta esta mañana. No era precisamente para desearme buena suerte en los exámenes.
Adeline se giró hacia él, notando la rigidez en su postura. Sabía que la situación de Theo en casa era, en muchos aspectos, más solitaria que la suya. Su madre había muerto hacía años y su padre era un hombre frío, consumido por la ideología de la sangre pura y la lealtad al Señor Tenebroso.
—¿Quieres hablar de ello? —preguntó ella suavemente.
Theo la miró, y por un momento, la máscara de indiferencia se agrietó.
—Él quiere que empiece a tomar "responsabilidades". Dice que el apellido Nott necesita recuperar su lugar. Es el mismo discurso que escucha Draco, supongo. Pero yo no quiero esa vida, Adeline. No quiero ser un peón en una guerra que no nos pertenece.
—Ninguno de nosotros quiere eso —dijo ella, y sin pensarlo mucho, buscó su mano.
Theo entrelazó sus dedos con los de ella. Sus manos encajaban perfectamente, como si hubieran sido diseñadas para sostenerse en la oscuridad. El calor de su piel fue un contraste inmediato con el viento gélido de la torre.
—A veces me pregunto —continuó Theo, bajando la voz hasta convertirla en un susurro— si hay un lugar para nosotros donde los apellidos no importen. Donde no seas "la hermana de Draco" y yo no sea "el hijo de Nott".
—Podríamos inventar ese lugar —respondió Adeline, sintiendo un arrebato de valentía—. Aunque sea solo aquí, en esta torre, o en los rincones olvidados del castillo.
Theo se acercó más, invadiendo su espacio personal de una manera que hizo que el corazón de Adeline diera un vuelco, pero esta vez no por ansiedad, sino por una emoción nueva y vibrante. Podía oler el aroma a pergamino viejo y a una colonia amaderada que emanaba de él.
—Eres valiente, Adeline Malfoy —murmuró él, acercando su rostro al de ella—. Mucho más de lo que crees.
—No me siento valiente cuando tiemblo en los pasillos, Theo.
—La valentía no es no tener miedo. Es seguir adelante aunque tus manos no dejen de temblar. Y tú sigues aquí.
En ese momento, la distancia entre ellos desapareció. Fue Theo quien acortó los últimos centímetros, presionando sus labios contra los de ella en un beso suave, casi tentativo, como si temiera que ella pudiera romperse. Adeline soltó un suspiro ahogado y respondió al beso, aferrándose a su túnica.
Fue un beso que sabía a consuelo y a una promesa silenciosa. En medio del caos que se avecinaba, en medio de las expectativas familiares y el miedo al futuro, habían encontrado algo que era solo suyo.
Cuando se separaron, ambos estaban un poco sin aliento. Theo apoyó su frente contra la de ella, manteniendo sus manos unidas.
—Si Draco se entera de esto, probablemente me lanzará un *sectumsempra* —bromeó Theo, aunque sus ojos brillaban con una intensidad seria.
Adeline rió, sintiéndose más ligera de lo que se había sentido en meses.
—Oh, Draco ya lo sabe. O al menos lo sospecha. Es muy malo fingiendo que no se da cuenta de las cosas cuando se trata de mí. Pero no te preocupes, le gusto lo suficiente como para no matarte... todavía.
—Me arriesgaré —dijo Theo, volviendo a besarla, esta vez con más seguridad.
Bajaron de la torre media hora después, caminando con una distancia prudencial pero compartiendo sonrisas cómplices cada vez que las sombras los ocultaban de los retratos parlantes. Al llegar a la entrada de la sala común de Slytherin, se detuvieron.
—Ve a descansar, Ade —dijo Theo—. Mañana tenemos clase de Pociones a primera hora y Snape no tendrá piedad si te ve bostezando.
—Buenas noches, Theo. Y gracias... por todo.
Él le guiñó un ojo y esperó a que ella pronunciara la contraseña para entrar.
Dentro, la sala común estaba casi vacía, excepto por una figura que leía frente a la chimenea. Draco levantó la vista del libro de tácticas de Quidditch y observó a su hermana. Adeline tenía las mejillas sonrosadas y los ojos brillantes.
—Parece que el aire de la torre te ha sentado de maravilla —comentó Draco con una sonrisa felina.
Adeline se sentó en el brazo de su sillón y le quitó el libro de las manos.
—Ha sido una noche tranquila, Draco. Solo eso.
—Claro, y yo soy un Hufflepuff —se burló él, pero luego su tono se volvió serio—. Escucha, Ade. Sé que las cosas se están poniendo difíciles. Papá está enviando más lechuzas de lo habitual y el ambiente en el colegio está enrarecido. Pero quiero que sepas que, pase lo que pase, yo estoy de tu lado. Si Nott te hace feliz, no voy a interponerme. Él es un buen hombre, a su manera retorcida y silenciosa.
Adeline sintió que los ojos se le humedecían. Se inclinó y abrazó a su hermano por el cuello, escondiendo la cara en su hombro.
—Gracias, Draco. De verdad.
—Solo no me hagas presenciar escenas cursis en el Gran Comedor —refunfuñó él, aunque la rodeó con sus brazos con fuerza—. Tengo una reputación que mantener, y Pansy ya es suficiente drama para un solo hombre.
Adeline rió contra su hombro.
—Prometo mantener el decoro Malfoy en público.
—Más te vale. Ahora, a la cama. Mañana es un día largo.
Adeline subió a su dormitorio, pero antes de entrar, miró hacia la sección de los chicos. Sabía que en algún lugar de esas habitaciones, Theo también estaría pensando en ella. Por primera vez en mucho tiempo, la presión en su pecho no era de angustia, sino de una expectación dulce.
Esa noche, mientras el viento aullaba contra los muros de Hogwarts, Adeline Malfoy durmió profundamente. Ya no tenía miedo de las sombras, porque había aprendido que, incluso en la oscuridad más profunda, siempre hay alguien dispuesto a sostenerte la mano y enseñarte a respirar de nuevo.
A la mañana siguiente, el desayuno transcurrió con la normalidad habitual. Draco se quejaba del nuevo buscador de Gryffindor, Pansy intentaba convencer a todos de que su nueva túnica era de la seda más fina de París, y Blaise Zabini hacía comentarios sarcásticos sobre el profesor Slughorn.
Adeline estaba untando tostadas cuando Theo entró al Gran Comedor. Sus ojos se encontraron de inmediato. Él no se detuvo, no hizo ningún gesto obvio, pero al pasar por detrás de su silla, su mano rozó ligeramente el hombro de Adeline. Fue un contacto de apenas un segundo, imperceptible para cualquiera que no estuviera prestando atención.
Draco, sin embargo, lo vio. Miró a su hermana, luego a su amigo, y simplemente volvió a su zumo de calabaza con una expresión de absoluta calma.
—Adeline —dijo Draco después de un momento—, ¿has terminado de repasar para el examen de Runas?
—Casi, ¿por qué?
—Porque Theo y yo vamos a ir a la biblioteca después de las clases. Quizás quieras unirte. Tres cabezas piensan mejor que dos, especialmente cuando una de ellas es la de Nott, que parece haberse tragado la enciclopedia mágica.
Adeline sonrió ampliamente.
—Me encantaría.
El resto del día pasó volando. En las clases, Adeline se sintió más concentrada que nunca. Incluso su poción de Filtro de Muertos en Vida salió de un color lavanda perfecto, ganándose un raro asentimiento de aprobación del profesor Snape.
Al final de la tarde, los tres se reunieron en una de las mesas más apartadas de la biblioteca, ocultos tras una hilera de estanterías sobre leyes mágicas antiguas. Draco y Theo discutían sobre la defensa contra las artes oscuras mientras Adeline tomaba notas.
De repente, Adeline sintió un ligero mareo. El calor de la biblioteca y el olor a polvo de los libros viejos parecieron cerrarse sobre ella. Dejó caer la pluma, y el sonido metálico resonó en el silencio.
Inmediatamente, dos pares de ojos plateados y oscuros se fijaron en ella.
—¿Ade? —Draco se inclinó hacia delante, su rostro lleno de preocupación instantánea—. ¿Estás bien? ¿Necesitas salir?
Adeline cerró los ojos y respiró hondo, buscando el centro que Theo le había ayudado a encontrar.
—Estoy bien —dijo ella, abriendo los ojos y forzando una sonrisa—. Solo un pequeño mareo. Demasiadas runas por hoy.
Theo no dijo nada, pero bajo la mesa, su pie buscó el de Adeline y lo presionó suavemente, un recordatorio físico de su presencia.
—Tal vez deberíamos parar —sugirió Theo, mirando a Draco—. Ya hemos estudiado suficiente. Podríamos ir a las cocinas a buscar algo de chocolate. Dicen que ayuda con el estrés.
Draco asintió, recogiendo sus pergaminos.
—Buena idea, Nott. Ade, ve adelantándote con Theo. Tengo que devolver este libro a la sección restringida, le pedí permiso a Snape y no quiero que me lo quite.
Adeline sabía que Draco solo estaba dándoles un momento a solas. Se levantó y salió de la biblioteca con Theo. Caminaron por los pasillos en silencio hasta llegar a un nicho oculto tras una armadura.
—Ha sido un amago de ataque, ¿verdad? —preguntó Theo, deteniéndola.
Adeline asintió, apoyando la cabeza en su pecho.
—Sí. Pero lo he controlado. No ha escalado.
Theo la rodeó con sus brazos, protegiéndola del mundo exterior.
—Lo estás haciendo muy bien, Adeline. Cada vez eres más fuerte.
—No podría hacerlo sin vosotros —susurró ella—. Sin Draco y sin ti.
—Siempre estaremos aquí —prometió Theo, besando su frente—. Los Malfoy y los Nott tenemos fama de muchas cosas, pero la lealtad hacia los nuestros es algo que nadie puede cuestionar. Y tú eres lo más importante para mí, Adeline.
En ese rincón olvidado de Hogwarts, rodeados de historia y magia, Adeline se dio cuenta de que el futuro, por muy oscuro que pareciera en las cartas de su padre o en los rumores del ministerio, no tenía por qué ser una sentencia. Con Draco protegiéndole la espalda y Theo sosteniéndole la mano, Adeline Malfoy estaba lista para escribir su propia historia, una que no hablara de miedo, sino de una luz que nacía, irónicamente, de las sombras más profundas de Slytherin.