Cuando despierten las flores
El Eco de los Relojes de Arena
El invierno había decidido instalarse en Hogwarts con una ferocidad inusitada. Los cristales de las ventanas de las mazmorras estaban cubiertos por una capa tan gruesa de escarcha que el mundo exterior parecía una mancha borrosa de color gris y blanco. Dentro, el fuego de la chimenea de la sala común de Slytherin crepitaba con fuerza, pero el calor no lograba disipar la tensión que flotaba en el ambiente.
Adeline Malfoy estaba sentada en un rincón apartado, con un libro de *Defensa Contra las Artes Oscuras* abierto sobre el regazo, aunque no había pasado de página en los últimos veinte minutos. Sus dedos jugueteaban nerviosos con el dobladillo de su túnica. El aire en el castillo se sentía cada vez más viciado, cargado de secretos que se susurraban en las esquinas y de miradas que evitaban encontrarse.
—Si sigues torturando esa tela, vas a terminar por deshacer el uniforme, Ade —la voz de Draco llegó a sus oídos antes de que él se sentara en el sillón contiguo.
Draco se veía cansado. Había ojeras marcadas bajo sus ojos plateados y su postura, usualmente rígida y orgullosa, delataba un peso que no quería admitir. Pansy no estaba con él, lo cual era un alivio para Adeline; su cuñada tenía la costumbre de llenar los silencios con quejas que solo aumentaban su ansiedad.
—Es la carta de esta mañana, Draco —susurró Adeline, asegurándose de que nadie más estuviera cerca—. Madre suena... asustada. Nunca suena asustada.
Draco apretó la mandíbula. Estiró la mano y cubrió la de su hermana, deteniendo su movimiento nervioso.
—Madre solo está preocupada por los exámenes, Adeline. Es lo que ella hace.
—No me mientas —replicó ella, mirándolo fijamente—. Sé que algo está pasando en la Mansión. Sé que las cosas están cambiando y que tú estás en medio de todo.
Draco suspiró, cerrando los ojos un momento. El amor que sentía por su hermana pequeña era su mayor debilidad y, al mismo tiempo, lo único que lo mantenía cuerdo. Quería protegerla de la oscuridad que lo envolvía a él, quería que ella siguiera siendo la chica que se preocupaba por los colores de las pociones y no por la marca que empezaba a arder en la periferia de sus vidas.
—Escúchame bien —dijo Draco con una intensidad que la hizo estremecer—. Tu único deber es estudiar y estar a salvo. Yo me encargo del resto. ¿Entendido? No quiero que te metas en conversaciones que no te corresponden.
—¡Soy una Malfoy tanto como tú! —exclamó ella en un susurro airado.
—Y por eso mismo quiero que te mantengas al margen —sentenció él—. No dejaré que te toquen, Adeline. Ni el Señor Tenebroso, ni nuestro padre, ni nadie. Antes quemo este castillo hasta los cimientos.
El silencio que siguió fue denso. Adeline sintió cómo el nudo en su garganta se apretaba. La protección de Draco era reconfortante, pero también la hacía sentir pequeña, como si fuera una pieza de cristal a punto de romperse.
—A veces siento que me ahogo, Draco —confesó ella, bajando la vista—. No es solo el pánico. Es la sensación de que el futuro ya está escrito y que no me gusta la caligrafía.
Draco suavizó su expresión y le apretó la mano con ternura.
—Ve a buscar a Nott. Está en el invernadero tres, ayudando a Sprout con unas mandrágoras o alguna tontería similar. Ese chico tiene una paciencia que yo nunca tendré. Ve con él.
Adeline asintió, agradecida por la salida que su hermano le ofrecía. Se levantó, le dio un apretón rápido en el hombro y salió de las mazmorras.
Caminar por los pasillos de Hogwarts en invierno era como recorrer las venas de un gigante dormido. El frío se le colaba por los huesos, pero el ejercicio físico la ayudaba a mantener a raya los pensamientos intrusivos. Cuando llegó a los invernaderos, el contraste fue inmediato: el aire era cálido, húmedo y olía a tierra fértil y vegetación antigua.
Encontró a Theodore Nott al fondo del invernadero, inclinado sobre una mesa de madera. No llevaba la túnica, solo la camisa blanca con las mangas remangadas hasta los codos, revelando unos antebrazos firmes. Estaba concentrado, trasplantando una planta que parecía tener tentáculos inquietos.
Adeline se quedó observándolo un momento. Theo era la calma personificada. Había algo en su forma de moverse, tan precisa y deliberada, que siempre lograba apaciguar el caos interno de ella.
—Sé que estás ahí, Adeline —dijo él sin levantar la vista, una pequeña sonrisa curvando sus labios—. Puedo oler tu perfume de vainilla y el frío que traes de los pasillos.
Adeline sonrió y se acercó, apoyándose en la mesa.
—¿Cómo lo haces? Siempre pareces saber dónde estoy.
—Es un talento natural —respondió él, dejando finalmente la planta y limpiándose las manos en un trapo—. O quizás es que mi mente siempre está buscándote, así que no es difícil encontrarte.
Él se acercó y, al notar la palidez de su rostro, frunció el ceño. Sin decir una palabra, tomó sus manos entre las suyas. Estaban heladas.
—Otra vez —murmuró Theo, no como un reproche, sino con una profunda empatía—. ¿Qué ha pasado ahora?
—Una carta de casa. Una conversación con Draco. Lo de siempre, Theo. La sensación de que el techo se está cayendo y yo soy la única que no tiene un paraguas.
Theo la guió hacia un pequeño banco de madera oculto tras unas palmeras gigantes. Se sentaron muy juntos, y él pasó un brazo sobre sus hombros, atrayéndola hacia su calor.
—Mírame, Ade —pidió él. Ella lo hizo, perdiéndose en la profundidad de sus ojos oscuros—. Dime cinco cosas que puedas ver ahora mismo.
Adeline inhaló el aire húmedo, tratando de enfocar su mente.
—Veo tus ojos. Veo el vapor en los cristales del invernadero. Veo esa mandrágora que no deja de moverse. Veo el color verde de las hojas de palma... y veo la pequeña cicatriz que tienes en el nudillo.
—Bien —susurró él, su pulgar acariciando su mejilla—. Ahora cuatro cosas que puedas sentir.
—Siento tu brazo alrededor de mí. Siento el calor de la estufa mágica. Siento el peso de mi propia túnica... y siento mi corazón, que está empezando a ir más despacio.
Theo sonrió y depositó un beso suave en su sien.
—El mundo es muy grande, Adeline, y nosotros somos muy jóvenes. Sé que parece que todo se acaba, pero mientras estemos aquí, en este momento, nada de eso importa. Tu padre no está aquí. El mío tampoco. Solo estamos nosotros.
—A veces desearía que pudiéramos quedarnos aquí para siempre —dijo ella, apoyando la cabeza en su hombro—. Entre plantas que no hablan y el silencio.
—Podemos crear nuestro propio silencio en cualquier parte —respondió Theo—. No necesitas un invernadero para eso. Solo necesitas recordar que no estás sola en la tormenta. Draco está ahí fuera haciendo de escudo, y yo estoy aquí para ser tu ancla.
Se quedaron así durante un largo rato, dejando que el tiempo fluyera sin prisas. La ansiedad de Adeline, que antes se sentía como una marea alta amenazando con ahogarla, se retiró lentamente, dejando una calma precaria pero bienvenida.
—Theo —dijo ella de repente, rompiendo el silencio—, ¿tienes miedo del futuro?
Él se tensó ligeramente, pero no se alejó.
—Todos los días —confesó con una honestidad brutal—. Tengo miedo de lo que mi padre espera que haga. Tengo miedo de no ser lo suficientemente fuerte para decir que no. Pero luego te miro a ti, y veo a Draco arriesgándolo todo por tu felicidad, y me doy cuenta de que hay cosas por las que vale la pena luchar. La libertad es una de ellas.
Adeline se incorporó un poco para mirarlo a los ojos.
—Draco dice que él se encargará de todo. Pero yo no quiero que cargue con todo solo.
—Draco es un Malfoy —dijo Theo con un deje de orgullo por su amigo—. Su orgullo es tan grande como su amor por ti. Déjalo que sea tu héroe por ahora. Pero llegará el momento en que nosotros también tendremos que tomar decisiones. Y cuando llegue, lo haremos juntos.
Theo se inclinó y la besó. Fue un beso profundo, cargado de una urgencia contenida, como si intentara grabarse el sabor de ella en la memoria para los días difíciles que sabía que vendrían. Adeline respondió con la misma intensidad, rodeando su cuello con los brazos, buscando en él la seguridad que el resto del mundo le negaba.
Cuando se separaron, el sol empezaba a ponerse, tiñendo el invernadero de tonos anaranjados y violetas.
—Deberíamos volver —dijo Adeline, aunque no quería moverse—. La cena empezará pronto y si no aparecemos, Draco enviará a un escuadrón de búsqueda.
—Probablemente —rio Theo, ayudándola a levantarse—. Y Pansy pasará el resto de la noche haciendo preguntas incómodas.
Caminaron de regreso al castillo cogidos de la mano, ocultando su unión bajo las largas mangas de sus túnicas cuando se cruzaban con otros estudiantes. Al entrar en el Gran Comedor, el bullicio habitual los recibió como una bofetada.
Draco ya estaba sentado en la mesa de Slytherin, flanqueado por Pansy y Blaise. Al ver entrar a Adeline y Theo, sus ojos se entrecerraron analíticamente, pero al notar el color en las mejillas de su hermana y la calma en su mirada, se relajó visiblemente.
—Llegáis tarde —dijo Draco cuando se sentaron frente a él—. Nott, espero que no hayas estado aburriendo a mi hermana con tus disertaciones sobre herbología avanzada.
—En absoluto, Draco —respondió Theo con una calma imperturbable mientras se servía un poco de puré de patatas—. Solo estábamos asegurándonos de que las plantas no se congelaran.
Pansy soltó una risita estridente.
—Qué romántico, cuidar plantas. Draco, ¿por qué nunca me llevas a ver plantas?
—Porque la última vez que te acercaste a una, casi pierdes un dedo con una Tentácula Venenosa, Pansy —respondió Draco sin mirarla, lo que provocó que Blaise soltara una carcajada.
Adeline comenzó a comer, sintiéndose extrañamente hambrienta por primera vez en días. La presencia de su hermano a un lado y la de Theo al otro creaba una especie de burbuja protectora que el ruido del Gran Comedor no podía romper.
Sin embargo, la paz duró poco. A mitad de la cena, las grandes puertas se abrieron y una lechuza negra, grande y majestuosa, sobrevoló la mesa de Slytherin. Dejó caer un sobre lacrado con el sello de los Malfoy directamente frente a Draco.
El comedor pareció quedar en silencio, o al menos así lo sintió Adeline. Draco tomó el sobre con manos que, por un segundo, temblaron casi imperceptiblemente. Rompió el sello y leyó el contenido. Su rostro se volvió de piedra, perdiendo cualquier rastro de la calidez que había mostrado antes.
—¿Draco? —preguntó Adeline, con el corazón empezando a latir con fuerza otra vez.
Draco guardó la carta en el bolsillo de su túnica y se levantó bruscamente.
—Tengo que irme. Ade, termina de cenar y vete directo a la sala común. Theo, vigílala.
—¿Qué pasa, Draco? —insistió ella, levantándose también.
—¡He dicho que te vayas a la sala común! —estalló Draco, su voz resonando más fuerte de lo que pretendía. Varios estudiantes de las mesas cercanas se giraron a mirar.
Inmediatamente, Draco pareció arrepentirse de su tono. Miró a Adeline con una mezcla de desesperación y disculpa, le puso una mano en la mejilla por un segundo y luego se dio la vuelta, saliendo del comedor a paso rápido.
Adeline se quedó allí, de pie, sintiendo cómo el frío volvía a invadirla. El ataque de ansiedad acechaba en la periferia de su mente, listo para saltar.
—Respira, Adeline —la voz de Theo estaba justo a su oído. Él se había levantado y le puso una mano firme en la espalda—. Mírame. Respira.
—Algo va mal, Theo. Algo va muy mal.
—Lo sé. Pero no podemos hacer nada aquí. Vamos a la sala común, tal como dijo él.
Caminaron hacia las mazmorras en un silencio sepulcral. Adeline sentía que cada paso que daba la alejaba de la seguridad de la infancia y la acercaba a una realidad para la que no estaba preparada. Al llegar a la sala común, encontraron a Draco parado frente a la chimenea, mirando las llamas verdes. Estaba solo.
—Draco —dijo Adeline, acercándose a él—. Dime la verdad. No me trates como a una niña. Si vamos a caer, quiero saber hacia dónde estamos cayendo.
Draco se giró. Sus ojos estaban inyectados en sangre y parecía haber envejecido diez años en diez minutos.
—Padre quiere que vaya a la Mansión este fin de semana —dijo con voz hueca—. Dice que hay una "ceremonia" preparada. Y quiere que tú también estés presente, Adeline.
El mundo pareció detenerse para ella. Sabía perfectamente a qué se refería con "ceremonia". No era una fiesta, ni una reunión social. Era el fin de su libertad.
Theo dio un paso adelante, colocándose al lado de Adeline.
—Ella no va a ir, Draco.
—¿Y qué sugieres que haga, Nott? —escupió Draco con amargura—. ¿Que desobedezca una orden directa de Lucius Malfoy? ¿Que ponga a toda la familia en peligro?
—Sugiero que la protejas, como dijiste que harías —respondió Theo con una frialdad que Adeline nunca le había escuchado—. Inventa una excusa. Di que está enferma, que está bajo la supervisión de Madame Pomfrey. Di lo que sea. Pero ella no entrará en esa habitación.
Draco miró a Theo, y por un momento, hubo un duelo de voluntades entre los dos amigos. Finalmente, Draco bajó la cabeza, derrotado.
—Tienes razón. No puedo dejar que la toquen.
Se acercó a Adeline y la tomó por los hombros, mirándola con una intensidad feroz.
—Te quedarás aquí. No saldrás de Hogwarts por nada del mundo. Theo, si algo pasa, si alguien intenta llevársela...
—Tendrán que pasar por encima de mi cadáver —sentenció Theo.
Adeline sintió una lágrima correr por su mejilla. El amor de su hermano y la devoción de Theo eran su mayor tesoro, pero también su mayor carga. Sabía que Draco sufriría por protegerla, que recibiría el castigo que debería ser para ella.
—Draco, no puedes ir solo...
—Es mi deber, Ade —la interrumpió él, besando su frente—. Soy el heredero. Soy el que debe cargar con el escudo. Tú solo... tú solo sigue respirando. Sigue siendo el fuego frío que Nott dice que eres.
Esa noche, Adeline no durmió en su dormitorio. Se quedó en la sala común, acurrucada en el sofá con la cabeza apoyada en el regazo de Theo, mientras Draco permanecía sentado en el sillón de enfrente, vigilando la entrada como si esperara que los mismos demonios cruzaran la puerta en cualquier momento.
El tic-tac del reloj de la pared parecía contar los segundos que les quedaban de inocencia. Adeline cerró los ojos y trató de imaginar el invernadero, el olor a tierra y la voz de Theo guiándola a través del pánico. Pero incluso allí, en su refugio mental, las sombras empezaban a crecer.
—Theo —susurró ella en la oscuridad de la madrugada.
—Dime, pequeña.
—No me dejes caer.
Theo le acarició el cabello, su mano firme y constante.
—Nunca, Adeline. Aunque el mundo se rompa en mil pedazos, yo te sostendré en el aire.
Draco, desde su sillón, observó a la pareja. Una parte de él sentía envidia de la pureza de lo que tenían, pero la mayor parte sentía un alivio inmenso. Sabía que, pasara lo que le pasara a él en la Mansión, Adeline no estaría sola. Y en el oscuro y retorcido mundo de los Malfoy, eso era lo más parecido a una victoria que jamás lograrían obtener.
El fuego de la chimenea se fue extinguiendo, dejando solo brasas mortecinas que proyectaban sombras alargadas en las paredes de piedra. Afuera, el invierno seguía su curso, implacable y frío, ajeno a los corazones que latían con fuerza en las profundidades de Slytherin, preparándose para una guerra que ya no podían evitar, pero que enfrentarían, por primera vez, bajo sus propias reglas.