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Cuando despierten las flores

Ecos de un Destino Quebrantado

El aire en los pasillos de las mazmorras se sentía más pesado que de costumbre, una mezcla de humedad ancestral y el frío metálico que siempre precedía a las malas noticias. Adeline Malfoy caminaba con la espalda recta, una lección de etiqueta grabada en sus huesos por años de instrucción materna, pero por dentro sentía que sus costillas eran una jaula demasiado estrecha para su corazón.

La visita de Lucius había dejado una marca invisible pero dolorosa en el ambiente. Aunque Draco y Theo habían logrado mantener una fachada de control, Adeline sabía que el tablero de ajedrez había sido pateado y las piezas ahora rodaban sin rumbo por el suelo.

—Adeline, detente un momento —la voz de Theo la alcanzó cerca de la entrada a la sala común.

Ella se giró, y al ver la expresión en el rostro de él, supo que la calma que habían intentado mantener en el Gran Comedor se había evaporado. Theo se acercó, mirando a ambos lados del pasillo antes de tomar sus manos. Estaban heladas, a pesar de los hechizos calefactores del castillo.

—Draco está con Snape otra vez —dijo Theo en voz baja—. Están discutiendo los detalles de los trasladores ilegales. Si vamos a hacer esto, Ade, si realmente vamos a desaparecer antes de las vacaciones de Pascua, no hay vuelta atrás.

Adeline sintió un pinchazo de ansiedad en la base de la garganta. La idea de abandonar la Mansión, de dejar atrás a su madre y la seguridad —por muy tóxica que fuera— de su apellido, era un abismo oscuro.

—¿Crees que ella estará bien? —preguntó Adeline, su voz apenas un susurro—. Madre... ella nos dio su bendición en esa carta, pero se queda allí, con él.

—Tu madre es una Black, Adeline —respondió Theo, apretando sus dedos con firmeza—. Sabe cómo sobrevivir en las sombras mejor que cualquiera de nosotros. Ella sabe que tu seguridad es la única moneda que Lucius no puede gastar si no te tiene.

—Tengo miedo de que Draco se sacrifique —confesó ella, bajando la mirada hacia el anillo de aguamarina que brillaba en su dedo—. Se comporta como si fuera un mártir. Habla de "sacarnos" a nosotros, pero rara vez habla de sí mismo en tiempo futuro.

Theo suspiró y la atrajo hacia un nicho oscuro entre dos armaduras de plata. Allí, protegidos de las miradas indiscretas, la rodeó con sus brazos. Adeline apoyó la cabeza en su pecho, escuchando el latido rítmico de su corazón, tratando de sincronizar su respiración con la de él.

—Uno, dos, tres... —murmuró Theo contra su cabello—. No dejaré que se quede atrás. Draco es mi hermano en todo menos en la sangre, y es el hombre que te protege. Si nos vamos, nos vamos los tres.

—Promételo, Theo. Prométeme que no lo dejaremos solo frente a nuestro padre.

—Lo prometo, pequeña Malfoy.

Se quedaron así unos minutos, un refugio de dos en medio de un castillo que empezaba a sentirse como una trampa. Sin embargo, la paz fue interrumpida por el sonido de pasos apresurados. Draco apareció al final del pasillo, su capa ondeando con una urgencia que hizo que Adeline se separara de Theo de inmediato.

—Tenemos un problema —dijo Draco sin preámbulos al llegar a ellos. Su rostro estaba más pálido de lo habitual, casi traslúcido bajo las antorchas de las mazmorras—. Padre no va a esperar a Pascua. Ha enviado una lechuza oficial al Ministerio y a Umbridge. Quiere que nos retiren del colegio este viernes bajo el pretexto de una "emergencia familiar de salud".

—¿Este viernes? —exclamó Adeline, sintiendo que el suelo se inclinaba—. ¡Eso es pasado mañana!

—Umbridge ya ha firmado el permiso —continuó Draco, apretando los puños—. Snape no puede hacer nada sin levantar sospechas directas. Si nos negamos a ir, vendrán Aurores o el propio Lucius a buscarnos. Y si eso ocurre, no habrá trasladores que valgan. Nos llevarán directamente a la Mansión.

Theo se tensó, su mandíbula marcándose con fuerza.

—Entonces tenemos que adelantarlo todo. Esta noche.

—No podemos esta noche —rebatió Draco, frustrado—. El traslador que Snape está preparando necesita ser vinculado a la red de flú de una casa segura en el extranjero, y la conexión no estará lista hasta mañana a medianoche. Estamos atrapados en un margen de veinticuatro horas.

Adeline sintió que el aire se volvía denso, como si el oxígeno se estuviera convirtiendo en plomo. Sus manos empezaron a temblar.

—No... no puedo respirar, Theo —jadeó ella, llevándose una mano al pecho—. Otra vez no... ahora no.

—Ade, mírame —Theo la tomó por los hombros, obligándola a centrar su vista en él—. Concéntrate en mi voz. Es solo ruido, el miedo es solo ruido. Inhala. Uno, dos...

—¡No puedo! —gritó ella en un susurro desesperado—. ¡Nos va a atrapar! Nos va a encerrar en esa bodega de la Mansión y nos obligará a...

—¡Nadie te va a tocar! —Draco se arrodilló frente a ella, tomando sus manos con una fuerza casi dolorosa—. Escúchame, Adeline. Soy tu hermano. Soy un Malfoy. Y te juro por mi vida que no subirás a ese carruaje el viernes. Si tengo que atar a Umbridge y prender fuego a la oficina de Snape para ganar tiempo, lo haré.

Adeline miró a Draco. Vio la desesperación en sus ojos, pero también una chispa de esa locura protectora que siempre había definido su relación. Poco a poco, el aire volvió a sus pulmones.

—¿Qué vamos a hacer mañana? —preguntó ella, tratando de estabilizar su voz.

—Mañana actuaremos como si nada pasara —dijo Draco, levantándose y ayudándola a ella a ponerse en pie—. Iremos a clase. Comeremos en el Gran Comedor. Theo, tú mantente cerca de ella, pero no demasiado. No queremos que Umbridge sospeche que estamos planeando una huida conjunta.

—Entendido —asintió Theo—. ¿Y a medianoche?

—A medianoche nos reuniremos en la Torre de Astronomía —dijo Draco—. Es el punto más alto y donde las protecciones de aparición son más delgadas debido a la altitud. Snape llevará el traslador allí.

—¿Y Pansy? —preguntó Adeline—. Ella no es tonta, Draco. Se dará cuenta de que algo pasa.

Draco hizo una mueca de dolor.

—Le he dicho que estoy bajo mucha presión por los exámenes. Ella cree que mi mal humor es por eso. Me duele dejarla así, pero no puedo arriesgarme a decírselo. Cuanta menos gente sepa la verdad, más posibilidades tenemos.

Se despidieron con una tensión palpable. Theo acompañó a Adeline hasta la entrada de los dormitorios de las chicas. Antes de que ella entrara, él la detuvo, depositando un beso tierno pero cargado de urgencia en sus labios.

—Duerme, Ade. Intenta descansar. Mañana es el día más importante de nuestras vidas.

—Te quiero, Theo —dijo ella, aferrándose a su túnica por un segundo extra.

—Y yo a ti. Más que a mi propia libertad.

La noche fue eterna. Adeline dio vueltas en su cama con dosel, escuchando la respiración acompasada de sus compañeras de cuarto. Cada crujido de la piedra del castillo le parecía el paso de un Auror viniendo a buscarla. Se tocó el anillo de aguamarina una y otra vez, usándolo como un talismán contra la oscuridad.

El jueves transcurrió como en un sueño febril. Adeline se sentó en clase de Pociones, pero sus manos se movían por instinto. Snape no le dirigió la palabra, pero sus ojos negros se cruzaron con los de ella una vez, y en esa mirada fría, Adeline creyó ver un destello de aliento.

En el almuerzo, la tensión en la mesa de Slytherin era insoportable. Umbridge estaba sentada en la mesa de los profesores, observando a los estudiantes con su sonrisa de sapo y sus ojos inquisidores. Lucius le había dado poder, y ella lo disfrutaba.

—¿Estás bien, Adeline? —preguntó Pansy, frunciendo el ceño—. Pareces un fantasma. Y Draco está más insoportable que de costumbre.

—Solo estoy nerviosa por la visita de mañana —mintió Adeline, forzando una sonrisa—. Padre espera mucho de nosotros. Ya sabes cómo es.

—Oh, lo sé —suspiró Pansy, mirando a Draco con anhelo—. Pero todo saldrá bien. Eres una Malfoy, después de todo.

"Ya no por mucho tiempo", pensó Adeline, sintiendo una punzada de tristeza por la chica que creía que el apellido era una bendición y no una condena.

Finalmente, llegó la medianoche. El castillo estaba sumido en un silencio sepulcral, roto solo por el susurro del viento contra las vidrieras. Adeline se vistió con ropa oscura y resistente, se puso su capa de viaje más gruesa y guardó su varita en la manga. No llevó nada más; los recuerdos no cabían en una huida.

Salió de la sala común con el corazón en la garganta. Cada sombra parecía una amenaza. Subió las escaleras hacia la Torre de Astronomía, evitando las patrullas de los prefectos y de Filch. Al llegar a la base de la escalera de caracol, una mano la tomó del brazo y tiró de ella hacia la oscuridad.

—Soy yo —susurró la voz de Theo.

Adeline soltó un suspiro de alivio y se abrazó a él.

—¿Está Draco arriba?

—Sí. Snape acaba de llegar. Vamos.

Subieron los últimos peldaños. En la cima de la torre, el aire era gélido y puro. Draco estaba allí, hablando en voz baja con el profesor Snape. Sobre el pretil de piedra, un viejo telescopio de bronce brillaba con una luz azulada tenue.

—Habéis llegado —dijo Snape, su voz cortante como siempre, pero sin la habitual hostilidad—. El traslador está listo. Os llevará a una propiedad segura en la costa de Bretaña. Es una antigua casa de los Black que ha sido borrada de los registros oficiales.

—¿Y tú, Severus? —preguntó Draco—. Si se enteran de que nos ayudaste...

—Mi papel es asegurar que los hijos de Narcissa estén a salvo —respondió Snape, mirando a Draco con una intensidad extraña—. Lucius creerá que habéis sido secuestrados por la Orden del Fénix. Yo me encargaré de plantar las pruebas necesarias. Ahora, idos. No queda mucho tiempo para que la patrulla nocturna llegue aquí.

Draco se acercó a Adeline y la tomó de la mano. Theo se colocó al otro lado. Los tres rodearon el telescopio.

—Ade —dijo Draco, mirándola a los ojos—, una vez que toquemos esto, la vida que conocemos se habrá acabado. Seremos fugitivos. Seremos nadie.

Adeline miró a su hermano, luego a Theo, y finalmente al anillo en su dedo. La ansiedad seguía ahí, un eco lejano, pero por primera vez, no la dominaba.

—Prefiero ser nadie contigo y con Theo, que ser una Malfoy en esa Mansión —respondió ella con firmeza.

Theo sonrió, una expresión de puro orgullo.

—Entonces, a la de tres —dijo Theo.

—Uno —empezó Draco.

—Dos —siguió Adeline.

—Tres —concluyó Snape desde las sombras.

Los tres pusieron las manos sobre el metal frío del telescopio. Por un segundo, no pasó nada, y luego sintieron el tirón familiar y violento detrás del ombligo. El mundo de Hogwarts, con sus torres de piedra, sus secretos y su opresión, desapareció en un torbellino de colores borrosos.

Cuando el impacto contra el suelo llegó, Adeline aterrizó sobre hierba húmeda y arena. El olor a salitre y mar la golpeó de inmediato. Se levantó tambaleándose, ayudada por Theo. Draco estaba a unos metros, ya con la varita en la mano, escaneando los alrededores.

Estaban frente a una pequeña casa de piedra gris, encaramada en un acantilado sobre el Atlántico. La luna se reflejaba en las olas embravecidas, y el sonido del mar era un rugido constante y salvaje.

—Estamos en Francia —dijo Draco, bajando la varita y dejando escapar un suspiro que parecía haber contenido durante años—. Estamos fuera.

Adeline se dejó caer de rodillas en la arena, pero esta vez no fue por pánico. Fue por el peso abrumador de la libertad. Theo se arrodilló a su lado, envolviéndola en un abrazo que olía a esperanza.

—Respira, Adeline —susurró él en su oído—. Respira este aire. Es tuyo. Todo es tuyo ahora.

Ella cerró los ojos e inhaló profundamente. El aire del mar era frío y picaba en sus pulmones, pero era el aire más dulce que jamás había probado. Miró a Draco, que se había sentado en una roca cercana, observando el horizonte con una expresión de paz que ella nunca le había visto.

—Lo hemos logrado —dijo ella, su voz mezclándose con el sonido de las olas.

—Es solo el principio —dijo Theo, besando su frente—. Pero al menos es nuestro principio.

En la oscuridad de la costa francesa, lejos de las expectativas de su linaje y de la sombra de su padre, Adeline Malfoy dejó de ser una pieza en el tablero. Ya no era la hermana menor protegida ni la moneda de cambio. Era una mujer que había elegido su propio camino, y mientras tuviera a los dos hombres que amaba a su lado, sabía que no importaba cuántas tormentas trajera el destino. Ella ya había aprendido a navegar.

—Theo —dijo ella después de un rato, mientras caminaban hacia la pequeña casa de piedra.

—¿Sí?

—Enséñame otra vez ese ejercicio. El de la vela. Quiero recordarlo siempre, no porque tenga miedo, sino porque quiero saber que yo soy la que controla la llama.

Theo sonrió y, bajo la luz de la luna francesa, le tomó la mano, guiándola hacia su nuevo hogar. La guerra seguía allí fuera, el peligro era real, pero en ese pequeño rincón del mundo, los hermanos Malfoy y Theodore Nott finalmente habían encontrado algo que el dinero y la sangre pura nunca pudieron comprarles: un momento de absoluta y verdadera paz.

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